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La terrible historia del lobo bueno y Caperucita Feroz

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Cuentan los más viejos del lugar que a su vez les contaron en su infancia una terrible historia acontecida en los tiempos lejanos en que algunas cosas aún no tenían nombre, muchísimo antes de sus padres, de los padres de sus padres y de los padres de éstos. Cuentan que vivió en la comarca una hermosa niña rubia y de enormes ojos color turquesa, de dulces y arreboladas mejillas  y suave piel de durazno. Esta apariencia tan angelical ocultaba en su seno, sin embargo, un espíritu extremadamente retorcido, impensable en una criatura de tan corta edad. Ante la visión fugaz de su caperuza escarlata, mujeres, niños y hasta los hombres más valientes del pueblo cambiaban de acera cuando no de dirección. Nadie llegaba a ponerse de acuerdo sobre el sitio exacto de la población donde transcurrieron los hechos. Unos aseveran que se encontraba al pie de la cordillera del norte, siguiendo el camino de San Jerónimo; otros, que al este, más allá de un río que en esa época bajaba caudaloso en primavera, pero que ahora es un triste arroyo fangoso; y unos pocos mencionan una aldea perdida al sur de ricas llanuras de cultivo, sin que sepan decir de qué llanuras se trata ni sepan dar razón de su emplazamiento. Los más simplemente se encogían de hombros cuando les preguntaban, con un gesto de sus manos restaban importancia al dato y seguían con la narración. Ésta comienza una tarde en la que la niña, Caperucita Roja, que por ese nombre la conocían, antes de concluir la jornada ya había escondido los pantalones de su padre –que, por cierto, nunca más aparecieron-consiguió quemar el sofá preferido de su madre y hasta intentó meter al gato en el puchero. Sus padres, hartos y al borde de la exasperación, la enviaron a casa de la abuela poco antes de ponerse el sol. Habían oído que en el bosque en el que moraba aquélla habían visto rondar un lobo y, con el pretexto de una cesta con comida para la anciana, pretendían deshacerse de la hija que tantos quebraderos de cabeza les daba a ellos y a sus otros siete hermanos varones. Ella, sin embargo, se regocijó con la idea porque se aburría con su familia y compartía con la anciana su pérfido carácter. En efecto, ésta la había aleccionado en sus primeras travesuras infantiles, pervirtiéndola luego con mil y una enseñanzas maliciosas que habían acabado por convertirla en un pequeño demonio depravado. Andando y andando, envuelta en su caperuza, por fin, cuando estaba a punto de caer el oscuro manto de la noche, se adentró sin miedo en lo más profundo del bosque. Allí, al abrigo una gigantesca encina de tronco nudoso y ramas que se enroscaban como garfios, descansaba un lobo. Pero el de esta historia no era un lobo feroz, sino un lobo pacífico y sentimental. Incluso se negaba con asco a cazar animales para comer y sobrevivía alimentándose de raíces y bayas. Esa tarde se sentía especialmente taciturno rumiando la desdichada soledad a que se veía condenado por el temor que la sola mención de su nombre inspiraba en el alma en los hombres y esperaba con melancólica paciencia ver salir las estrellas tras las copas de unos pinos. Cuando vio pasar a la niña por el claro delante de la encina, atónito contempló cómo se detenía sonriéndole. Al contrario de lo que esperaba, no abrió los ojos con espanto ni huyó despavorida. Caperucita, nada más ver al animal y habiéndose percatado en un instante de su cándido temperamento, urdió un plan en su perversa cabecita adornada de dorados rizos. Tras acercarse a él, con una dulzona voz impostada se interesó por su dura vida en el monte y, por último, invitó al lobo bueno a cenar a casa de la anciana, donde, le dijo, había un frondoso huerto con ricos tomates que parecían manzanas de oro, calabacinos tiernos del tamaño de calabazas, cebollas exquisitas como la miel y un sinfín de vegetales y frutas variadas, pues en su cesto sólo portaba pan y fiambres. A cambio le pedía un favor: debía hacerse pasar por ella para así gastarle una inocente broma a su abuela. El lobo, feliz de tener por fin una amiga y relamiéndose ante la idea del festín, aceptó entusiasmado. Se puso la caperuza, cogió la cesta con una de las patas delanteras y continuó el camino siguiendo las indicaciones de la niña. Ella, pese a que ya era casi noche cerrada, no se preocupó, pues, gracias a la anciana, conocía aquella zona del como la palma de su mano, y, tras observar como el lobo desaparecía tras unos arbustos, tomó un atajo. Al poco llegó a una casita blanca con chimenea y allí, entre crueles carcajadas, Caperucita y su abuela celebraron la ocurrencia de la niña y se aprestaron a seguir la bufonada. Cuando el ingenuo animal llegó disfrazado con la caperuza y portando la cestita, halló la puerta abierta y, entrando al dormitorio, a la anciana en la cama:

-¿Eres tú, Caperucita? –dijo  la abuela, con un fingido susurro.

-Sí, abuelita –respondió  el lobo, con una no menos falsa vocecita.

-¿Seguro? Te veo… distinta… Esas orejas, qué orejas más grandes tienes.

-Son para oírte mejor cuando me cuentas cuentos, abuelita.

-Y esa nariz, qué nariz más grande tienes.

-Son para poder oler mejor esas ricas tartas que me haces, abuelita.

-Y…¿y esa boca? ¡qué boca más grande tienes!

Entonces, mirando fijamente los dientes del animal, que, a fuerza de masticar plantas y frutos, se habían transformado en unos diminutos dentículos de roedor entre los que habían desaparecido agudos colmillos y poderosas muelas, aquella vieja arpía no se pudo aguantar más la risa y soltó un escandaloso y desagradable graznido a modo de risotada.

El rostro del lobo bueno se contrajo en un gesto de sorpresa y luego de pánico cuando desde debajo del camastro salió reptando como una culebra Caperucita con un gran cuchillo en una de sus manitas. Entonces el pobre animal huyó de la casa como alma que lleva el diablo y desde la ventana le vieron resbalar y caer, tropezar con los árboles, golpearse con las ramas más bajas, hasta que la figura salió del halo del resplandor de la casa. Mientras la vieja continuaba riéndose sin parar, Caperucita aprovechó la ocasión para encaramarse sobre las puntas de sus zapatitos de charol negro y, con la potencia de ambos bracitos, hundió el enorme cuchillo en el lado izquierdo del pecho de su abuela. La endeble caja toráxica cedió fácilmente y el arma afilada penetró entre las costillas como si fuera manteca. El cuerpo cayó al suelo de madera y, apoyando su peso sobre el mango de nácar, la niña giró un cuarto de vuelta la sangrante hoja plateada. El frío y negro corazón quedó partido en dos. Caperucita admiró su obra con satisfacción, alabando su propio ingenio: había aprendido de la vieja todo lo que ésta sabía y era hora de independizarse y continuar su vida sin la cortapisa de los adultos. Después, pese a estar aún casi sin aliento por el esfuerzo, siguió con la maquinación que había concebido y, diligentemente, mientras silbaba una canción escolar, procedió a desgarrar músculos, cortar tendones, amputar dedos y vaciar vísceras, como si aquello fuese el resultado de una bestia salvaje. Al rato se presentó en la vivienda de los vecinos más próximos y ante una horrorizada mujer en camisón blanco se apareció cubierta de sangre y tartamudeando. Dicen que todavía habitan en la región los descendientes de los cazadores que primero comprobaron que se había visto correr al lobo saliendo de los terrenos de la difunta y luego le persiguieron sin descanso iluminando la noche con los haces de las antorchas hasta acorralarlo y matarlo sin piedad.

La niña se quedó a vivir en la casita blanca y con chimenea y cuentan los más viejos del lugar que en las noches de luna llena todavía puede verse a una pequeña sombra cubierta de una vieja piel de lobo que vaga por los parajes de la comarca. Cuentan que, con infantiles y níveas manos, recolecta hierbas y raíces ponzoñosas con los que elabora mortíferos venenos de los que los padres y los siete hermanos de Caperucita fueron sólo las primeras y desgraciadas víctimas. También cuentan que de sus malas artes salió una manzana que hizo sumergirse a una princesa durante cien años en un sueño de muerte del que sólo la rescató el beso de un príncipe extranjero…pero, bueno, eso ya es otro cuento…

 

Y colorado colorín, esta terrible historia llegó a su fin.

 

Antonio Vega

 

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15 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

7 comentarios »

  1. Magnífico. Retorcido, cruel, sarcástico, y, sobre todo, divertidísimo. No puedo esperar para contarles esta nueva versión a mis niños….

    Comentario por Kepa Hernando | 15 marzo 2009 | Responder

  2. Gracias, Kepa, aunque no sé si es buena idea que se lo cuentes a tus niños jeje

    Comentario por Antonio Vega | 15 marzo 2009 | Responder

  3. Ja ja já muy bueno Antonio me he reído mucho, buen ritmo, bien escrito…palmadita en la espalda…

    Comentario por Maite | 16 marzo 2009 | Responder

  4. Genial. Me fascinó esta versión. Me ha recordado mucho los relatos de Edgar Allan Poe. Gracias.

    Comentario por César Socorro | 17 marzo 2009 | Responder

  5. Gracias, César y Maite…me jodía un poco el tono de la versión clásica: la niña linda y buena, la anciana afable y sobre todo el personaje del lobo, el distinto, el forastero, el excluido de la comunidad, malvado y astuto; y también me jodía el final feliz, eso de que “el malo” muere y “los buenos” sobreviven y comen perdices, a veces tan poco alejado de la realidad…y se me ocurrió una historia que fuera el comienzo de la gestación de un psicópata, en este caso una Caperucita psicópata, que se acaba convirtiendo en la bruja mala del bosque de los cuentos clásicos.

    Comentario por Antonio Vega | 17 marzo 2009 | Responder

  6. Buen cuento del lobito bueno y las siniestras féminas.

    Comentario por Patricia Rojas | 2 abril 2009 | Responder

  7. Reinvindiquemos a la familia Feroz!

    Comentario por JUNIOR | 27 septiembre 2009 | Responder


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