Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Un empleo en los abismos

Aquel ser decrépito y huraño realizó una llamada telefónica con el fin de acordar una cita. Me presenté en aquel sótano infecto el jueves por la mañana, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento. El arcaico empresario me rogó que tomara asiento y transcurrió un tiempo indefinido en el que tuve que rellenar fardos de legajos para completar mi solicitud de entrada al Infierno. Tras mi paso por la antesala al mundo de las tinieblas, una asesoría de otro siglo con máquinas de escribir a las que les faltaban las teclas, efectivamente pude acceder al averno. Fueron dos semanas atemporales en las que conocí la morada de Belcebú, un cuchitril cavernoso donde miles de máquinas chirriantes soltaban grasa y llamaradas de rayos láser. No había sitio para los soplos de aire fresco. Allí los verdaderos dueños eran las nubes de vapor y los humos tóxicos, cargados de polvillo de insalubre caucho, que se incrustaba en las fosas nasales como pegajoso y negruzco hollín. Sólo los insectos compartían la estancia conmigo, puesto que únicamente yo tenía la función de obrar como oficinista en el abismo, donde impulsaba los trámites de las almas perdidas que necesitaban papeles burocráticos de todo tipo.

Tras esas dos semanas realicé una llamada telefónica con el fin de acordar una cita. Me presenté en aquel sótano infecto el lunes por la mañana, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento. El arcaico empresario me rogó que tomara asiento y transcurrió un tiempo indefinido en el que tuve que rellenar fardos de legajos para completar mi solicitud de salida del infierno. Tras mi paso por la antesala al mundo de las tinieblas, una asesoría de otro siglo con máquinas de escribir a las que les faltaban las teclas, comprendí que el tiempo no había transcurrido. Me había introducido en un bucle donde los abuelos seguían recogiendo las cacas de sus perros, miles de muertos morían en un país lejano y las mamás seguían preparando aquellos sabrosas croquetas. Sólo yo había sufrido las consecuencias de aquel empleo absurdo: hubiera conseguido la inmortalidad de haber continuado el contrato con aquellos señores de las tinieblas, pero al renegar de mi empleo, obtuve un desgraciado sueldo para toda la vida: hacer pedicura diaria y cortar las pezuñas a aquel arcaico empresario que vivía en un sótano infecto, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento; de no cumplir con mi cometido, los demonios alados me llevarían al país de las máquinas chirriantes donde mantendrían cautiva mi alma para siempre.

Pino Cumba

 

 

 

 

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3 diciembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

1 Comentario »

  1. Interesante cuento aunque yo lo hubiera ampliado un poquito más.

    Comentario por Moisés Morán Vega | 5 diciembre 2010 | Responder


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