Pasillo blanco
“Plic, plic, plic”. El parpadeo del fluorescente, junto con el zumbido, me pone nervioso. “Plic, plic, plic”. No puedo hacerlo callar. Pienso. No entiendo nada. Llegué a eso de las 20:30, ya son las 2 de la madrugada y aún no sé qué hago aquí. A mi lado hay un montón de periódicos, ignoro si son míos. Habrá unos cinco. Me pregunto quién leerá cinco periódicos al día, un periodista o estudiante de periodismo, quizá. Puede que el tipo de al lado fuese periodista y se le hubiese olvidado aquí el material de trabajo. Pero no recuerdo que hubiese ningún tipo al lado. Escucho voces. Al otro lado de la puerta, en la que hay un cartel de “sólo personal autorizado”, alguien murmura algo. Recapitulo: recuerdo que estaba corriendo, recuerdo el sudor empapándome la camiseta, llevo algo en la mano, imposible saber qué. Y ahora me encuentro aquí, en este pasillo blanco y vacío. Cansado de esperar me levanto, paseo un poco. Al otro lado veo uno de esos espejos unidireccionales que permite que los demás te vean sin ser vistos. El espejo me devuelve la imagen de un tipo alto, enorme, los ojos extraviados, la mirada turbia y penetrante, subrayada por dos cercos oscuros. El mentón, ancho y prominente, está cubierto por una barba de varios días, como si estuviera sucio. El conjunto impresiona un poco. Siento que soy la única mancha en este pasillo impoluto, inmaculado. En ese momento aparece, no muy nítida, un poco difusa por el brillo, al otro lado del espejo, una imagen inexplicablemente aterradora. Me sobresalto. Un hombre con traje negro y corbata me mira fijo e imperturbable, su rostro parece de piedra. Horrorizado, corro hacia mi sitio, cojo los periódicos y huyo por la escalera de incendios. Al salir sigo corriendo todo lo que puedo (de nuevo la camiseta empapada, el corazón batiendo sangre). Al doblar la esquina paro un taxi y me subo. Le digo la primera dirección que me viene a la mente. La única posible. Ya lejos del centro me tranquilizo un poco. Como para distraerme, cojo uno de los periódicos que he puesto a mi lado y los ojeo. En todas las portadas aparece la foto de un hombre que mira fijamente a la cámara, los ojos extraviados, la mirada turbia y penetrante, el mentón, ancho y prominente, se muestra, ahora sí, desnudo.
Marisol Ramírez
Pasillo Blanco
La espera, siempre la espera, sin saber muy bien a qué espero, porque esto de esperar me mata. Me mata tanto que puedo matar por esperar, en sentido figurado, claro, soy incapaz de matar a una mosca. Me pregunto por qué me molesta tanto esperar. Quizás sea porque soy una puntual empedernida. Pendiente del reloj, el de muñeca, el del móvil, el de mi coche, el de la calle, estar a la hora fijada; si es a las tres, es a las tres, ¡coño! no a las tres y diez. No, no lo entiendo. Si yo soy puntual, todos tienen que serlo o mejor dicho —no quiero parecer una mujer intransigente—, pueden serlo. Pero los impuntuales siempre tienen una excusa, que si esto, que si aquello, que si lo de más allá; al final, llegan tarde y tú a joderte. ¿Qué puedes hacer?, ¿irte? Eso sería lo más justo, irte, y que se joda el impuntual. Y yo, una hora antes preparándome, como una jodida tonta, ante en espejo. Porque aparte de ser puntual, me gusta salir arregladita, con los labios bien pintados, una correcta sombra de ojos, el preciso colorete, un toque sutil de perfume, la ropita a juego, en fin, coqueta. ¿Pero los impuntuales no pueden dejar de serlo? Yo creo que no, serán como yo, que no puedo hacer esperar a nadie y que siempre acabo esperando, aunque me mate, porque me puede la puta tía correcta que llevo dentro. Aunque para esas ocasiones, tengo remedio, leo, leo, leo y la espera es menos espera, porque leyendo se diluye el tiempo, ¿a ti no te pasa? A mí sí. Y aquí estoy sentada esperando a que alguien me llame para no sé qué, diluyendo la espera de la única manera que sé.
Moisés Morán Vega
¿Quién se equivoca antes?
-Apenas sé algo de ti.
-Tranquilo hombre, poco a poco ya lo irás sabiendo.
-Pero es que me da la impresión de que yo siempre hablo más que tú.
-Y por eso yo sé más de ti que tú de mí, ¿no?
-Sí, cariño, y eso me molesta mogollón.
-Pero es que yo, como mujer que soy, tengo la tendencia a ser más retraída a la hora de contar mis cosas a un hombre que acabo de conocer.
-Creo que a partir de ahora empezaré a hablar menos.
-¿Por qué esa decisión, Carlos?
-Porque ya me ha pasado de contar mi vida al principio y quiero que esta relación dure.
-¿Tanto daño te hicieron esas mujeres?
-Lo justo para darme cuenta de que es mejor dosificar, Isabel.
-Quizás tengas razón, aunque veo que hablas, todavía no me he parado ni siquiera a pensar que eso sea malo.
-A la larga sí lo es.
-Entonces a lo mejor te has pasado de listo pensado que yo pudiera pensar que hablas demasiado y que por eso voy a saber más de ti que tú de mí.
-Pues sí, pero estoy en mi derecho natural a equivocarme.
-Y que por eso me hartaría antes de ti, ¿no?
-Podrías, pero eso sería mucho suponer, porque todavía hace poco que nos conocemos.
-Y todavía estás a tiempo de retroceder.
-Eres muy buena metiéndote en la cabeza de la gente, otra buena razón para no hablar tanto.
-Podría hablarte más acariciándote y dejando que mis manos hablen por la superficie de tu cuerpo, cariño.
-Carlos, tú tienes un problema de que no terminas de olvidar tus anteriores relaciones, y tienes miedo de hablar de ellas conmigo. Por eso me quieres masajear, para que tus manos sustituyan a tu boca.
-Exacto, eres una mujer inteligente.
-No me hagas tanto la pelota. Prueba a besarme donde quieras para que tus manos no trabajen tanto hombre.
-De acuerdo.
José Francisco Costa Medina (Fran Smith)
Una grave confusión
Cuántas mujeres embarazadas… imposible, estoy para otra cosa, seguro. Creo que en cuanto me llamen me voy a ir de aquí, sí, preguntaré qué hago aquí y me iré porque ya ni sé qué hago aquí. Se me ha olvidado, soy muy olvidadiza, es lo que tiene este ir y venir sin rumbo y seguir a Javi sin saber muy bien por qué. Cansa. Y cansa fingir y sonreír diciendo que no pasa nada, cuando en realidad lloro por dentro porque me siento sola, y hasta con Javi me siento sola, pero bueno, él me da un poco de hierba y me olvido un poco de eso y de la oficina y de toda esta rutina que otros desearían tener y yo detesto. Ser feliz está sobrevalorado y cada vez veo más gente “afrontando” las cosas con optimismo y con buen humor, cuando eso es morderse la lengua y no desahogarse, que es lo que deberíamos hacer, y buscar soluciones, yo incluida y es tan hipócrita que diga esto, porque soy una cobarde liándome un porrito, esa es mi forma de “afrontar” las cosas, un sentido del humor bastante extraño… ¿Habrán dicho Bea ya? Sí, me parece que… Me iré sin preguntar nada, a lo mejor es algo grave, con lo que fumo. Debería dejarlo, al menos todo eso que me da Javi, y a Javi, que creo que debería de estar aquí y no está y no sé muy bien por qué he estado con él, y la oficina, siempre he querido tener mi propio negocio, puede que monte un videoclub… ¿Quién es? Se parece pero no es, seguro. Nada más salir de aquí me voy. Ahhh, no sé ni por qué sigo sentada aquí, voy a irme, me compraré unos Chéster y me iré. Ya es costumbre, ya. No creo que entre Javi justo ahora para pasar conmigo adonde fuera que íbamos a pasar, no tengo razones para quedarme. Cogeré la guagua y pasaré por la agencia a ver si me compro el pasaje antes de pasar por casa.
Daniel Marmolejo
EL PASILLO BLANCO
¡Joder! Estamos en este sitio. Me han dicho que venga, pero no me han explicado para qué. Con todas estas personas, que ni les veo la cara. Somos extraños. Me estoy hartando de estar aquí; sentado y sin poder fumar.
¡Qué horror! Esa pared toda blanca, parece la de un cementerio, es deprimente. Augurará algo. Como tarden mucho me voy.
Aquí todos como borregos, inútiles y nadie dice nada. No aparece nadie a decirnos qué ocurre.
A quién se le habrá ocurrido la idea de citarme en este sitio. No sé cuánto tiempo ha pasado. Cuántas horas llevaré aquí y enfrente esa pared blanca fría.
Ese pasillo que se pierde y no veo el final. Esta angustiosa espera sin saber el por qué, para qué.
Ya estoy harto, me voy. No aguanto esta situación estúpida. A la mierda.
Juana Teresa
El pasillo blanco
Maldita zorra. No me llama. La pita sonaba esta mañana. Estoy hasta los huevos de todo. Y encima me pica la barba. Estoy cansado de vivir. Entraré tarde, leches. Esa zorra y mi desayuno. Es igual, ya me tomaré el cortado por ahí. Necesito una putilla.
Pino Cumba
Una parada de guagua
-¡Nnnnnnnnños!
-Perdona, perdona, es que con la curva no he podido sujetarme a tiempo.
-Nada, tranquila, chiquilla. Es que sentir ese tacón incrustado en el dedo duele un poco, pero un poco nada más, eh, que soy un tipo duro o por lo menos lo disimulo.
-Después del grito no sé que creer, la verdad, pero si no me dejas un hueco voy a terminar por averiguar cuan de duro eres.
-Faltaría más mujer, cómo no, apóyate aquí y así podrás leer ese libro tan interesante y mis dedos estarán a salvo.
-Gracias. También disimulas ser amable y lector, porque es un tostón.
-Con todo el mundo no. Pero hacía tiempo que quería disimularlo con la chiquilla que se sube en la parada siguiente a la mía.
-¿Ah, sí?
-No te ruborices, mi niña. Y el libro es interesante, por lo menos para mí. Quería presentarme. Soy Raúl.
-Y yo… me bajo en esta parada.
-Qué mala eres.
-Hasta mañana, Raúl.
-Hasta mañana.
-Claudia –dijo mientras las sonrisas cerraban la puerta de la guagua.
Jose Suárez
El pasillo blanco
Seguro que no es nada.
Decían que hoy tendrían los resultados. A mi edad, y con mis antecedentes familiares, era de esperar tener que pasar por el servicio técnico antes o después.
Ojalá que la quimio no me deje calva.
No debería pensar en estas tonterías; no tiene por qué ser nada grave. Seguro que es solo algo sin importancia, una chorrada. Yo no sé nada de medicina, y esas… cosas pueden confundirse con mil otras. Voy a intentar controlarme y no pensar en más tonterías.
Ni tampoco en lo que les pasó a mamá y a la tía.
La enfermera de la cara seria y antipática tarda en salir. Este sitio huele a hospital y a muerte, y me ha empezado a doler mucho la mano.
Por favor, que no sea nada.
Diego Doro
Diálogo
-¿Entonces?
-¿Hum?
-¿Sí o no?
- Ah, eso. No sé.
-¿Cómo no va a saberlo? No le ha gustado… Ha estado bien, ¿no?
-Psst, supongo; no le sé decir… Voy a la cocina. ¿Quiere algo?
-Pe-pero, no me puede dejar así…, en la inopia… Un poleo, si tiene, gracias.
-Ya le digo que no sé… ay, la artritis… Encima que le hago el gusto, no quiera también que le regale el…
-¿Tiene miel?
-No, no compro. Si le da igual sacarina.
-Mejor no. Me deja un gusto raro…, como de tiza.
-Pues es lo que hay, don Dimas. Tápese eso ya, que una cosa es una cosa y otra, otra… ¡Y recoja la colcha, que está rozando!
-Uy, perdóneme, Panchita…, mi difunta era igual… Era ver la ropa de cama en el suelo y se ponía como una furia. Ya está, ya está…
-¿Dónde me puso la bata? Mire que como se pierda… Fue un regalo de navidad de mi nieto Davidín.
-Detrás del sofá creo que se nos cayó… Ese es el menor, ¿no?
-Sí, 38 para 39 ahora en enero…
-Brrrr, con colcha y todo, hace frío en esta casa… En la mía, desde que puse la calefacción, ni se entera uno de cuando llega el invierno.
-A ver… si no me mato… hmpf…
-Tenga cuidado; apóyese en la mesa, no se vaya a caer. Panchita, todavía no me ha contestado… ¿Sí o no?
-Mire, don Dimas ─dijo doña Panchita tras recoger del suelo, con gran dolor articular, la bata rosa con bordado de cachorritos juguetones─ la vida está muy mala y a todo el mundo le hace falta compañía. De tanto insistir, usted ha tenido suerte. Ahora no piense de las cosas más que lo que son y no se ponga íntimo conmigo.
-Pero, Panchita, yo… creo que la amo…
-Don Dimas, yo tendré principio de Alzheimer, pero no soy tonta; usted ¿con qué intenciones viene exactamente?
Diego Doro
Diálogo entre versos
—¿Qué estás leyendo?
—Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
—Ese es uno de los mejores libros de Neruda. Personalmente prefiero Los versos del capitán, uno de sus mejores poemarios.
—No conozco ese libro, pero este me encanta.
—A ver, que Veinte poemas es un buen libro y me encantó leerlo cuando tenía tu edad. —¿Y qué edad supones que tengo?
—No llegas a los diecinueve.
—Y tú, ¿a cuántos llegas?
—Eso no se pregunta a una señorita, ¿no te lo enseñaron en la escuela?
—Sí me lo enseñaron, pero me gustaría saberla.
—Algunos más que tú… Podría ser tu hermana mayor.
—Supongo que mi madre no, ¿verdad? Porque, si no, tendría que salir corriendo. Aunque, mirándote bien, no eres tan mayor como mi madre.
—¿Me puedo sentar a tu lado?
—Sí, claro que sí…
—¿Dónde va un chico joven cuando ya casi está oscureciendo?
—A ensayar…
—¿A ensayar?
—Soy vocalista en un grupo de Rock.
—Nunca he tenido el gusto de conocer a un cantante de Rock.
—No soy un cantante de Rock, intento serlo.
—Si cantas, lo eres, lo que hay que ver es si eres bueno o malo.
—No tengo ni idea… solo canto. Y tú, ¿a qué te dedicas?
—Doy clases en un instituto. Soy profesora de Literatura.
—Ahhh, ya entiendo…
—¿El qué entiendes?
—Que me preguntases qué estaba leyendo. Es la primera vez que me pasa.
—Me sorprendió ver a un chico joven leyendo a Neruda en una guagua, no es nada habitual.
—Me encanta leer, sobre todo poesía, se aprende mucho para hacer letras de canciones, sobre todo baladas.
—¿Me lo dices en serio?
—Sí, y tan en serio, soy vocalista y compositor del grupo.
—Cantante, compositor y poeta. Algún día me gustaría ver algunas de tus composiciones, si no te importa, claro.
—Sería interesante tener la opinión crítica de una profesional, pero no sé si nos volveremos a ver.
—Esta es mi tarjeta, ahí está anotado mi correo electrónico. Envíame alguna de tus canciones.
—De acuerdo, te enviaré una o dos a ver qué me dices.
—No dejes de hacerlo…
—Lo haré, lo haré. Bueno, aquí me bajo yo. Me ha gustado esta pequeña conversación. Estamos en contacto. Adiós.
—A mí también me ha gustado mucho. Adiós.
Moisés Morán Vega
El pasillo blanco
Qué hago esperando. No sé si tengo que decir algo o entenderlo. Qué blanca la pared, ¿qué hago sentado en este banco?, espero por un juicio o algo similar. Seré testigo, imputado, acusado, culpable, cárcel, a la cárcel no, no he hecho nada malo pero tampoco sé qué hago en este pasillo blanco de juzgado, para ser un juzgado no veo a nadie con toga eso es en las películas ¿van con toga en los juzgados? Ni idea, además no sé siquiera si es un juzgado, parece la consulta del dentista el empaste pero mira tú menuda historia esta, sea lo que sea un juzgado o un dentista no me gusta estar aquí no esperaré a averiguarlo, mejor me levanto y me voy si viene alguien a decirme algo, mejor, así me entero que diablos hago aquí. ¿Dónde está la puerta?
Jose Suárez
SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL OLLO
-¿Qué haces?
-Fumar.
-Sí, pero ¡no te alongues! ¡Te vas a enriscar por la cornisa!
-No quiero que tu cama se quede apestando y tú tampoco.
-¿Mi cama? ¿A estos cartones meados lo llamas “cama”? Por mí no te ralles que ya no voy en vestidos pijos sino en pirros sucios.
-Psssé, es la costumbre que hace que todo en mi mente se haga la picha un lío.
-Yo puedo pasar: los ruidos y humos de las guaguas y la autopista, el hollín, el frío y el acojono de la intemperie; pero la verdad es que con olor a cigarro no hay quien se ponga cachonda, que se me mezcla con el asco y una se queda con las ganas.
-¡Pues, por eso mismo decía yo que te apestaba…! Que yo lo sé to de ti. Te conozco mejor que a mis propias manos.
-Ya, pero no te alongues tanto que me da un yeyo. Venga pa ca ese boquín que te achucho to y nos hacemos unos porros. Aquí tengo unas chinas.
-¿Los porros sí te gustan y el tabaco no?
-Los porros me relajan y huelen mejor.
-¡Ojalá hubieras hecho tú la ley anti-tabaco!
-Así me gusta, aquí a mi ladito cogiendo calor. Esa es la única política que te puedo dar mi churri.
-No me digas churri, que me recuerda a churros y junto a los porros me entra el jilorio que me comería a un político.
-No te me pongas caníbal, que me pongo celosa.
-Es que ya está uno en la miseria con sus pocos vicios para que venga un niño mimao y se interese por la salud de los pulmones. Se trata de genes, siempre de genes, si alguien tiene genes chungos
¿qué se le va a hacer? Es ley de vida, ¡qué se jodan! ¿no?
-No, no te sulfuuures…. Mira qué bien imito a Sara Montiel: “Fumando espero al cáncer que no quiero/ tras los cristales/ de tristes ventanales/ y mientras fumo/ mi vida yo consumo/ porque tragando el humo/ me siento enloquecer…
-Y es que fumar es soñar/ ver a mi amada/ triste y preocupada/ siente mis labios/ besar con besos agrios/ y en devaneo/ sentir menos deseo/ cuando sus ojos veo/ muy faltos de pasión.
-Y antes que un tabaco/ un porro me relaja/ lista para el relajoooo.
-¡Chin pong! Ja, ja, ja, ja. ¡Menuda artista eres!
-¡Je, qué bueno! Te has unido muy güen ritmo y to. Contigo a mi lado, ¿para qué quiero un Janfry Bogart?
-Pues para que te diga: “Siempre nos quedará el Ollo”.
Víctor Javier Moreno
La guagua
Todo empezó cuando hiciste de tu entretenimiento una adicción. Sí, no me mires así. Tú sabes que tengo razón. Empezaste sin darte cuenta, por pasar el rato y terminaste obsesionado con ese ejercicio que repetías de manera autómata todos los días, por eso ahora estás aquí, por eso lamentas tu destino, tu mala fortuna.
¡Toma el volante! y ahora sigue con tu trabajo.
Sí, aunque no te lo creas lo sé todo desde el principio. Tú no eres el único que observa sin ser visto, he podido comprobar que tu afán por saber más acerca de los demás, por vivir una vida que no te corresponde te ha traicionado. Además, sé lo que estoy diciendo… no es un farol.
Creías que nadie se daba cuenta, creías que tu discreción te había vuelto invisible a los ojos de los demás y ahora resulta que tú como observador eras observado.
Empezaste de la forma más inocente: por las mañanas tuviste que dejar el coche en casa e ir al trabajo en guagua porque el tráfico en la ciudad era cada vez más odioso y aparcar se estaba volviendo un problema. Pensaste que era más sano para tus nervios coger el transporte público y así podrías evitar la agresividad innata que emanabas por las mañanas al coger el volante. Y así lo hiciste.
La guagua te entretenía, te gustaba observar a la gente que subía y bajaba de ella. Primero observabas la conducta de los pasajeros con empatía, miraba a los estudiantes, los pensionistas y al gran número de funcionarios que hacían uso de ella.
Después te inventaste un juego: tenías que adivinar por la conducta y vestimenta a qué se dedicaban. Si los estudiantes eran universitarios o no, si los funcionarios eran de Hacienda o de Justicia, si los pensionistas iban al Hospital o al Ambulatorio…
Te divertías mucho, creías que estabas aprendiendo datos valiosísimos acerca de la conducta humana, de la manera de relacionarnos que tenemos las personas según el tipo de vida que llevamos.
Cada vez te hacías más certero en tus deducciones, observabas tan bien la conducta de los demás que casi no errabas. Sabías a simple vista a qué se dedicaba la persona que habías elegido ese día. Claro que, para llegar a tal grado de perfección, le dedicabas mucho tiempo. Primero empezaste a salir de casa más temprano para coger la guagua antes y así quedarte dos paradas después de la tuya. A pesar de salir pronto de casa llegabas muy tarde a la oficina porque empezaste a seguir al viajero elegido para comprobar que no te habías equivocado. Cuando comprobabas que todo lo que habías pensado acerca de esa persona era cierto, corrías muy orgulloso a tu oficina a desempeñar tu trabajo, donde eras menos eficiente porque te dedicabas a elaborar un mundo imaginario alrededor de las personas que veías todas las mañanas, imaginando sus vidas, sus costumbres, sus defectos y virtudes… En fin, vivías la vida de los demás y dejabas de lado la tuya, que cada vez era menos importante para ti. A veces, no te contentabas con ver que no te alejabas de la realidad de esas personas sino que también esperabas a que salieran del trabajo para comprobar si todo lo que habías imaginado acerca del pasajero era cierto también.
Comprobabas que la señora inmigrante con expresión triste que cogía la guagua en tu misma parada efectivamente era empleada del hogar y, después de trabajar durante el día en varias casas, volvía a la suya para encerrarse en una bulliciosa soledad, ya que a pesar de vivir veinte personas en un piso, se sentía muy sola porque tenía a su familia lejos.
Estupefacto, veías que la funcionaria de Hacienda, tan elegante y correcta, perdía los papeles todas las tardes cuando llamaba su ex marido amenazando con quitarle la custodia del niño.
Poco a poco te fuiste convirtiendo en un espía. No importaba que estuvieras invadiendo la intimidad de las personas, tú tenías que satisfacer tu curiosidad. Si alguien subía a la guagua se arriesgaba a que tú curiosearas en su vida.
Sentías que era muy lícito tu juego y que no hacías daño a nadie. Nunca abordabas a las personas, eras hábil y nadie se daba cuenta, nadie se sentía observado, creías tener derecho a hacerlo mientras no hubiera un contacto personal entre la persona observada y tú, y lo hacías sin tener el más mínimo remordimiento. Pero ignorabas que también eras observado.
Un día estabas tan absorto en tu persecución que no te diste cuenta de que el espacio que quedaba entre la escalera de la guagua y el bordillo era más amplio que de costumbre. Resbalaste y caíste. Sentiste el dolor de cabeza más fuerte que habías sentido en tu vida, pero pensaste que se te pasaría en cuanto te sentaras y recuperara el aliento.
-Qué amable es el chofer -pensaste-. Ha parado la guagua y él personalmente me está atendiendo. Pero…
¿No te preguntas por qué te está sentando en su lugar? ¿Por qué te dice que era de esperar? ¿Por qué estás conduciendo tú la guagua? Antes eras usuario y ahora eres chofer. ¿Por qué?
Te lo diré, amigo Julián: tú eres mi relevo; tú, con tu jueguito inocente has cometido una falta, has perdido la cabeza como la perdí yo hace mucho, mucho tiempo. Gracias a tu descuido voy a ser libre otra vez y tú serás ahora el encargado de conducir tu propia cárcel rodante hasta que llegue otro como nosotros que te libere.
Un consejo: nunca apartes la vista del retrovisor, va a ser la única conexión que tengas con tus pasajeros.
Mercedes Domínguez
En estos tiempos
-Pasa, pasa, no te preocupes.
-No, no, da igual.
-Pasa. –Ella pasa, resignada, ella primero.
Jaime pulsa el botón para pedir el ascensor y se queda quieto, absorto, mirando fijamente la puerta, que se abre, y comparten un silencio efímero.
-Hace frío, ¿eh?
-Sí.
-Y eso que ayer hacía calor.
3, 4, 5…
-Sí, el tiempo está muy raro.
6. Se abre la puerta.
-Sí, y como que el tiempo cambia a la gente, ¿no?
-No sé yo…
-Pues mi novio está muy raro últimamente.
Jaime se queda mirándola como asombrado por su indiscreción.
-Ah, ¿sí? –dice Jaime sin ganas de hablar de ello.
-Sí, anoche volvió tarde, creo que me la está pegando con su secretaria.
-Eso suena a tópico… pudo haber vuelto tarde del trabajo.
-No creo, el caso es que mañana yo también volveré tarde del trabajo. –Le guiña un ojo.- Tengo una “reunión”…
Jaime se asombra de que le diga eso. Abre el ascensor y deja que ella pase primero, suspira cansado. Llegan los dos al número 3. Entran en casa: primero Olivia, después él.
Daniel Marmolejo
Trilogía de la verruga
Maestro de verrugas
Érase una vez un hombre unido a una verruga, sellaba su rostro una excrecencia enorme y deforme como la isla de Madagascar. Instalada en su mejilla izquierda, la erupción tuvo que aguantar durante años besos equivocados, miradas contemplativas y humos de cigarrillos que de alguna forma trataban de cocerla poco a poco hasta que se fuera.
Señor de la paciencia, el pobre Juan Ramón tuvo que aguantar resignado su textura rugosa, la afición a su carne, sus eternos silencios y sobre todo su fijación obsesiva a no quererse ir por las buenas. Fruto de eventuales rascadas, fluía de la misma una ínfima cantidad de sangre.
Premio a su paciencia, cuando se operó y la verruga se fue, dejó en su rostro una leve mácula en forma de cicatriz en cuyo surco ya sólo cabe una lágrima. Expulsarla de su rostro no era sino una forma existencial de enseñarle que allí no tenía por qué estar y que a sus futuras compañeras les haría lo mismo.
Ahora, cuando lo veo, echo de menos la verruga, al mismo tiempo que veo cómo la leve cicatriz se curva en su templada mejilla cuando sonríe. Como solemne acto de memoria histórica, si le voy a coger el moflete, le cojo el de la otra mejilla por si acaso se mosquee.
Historia de la paciencia
Hola, yo soy “el de la verruga”. Me empezó a salir a los 16 años y me la vine a operar a los 46 para quitármela; fue hace un año. Lo que me salió en la cara se opera fácil; ya no es ciencia, es paciencia para que me den cita con el cirujano en la Seguridad Social. Sí, lo digo porque me decidí a quitármela a los 43 por miedo a que fuera maligna y se fuera a reproducir de nuevo. La verdad es que antes ligaba más, porque la gente se me acercaba para mirarla: actuaba como una especia de reclamo social. Cuando hablo con Fran me comenta que quiere escribir algo sobre mi historia y me parece bien. La verdad es que estaba harto de hurgármela, coño. A ver si me sacan de una vez en un programa de Televisión Canaria.
Ella también habla
Hola, yo soy eternamente silente, microorgánica, lenta en aparecer y mucho más en marcharme. También soy discreta pero tengo el gran defecto de mi horrorosa fealdad. Me genera un virus que me hace transitar de las pieles de unas personas a las de otras. Prefiero ubicarme en las caras, para ser más conocida. Además así, por pequeña que sea, me entero de posibles secretos de Estado si estoy en la cara de algún político.
Sinceramente, cuando me instalé en la cara de Juan Ramón pequé de indiscreción, porque era enorme. A veces menstruaba cuando él me rascaba, pero eran flujos leves en cantidad y de un rojo claro que apenas se notaba.
Al final acabé haciendo la promoción de unos anticonceptivos de producción masiva. Véase: preservativos “La verruga”, ni se encogen ni se arrugan.
Epílogo
¡Y yo Señor Todopoderoso, os mando verrugas para que es entretengáis, para medir vuestra paciencia! ¡En un acto de benevolencia ya no os mando la peste o el SIDA, ahora esto para que os cojáis la vida con más Filosofía! Entretanto me voy pensando lo que os mandaré más tarde, no sé, no sé yo…
José Francisco Costa Medina [Fran Smith]
Malasangre / Malasangre 2
Malasangre
Querida Esther:
Como te conté en mi última carta, fue toda una sorpresa recibir aquella maravillosa mansión de aquel multimillonario desconocido y que todo estaba yendo de maravilla a pesar del mal carácter del sirviente.
Después de más de un año viviendo en la casa, nuestra relación con el sirviente se ha vuelto insoportable. Este malnacido se ha propuesto hacernos la vida imposible, no deja de molestarnos continuamente y de hacer el holgazán todo el tiempo. Tu hermano Nataniel, hace unas semanas, se propuso despedirlo, pero el sirviente, al que hemos apodado Malasangre, se burló en su cara, diciéndole que eso era imposible, porque él venía con el paquete. Tuve que utilizar todo mi poder de convencimiento para que Nataniel no lo apaleara allí mismo. No comprendemos por qué se comporta de esa manera; es vil, mal educado y algo siniestro.
La semana pasada fuimos a la ciudad a hablar con el albacea, para confirmar lo que nos había dicho el sirviente y este nos ratificó lo que ese bastardo nos había dicho y que la única forma de deshacernos de él era marchándonos o con su muerte.
Ese mismo día decidimos ir al mercadillo de la ciudad. Tu hermano se detuvo en un puesto de libros de segunda mano —sabes que siempre le ha gustado leer— y entabló una agradable conversión con el puestero. Él nos preguntó dónde vivíamos y le dijimos que en la gran casa a las afueras de ciudad, en una de las orillas del río Tres Gargantas. El librero nos dijo que esa mansión había pertenecido al viejo Rogelio Piernavieja, el hombre más rico de la ciudad y un tipo huraño y solitario que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro. Nosotros le dijimos que no lo conocíamos y que un señor muy rico, nos había dejado la mansión en herencia. Tu hermano, todavía no sé porqué, le preguntó si había alguna fotografía del señor Piernavieja. El librero, con una pequeña sonrisa, nos dijo que lo siguiéramos y nos llevó en dirección al mayor banco de la ciudad. Cuando entramos, nos dirigimos hacia una de las amplias paredes del salón principal, en la que había un retrato inmenso del señor Piernavieja, que no era otro que el maldito sirviente, Malasangre.
Nos miramos preguntándonos que era lo que estaba ocurriendo. No entendíamos nada. Nos despedimos del librero atropelladamente y volvimos a la casa a buscar las respuestas a nuestras preguntas. Al llegar, encontramos al sirviente sentado en el comedor, vestido como si fuera un duque, bebiendo un buen vino y dando cuenta de un maravilloso pavo al horno. Nataniel le preguntó, con vehemencia, por qué se había hecho pasar por un sirviente, cuando era un hombre rico y poderoso. Él nos contestó que había llegado un punto en su vida en que todo le parecía tedioso, que necesitaba tener nuevas aventuras y que le parecía una extraordinaria experiencia hacerse pasar por un andrajoso sirviente que atormentara a unos pobres y desconocidos herederos. Pero nos dijo que el juego ya había acabado, que ahora él volvería a ser la persona que había sido y que nosotros tendríamos que volver a ser unos mugrientos desconocidos. Le gritamos que había un testamento en el que se decía que la casa era nuestra pero él se burló de nosotros a mandíbula batiente. Nos dijo que estaba vivito y coleando, que iría a la ciudad y revocaría el testamento. Sus carcajadas retumbaban en todo el salón, haciendo que su burla fuera más hiriente. Jamás había visto llorar a tu hermano Nataniel. No sé si de rabia o tristeza. Malasangre seguía comiendo y riéndose, hasta que su risa se tornó en una tos leve. Luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar: se había atragantado con un trozo de pavo. Observamos cómo la vida se le escapaba sin remedio. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el maravilloso pavo asado, sin un aliento de vida, llevándose consigo todas sus miserias.
Podíamos haberle ayudado, pero eso hubiera sido desvirtuar su macabro juego.
Llamamos a los servicios de urgencia, pero nada pudieron hacer por su vida. En las horas siguientes, se presentó un inspector de la policía, un tal Aquiles Barrientos, que nos hizo algunas preguntas sobre cómo había acontecido la muerte de señor Piernavieja. Hoy mismo, el inspector nos ha llamado para comunicarnos que la autopsia ha confirmado que la víctima había muerto a causa de atragantamiento y que podíamos estar tranquilos.
Ahora, querida Esther, estamos pensando en vender la mansión, trasladarnos al pueblo de tus padres, vivir en una confortable casa, con un pequeño huerto que cultivaremos y tener una cuantiosa cuenta corriente en el banco del señor Rogelio Piernavieja.
Esperamos con impaciencia que nos hagas una visita.
Se despide, tu querida cuñada Ana Rosa.
Malasangre
El inspector Aquiles Barrientos llegó a la mansión del señor Rogelio Piernavieja pasadas las tres de la tarde. Al llegar se encontró con los sanitarios recogiendo el material que habían utilizado para intentar reanimar a la víctima. Ahora estaban esperando a que llegara el juez de guardia para poder levantar el cadáver y llevarlo al anatómico forense para hacerle la autopsia.
Aquiles Barrientos sacó su pequeño bloc de notas, se dirigió hacia el sofá donde estaba sentado el matrimonio joven que vivía en la casa hacía más de un año y les dijo:
—Soy el inspector Aquiles Barrientos y me han encargado que realice las primeras pesquisas sobre este caso. ¿Cómo se llaman?
—Yo me llamo Nataniel y mi mujer Ana Rosa —le contestó con voz seria el joven.
—¿Ustedes conocían a la víctima?
—Sí, se podría decir que era nuestro sirviente.
—¿Se podría decir? —preguntó el inspector.
—A ver por dónde empiezo…
—Por el principio, empiece por el principio que es por donde se suele empezar, porque el final ya lo conocemos.
—Pues bien, hace aproximadamente más de un año recibimos una notificación de un abogado de la ciudad que decía ser el albacea de una persona millonaria y que nos había dejado una gran mansión en herencia. Nosotros, que somos un matrimonio pobre, recibimos la noticia con mucha alegría pero también con incredulidad y no le dimos mayor importancia. Pero el albacea se presentó, una semana después, en nuestro humilde hogar con el testamento. Le dijimos que todo eso nos parecía extraño y que seguro que se debía a alguna equivocación. Sin embargo, él nos confirmó y nos convenció de que no se trataba de ningún error, que todo estaba en regla. Así que, sin pensarlo más, nos dirigimos a la mansión que habíamos heredado. El abogado nos dijo que al llegar nos recibiría un sirviente que llevaba muchos años empleado en la mansión.
—Parece una historia extraña, muy extraña, porque ¿quién deja en herencia una gran estancia a una pareja desconocida?, pero continúe, continúe —le dijo el inspector.
—Al ver la mansión quedamos impresionados, pero nos encontramos con un problema: el sirviente tenía un carácter muy difícil y era un vago. En más de una ocasión le llamé la atención porque no hacía sus labores y tenía un comportamiento intolerable. Un día me hizo perder los papeles y lo amenacé con despedirlo. Pero se burló de mí y me dijo que yo no podía hacer eso porque él venía con el paquete. Sin pensarlo más, nos dirigimos hacia la ciudad para hablar con el albacea, para corroborar lo que nos había dicho el sirviente. El abogado nos dijo que no podíamos despedirlo porque esa era la única condición que se establecía en el testamento y si lo despedíamos perderíamos lo heredado. Salimos del despacho decepcionados. Antes de volver a casa, decidí pasar por el mercadillo para ver si veíamos alguna oferta interesante. Me detuve en un puesto de libros y estuve hablando un rato con el librero que nos preguntó dónde vivíamos. Le dije dónde y me informó que esa mansión pertenecía al señor Rogelio Piernavieja, que era el hombre más rico de la ciudad, pero que tenía fama de huraño y solitario y que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra. No sé muy bien por qué, le pregunté si había alguna fotografía del señor Piernavieja y me dijo que sí. Nos condujo al banco más importante de la ciudad y en una de las paredes del salón principal, había un gran retrato del señor Rogelio Piernavieja que no era otro que nuestro sirviente.
—¡¿El sirviente?! —preguntó con un grito el inspector Aquiles Barrientos.
—Sí, el sirviente, señor, el sirviente. Salimos del banco como alma que lleva el diablo, en dirección a nuestra mansión, para que ese bastardo nos diera una explicación, porque no entendíamos nada. Al entrar nos lo encontramos en el comedor, sentado, vestido con sus mejores galas y comiendo un estupendo pavo asado. Le pregunté por qué nos había engañado haciéndose pasar por un sirviente, sabiendo que era un señor muy rico. Él se burló en nuestras narices, diciéndonos que la vida de rico era muy tediosa y que quería vivir nuevas experiencias y aventuras, pero que el juego ya había acabado.
—¿El juego?
—Sí, como lo oye, para él todo había sido un juego. Entonces siguió riéndose a carcajadas hasta que empezó a toser levemente. Yo no pude contener las lágrimas de rabia y de impotencia. Pero luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar; se había atragantado con un trozo de pavo. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el pavo asado sin un aliento de vida.
—¿Y no hicieron nada por socorrerlo? —preguntó el inspector.
—Lo pensamos, pero no sabíamos cómo ayudarlo —mintió Nataniel.
—¿No conocen la maniobra de Heimlich?
—¿Heimlich? ¿Quién es ese? —preguntó Ana Rosa.
El inspector pensó en explicársela, porque esa técnica había salvado muchas vidas, pero se dijo que ahora no tenía tiempo.
—Entonces, muerto el sirviente, es decir, el señor Piernavieja, ustedes se quedan con la mansión —argumentó el inspector.
—Sí, se cumple con lo que estaba estipulado en el testamento —volvió a intervenir Ana Rosa.
—Su muerte les ha venido como anillo al dedo… —les dijo el inspector pensando que tenían motivo y oportunidad para haber planeado su asesinato.
—Muerto el perro, se acabó la rabia —le contestó Nataniel.
En ese momento hizo acto de presencia el juez de guardia, que entró acompañado por el secretario y dos policías. El inspector siguió con la mirada los pasos del juez y le dijo a la pareja:
—Ahora tengo que dejarlos, he de hablar con el juez. En principio, la cosa parece clara, aunque al ser ustedes herederos directos —hizo una pausa pensando en la posibilidad de un envenenamiento— puede haber alguna complicación. Todo dependerá de los resultados de la autopsia. Ya les llamaré con cualquier novedad que haya sobre el caso.
El inspector se alejó de la pareja y se dirigió hacia el lugar en el que estaba el juez. Nataniel y Ana Rosa se miraron y sonrieron porque sabían que el futuro era prometedor.
A la semana siguiente, el inspector Aquiles Barrientos llamó a la joven pareja para comunicarles que el forense había dictaminado que el señor Piernavieja había muerto a causa de un ahogamiento, debido a que un trozo de carne le había obstruido la traquea.
Nataniel y Ana Rosa hablaron de vender la mansión, de irse a vivir al pueblo de los padres de Nataniel, de comprar una casa con un huerto y el dinero sobrante, invertirlo en una cuenta de alto rendimiento en el banco del señor Rogelio Piernavieja.
Moisés Morán Vega
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