Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La guagua

Todo empezó cuando hiciste  de tu entretenimiento  una adicción. Sí, no me mires así. Tú sabes que tengo razón. Empezaste sin darte cuenta, por pasar el rato y terminaste obsesionado con ese ejercicio que repetías de manera autómata todos los días, por eso ahora estás aquí, por eso lamentas tu destino, tu mala fortuna.

¡Toma el volante! y ahora sigue con tu trabajo.

 

Sí, aunque no te lo creas lo sé todo desde el principio. Tú no eres el único que observa sin ser visto, he podido comprobar que tu afán por saber más acerca de los demás, por vivir una vida que no te corresponde te ha traicionado. Además, sé lo que estoy diciendo… no es un farol.

Creías que nadie se daba cuenta, creías que tu discreción te había vuelto invisible a los ojos de los demás y ahora resulta que tú como observador eras observado.

Empezaste de la forma más inocente: por las mañanas tuviste que dejar el coche en casa e ir al trabajo en guagua porque el tráfico en la ciudad era cada vez más odioso y aparcar se estaba volviendo un problema. Pensaste que era más sano para tus nervios coger el transporte público y así podrías evitar la agresividad innata que emanabas por las mañanas al coger el volante. Y así lo hiciste.

La guagua te entretenía, te gustaba observar a la gente que subía y bajaba de ella. Primero observabas la conducta de los pasajeros con empatía, miraba a los estudiantes, los pensionistas y al gran número de funcionarios que hacían uso de ella.

Después te inventaste un juego: tenías que adivinar por la conducta y vestimenta a qué se dedicaban. Si los estudiantes eran universitarios o no, si los funcionarios eran de Hacienda o de Justicia, si los pensionistas iban al Hospital o al Ambulatorio…

Te divertías mucho, creías que estabas aprendiendo datos valiosísimos acerca de la conducta humana, de la manera de relacionarnos que tenemos las personas según el tipo de vida que llevamos.

Cada vez te hacías más certero en tus deducciones, observabas tan bien la conducta de los demás que casi no errabas. Sabías a simple vista a qué se dedicaba la persona que habías elegido ese día. Claro que, para llegar a tal grado de perfección, le dedicabas mucho tiempo. Primero empezaste a salir de casa más temprano para coger la guagua antes y así quedarte dos paradas después de la tuya. A pesar de salir pronto de casa llegabas muy tarde a la oficina porque empezaste a seguir al viajero elegido para comprobar que no te habías equivocado. Cuando comprobabas que todo lo que habías pensado acerca de esa persona era cierto, corrías muy orgulloso a tu  oficina a desempeñar tu trabajo, donde eras menos eficiente porque te dedicabas a elaborar un mundo imaginario alrededor de las personas que veías todas las mañanas, imaginando sus vidas, sus costumbres, sus defectos y virtudes… En fin, vivías la vida de los demás y dejabas de lado la tuya, que cada vez era menos importante para ti. A veces, no te contentabas con ver que no te alejabas de la realidad de esas personas sino que también esperabas a que salieran del trabajo para comprobar si todo lo que habías imaginado acerca del pasajero  era cierto también.

Comprobabas  que la señora inmigrante con expresión triste que cogía la guagua en tu misma parada efectivamente era empleada del hogar y, después de trabajar durante el día en varias casas, volvía a la suya para encerrarse en una bulliciosa soledad, ya que a pesar de vivir veinte personas en un piso, se sentía muy sola porque tenía a su familia lejos.

Estupefacto, veías que la funcionaria de Hacienda, tan elegante y correcta, perdía los papeles todas las tardes cuando llamaba su ex marido amenazando con quitarle la custodia del niño.

Poco a poco te fuiste convirtiendo en un espía. No importaba que estuvieras invadiendo la intimidad de las personas, tú tenías que satisfacer tu curiosidad. Si alguien subía a la guagua se arriesgaba a que tú curiosearas en su vida.

Sentías  que era muy lícito tu juego y que no hacías daño a nadie. Nunca abordabas a las personas, eras hábil y nadie se daba cuenta, nadie se sentía observado, creías tener derecho a hacerlo mientras no hubiera un contacto personal entre la persona observada y tú, y lo hacías sin tener el más mínimo remordimiento. Pero ignorabas que también eras observado.

Un día estabas tan absorto en tu persecución que no te diste cuenta de que el espacio que quedaba entre la escalera de la guagua y el bordillo era más amplio que de costumbre. Resbalaste y caíste. Sentiste el dolor de cabeza más fuerte que habías sentido en tu vida, pero pensaste que se te pasaría en cuanto te sentaras y recuperara el aliento.

-Qué amable es el chofer -pensaste-. Ha parado la guagua y él personalmente me está atendiendo. Pero…

¿No te preguntas por qué te está sentando en su lugar? ¿Por qué te dice que era de esperar?  ¿Por qué estás conduciendo tú la guagua? Antes eras usuario y ahora eres chofer. ¿Por qué?

Te lo diré, amigo Julián: tú eres mi relevo; tú, con tu jueguito inocente has cometido una falta, has perdido la cabeza como la perdí yo hace mucho, mucho tiempo. Gracias a tu descuido voy a ser libre otra vez y tú serás ahora el encargado de conducir tu propia cárcel rodante hasta que llegue otro como nosotros que te libere.

Un consejo: nunca apartes  la vista del retrovisor, va a ser la única conexión que tengas con tus pasajeros.

Mercedes Domínguez

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24 enero 2011 - Publicado por | Cuentos, General | ,

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