Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El quinto mandamiento

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Con motivo de su llamada, regreso por última vez a su estudio, el lugar donde todo comenzó. Recostado en el que fue su sillón, espero lo inevitable. Qué ironías tiene el destino: el final que yo prepare para él, es ahora el mío.

El día que le conocí, tuve la certeza de que también yo estaba llamado, diría más bien predeterminado, a ser un gran artista. Vicente era el pintor revelación del momento y se encontraba en la cúspide de su éxito. Por aquel entonces, mi madre era su mecenas, aunque las malas lenguas en cambio decían que eran amantes. Lo cierto es que de un modo u otro termine siendo su alumno. El tenía puestas grandes expectativas en mí. No en vano, mi progenitora era una reconocida crítica de arte y tal vez, solo tal vez, por este hecho pensó que yo había heredado alguna de sus aptitudes para la pintura. Pero Vicente fue perdiendo el interés de forma gradual y sencillamente se limitaba a delegarme trabajos de ínfima importancia, encargos que él detestaba realizar, alegando que “rebajan a cualquiera que se digne llamarse artista”. Esto me enfureció enormemente. Se burlaba ante mi propia cara y, en cambio, yo permanecía allí de pie, con mi enorme sonrisa tratando de disimular, lo que en el fondo deseaba hacerle. Me sentí tremendamente defraudado, él, que era todo un ídolo para mí,  se transformó de repente en un ser aborrecible.

Planeé todo con sumo cuidado. Aunque, debo confesarlo, en el fondo fue el mismo Vicente, quien, sin percatarse de ello, me dio la idea. Cuando acudí por primera vez a su estudio y después de una larga charla, mencionó, creo recordar, cinco o tal vez seis normas que todo pintor debía respetar. Normas que bajo ningún concepto debían pasarse por alto, por las trágicas repercusiones que esto traería.

-Nunca utilices un pincel que pertenezca a otro pintor. Pero sobre todo nunca uses el de un muerto. A todo gran artista, se le debe enterrar con su pincel.

No pude menos que soltar una carcajada y decirle:

-Bobadas, Vicente. Eso son misticismos y leyendas sin sentido.

Pero Vicente pasó a relatarme un hecho confirmado, y según él, registrado en no recuerdo qué libro, sobre lo ocurrido a un aprendiz que pasó por alto esta advertencia. Aquel acontecimiento causó muchas desgracias,  pues todo cuanto pintó terminaba por desaparecer. Edificio que pintaba, edificio que desaparecía. Lo mismo le pasó a todo ser vivo que retrató: nunca más se supo de ellos. Por último, él mismo fue victima de su arrogancia, pues antes de conocer las consecuencias se había autorretratado. Conociendo esto, y con la ayuda de un hábil marchante, obtuve el pincel de un famoso artista recientemente fallecido, de similares características al usado por Vicente. Una vez intercambiados los pinceles, todo lo demás sucedió con tremenda rapidez.

Mi intención era que Vicente sufriera y que pagara por el daño que me causó; pero, tristemente, siempre existen victimas colaterales. Aunque las primeras desapariciones pasaron inadvertidas, el resultado final fue devastador. Los siguientes en esfumarse fueron algunos de sus clientes más importantes, más tarde los pocos amigos que tenía y por último la pérdida más dolorosa para ambos, mi propia madre. Esto último nunca debió suceder. Pero al fin lo vi sufrir. Vicente cayó en una angustia tal que terminó recluyéndose en su estudio, y abandonó por completo lo que más amaba: la pintura.

Sólo me restaba contarle que yo era el causante de todas sus desgracias. Se encontraba recostado en su sillón, abstraído y taciturno, sosteniendo una copa en su mano. Le confesé cómo lo había fraguado todo. Él levantó vagamente la mirada, para, acto seguido, apartarla con un gesto de desprecio.

 Nada supe de él hasta hoy, cuando recibí su llamada telefónica y dijo que era urgente que me personase en su estudio, que no le quedaba nadie más a quien acudir. Una vez allí, observo cómo la oscuridad cubre el estudio, y solo un leve resplandor se abre paso a través de las abultadas cortinas. Vicente amaba la luz del sol. El efecto que ésta produce en los cuadros era algo que le fascinaba; por ello había desistido en instalar luz eléctrica en el estudio. Al apartar las cortinas, el resplandor del sol me ciega por unos instantes, tras lo cual lo veo junto a su sofá, desparramado por el suelo, frío e inerte. A su diestra, un cuadro que permanecía cubierto, con una nota dirigida a mí, que dice: “Te dejo esta última obra, que tan solo tú podrás apreciar.” Dejo caer la tela que lo cubre, y cuando por fin lo contemplo, siento como si se detuviese todo a mi alrededor. El silencio queda ahogado por el sonido acelerado de mis latidos y el temblor que producen mis manos. Me desplomo en el que fue su sillón y admiro aterrado la inmensidad de su obra. Es mi imagen, es mi retrato, el que plasmó en el cuadro. Y entonces lo comprendo todo. Cuánta razón tenía Vicente: solamente yo sabría apreciarlo, apreciar su venganza. Ahora sólo me resta esperar lo inevitable.

César Socorro.

31 Marzo 2009 Publicado por factoriadeficciones | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El quinto mandamiento

 

En la región del norte era conocido por su extraordinario talento un viejo pintor, al que un día acudió como aprendiz un joven que, aunque con sueños de grandeza, carecía de talento para la pintura. El afamado pintor debió ver en el joven aprendiz al hijo que nunca tuvo. Por ello hizo todo lo que estuvo a su alcance para instruirle en todos los entresijos de este oficio. Sus esfuerzos sin embargo parecían inútiles; era como tratar de golpear al viento, pero, aun así, todos los días le reiteraba los mandamientos del gremio de los pintores, haciendo especial hincapié en el quinto y más importante.

-“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido” –le decía-. Debes  comprenderlo: es de trascendental importancia que el artista sea enterrado con su pincel.

El joven aprendiz asentía con la cabeza, aunque no tomaba en serio estos preceptos de los pintores.

“¡Bobadas! ¡Tontas tradiciones de viejos!, pensaba para sí. Por algún motivo, no quiere que lo coja; seguro que con ese pincel podría llegar a ser un gran pintor”.

El anciano un día enfermó gravemente y dejó a cargo de su estudio al joven aprendiz, no sin antes advertirle:

-Recuerda: no realices ningún trabajo con mi pincel. He dejado tus herramientas en la mesa del estudio. Mientras yo me repongo, tú estarás a cargo de todo.

Durante los días siguientes, el joven aprendiz trató de realizar algunos de los encargos, pero con terribles resultados: nada de lo aprendido parecía haber dado fruto; su talento era del todo escaso. Frustrado se acercó a los utensilios de su maestro y, haciendo caso omiso de sus advertencias, tomó el pincel y se puso manos a la obra. El aprendiz no salía de su asombro, se decía:

-¡Por este motivo no quería que usase su pincel! Con él puedo pintar los cuadros más bellos que nadie haya contemplado jamás.

En el transcurso de las semanas que siguieron, la salud del anciano se deterioraba, al tiempo que el joven aprendiz iba ganado fama debido a sus impresionantes trabajos. Nunca antes habían tenido tantos encargos.

-Amasaré una fortuna –se decía.

Cierto día fue llamado con urgencia por el anciano pintor, que se encontraba ya en sus últimos momentos. El maestro hizo que se reclinara ante él y le dijo:

-A partir de ahora, todo lo que poseo será tuyo, pero recuerda siempre  lo que te he enseñado. Sobre todo, júrame que cuando fallezca me enterrarás junto a la tumba de mis ancestros y que pondrás mi pincel en el ataúd.

-Haré tal como me pedís –le mintió.

Antes de expirar, pudo pronunciar por última vez la advertencia:

-“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido…”

El aprendiz  hizo caso omiso de las advertencias y del último deseo de su maestro, apoderándose del pincel. Las semanas siguientes trabajo de sol a sol, tratando de aprovechar el abundante trabajo. Cierto día, uno de sus clientes más importantes le trajo un obsequio. Se trataba de un gran espejo proveniente de París, adornado con un marco tallado en madera noble e incrustaciones de piedras preciosas.

-Un espejo digno de la realeza- pensó para .

Con esmero dibujo en un lienzo el singular espejo, tras lo cual pintó su imagen reflejada en él. Tituló a su obra El hombre del espejo. Se sintió realmente  orgulloso de ella.

Al principio todo comenzó como un rumor, luego adquirió el tono de una catástrofe.  Cuando desaparecieron algunas vacas y algunos rebaños, lo achacaron a alguna banda de ladrones. Cuando desaparecieron algunos habitantes, esto causó una gran preocupación entre la gente. Pero cuando desaparecieron algunas edificaciones, incluido el viejo castillo, se desató la histeria colectiva.

Cuando el joven aprendiz, ahora un afamado artista escuchó la noticia, no le prestó mucha atención. Pensó que no eran más que chismes de viejas que no tenían otra cosa que hacer. Pero al regresar a su trabajo, por alguna extraña razón recordó las palabras de su viejo maestro (“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido”), a la vez, que un gélido escalofrío recorría su cuerpo. Al contemplar los cuadros que allí se hallaban, pudo observar que todos esos lugares y personas habían sido pintados por él.

El horror lo convirtió en su presa al comprobar que todas esas desapariciones habían acontecido en el transcurso de un mes después de pintarlas, y que esa misma noche, su obra magna El hombre del espejo, cumplía un mes de concluida. ¿Qué podía hacer? Le había fallado a su maestro y  pagaría por ello. Reclinado en una silla, se dedicó a observar el cuadro, al mismo tiempo que a las manecillas del reloj, no le restaba más que esperar lo inevitable. Dieron las doce, la una, las dos. Pero él permanecía allí, inmóvil. Por alguna razón inexplicable, seguía existiendo, no había desaparecido. Aun así permaneció durante toda la noche sentado, temiendo que si se levantaba, terminaría esfumándose.  Al amanecer, cobró valor y se acercó, no sin temor, a la entrada. Al pasar junto al espejo algo le hizo estremecerse: retrocedió unos pasos y fijó la mirada en el espejo. Pudo contemplar aterrado cuál era el precio por su atrevimiento: su reflejo había desaparecido para siempre.

 

César Socorro

11 de marzo de 2009

 

 

13 Marzo 2009 Publicado por factoriadeficciones | Cuentos, General | , , | 1 comentario