HH. AA.
Allí estábamos los cuatro, con caras de circunstancias, mirando aterrados el sobre que sostenía Enrique, convencidos de que encerraba la terrible verdad que todos conocíamos, pero no nos atrevíamos a pronunciar: cáncer.
-No me siento con fuerzas para abrirlo -dijo Enrique-. Si alguno quisiera hacerme el favor…
-Yo no creo que pueda -rehusó circunspecto Matías-. Ya sabes, tengo el corazón débil y una mala noticia como ésta podría matarme.
Roberto declinó gentilmente la apertura del sobre con un gesto: “Mi hipertensión”, se excusó. Sí, ya sabíamos, su hipertensión, que precisamente la noche anterior le había dado un buen susto y le había tenido casi tres horas esperando en la sala de urgencias del ambulatorio al inútil del médico de guardia, que lo había despachado en dos minutos diciéndole que no había sido más que un ataque de ansiedad. Ni analítica, ni electro, ni derivación al médico de cabecera. ¡Una vergüenza!
-Sólo quedas tú, Felipe. ¿Te importaría?
-Hombre, si no hay más remedio…, aunque ya sabes que también ando delicado del hígado, un tumor con total seguridad. Dentro de una semana, que se me hará eterna, me entregan los resultados de la ecografía. Pero, anda, dame. Hoy por ti y mañana por mí. Y que sea lo que Dios quiera.
Abrí con solemnidad el sobre, como si fuera un juez que estuviera a punto de leer una sentencia de muerte.
-¿Y bien? Dímelo sin rodeos. Prefiero enfrentarme a la verdad por dura que sea, a vivir engañado hasta el momento final.
-A ver, bla, bla, bla…, megacisterna magna…
-¡Oooh! –replicaron con espanto los otros.
-Lo sabía -dijo Enrique visiblemente alterado, echándose manos a la cabeza-, sabía que había algo malo ahí dentro. Y dice si es muy grave eso. ¿Moriré pronto?
-… por lo demás –continué leyendo–, los resultados se hallan dentro de la normalidad, no apreciándose signos patológicos …
-¿Quieres decir que no hay tumor cerebral?
-No, parece que no.
-¿Ni un derrame, ni un coágulo?
-Pues tampoco.
-Y eso de la cisterna, ¿será más grave que un tumor cerebral?
-Pues no lo sé. No nos pongamos en lo peor…
-Yo he leído algo sobre eso –intervino Matías-, creo que puede presionar el cerebelo y producir taquicardias, o algo así; o darte convulsiones. Al principio, pensé que mis arritmias podían deberse a alguna presión sobre el cerebelo, pero no; al final, como sabéis, lo mío no tenía que ver con eso. Es más grave, intuyo.
-Ahora que lo dices, a veces tengo palpitaciones. Yo lo achacaba a la cosa valvular –indicó Enrique, mientras sacaba el frasco de tranquilizantes del bolsillo de la chaqueta y se ponía uno debajo de la lengua.
-También tiene que ver, el cerebelo digo, con los movimientos musculares involuntarios -agregó Matías-, ya te digo, convulsiones y eso.
-¿El médico en casa?- pregunté.
-No, la “Wikipedia”-aclaró Matías.
-Ah.
-¿Quiedes decid que eso puede provocadme una epidedsia, un Padkinson o adgo así? -indagó Enrique, a quien apenas se le entendía palabra porque no podía mover la lengua para evitar tragarse el tranquilizante.
-O una esclerosis múltiple… ¿Podría producir esclerosis múltiple? –inquirió temeroso Roberto.
Sentí, de pronto, como toda la sangre de mi cuerpo subía hasta la cabeza y se me agolpaba entre las sienes.
-¡Esclerosis múltiple! Acabo de recordar -les dije, casi en estado catatónico, mientras buscaba apoyo en el respaldo de una silla- que un tío de mi mujer murió de eso precisamente. ¿La habré contraído? ¿Y si la flojera del verano pasado no se hubiera debido a un virus tropical, como creí, sino a una crisis de esclerosis múltiple? Y como yo nunca he estado en el Caribe…
Me miraron compungidos y resignados. Se acercaron a abrazarme. Sí, claro, ellos ya habían pensado en esa posibilidad.
-Cuando a uno le toca, le toca. Sé fuerte, Felipe, sé fuerte. Recuerda cuando sospeché que era seropositivo, con aquel sarpullido por todo el cuerpo que parecía sarcoma de Kaposi. Me armé de valor, se lo conté a mi novio y me fui unos meses de casa para no contagiarlo. Viví solo y en silencio mi enfermedad. ¡Menos mal que resultó ser una intoxicación alimentaria!
Asentí. Sí, Roberto nos había dado a todos una lección de valentía y serenidad. Aunque a Dionisio, su novio, le pareciera que si Roberto tenía motivos para creerse contagiado, por algo sería. Aquello acabó con siete años de feliz convivencia. Lo que es no comprender que una enfermedad se coge como y donde menos uno se la espera, que te acecha agazapada en cualquier rincón hasta que, por fin, te atrapa y te destroza, sin que puedas hacer nada por evitarlo.
-Y mi hepatitis B -nos recordó Enrique-. Iba siempre al lavabo con mi botellita de lejía para no contagiar a nadie en la oficina. ¡Y, encima, me tomaban el pelo los compañeros de trabajo!
¡Pues claro que lo recordábamos! Le dijeron que era estrés, pero nosotros sabíamos lo que era en realidad. Como el cáncer de pulmón que fulminó a Oliverio, que en paz descanse. Su mujer, obviamente enajenada por el trágico suceso, nos dijo que había muerto de puro pánico dos días antes de que le dieran los resultados de las pruebas. ¡Pobre ingenua!
Me preguntaba si sería yo el próximo, cuando entró en la sala el doctor Godoy. Nos apresuramos a esconder donde y como pudimos los ansiolíticos, hipotensores, psicotrópicos, antibióticos, analgésicos, antipiréticos… En fin, todo aquel pequeño arsenal de fármacos que, por previsión o por tratamiento, llevábamos siempre con nosotros, y cuyos efectos y resultados anotábamos escrupulosamente en nuestras respectivas libretitas para poder intercambiarnos fielmente la información (una estupenda idea de Roberto, siempre tan organizado).
-Y bien, ¿cómo andamos hoy? -nos interpeló Godoy que, por cierto, traía mala cara.
-Pues, ya ves Godoy -tomé la palabra-. Pachuchos, como siempre, y con malas noticias.
-¿Y sobre quién esta vez?
-Señalamos a Enrique que sostenía apesadumbrado el sobre con los resultados de su resonancia craneoencefálica:
-Megacisterna magna y probable tumor cerebral.
-A ver, dame eso. Enrique, no tienes nada. Esto no es una enfermedad, sino una malformación congénita. Y, en cuanto al tumor cerebral, ¿por qué crees tenerlo? ¿De dónde has sacado esa idea?, ¿House, Anatomía de Grey, Hospital Central?
-De un episodio antiguo de Urgencias. Lo repusieron hace tres semanas. Un inmigrante mejicano en estado terminal. Mis mismos síntomas, y el Clooney se lo diagnosticó nada más verlo: tumor cerebral. Ya le digo –cuando se enfadaba, Enrique tenía por costumbre tratar de usted-, los mismos síntomas. Y, además, que sé yo si esa resonancia se equivoca. No, si ya me parecía a mí que aquella chatarra de máquina no funcionaba. Y perdone usted, pero ¿quién dice que por ser congénita mi mega-lo-que-sea no pueda ser mortal?
Todos asentimos. Las consideraciones de Enrique se encontraban dentro de lo razonable.
-Señores, ¿cuántas veces les he dicho que tienen prohibidas las series de médicos? No quiero que vean ni un solo episodio más. ¿Entendido? ¡Cuántas veces tendré que repetirlo! Vamos a ver, ustedes no padecen ninguna enfermedad crónica, ni terminal, ni degenerativa. Su única enfermedad está aquí -dijo señalándose la frente-, y yo no puedo ayudarlos a superarla si ustedes no colaboran –nos sermoneó visiblemente irritado Godoy, devolviéndonos el trato de usted con el que Enrique se había dirigido a él.
El doctor Godoy –que, dicho sea de paso, no era doctor en medicina sino en psicología (¿hace falta aclararlo?)- estaba sudoroso y pálido, y como masculló Roberto, que se había sentado a mi lado, tenía además unos sospechosos granitos que le bajaban por el cuello, desde la barbilla hasta la clavícula izquierda, y una bolsa en el labio superior, repugnante, la verdad.
Sarpullido, herpes, irritabilidad… Sífilis, sin lugar a dudas.
Todos sabíamos que Godoy tenía fama de promiscuo e irresponsable, como casi todos los psicólogos. Y a saber cómo se contagiaba la dichosa enfermedad. Yo ya empezaba a sentir unos picores extraños en la entrepierna.
Tendríamos que ir pensando en abandonar la terapia. Mientras tanto, lo mejor sería mostrar indiferencia, ir poniendo excusas para no asistir hasta acabar desapareciendo; y, por supuesto, llegar un poco antes a las pocas sesiones más a las que nos atreviéramos a acudir a fin de esterilizar las sillas antes de sentarnos. Cualquier precaución es poca, y nunca se sabe qué trasero se ha sentado en tu silla antes que el tuyo.
Angélica González Gopar
Sinfonía para una mente rota
La soledad la carcomía por dentro. Abrió las puertas del armario y una por una fue sacando todas las prendas de color. Primero la amarilla. Verde, Roja, Azul, Blanca, Naranja. Ya sólo quedaba un pequeño montón de ropa gris y negra. Se ahogaba y rompió a llorar sobre el vestido negro. Se recostó en el suelo y rodó hasta meterse dentro del armario, debajo de los cajones. Pasó mucho tiempo ahí dentro, quizá un día, quizá dos.
El calor fue lo que la despertó. Abrió los ojos y alzó la vista. Estaba muerta. Tenía que estarlo porque aquello era el infierno. De pronto, una llama alcanzó el armario y se percató de que era real. Las llamas contagiaban todo su calor, mientras ella, con un torpe caminar, salía de la casa. Negro. Eso era lo único que le quedaba, una casa llena de negro, pero vacía.
Pasó las siguientes semanas en casa de su amiga Luisa, en un estado prácticamente vegetal. Comer; dormir; comer; baño; dormir; baño; comer; dormir. Vomitar. Vomitarlo todo. A ninguna de las dos se le ocurrió que Olga pudiera estar embarazada, pues a su edad era, supuestamente, imposible.
Hacía muchos años que Olga había perdido toda la esperanza de ser madre, por eso no le importó que su bebé fuera rectangular y tuviese cuatro patitas. No estuvo segura de lo que era hasta el día del parto. Fue doloroso, y, por imposibilidad geométrica, le tuvieron que hacer la cesárea. Un secreter. Una mesita con las patitas enrolladas y unas difusas líneas donde se desarrollarían, más adelante, los cajones.
Olga lo alimentó con sus palabras. Y sus secretos. No le contaba solamente lo que vivía a diario, sino también aquellos oscuros secretos que pensó que tendría que cargar en soledad y en silencio. Pero eso no era suficiente para el Secreter, y se sentía solo, su madre no le dejaba tener amigos, y ningún otro ser humano sabía de su existencia. Su único amigo era un gatito azul que, siempre que Olga volvía a casa, salía por el agujero de la ventana.
Un día cuando Olga volvía de su paseo matutino por el parque, vio una muchedumbre alrededor de la puerta de su casa. También estaba la policía. Se asustó. Se acercó poco a poco, y al llegar a la altura de la cinta se le encogió el corazón. Toda la acera estaba llena de fotografías de su difunto esposo y de papeles firmados por ella… Un policía muy alto se le acercó y le preguntó: “¿Es usted Olga Curbelo, viuda de Antonio Sánchez?”. Ella sólo pudo asentir con la cabeza. Entonces el hombre sacó unas esposas de su bolsillo y sentenció en voz alta: “Señora Curbelo, queda usted detenida por el asesinato de su marido Antonio Sánchez. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante…”.
Final alternativo 1
Tres semanas habían pasado sin que se supiera nada de aquella viuda del 2º piso cuando los vecinos decidieron irrumpir en la casa. Todo estaba intacto, dormido bajo una capa de polvo, pero intacto. Sólo había un objeto que rompía con la armonía de la casa. Un secreter destrozado y una enorme hacha sobre él.
Final alternativo 2
Con el tiempo Olga comenzó a sospechar que el Secreter tenía un amigo. Actuaba de una manera diferente con ella, ya no ansiaba tanto su compañía y, hasta juraría, que no la escuchaba de la misma forma. Esa situación hizo que Olga se volviera más estricta con el Secreter, y que llegar a casa fuera como tumbarse en una cama de clavos. Ya no dormía, esperando a oír llegar al amigo del Secreter. Cuando salía se quedaba un largo rato detrás de la puerta por si llegaba “el amigo”. El Secreter apenas se percató de esas acciones dignas de pacientes de un centro de psiquiátrico, ni siquiera imaginó que Olga sospechaba que cuando ella se iba él tenía compañía. No lo sospecho hasta que lo supo. Y lo supo al mirar una tarde por la ventana y ver un bulto azul con cuatro patitas tirado en medio de la calle, y a Olga volviendo a casa con una impecable sonrisa.
Esther Fernández Guerra
El secreto
Se apoyó amorosamente sobre el secreter, su hijo. No estaba repuesta de la sorpresa, el regalo de Navidad de Secreter ese año era muy, muy brillante. Tenía asido fuertemente su viejo y olvidado bolso azul, que estaba algo roído por los ratones que pululaban por doquier. No en balde, la casa era vieja; casi tanto como ella. El amanecer, aún lejano, le traería la luz que necesitaba.
Miró el bolso de nuevo, como si nunca lo hubiera visto antes. También miró a Secreter, con tantos diminutos departamentos. Nunca se le ocurrió abrir los cajoncitos de su hijo, le parecía una intromisión en su intimidad.
Fue él mismo quien le regalaba la apertura espontánea -por Navidad- de un cajoncito cada vez.
Secreter nació el día 24 de Diciembre, el día de Navidad. Él no entendió jamás que su madre no fuera una mesa oblonga, ni siquiera una cómoda… Ella nunca le hablaba del tema, ni del parto, ni de su padre -creía que él no entendería-, pero le mimaba y le daba brillo, y una vez al año le lijaba y barnizaba. Le gustaba mucho esto y, aparte de las cosquillas, le hacía sentir muy querido. Por eso le daba poco a poco a su querida madre los secretos que guardaba en cada departamento, y que la gente que visitaba la casa (y era mucha) le dejaba para que utilizara a su criterio: este año le abrió el cajón más plano que tenía.
Y ella pudo ver que dentro había una pequeña lista. ¡Esa era una gran sorpresa! Jamás imaginó que su hijo supiera tantas cosas, fue recorriendo con la vista la lista, que tenía varias frases y se quedó con la siguiente: “Busca el bolso azul y mira dentro”. Lo buscó, miró en el interior y tocó unas piedras duras, muy duras. La luz de la vieja lámpara era insuficiente para verlas y salir de dudas, por lo que esperó al amanecer.
Llegó al fin el amanecer con su luz clara, tomó una piedra, la observó… Las tomó todas y las dejó caer en su regazo formando una pequeña y rutilante lluvia de diamantes.
Teresa García Castillo
La curiosidad mató al gato
Estaba obsesionada con aquel mueble. Pasaba una y otra vez ante el escaparate valorando cada detalle de la madera, su forma, textura y color. Sabía que ese anticuario era carísimo, y seguramente sería inaccesible para ella.
Un día se armó de valor y entró, disimuló dando vueltas por la tienda hasta que llegó al secreter. No se preocupó de mirar la etiqueta, pues supuso que no podría pagarlo, pero sí lo tocó, con una suave caricia, luego empujó despacio la puerta de fuelle, dejando ver en su interior la intimidad del mueble. Era de una belleza extraordinaria. Contenía cuatro cajoncitos a ambos lados, uno pequeño central y debajo una parte hueca, todo terminado con serigrafías adamascadas. Totalmente absorta con el mueble, abrió uno de los cajoncitos enterrándose una pequeña astilla en el dedo. Intentó quitársela con los dientes pero no pudo, así que, de mal humor, cerró el mueble y se fue de vuelta a casa.
Pasaron tres semanas desde la visita al anticuario y empezó a sentirse mal. Tenía náuseas producidas por un intenso sabor a barniz en la boca, y además notaba cómo se le iba abultando el vientre, no de manera redondeada, sino más bien alargada y cuadrada.
Al mes, su vientre era igual que un cajón. Se pasaba el día encerrada en casa por la vergüenza, hasta que llegó la noche en que comenzaron los dolores. Primero como suaves contracciones, luego más intensas y seguidas y con dolores de empuje.
Se puso en cuclillas en la bañera y aprovechando una contracción empujó fuertemente: asomaron cuatro patas torneadas. Pensó que se desmayaba, pero no, siguió y siguió y, en una segunda contracción, expulsó el mueble entero.
Era una miniatura del secreter que había visto en el anticuario. Mas ilusionada que absorta, por lo insólito de la situación, lo limpió y lo puso encima de la alfombra. Se baño, vistió y salió a la ferretería a comprar lo necesario para el recién parido.
En una cesta colocó un bote de syladecor, barnices, aceites y lijas finas y gruesas, y lo colocó junto al mueblito. Cada mañana le daba los productos necesarios para que fuera creciendo fuerte como un roble. Aún los cajoncitos no estaban bien formados y no se podían abrir.
A los tres meses el secreter tenía una altura de un metro, y presentaba un magnífico aspecto. Ya iba siendo hora de empezar a meter cositas. Abrió el cajoncito superior del lado derecho y encontró que en uno de los nudos había un bultito rojo, como si de una gotita de sangre se tratara. Empezó a frotar con un pañito, pero la gotita no salía. Sin darle la mayor importancia siguió llenándolo.
Una mañana fría de invierno la despertó el llanto de un bebé. Puso atención para oír de dónde procedía y vio que era del interior del secreter, de aquel cajoncito, el superior del lado derecho.
Alicia Rodríguez Verona
Mi amigo Hans
En más de una ocasión estuve tentado de contártelo, pero al mismo tiempo me parecía tan absurdo que decidía olvidarlo para evitar que te rieras de mí. La primera vez fue sólo su sonrisa burlona mientras se mofaba de mis pintas de empollón regordete en el colegio. Evidentemente, me hizo mucha gracia recordar aquel sueño por la mañana. Habían pasado tantos años desde entonces que apenas me acordaba de que en algún momento lo llegué a ver como un niño odioso. Además, después de todo, probablemente por aquellas burlas empezó nuestra amistad. La relación entre Hans y yo no fue cualquier cosa, él siempre se ha encargado de apoyarme, de protegerme… Siempre ha sido un amigo incondicional. En algún momento llegué a pensar que tampoco tenía que ocuparse de alejar al resto de los chicos, pero su aprecio era tan grande que pude entender que me quisiera sólo para él. Cuando apareciste tú la cosa cambió; eras la chica de mis sueños, y en cuanto le conté que me moría por tus huesos se las ingenió para acercarnos. Después vino aquel sueño: mi hermano era atropellado por un camión en medio de la noche, en una zona donde no había tránsito peatonal. Nunca supe que hacía Robert andando a las tres de la madrugada por la autovía. Robert era el que siempre daba la cara por mí ante situaciones complicadas. A Hans nunca le cayó bien, decía que se las daba de héroe… En realidad nunca terminaron de gustarse. También hubo una época en que soñaba con mis padres, siempre la misma escena. Ellos venían a casa sólo por los cumpleaños y por las navidades. Aquella víspera de cumpleaños la había vivido casi todas las noches durante los últimos once meses. Me asaltaba la escena de la explosión de la bútsir cada vez con más frecuencia, aunque no le prestaba atención, ya que ellos no usaban cocina de gas desde hacía años. No he podido asimilarlo, fue una tragedia que, tal vez, pude haber evitado. Podían haber venido una semana antes del apagón. A partir de aquel momento empecé a relacionar ciertas ideas. Cada vez que sentía una emoción intensa con alguien me iba a la cama con el trasteo y terminaba soñando. La última conversación que tuve con mi madre fue bastante molesta, aunque daba por sentado que todo quedaría en el olvido. Pero daba la casualidad de que Hans siempre estaba allí, a mi lado, y al poco tiempo aquella persona con la que me había disgustado desaparecía tal y como yo lo había soñado. También ocurrió cuando mi gato apareció envenenado el día después de haberme enfadado con él porque se había comido el jamón que tenía en la mesa para hacerme el bocadillo. Y con mi loro, mi amigo Fran… Pero al mismo tiempo me decía que debía ser una paranoia. Hans ha sido siempre mi mejor amigo. Él siempre decía que su misión era hacer realidad mis sueños. Por eso aquella anoche me hice, al acostarme, el firme propósito de soñar con Hans.
Pepa Marrero
Amnesia
Cuando comencé mi trabajo de taxista, tenía la ilusión de convertirme en cualquier momento en Robert De Niro. Poco a poco mi esperanza se fue difuminando, las noches de mi ciudad no se parecen en nada a las de Nueva York y, por suerte, yo tampoco acababa de participar en la guerra de Vietnam. Me resigné pensando que lo mejor que me podía pasar era ser un taxista normal y corriente.
Hace dos años que transito con el taxi por las calles nocturnas. Su propietario me lo alquiló por horas. No era un negocio muy rentable para mí, pero era el único trabajo al que podía acceder por entonces. Además, llevaba más de seis meses en paro y aunque vivo solo, tengo mis necesidades como cualquier hombre.
Una mañana, cuando me disponía a pasar la aspiradora para entregar el coche limpio e impecable a su dueño, me encontré con una gran sorpresa. “Esto es más interesante que Taxi Driver”, pensé. Debajo del asiento de la parte trasera, había un zapato de mujer. Era un calzado sencillo, pero elegante, cerrado, de color marfil, parecía de novia, fruncido en su parte delantera y adornado con una discreta hebilla. Primero pensé que podría haber caído de alguna bolsa por descuido a cualquier señora un poco despistada. Pero me di cuenta que estaba usado. “¿Quién podría perder un zapato? ¿Quién será esta delicada Cenicienta?” Decidí llevarlo a casa. Lo dejé en la entrada, junto a la puerta. En la cama traté de recordar a las personas que había llevado en el taxi durante la noche, pero pronto el cansancio me derrumbó, y debí quedarme dormido. Me dolía todo el cuerpo.
Cuando me levanté, era cerca del mediodía. Al bajar de la cama, el zapato estaba a mis pies y Pérfido, mi pequeño siamés, lo mordisqueaba y olía con cierta ansiedad. Me duché y bajé al bar a desayunar. Mientras el camarero me traía el café, eché un vistazo al periódico. Quedé impactado cuando leí el titular de una noticia: “Hallado el cadáver semienterrado de una mujer ”. Continué leyendo: “La víctima, aún sin identificar, es una mujer joven con signos corporales de haber sufrido una violencia extrema. El único elemento de su vestimenta, un zapato, calzado en su pie izquierdo”.
Mi primer pensamiento fue acudir a casa, coger el zapato y llevarlo a la policía. Pero imaginé cómo sería el interrogatorio y abandoné la idea. Intenté de nuevo hacer memoria, y traté de recordar a las personas que habían subido al taxi durante la noche: “A ver…, al empezar la carrera subió aquella señora mayor que dejé en el hospital, la pobre me habló de su marido que estaba muy grave… A las cinco de la mañana, llevé a una pareja de jóvenes al aeropuerto. Mi último cliente fue un señor canoso, recuerdo que llevaba un maletín de trabajo, lo dejé en Hacienda. Pero…, ¿a quién llevaría yo entre las tres y las cinco? Volví a casa, cogí el zapato y lo lancé al mar desde el muelle.
Mercedes Arocha
Tiempo y vida
María sabía que la vida cambiaba algunas veces a la velocidad de la luz, pero ahora, parada frente al ascensor esperando a que llegara, todo le parecía demasiado. Demasiado irreal, demasiado complicado. El ascensor llegó y ella se metió dentro con su cachorro Akita. Pulsó el botón que tenía el cinco algo gastado. Y mientras el aparato la elevaba, se dio cuenta de cómo su vida había cambiado. Primer piso. Su padre ya no la abrazaba tanto, su madre cada vez le hacía menos caso. Segundo piso. Ya las típicas frases de “lo entenderás cuando seas mayor” habían pasado de largo… Porque ya se había hecho mayor. Tercer piso. Y para su abuela… Bueno, sencillamente parecía haber dejado de ser la niña de sus ojos. Cuarto piso. Toda la amalgama de relaciones amorosas, el entresijo de problemas con sus amigos, que ahora pasaban borrosos por su mente, le habían producido muchos dolores de cabeza. Quinto piso. Y ahora vivía sola, en el piso quinto de una comunidad en la que no conocía a ningún vecino. En el quinto piso, donde su único consuelo y diversión era el cachorro que estaba a su lado, esperando a que se abrieran las puertas. Cuando éstas lo hicieron, no dio crédito a lo que veía tras ellas, al lado de su puerta, esperándola. Era su madre, y tenía en sus manos un queque, probablemente hecho por ella. Entonces se sonrieron y María, por primera vez desde que vivía allí, sintió que lo que le pasaba es que se estaba haciendo mayor y que, tal vez, aquello no fuera tan malo. Y mientras se acercaba a su madre para darle un abrazo, se dio cuenta de que el tiempo es un regalo y no un obstáculo.
Cristina Velázquez López
Se-cre-ter-minado
Algunos dicen que la vida está hecha de encuentros y desencuentros. Yo sólo sé que ese encuentro dio un vuelco feroz a su destino.
Ella lo vio de repente, apoyado en un semáforo lluvioso. Respiró entonces el olor a polvo del sótano y sintió otra vez aquellas frías y temblorosas manos que la acariciaban en la oscuridad. Pero él miraba al suelo, distraído. No sabía si esconderse o rajarse la garganta gritando su nombre. Al fin se puso en verde y ambos se cruzaron en mitad de la calle. Cuando pasó junto a ella, la miró como quien mira pasar los árboles desde el autobús. “No me ha visto”. Y entonces fue cuando se dio cuenta: “Nunca me vio”. Siguió su camino y se adentró en el parque. A cada paso pisaba su pasado con más desprecio.
Pero las cosas a veces suceden de este modo: justo cuando el semáforo se puso rojo por segunda vez, él giró la cabeza y lo entendió todo. Había vuelto a perderla. Alcanzó quizá a ver su pequeña silueta deslizarse entre los primeros árboles del parque, y disfrutó lenta y silenciosamente de ese dibujo, dejándolo disolverse como un azucarillo en la boca.
Jamás volverían a encontrarse. Tampoco sabrían que, fruto de este mágico y desafortunado encuentro, nacería un hermoso secreter de madera tostada.
La primera vez que ella notó cómo los pequeños cajones empezaban a abrirse y cerrarse en su interior, rompió a llorar, quizás por miedo, quizás por pura emoción. Pasaba las tardes viendo catálogos de Ikea, pensando qué cortinas poner en el salón cuando naciera para que hicieran juego o qué alfombra para protegerlo del frío. Estaba tan obsesionada que prácticamente forró la nevera de ecografías en las que apenas podían distinguirse ciertas esquinas. A veces, saboreando un té de pensamientos, se decía: “Estoy sola. El secreter jamás tendrá un padre”. Pero eso no la asustaba. Se sentía capaz de todo, en la cima del mundo.
Final primero:
Por fin llegó el gran día. Todo salió como estaba previsto. A los pocos días pudo abandonar el hospital y descansar en casa. ¡Qué espectáculo el secreter bajo la luz dorada del salón! La madera, marrón tostado, ribeteaba en figuras surrealistas por todas partes. Tres cajones se disponían a cada lado, pintados de un verde aceituna. A cada uno de ellos le brotaba en su centro una antigua y ornamentada cerradura de cobre. Bajo el firme recorrido de su amplio y suave tablero se erguían cuatro patas del ébano más negro, dibujando pequeñas ondulaciones en sus extremos. Era el secreter más hermoso que había visto nunca.
A partir de ese momento, Alejandra Pizarnik no dejaría de escribir poemas en él ni una sola noche, pues así es como ella había entendido ese regalo del destino. Sobre él se quitaría la vida el 25 de septiembre de 1972, dejando que su sangre se filtrase entre las vetas de la madera como tantas otras veces lo había hecho la tinta de su pluma.
Final segundo:
Y así fue como el secreter nació inmerso en el amor y la ilusión materna. Ella lo limpiaba a diario y ordenaba siempre todos sus cajones. Llevaba la llave de éstos guardada en un bolsillo junto a su pecho. Los primeros años transcurrieron serenos y felices.
Hasta que ella volvió a quedar encinta. No se lo esperaba. Fue el médico quien, tras un examen rutinario, le dio la gran noticia: ¡Nada más y nada menos que un armario empotrado! ¡De cuatro puertas! Al principio le costó hacerse a la idea, pero luego todo eran risas con las vecinas y preparatorios. El secreter la miraba silencioso y cabizbajo desde un recodo del salón. A medida que avanzaban los meses, andaba cubierto de olvidos. Extrañaba tanto sus cuidados… Cada vez más triste, se consolaba releyendo antiguas cartas ya amarillentas.
Era de esperar. Las cosas no iban jamás a ser como antes. Y si bien el secreter era de madera tostada, cajones verde aceituna y patas de negro ébano, el recién llegado armario empotrado era de un naranja encendido. Como una sonrisa de fuego en mitad del salón. Tuvo que remodelarlo todo: las cortinas, los manteles, el forro de los sillones. También había que tirar las cosas viejas que ya no se usaban y no tenían sentido ocupando sitio sin más.
Así fue como el secreter acabó en el vertedero. Rodeado de lavadoras destripadas y televisores epilépticos. De vez en cuando pasaba por allí una rata. A veces, le roía una esquina.
Final tercero:
Por fin llegó el gran día. Pero hubo complicaciones. Algo salió mal, nunca se supo exactamente el qué, pero el secreter no era tal y como todos esperaban. Algunos de sus cajones eran demasiado pequeños como para que una mano humana pudiera abrirlos. Varias de sus esquinas estaban carcomidas y una de sus patas era más corta que las demás, así que tuvieron que ponerle un libro de Ken Follet debajo para mantenerlo erguido. Ella lloró amargamente durante semanas. ¡Aquel secreter no era normal! ¡Daba tanta grima sentarse a escribir en él cualquier cosa! Cuando por fin aceptó su discapacidad se dirigió a los organismos y asociaciones competentes. Así su secreter no se sentiría solo y discriminado.
Años más tarde le darían un trabajo adaptado a su enfermedad. Allí conocería una silla con el respaldo torcido pero con las patas del color de la lluvia.
Tania Rodríguez Suárez
Inquilino
¿Qué ocurrió?
El 10 de diciembre de 1980 Pilar y Antonio, recibieron una maravillosa noticia: acomodado empresario Mateo Lavini les había dejado una casa en herencia. Al día siguiente de haberles dado la noticia, acudieron, extrañados y con lo puesto, a la casa.
¿Había alguien en la casa?
En efecto, había un extraño hombre de mirada inquietante, encorvado y desdentado. Les abrió la puerta chirriante y les invitó a pasar, mientras les indicaba que él era el sirviente. La casa era enorme y ellos le preguntaron por qué se la habían dado precisamente a ellos.
¿Qué respondió el sirviente?
Les dijo que en aquella elección habían jugado la piedad y el azar.
¿Qué pasó en los días venideros?
Aquel singular sirviente no les dejaba solos en ningún momento y los nuevos propietarios ya empezaban a extrañarse. Una noche la pareja se levantó sobresaltada de la cama al ver a los pies de ésta al sirviente, observándolos. En ese momento, decidieron expulsarle de la casa.
¿Se marchó?
En absoluto. Y ante esta amenaza, él los incordió más. Ellos le exigían que se marchase pero él se negaba en rotundo. Y se defendía diciendo que era un pobre sirviente y que no tendría dónde caerse muerto si lo echaban. Un día, la pareja amenazó con llamar a la policía si no se iba. Entonces el viejo esbozó una sonrisa macabra y les confesó algo con lo que ellos nunca hubiesen podido luchar.
¿Qué dijo?
Que nunca se marcharía de allí por la sencilla razón de que él era el dueño de la casa.
Cristina Velázquez López
BARRERAS ARQUITECTÓNICAS
Llovía a cántaros cuando entró en una cafetería y pidió un descafeinado de máquina. Mientras esperaba a que se lo prepararan vio entrar a dos personas; una de ellas, una señora, andaba ayudándose con muletas. Se quedó mirándola y su mente retrocedió diez años, cuando ella también las necesitaba. Como en una película pasaron por su mente todo el proceso que tuvo que seguir.
Desde hacía varios meses tenía dolores en la pierna derecha, partían desde la ingle y le costaba trabajo caminar, ya caminaba cojeando.
El médico le manda antirreumáticos y antinflamatorios, pero nada, no se mejora, sigue sin poder andar.
Deciden hacerle una resonancia y le dicen que hay que operar porque lo que tiene es “Necrosis” o al menos eso entendió ella. Le tienen que taladrar el hueso y le advierten que tiene que estar 30 días sin apoyar la pierna en el suelo porque se le puede romper la cadera y entonces tendrían que ponerle una prótesis. Casi nada.
¿Cómo iba a estar 30 días sin caminar? Se lo tiene que pensar, pero así tampoco se puede quedar.
Que sea lo que Dios quiera –se dice.
La operan. Todo va bien mientras está en la clínica, pero como todo llega en esta vida, hay que irse a casa y ahí empieza el problema.
Cuando la llevan a casa lo primero que ve es el escalón que separa la acera de la puerta y piensa: “¡Dios mío, pero cómo ha crecido este escalón!”
La entran en casa y otra sorpresa: el pasillo para llegar al baño que siempre había sido de unos diez o doce metros ahora, lo ve de cien o ciento veinte, -cómo va a llegar.
Le dice a su hija: “Para llegar allá lejos, mi niña, me “meo” por el camino”.
Nada, que le traen un taca-taca y ahí va con sus 65 años dando saltitos como una pulga, pero llega, pues tiene que hacer la comida para los suyos y entre el taca-taca y la silla de la cocina lo consigue.
Otra prueba que tiene que pasar: cuando la llevan al dormitorio y necesita a alguien –pues no van a estar siempre a su lado–, llama y llama y no la oyen.
Solución: una campanita que le habían traído de no sabía donde, y problema resuelto, todos oyenla campana.
Aún queda solucionar lo más peligroso de las barreras. Tiene que ir a rehabilitación y siente terror cada vez que tiene que bajar y subir para salir a la calle. Ya tiene muletas y se defiende mejor pero hay que reducir los 30 centímetros del escalón. Le dice a su marido que busque un trozo de madera y haga una especie de banquito con dos burras fuertes de forma que el escalón sea 15 y 15 centímetros, y así da dos saltitos para abajo y dos para arriba.
En fin, esta es la odisea que tuvo que vivir y que le sirvió para valorar muchas cosas, incluida una campanita que, no sabía por qué, había conservado.
Dolores Martín Ferrera
Vida nueva
Acabar con todo lo superfluo, lo que sobra, lo que estorba, lo que pesa, lo que crece perenne, como la ropa en el ropero. Eso lo haré mañana. Cris, cris, cris, cras. Cae una. A la una lo vi por primera vez, entró al local y se sentó en la barra, miró con deseo a todas las chicas y se decidió por la pelirroja, cuando esta llegó a su lado se giró para pedirme la bebida, y entonces me vio, y lo vi. Nos vimos. Cruzamos nuestras miradas. Sonrojado, pagó la consumición de la chica y se fue sin beber ni decir nada.
Sin pena, sin sentimentalismos absurdos, evitando la emoción del momento, y sobre todo evitando recrear las emociones que me produjeron cuando los leí, releí, y algunos re-releí. Quemar todos los libros en la chimenea, así servirán para algo. Eso lo haré mañana. Cris, cris. Van dos. A las dos vino por segunda vez, fue una sorpresa, pensé que le daría vergüenza volver, y volvió a marcharse sonrojado, dejando a la chica, y dejando sus ojos en mis ojos.
Sacar una a una todas las fotos de todos los álbumes y con unas tijeras pequeñitas cortarlas en pedacitos simétricos, pedacitos que empiezan en mi bautizo y acaban después de mi divorcio. Luego desordenarlos todos y tirarlos por la ventana. Eso lo haré mañana. Sin prisa pero sin pausa, como estoy haciendo ahora: Criiiiiis, ya son tres. A las tres llegó la tercera vez, yo llevaba mucho tiempo esperándolo, y esta vez me sonrojé yo también. Hasta el alma; pero no por nada, yo no tenía de que avergonzarme, yo solo era la camarera que le servía la copa a la pelirroja antes de que él, mirándome colorado, se fuera.
Con decisión, sin pensar en el tiempo y dinero invertidos, coger la colección de monedas, acercarse a la esquina, y dejarlas caer una a una por la rejilla de la alcantarilla; incluso las que tengo cuadradas, incluso las de plata, incluso la de oro. Eso lo haré mañana. Cris, cras. Cuatro. La cuarta vez llegó a las cuatro. Sabía que vendría, pero no sabía cuando, era imprevisible; lo mismo pensaba la pelirroja, aunque no lo decía; lo importante aquí no era la boca, sino los ojos, y cada vez que repetíamos el ritual, la pelirroja nos miraba mezclando extrañeza y embeleso.
Romperlos primero, eso es lo que tengo que hacer con los cedés y los vinilos antes de tirarlos a la basura; no quiero que cualquiera pueda escucharlos, ni mucho menos venderlos en un mercadillo sin que yo me entere, no me gusta que la gente se aproveche de mí, al fin y al cabo son míos. Romper y tirar cedés y vinilos. Eso lo haré mañana. Cris, cras, cris. Ya terminé una parte. La quinta vez que vino, vino a las cinco, con el local en plena ebullición; es increíble como podemos mirarnos dos personas en medio de una multitud y sentirnos a solas; ningún otro contacto físico logra la intimidad que se crea con la mirada, capaz de provocar incluso el sonrojo.
Como ya no lo beberé, no lo beberemos, lo mejor será derramar las botellas de vino por el fregadero; tantas de mis ilusiones han sido tragadas ya por los desagües que una más que más da. Eso lo haré mañana. Craaaaaas. Seis, ya queda menos. La sexta vez que lo vi eran las seis, y yo sabía que vendría, era la primera vez que alguien venía al local por mí, por la sensación que yo le provocaba, y ese pensamiento me hacía sonrojar de placer.
Hidratante, nutritiva, limpiadora, antiarrugas, … todas al váter, son mentira, mira que me las he puesto, pero desde la primera vez que lo vi hasta ahora solo he ganado en rictus y patas de gallo cada vez que lo he visto ha sido una marca mas en mi cara. Al váter. Eso lo haré mañana. Cris, cras. Que rápida voy, siete. La séptima vez que vino estaban dando las siete, hora de cerrar, pensé que me esperaría y me invitaría a desayunar, pero no, solo invitó a la pelirroja a la copa, y como siempre, tras hacerlo y mirarme le cambió la cara de color. Se marchó. Eso fue todo.
Tanta película para nada, ya no se hacen finales felices, dicen que el cine de ahora imita a la realidad, o sea, que cuando ves una película estás viendo tu puñetera vida, con lo cual sabes que la película es una mierda y acabará como tal. Acabar de una vez y para siempre con todos los deuvedés. Eso lo haré mañana. Cras, cras. Ocho, ya estoy terminando. La octava vez que vino solo eran las ocho, hora de abrir, era el único cliente, la pelirroja aún no había llegado, así que era un momento propicio para hablar, o sonreír, o algo…pero nada, la buscó con la mirada, y aunque no estaba pidió su copa, y al pedirla se sonrojó, como si yo lo hubiera visto con ella.
Llega una edad en la que es absurdo maquillarse, el paso de la vida por encima, como el de un tren, es indisimulable, no hay maquillaje que recomponga el cadáver, además, cada vez me da mas pereza fingir, por tanto, tirar todo el maquillaje que tengo, que es mucho y variado. Eso lo haré mañana. Cras. Nueve, ya solo me queda una. La novena vez que vino eran las nueve, pensé que no tendría familia, nadie con quien cenar, y sentí un retortijón de hambre en el estómago, ¿o era la emoción de volverlo a ver? La pelirroja no debería beber con el estómago vacío, pero no se puede rechazar la invitación de un cliente, por muy mono que sea, por mucho que se sonroje…
Escribir poemas, ¿habrá actividad más banal? Es realmente estúpido, los poemas hablan de sentimientos, de sensaciones, de cosas del corazón, y es un lastre tener corazón, a nivel emocional no sirve para nada, es un estorbo, los poemas, el corazón, si no tienes cuidado crecen, se multiplican como la ropa en el ropero. Quemar todos mis poemas, los que escribo desde niña, disolver las cenizas en un gran vaso de agua y bebérmelo. Eso lo haré mañana. Craaaas, cris. Diez, punto y final. La décima y última vez que lo vi eran las diez, desde la vez anterior yo había estado, noche tras noche, manteniendo la ilusión, la esperanza, y pensando: “Cuando vuelva le entro, le entro yo ya que él no se atreve; no se atreve a nada, es tán tímido…” E iba a hacerlo, iba a entrarle después de servir la copa, pero no me dio tiempo, cogió a la pelirroja del hombro y la llevó escaleras arriba del local, alas habitaciones, ¡Y no se puso colorado! Cris, cris, cris, cris, ahora cortar las pielecillas, loas pellejitos, que afean tanto, las cutículas y asunto concluido.
Unas tijeritas de punta afilada siempre son necesarias en una casa, tienen muchas utilidades, por ejemplo, se pueden clavar limpiamente en el corazón de un hombre, a la puerta de un local cualquiera, a cualquier hora, y si las manos que las clavan llevan guantes, el único indicio posible es una mancha colorada sobre el pecho del cadáver.
Ana Vanderwilde
La traición de Meceo
Pablo entró en su habitación y se quitó la camisa. Estaba sudado. Llevaba todo el día trabajando y sólo quería relajarse. Su mujer, al parecer, no había llegado y aprovechó para darse una ducha. Se metió debajo del chorro de agua caliente y dejó que recorriese todo su cuerpo. Eficaz, relajante. Sin embargo, su mente se empeñaba en pensar en su mujer y en la relación que habían estado teniendo estos últimos meses. Ya no tenían sexo con tanta frecuencia y las salidas por la noche a tomar unas copas se habían convertido en noches en casa viendo una película aburrida. Imaginó la de posibilidades que habría de que ella le estuviese poniendo los cuernos y, sorprendentemente, no la consideró tan loca. En realidad, era bastante probable. Jessi era guapa y a pesar de sus 34 años, aún era capaz de atraer la atención de cualquier hombre. Mientras los pensamientos corrían por su cabeza, rápidos, recordando momentos que pudiesen dar pruebas que confirmasen su hipótesis, oyó la puerta cerrarse.
-Ya estoy aquí -anunció una voz desde el salón-. ¿Dónde estás?
-En la ducha -respondió él. Cogió una toalla.
Cuando cerró el grifo oyó el ruido de sus tacones avanzando hacia la habitación. Ese sonido habría causado una impresión distinta unos días atrás pero ahora sólo pensaba en sacar el tema de su relación como fuera posible. Salió del baño y se reunió con ella en la habitación.
-Hola -le dijo ella, sin volverse-. ¿Qué tal?
-Bien, acabo de llegar -él empezó a ponerse los pantalones-. ¿Dónde has estado?
Ella evitó la pregunta besándolo. Él la apartó.
-Jessica, ¿dónde has estado? -repitió. Ella hizo una mueca y se separó de él.
-¿Esto es nuevo? ¿Preguntarme a cada rato dónde he estado? -Jessi parecía haber estado conteniendo todo lo que estaba a punto de contarle-. Pues me parece genial, que me preguntes, que me acoses. ¡Gracias, Pablo! Eres muy amable, pero ya me sé cuidar yo solita. Y para tu información, he estado trabajando muy duro en mi oficina. Apenas salgo y apenas tengo tiempo para comer. Ya sé que últimamente no te he dedicado el tiempo suficiente pero he estado muy estresada, ¿vale? De este proyecto depende mi trabajo y lo último que quiero son más problemas al llegar a casa. Además, me preguntas dónde he estado cuando deberías preocuparte más por tu afición a la bebida y al juego. Esas mierdas de máquinas van a acabar contigo.
Pablo intentó hablar. Se sentía fatal.
-Oye, Pablo… Ahora necesito estar sola. Lo… lo siento, ¿podrías ir a dar una vuelta? De veras que necesito pensar… lo siento –le pidió ella.
Pablo la miró unos momentos antes de irse, y después cogió su chaqueta para salir al rellano. Lo entendía, necesitaba estar sola. Iría a dar una vuelta y luego volvería. Seguro que la encontraba mejor. Cogió el coche y fue hacia la avenida principal. Allí recorrió los bares hasta decidirse a entrar en el casino. El portero de hoy no era el habitual y lo miró extrañado.
-Ya lo sé, no me conoce -dijo el portero al ver su expresión-. Soy nuevo aquí. Nunca me ha gustado estar en los casinos, pero hoy en día uno no puede ser exigente con el trabajo, ¿eh? -el hombre adoptó una expresión un tanto oscura-. Así que, por favor, espero que tenga cuidado y no se eche a perder en este lugar. Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro.
Pablo asintió, un tanto ausente y extrañado. Entró en la sala de juegos y se dirigió a las máquinas. Se sentó, como cada día, en el sillín, introdujo la moneda y apretó el botón.
Hacia las dos de la madrugada llevaba cinco cervezas y quinientos euros de gastos en juego. A las cuatro y media se había tomado cuatro cervezas más, llevaba ochocientos noventa euros de gastos y una chica se había interesado por él.
A las cinco salió del Casino con la chica cogida por la cintura, con diez cervezas de más y mil euros menos. Al salir se topó con aquel extraño portero, que lo miró como si hubiese confirmado alguna conjetura suya y le saludó con la mano.
-Oye, ¿cómo te llamabas? -le preguntó Pablo, tambaleándose.
-Laura -dijo ella, borracha, provocativa. Aunque no lo necesitaba, estaba medio desnuda cuando se montaron en el coche de él.
-Encantado, Laura -la besó y luego condujo hacia su casa.
Abrió la puerta con ella enroscada en su cintura. Cerró la puerta y la llevó al sillón. Pablo recorrió con su lengua el escote de ella. De pronto se encendió la luz. Él levantó la cabeza de entre los pechos de Laura y miró a su alrededor intentando descubrir qué había pasado. Se encontró a Jessi en el marco de la puerta, en pijama y con los ojos como platos. Describirla como furiosa era poco. Pablo se levantó como pudo, dejando a la chica en aquella posición y sin saber nada de lo que estaba pasando.
-No me lo digas, es una amiga -dijo Jessi. Su voz era serena-. Pablo, ¿qué te crees que soy? No, mejor aún, ¿qué te crees que haces?
-Yo bebí un poco más de… -intentó explicarse él como pudo.
-Me encanta que haya sido así. Has bebido y has ligado. ¿Dónde? No, no me lo digas. En el casino -su cara [¿La de quién?] lo confirmó-. Bien, y ahora dime, ¿te has gastado los ahorros que teníamos?
-¿Cuánto… cuánto teníamos? -balbuceó él. No se había acordado de que casi ni tenían dinero.
-Mil doscientos euros aquí. En el banco no lo sé. ¿Cuánto te has gastado? -exigió saber ella.
-Digamos que quedan doscientos… -respondió, avergonzado.
-¡Sal de mi casa ya! ¡No quiero verte más! -gritó ella. Él intentó calmarla y esto la enfureció más-. ¡Habla o tócame y llamo a la policía para que te saque de mi casa! ¡Y llévatela a ella también, que a lo mejor te apetece terminar lo que empezasteis!
Él cerró la boca y miró a la chica en el sofá. Ella lo entendió se levantó y avanzó hacia la puerta. Antes de irse, él la miró una vez más.
-Los mil euros los quiero de vuelta. Te llamaré para que recojas tus cosas. Y ahora, vete. Y no vuelvas -concluyó ella. Él cerró la puerta en silencio, para después oír los sollozos detrás de ésta.
-¿Quién era esa tía? ¿Y por qué te ha echado de tu propia casa? -preguntó la chica.
-Era mi mujer -la chica no lo dejó casi terminar para darle una bofetada. Y después lo dejó allí en el rellano.
Pablo sintió cómo un sentimiento de culpabilidad le inundaba. Culpa, miedo, soledad, vergüenza, y dolor en la mejilla. Pero sobre todo, un sentimiento de pérdida. Estaba sin un duro, no tenía dónde dormir y había perdido a la única mujer que había sido capaz de aguantarlo. Y entonces se acordó de las palabras del misterioso portero: “Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro”. Se dirigió al coche y volvió al casino. El hombre aún estaba ahí y se dirigió a él furioso. Lo cogió del cuello.
-¿De qué me conoce usted? ¿Qué ha hecho para que me pasase esto? -gritaba Pablo.
-Lo siento, señor. Todo esto lo ha hecho usted solo -resolvió el portero.
-”Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro” -repitió Pablo, con una mueca de impotencia. Su respiración era acelerada-. ¿Le suena?
-Escuche, usted se ha buscado su propia ruina. No culpe a la bebida, ni al juego, ni a mí. Usted ha querido que todo esto sucediera y espero que haya aprendido hasta dónde puede llegar el ansia de tener. Ahora ha perdido el amor, el dinero y el hogar. Usted es el único responsable de haber perdido a su amada Jessi -había dicho el nombre de su mujer. ¿Cómo era aquello posible? Pablo lo soltó, incrédulo. Sabía que tenía razón y eso lo devastaba. La culpa se estaba cebando con él, especialmente ahora que nada tenía sentido. ¿Cómo demonios había llegado hasta aquel punto? ¡Había engañado a su mujer en su propia casa!
Cuando el portero terminó de hablar, volvió por donde había venido. Se montó en el coche y pasó la noche dentro de él. Y mientras intentaba quedarse dormido, se preguntó cómo era posible que el portero supiese todo aquello y más aún, ¡el nombre de su mujer! Se preguntó quién podría ser aquel extraño hombre y cómo sabía esas cosas personales si nunca se habían visto. También pensó en su Jessi y se atrevió a preguntarse que si algún día volverían a estar juntos. Intentaba quedarse dormido, pero la incertidumbre ya le había robado todo ápice de sueño.
Cristina Velázquez López
EL DÍA EN QUE SE DESBORDÓ EL MOLDAVA
¿Qué hacía Óscar Pech en el Puente de Carlos con un muerto colgándole del brazo derecho y un pedazo de lápida en la mano izquierda?
Estaba allí para deshacerse del muerto. Pensaba tirarlo al Moldava, pero era más pesado de lo que le había parecido. Seguía agarrando el pedazo de lápida, paralizado por el pánico.
¿Por qué llevaba un muerto del brazo?
Pech llevaba a un hombre muerto colgado del brazo porque acababa de matarlo en un callejón estrecho situado en algún lugar entre la Sinagoga Pinkas y el antiguo cementerio judío.
¿Quién era el muerto?
Pech no conocía con certeza su identidad. Había varias posibilidades. Puede que se tratara de un criminal, o un obrero de la construcción. Pudiera ser, incluso, fuera sencillamente de alguien que se le había acercado a pedirle fuego, o a advertirlo de que estaban a punto de cerrar el cementerio. Pech no hablaba checo, no pudo entender lo que quiera que el hombre le dijera.
¿De dónde había salido el trozo de lápida?
El trozo de lápida había salido de una lápida, obviamente. Del cementerio judío para ser precisos y para precisar aún más, de un amontonamiento del lado este que compartía espacio con ladrillos, bolsas de cemento y herramientas de albañilería. Se trataba de una fracción relativamente pequeña, pero bastante pesada, una esquina desprendida del cuerpo de mármol a causa de los malos tratos sufridos en traslados sucesivos, del desprecio de su hacinamiento en el cementerio de Josefov y de la torpeza de Pech. Era, además, el arma del delito. La lápida completa forma parte de otra historia. Por ahora baste decir que, antes de que la arrancaran de un cementerio de Berlín alrededor del año mil novecientos cuarenta, cinco mil setecientos cuatro en el calendario hebreo (aclaro esto por razones que vienen al caso y no por remedar a Joyce), había cubierto la porción de tierra que una vez acogiera el cuerpo de un familiar de Havel.
¿En qué circunstancias se produjo el crimen?
El crimen se produjo de forma insólita, casi por accidente. Havel habría sido capaz de cometer un crimen a sangre fría, pero Pech no.
¿Qué había ocurrido entonces para que acabara sobre el Moldava con un muerto y un pedazo de lápida?
Ocurrió que Pech había entrado en el cementerio, llevado por su investigación, poco antes de la hora de cierre o eso creyó al menos cuando un hombre pequeño vestido de negro se le acercó a las puertas del cementerio blandiendo un manojo de llaves. Se apresuró a llegar al hacinamiento de lápidas, donde supuestamente se hallaba la de un tío paterno de Havel. Pudo haber solicitado un registro, pero habría tenido que dar explicaciones, y no las tenía. Siguió las instrucciones de Havel y consiguió con dificultad extrema entresacar la esquina de una losa, al azar, de mitad del montón más o menos, en la que creyó distinguir los caracteres hebreos correspondientes a los años mil y quinientos. Su hebreo era limitado, el justo para que Havel pudiera decir algunas frases sueltas a sus clientes judíos. Buscaba una lápida del año cinco mil setecientos cuatro, mil novecientos cuarenta del calendario gregoriano.
¿Pero cómo llegó Pech a matar a un hombre?
Al tirar de la lápida, se resquebrajó una de las esquinas y acabó entre sus manos. Reparó en que un hombre lo observaba. Lo miró de reojo y se percató de que se trataba del mismo individuo que lo había requerido a la entrada del cementerio. No sabía si el tipo había llegado al rincón de las losas a tiempo de contemplar la profanación completa. Se asustó y escondió el trozo de lápida bajo su gabardina. Aceleró el paso hacia la salida. El hombre lo seguía. Pech comenzó a correr; el desconocido también. Se perdieron en un laberinto de calles estrechas, completamente oscuras a es hora de la tarde y, por una vez, el cansancio –no era un hombre ágil- lo obsequió con un instante de valentía. Se detuvo ante el hombrecillo y, al verlo levantar el brazo con algo brillante colgando de su mano, dedujo que se enfrentaba a algún delincuente. Agarró el pedazo de lápida y lo golpeó varias veces en la cabeza. El tipo permaneció tendido sobre el empedrado, inmóvil, con un hilillo de sangre brotando de una de sus sienes.
¿Cómo fue a parar al Moldava?
Se acercó al hombre presumiblemente muerto, mirando disimuladamente alrededor. No vio a nadie. Levantó el cuerpo como pudo y se dirigió con ambos, el tipo y el trozo de lápida, al Moldava, pensando que allí sería más fácil deshacerse del cadáver. Sonreía como un imbécil para no despertar sospechas, mientras fraguaba la mentira que contaría en caso de ser descubierto. “Llevo a casa a un amigo que ha bebido demasiado”, repetía mentalmente en un alemán pésimo cada vez que algún checo pasaba con gesto huraño a su lado. Una vez sobre el Moldava, intentó arrojar el cuerpo al agua, pero no poseía la fuerza física necesaria para elevar aquel peso hasta el borde del pretil. Lo dejó apoyado sobre la baranda y se alejó, maldiciendo a Havel y a todos sus muertos.
¿Qué fue del muerto? ¿Llegó a saberse qué fue de él?
Nunca se supo exactamente lo que ocurrió con el cadáver. Teniendo en cuenta que el suceso acaeció el día 14 de agosto de 2002, lo más probable es que fuera arrastrado por el río junto con algún turista despistado.
Pero, ¿quién era el tal Havel?
Nadie, en realidad. Havel era uno de los personajes de la primera novela de Pech, sorprendentemente publicada, y el protagonista de la segunda, que nunca vio la luz. Se encontraba a punto de perpetrar una tercera cuando se le cruzó el muerto.
¿Qué fue de Pech?
No se sabe. Aquella noche llegó extenuado al hotel y en estado de shock. Lo acompañaba un militar. Un hombre de uniforme lo había abordado a unos 100 metros del puente de Carlos cuando intentaba encontrar el camino hacia su hotel en un mapa indescifrable. Estaba confuso y asustado. Le dio la dirección del hotel y cerró la boca para no empeorar las cosas. El militar se limitó a dejarlo en el hotel y decirle unas palabras que no entendió. A la mañana siguiente, las aguas del Moldava habían inundado prácticamente la zona, y Pech no recordaba donde había aparcado el coche de alquiler la tarde anterior. Tampoco encontraba las llaves.
Angélica González Gopar
Sexo y taxis
Un bolso, y en él lo básico: dinero, documentación, llaves, teléfono móvil, barra de labios rojo oscuro, lista de la compra, pañuelos de papel, un abanico y preservativos. Provista de lo necesario, Escarlata comienza a caminar hacia el centro, que está lejos, pero hoy no tiene prisa.
Pasa ágilmente de una calle a otra sobre los tacones rojos, disfrutando en cada paso de su sonoridad perfecta, mientras sus cabellos, rebeldes, mecidos por el viento la asemejan a Medusa. Suena el teléfono móvil, es su novio. Pero no le apetece hablar con él, así que pone el móvil en silencio y no contesta.
Al girar en la esquina de la calle de La fuente de plata, ve un taxi parado en la acera de enfrente. El taxista es muy atractivo y Escarlata no puede dejar de mirarle. Ante esa intensa mirada el taxista abre la puerta, y ella acepta su invitación.
-¿Hacia dónde la llevo, señorita? -le pregunta él.
-Al centro, caballero -contesta Escarlata con un poco de sorna.
Se acomoda en uno de los asientos traseros y acunada por la sensual voz del taxista cierra los ojos. Cuando los abre, el taxista se gira, la mira fijamente, y salta a los asientos traseros. Sus ojos son intensos, queman. Tras un pedazo de eternidad se acerca a Escarlata y la besa. El beso es profundo, ardiente; parece que buscase su alma. “¿Cómo se llama, señorita?”, susurra el taxista recuperando el aliento. “Escarlata, me llamo Escarlata”, le responde descubriéndose. Ambos se funden en el pequeño espacio; su abrazo de hierro la hace estremecer. Las manos del taxista recorren como arañas cada poro de su cuerpo, paso a paso, inspeccionando antes de morder, inyectándole la pasión. “Prefiere que entre por aquí, ¿o tomo la otra ruta?”, dice el taxista. Escarlata simplemente se entrega, arañándole la cara y mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar.
-Ya hemos llegado, señorita -informa el taxista sobresaltándola.
-Ha sido un buen viaje -responde Escarlata frustrada, mientras piensa: “Podría haber sido mejor”.
Al bajarse del taxi suena nuevamente el teléfono móvil, otra vez su novio. “No me queda más remedio que contestar”, piensa Escarlata limpiándose la sangre del labio.
Esther Fernández Guerra
La Taxista
Salí de casa temprano. Al poner ambos pies en la calle imaginé que descorría las cortinas del cielo nocturno y saludé a la mañana: “¡Buenos días, Sol! Adoro tus rayos: su luz blanca y fresca a estas horas tan claras del principio del día”. “Bienvenido seas, domingo. Te estaba esperando para pasear a solas contigo; para contemplar el reposo de las cosas”.
Luego me despedí de las calles a mis anchas; de los árboles otoñales y de los pequeños músicos que aún los habitan: mis adorables vecinos cantores. “Si yo supiera trinar -les dije- sabríais cuánto os voy a echar de menos”.
Había planeado trasladarme en autobús hasta el aeropuerto: plácidamente sentada en un asiento único, divagando durante el largo trayecto que cruza la ciudad de punta a punta. Sin embargo, el 74 empezó a retrasarse. Adiós al etéreo tour primorosamente anticipado. “Seguramente el conductor también celebra los días de fiesta -dije para mis adentros-, quizás haya empezado los festejos cantando bajo la ducha”.
Al fin levanté la mano y avisé a un taxi. No contaba con compartir un espacio tan reducido. Entrar en una órbita ajena suponía arriesgarme a tener que renunciar a mis sueños. Últimamente me ha dado por hablar sola; he descubierto que oigo mi voz. Me gusta oírla. Es una voz propia que me permite viajar y no echar de menos un acompañante; hablar con las nubes, si se da el caso; estar viva.
-Buenos días.
-Buenas. Al aeropuerto, por favor. Preferiría no ir por los túneles, a estas horas se circula bien.
-¿Es usted del barrio? No recuerdo haberla visto.
-Los del barrio son mis hijos. Están en la universidad. Yo vivo un poco lejos, en una isla: Las Palmas. Pero usted sí que es de aquí…
-Siempre he vivido en El Guinardó. Aquí viven mi madre y algunas amigas del colegio. En tiempos lejanos, ¿sabe?, El Guinardó fue un bosque, el de Roque Guinart, el Robin Hood amigo de Don Quijote que le llevó hasta la playa de Barcelona. Y al bosque le creció un pueblo, y al pueblo se lo tragó la ciudad.
Además de llevar el taxi impecable y de ir bien arreglada, la taxista era simpática y sabía contar historias. Enseguida cambié de opinión y me alegré de haber subido al taxi.
-Bonita historia: ¡de bosque a jungla de asfalto! Un final terrible.
-Mi historia también es peliaguda. Yo no he leído el Quijote, lo del bandolero me lo contó mi ex marido. Me quería mucho, le gustaba contarnos historias al niño y a mí. Lo cierto es que nos casamos muy jóvenes, igual no habíamos terminado de crecer. Al año nació el chaval. Por él soy taxista, quiero dejarle algo.
-Es una idea excelente, a ver si lo cuida igual que tú, ¿qué ambientador le pones?
-Es uno de limón. No pude con los celos. No podía soportar que cogiera al niño, peor era que le diera un biberón; verle empujar el carrito me enfermaba. Disculpe que esté llorando. Mi hijo se lleva muy bien con su padre; al separarnos no dificulté la relación. Ahora se ha echado novia y he vuelto a pasarlo mal, pero lo estoy superando.
-Nadie nace sabio.
En realidad lloro por mi padre. Hace poco que murió sin despedirse de mis dos hermanos. Los estuvo esperando hasta el último momento. Un día, mi primo pasó por el hospital, y creo que mi padre lo confundió con uno de sus hijos… porque al rato murió.
Seguimos hablando hasta llegar al aeropuerto. Entonces le pregunté su nombre, Esther, y le pedí su teléfono. Le expliqué cuánto había disfrutado escuchándola, y me despedí asegurándole que yo también lloraba, le agradecía la confianza.
En el avión me pareció que cada pasajero llevaba una historia escrita ¿Cuándo, de qué forma aprendimos a enmascararnos? Hay millones de palabras volando por los aires para comunicarnos dentro y fuera de un taxi; cada cual con su propia voz. Será que últimamente me ha dado por viajar, por hablar sola, con Esther, la taxista del Guinardó.
Miryam Gallo
Concierto en Si b Mayor para piano y pitidos de cajeras
Maldita leche de soja. Desde que Eva tuvo la niña, comer en su casa es una pesadilla horrible. Y ahora ahí está ella, a las 19:00 de un martes cualquiera en el supermercado, aguantando las kilométricas colas, cansada del pegajoso día. Mira a su alrededor con la vana esperanza de encontrarse con alguien conocido para quizá conversar sobre cualquier chorrada y hacer la espera más llevadera. De todas formas, en su caja sólo están una pareja de ancianos y ella, así que esto no puede tardar mucho.
Ahora llega más gente. Un hombre joven de unos treinta años. Verdura y pasta de dientes. Ojos azules. Como los de Tytlack. De repente, un escalofrío en su mano, donde lleva la cesta con los pesados paquetes de leche. Decide apoyarla en el suelo.
“Tin ton tan tin. Señorita Araceli acuda por favor a información. Gracias. Tin ton tan tin”. Arpegio mayor ascendente. Quizá sol, quizá do. Y del aburrimiento le da por abrir los oídos. Abrirlos a esos sonidos cotidianos que también pueden ser música: el crujir de las bolsas de plástico, el taconeo de la típica pija, la voz nasal de la cajera de al lado, el murmullo del rodar de los carros por el suelo… y sobre todo el pitido de las cajas al leer el código de barras de los productos. ¡Qué maravilloso! Puede que fueran más de diez cajas, cada una emitiendo pitidos entrecortados a un ritmo distinto. Era como una orquesta de flautas desordenadas, locas, perturbadas quizás a causa de algún Tytlack inquisidor.
Piensa entonces cómo sería tocar con esos pitidos: Concierto en Si b Mayor para piano y pitidos de cajeras. ¿Por qué a nadie se le habría ocurrido antes? O tal vez sí, y eso existe. Ella qué sabe. Se imagina la luz de los focos derramada entre las teclas y lo siente otra vez todo ran real… Esa mirada en blanco y negro que la esperaba a ella, a nadie más. Esa llama azul que, desde lejos, le abrasaba y hacía temblar de frío a la vez, mientras todo su cuerpo no era más que un bloque mudo.
Tytlack no comería verdura. Seguro que sólo comía carne. Cruda.
-Disculpe, ¿tiene hora?
Se puso nerviosa. No suele hablar con gente guapa. Y menos desconocida.
-No, lo siento. Ya no llevo reloj. Solía llevarlo en la izquierda.
Y claro, ahora se siente estúpida. Porque a él qué diantres le importa dónde solías llevarlo y por qué. Seguro que cree que lo has dicho para darle pena. Aunque… si lo piensas bien, hay un reloj enorme en la pared de enfrente. Una de dos: o no se ha dado cuenta o intentaba agarrarse a una excusa inútil para hablar contigo. La verdad es que desde lo del accidente no has vuelto a quedar con ningún chico. Pero esos ojos azules te hacen amargo el aire.
Parece que la cajera es rápida. Ya le ha tocado el turno a la pareja de ancianos; la siguiente es ella. Supongo que están contentos porque se oye cómo silban un antiguo bolero. Qué lindas armonías las de los boleros. Nunca te hubieras atrevido a tocarle uno a Tytlack. Pensaría que era música vulgar. Haría lo que fuese para arrancarte cualquier atisbo de placer; el perfeccionamiento en la ejecución estaba por encima de todo. Ella debía estar por encima de todo… y no debajo de un camión. Aplastada en mitad de la carretera, tragando sangre, rabia, frustración, dolor. Podía oler cómo se derramaba su futuro sobre la gasolina, cómo se prendía fuego para evaporarse y dejar de existir. Dejar de existir era la solución.
Nunca fue a verla al hospital. No envió flores, bombones u otros convencionalismos fríos. Creo que ni siquiera contempló tu regreso. Ya no estabas en condiciones, habías perdido toda oportunidad. No le quedaba ninguna razón por la que interesarse por ti.
Estaba tan absorta que apenas se dio cuenta de que era la siguiente. Cogió la cesta del suelo con los paquetes de leche. Yo pienso que el tipo de las verduras debió darse cuenta en ese momento, porque sólo entonces ella se giró, descubriendo así el perfil izquierdo de su cuerpo. Sin embargo, reaccionó de la peor de las formas. La compasión, la pena, le manchaban la cara como un maquillaje desgastado. Sus ojos se volvieron de un azul como de sombra de sauce.
-¿Quiere que le ayude? Quizá es demasiado peso para usted sola.
-No se preocupe, de verdad –dijo en mitad de una sonrisa educada-. Gracias.
-Insisto, no me cuesta nada. Además, así puedo acompañarle hasta su coche.
Fue un comentario tan inesperadamente torpe que tuvo que reírse.
-No tengo coche, pero de todas formas prefiero la guagua. Muchas gracias.
Los ojos azules siguieron su contorno hasta la puerta de salida, observando aún sin dar crédito el baile del aire que jugaba con la manga izquierda… Vacía.
Tania Rodríguez Suárez
Último mensaje
Era descendiente directo de la hermana menor de Madame Blavatsky, por tanto, para toda mi familia, y para mí mismo, era natural desde niño comunicarme frecuentemente con ella; lo inusual, y secreto, era el último mensaje recibido: “Advierte al párroco que no entre hoy en la iglesia; si lo hace, morirá”.
No me quedaba más remedio que cambiar mi rutina diaria y pasar el día, a una distancia prudencial, tras el cura. Así que después de desayunar un excelente cafè au laít con croissants en la Place Vendome, leer los periódicos matutinos en la biblioteca y visitar la residencia de ancianos, me dirigí, nos dirigimos, a la parroquia para la misa de una. Faltaban dos esquinas. Ahora mi dilema era “¿Le advierto o espero a la noche para comunicarme con él?”.
Ana Vanderwilde
No sin mis peep toe
Faltaban 45 minutos para las 2 de la tarde. A esa hora cerraba la ventanilla de registro de la Consejería de Vivienda y era el último día para entregar el Proyecto en el que tenía puestas todas sus expectativas de trabajo. Hacía más de un año que no entraban proyectos nuevos en su despacho. “Maldita crisis”, pensó. Ya solo quedaba la oportunidad de licitar en viviendas publicas.
Tenía los pies destrozados, toda la mañana de un lado a otro preparando la documentación para la entrega. Llevaba puestos unos magníficos peep toe de Jimmy Choo. Se los había comprado cuando consiguieron hace dos años un estupendo proyecto para una cadena hotelera suiza, pero hoy le estaban doliendo terriblemente los pies.
La Consejería estaba solo a cuatro manzanas de su despacho, pero no podía permitirse dar un paso más. Reunió toda la documentación y bajó a la Avenida de Juan XXIII a parar un taxi. Avistó la luz verde de uno y alzó la mano, abrió la puerta trasera del vehículo y se sentó.
-Buenos días. A la Consejería de Vivienda, siga por Juan XXIII hasta la Avenida Marítima y a la altura del Hotel Iberia me bajo. Gracias.
Aprovechó que había un tráfico denso para ojear de nuevo los sobres. Sobre nº 1: Curriculum vitae, DNI, Memoria y, cuando más enfrascada estaba, oyó al taxista,
-Qué calor, parece que no termina el verano, ¿verdad?
-Si, sí –comentó ella mientras se quitaba los zapatos y descansaba los pies en la alfombrilla del coche. ¡Uf, que alivio! –pensó.
-Es que la ciudad está caótica; si hicieran más carriles para vehículos de servicio, otro gallo nos cantaría –continuó él.
-Sí, sí –repitió ella de mala gana, mientras comprobaba el contenido del sobre nº 2. Levantó la vista y se dio cuenta que aún no habían salido de la Avenida Juan XXIII y ya llevaba 10 minutos dentro del taxi.
-Fíjese Ud. con la cantidad de vehículos que hay y al gobierno se le ocurre dar facilidades para comprar más coches. ¿Adónde vamos a parar? –dijo el taxista.
-Sí, sí dijo ella, repitiendo, adónde vamos a parar.
Cuando se acercaban a la Fuente Luminosa, miró su reloj: faltaban solo diez minutos para que cerraran la ventanilla de Registro. “¡Dios, que día!”, pensó. Le dijo al taxista que se bajaba allí mismo y echó a correr parque a través y proyecto en mano hasta la Consejería.
Llegó justito, se puso en cola y entregó su proyecto emitiendo un sonoro suspiro de ¡Por fin!
Salió a la calle con la intención de tomar un té y relajarse antes de volver al despacho. Sintió que los pies le dolían más que nunca y, al mirárselos, vio que no llevaba zapatos. Avergonzada levantó la vista para ver si alguien más se había dado cuenta. Frente a ella, apoyado en la puerta de su coche estaba el taxista.
-¿Buscaba esto, señorita?
Alicia Rodríguez Verona
EL LIBRO DEL MAGO
Recién publicada mi segunda colección de cuentos, un entrevistador novato me preguntó por el sentido de la dedicatoria: A los maestros verdaderos. Mi respuesta fue perfectamente ambigua. Lo merecen, le corté.
Qué necedad dar largas explicaciones. No las veo oportunas. Cómo podría un escritor conocido contar la historia del hombre feliz que un día le impulsó a trabajar. Sobre todo si ese hombre vivía en un pueblo perdido, hoy en día desaparecido del mapa; un pueblo de esos que llaman “fantasma”. Mi pueblo fantasma, habitado por el espíritu grande y cercano de Don Roque, su maestro.
-Chavales, los secretos se cuentan al oído, son cosa de cada uno -nos decía. Y nosotros lo buscábamos en el patio para contarle nuestras historias. Eso sí, había que hablarle despacito y con claridad. Yo creo que lo hacía un poco por enseñarnos y otro tanto para darnos importancia. Entonces, se inclinaba amablemente, cerraba los ojos, y al fin nos escuchaba con sumo interés, disfrutando cada palabra. Decía que un mago le había enseñado a convertir en rica miel los secretos que las abejitas zumbonas depositaban en su oído.
-Quien no tiene un secreto no tiene nada, ¿eh, Daniel? Aunque los secretos… si son pequeños pesan menos y se vive mejor –así se quiso despedir de mí el verano que abandoné el pueblo para continuar estudiando en la capital. Luego viví en Estados Unidos. Lo cierto es que durante muchos años me olvidé del pueblo, que se alejó hasta quedar oculto entre las brumas, y nunca más volví a ver al maestro verdadero de mi segunda colección de Cuentos Secretos, escritos sin prisas y a corazón abierto, tal como él me enseñó.
El último cuento, “La Vida Oculta”, en el que aparece la anciana obsesiva que necesita escribir antes de acostarse para poder conciliar el sueño, porque primero escribe lo que quiere soñar y luego se duerme plácidamente para soñarlo; y en sus sueños habla y habla con su esposo o con una vecina o su loro fallecido cuatro años antes, lo mismo le da, a todos los ama por igual; esta historia no es mía, es de Don Roque.
Fue el día en que creí haber perdido a mi ardilla y él se puso de mi lado. Me defendió hasta el final. Logró convencer a todos los chicos de la escuela, grandes y pequeños, de que Piña existía y había que encontrarla. Pasamos la tarde entera buscándola en el bosque. Él era el que con más fuerza gritaba su nombre. Al anochecer, se dio por vencido y aceptó que Piña no volvería tan fácilmente. Don Roque, entristecido y cansado, me acompañó a casa y me abrió la puerta más grande y más hermosa que he cruzado: la escritura.
-Si escribes todo cuanto recuerdas de Piña ella volverá.
Esa fue la primera vez que me senté a escribir, para entenderme, para soportar la pena, para recuperar a una amiga, para seguir viviendo. Esa misma noche soñé con ella, la vi tal como era. ¿Qué más les puedo contar?
Miryam Gallo
La reina valiente
Voy a contarte mi historia, y espero que Dios me dé oportunidad de demostrar mi inocencia.
Yo era la reina de un próspero y feliz reino, pero algo maligno ocurrió.
Mi primer hijo nació sordo, el segundo nació mudo y el tercero era tan feo que parecía un pequeño monstruo. Ninguno podría reinar.
Mi esposo me culpó de su desgracia y me acusó de infidelidad: aseguraba que le había sido infiel con alguno de sus súbditos. Ordenó que me desterraran.
Ahora vivo en esta cabaña en medio de este hermoso bosque. Cuando me miro en el lago me veo vieja y ajada, ya no sé cuánto tiempo ha pasado.
Oigo que alguien llora –por aquí nunca pasa nadie- miraré con cuidado. Es un muchacho. Me acerco. Mi corazón ha dado un vuelco: es mi hijo.
-¿Quién eres y por qué lloras? –le pregunto.
-Soy el hijo pequeño del Rey y lloro porque soy muy feo y todo el que me ve se asusta.
-Yo te puedo ayudar, pero tienes que hacer exactamente lo que yo te diga. Toma este trocito de cristal; con él tu padre, durante cinco noches, tiene que hacer un pequeño corte en tu cara y la sangre que mane la guardará en este frasquito. Pero sólo puede hacerlo él, nadie más.
-Él no querrá hacerlo.
-Tú insiste y ten confianza en mí.
Han pasado las cinco noches, confío en que haya ocurrido el milagro y pueda encontrarme con mi esposo, aunque no me reconozca.
-Mujer, te estoy muy agradecido por lo que has hecho con mi hijo. Pídeme lo que quieras: te lo concederé.
Decididamente, mi esposo no me ha reconocido.
-Sólo quiero que utilices el trocito de cristal que le di a tu hijo y te hagas un corte donde tú quieras, pongas la sangre en este frasquito y los dos se los des a tu médico y que él te diga lo que ve.
Con esta prueba quiero demostrar a mi esposo mi inocencia y a la vez castigar su injusticia.
Por fin soy feliz, estoy con mis hijos y he perdonado a mi esposo.
Y aquí termina mi historia…
Dolores Martín Ferrera
El príncipe feo
En un lugar muy remoto vivía un rey con sus hijos, pero la pena lo embargaba porque éstos no podrían gobernar: su hijo mayor era sordo (no oiría a sus súbditos), el segundo era mudo (no podría hablar con ellos), el tercero nació muy feo (no habría princesa que lo quisiera).
Pensaba que la reina era la culpable de sus desgracias y, cuando nació el tercero, ordenó que la expulsaran de palacio.
Pasando el tiempo el pequeño príncipe era cada vez más feo; su padre no le dejaba salir de palacio.
Un día, mientras jugaba, vio una puerta que nunca había visto, la abrió y salió. Andando, andando, llegó a un claro del bosque donde había un hermoso lago. Cansado de tanto andar se sentó en la orilla y, al mirarse en las aguas, se asustó y, creyendo que era un monstruo, se levantó y corrió desesperado.
Tanto corrió que cayó rendido y se quedó dormido.
Cuando despertó, a su lado había una viejecita harapienta que le miraba sonriente.
Él se sorprendió de que no se asustara como los demás y, llorando, le dijo quién era.
La mujer sacó de su delantal un frasquito y un trocito de cristal, se los dio y le dijo:
-Le dais esto a vuestro padre y le decís que durante cinco noches te haga un pequeño corte en el rostro y la sangre que salga de la herida la guarde en este frasco. Pero sólo lo tiene que hacer él, nadie más.
Cuando el príncipe le contó al Rey lo que tenía que hacerle, éste, al principio, se negó, pues no deseaba hacerle daño; pero tanto insistió el príncipe que el rey acabó cediento y, cada noche, le hacía un corte en un lugar distinto de la cara, lo que el muchacho soportaba estoicamente, mientras que era su padre quien lloraba.
A la mañana siguiente de la quinta noche, el Rey fue a ver a su hijo y no daba crédito a lo que veía, era el joven más guapo que nunca había visto y, en su corazón, le recordaba a alguien, pero no sabía a quién.
Ordenó que buscaran a la mujer que había visto su hijo y que la trajeran a Palacio. Cuando la tuvo ante sí, no podía creerlo: ¡Era su esposa!
De esta manera, la Reina castigó a su esposo por haber sido cruel e injusto con ella, devolviendo bien por mal.
Y aquel reino fue muy feliz, pues el príncipe se casó con una bella princesa y tuvieron muchos hijos.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
DOLORES MARTIN FERRERA
El recuerdo de Ale
Ale guardaba de su niñez pocos recuerdos dulces. Criado en un ambiente rígido y protocolario, los aires de la embajada enfriaban sus costumbres familiares convirtiéndolas en un montón de normas a seguir donde los besos y los abrazos no eran permitidos.
Conserva imborrable sin embargo, el recuerdo de Pedro, el taxista que su padre contrató para llevarlo todos los días al colegio. La primera vez que vio su taxi, le llamó la atención la luz verde sobre el mismo.
-¡Hola, chaval! Yo me llamo Pedro. A partir de hoy seré tu chófer todas las mañanas. ¿Listo para el colegio? ¿Cómo te llamas? -su voz ronca y su acento marcado canario permanecen indelebles en su mente.
-Alejandro -contestó con presteza.
-Yo me llamo Pedro, seguro que este es el comienzo de una gran amistad –sentenció con voz fuerte.
Todos los días le recibía con una sonrisa afable y un: “¡Buenos días, grumete!” que contrastaba con el adiós seco de su padre minutos antes al irse a la embajada. Al llegar al colegio le ayudaba a bajarse, y muchas veces le hacía cosquillas, llenando así sus mañanas de risas. Se sentía seguro en aquellas manos tan fuertes y morenas, tan diferentes a las de su papá, finas y de tez pálida.
Pasó el tiempo y cada día esperaba su llegada con emoción, puesto que cada día le contaba aventuras diferentes que le hacían viajar en su mente de niño a escenarios plagados de barcos, monstruos marinos, capitanes y grumetes con los que el taxista adornaba sus trayectos diarios. Día a día, Pedro desgranaba historias de su vida como marinero en un naviero mercantil que surcó las aguas del Pacífico.
Un día, Pedro llegó antes de la hora. Ale se alegró mucho, pero después supo el motivo. Volvía a embarcarse y dejaba el oficio del taxi. Quería despedirse de él, y hacerle un regalo. Juntos fueron a una tienda de juguetes y eligieron un globo terráqueo, para que así el niño supiera siempre por dónde viajaba su amigo el taxista.
Ese día no hubo risas, y las lágrimas brotaron de sus ojos a raudales cuando se despedía de él, atenazándolo en un abrazo nervioso.
Ahora, treinta años después, el juguete reposaba en la estantería del despacho de don Alejandro, mudo compañero de sus sueños de niño. Y todavía, cuando su vista se posa en él, le parece oír a su amigo, taxista y marino, decirle: “¡Buenos días, grumete!”.
Begoña Calavia
La caja de los sueños
El sereno no podía dar crédito a lo que estaba oyendo mientras intentaba leer el periódico en la esquina de la barra. Se acercó un poco más hasta que pudo intervenir en la conversación de aquellos cuatro hombres que sigilosamente comentaban lo que estaba planeando Egolio, el gobernante del país. En el bar, además de los cuatro hombres escorados en la barra, una mujer sola, sentada en una mesa, miraba frecuentemente su móvil y la puerta. De cuando en cuando se acercaba la taza de café a la cara sintiendo su aroma con los ojos entrecerrados. Después de tomar un pequeño sorbo la dejaba de nuevo en la mesa para volver a centrar su atención en el móvil y la puerta. Al fondo, en la esquina de aquel acogedor local decorado con la mezcla de los más variados estilos, armonizado con música chill out, desentonaba una familia celebrando el cumpleaños de un niño perretoso y que sólo pretendía aguar la fiesta.
-Buenas tardes -dijo el sereno, añadiendo una sonrisilla de déjameentrar-. ¿Cómo pueden hablar así de Egolio? No es justo. Puede que sólo se trate de un bulo.
Lo miraron; unos negando con la cabeza, otros con gesto de incredulidad.
-No. No es un bulo -se atrevió a decir el más alto-, es tan real como que la llave desapareció hace una hora de su sitio, no tardará mucho en hacerse con la caja. Si no, pregúntale a aquella mujer -desafió mientras señalaba a la joven, que parecía haberse percatado del gesto, levantándose sobre la marcha para dirigirse hacia la puerta.
El sereno quiso preguntar qué tenía que ver aquella mujer con Egolio, pero reaccionó y decidió caminar deprisa y simular un tropiezo con ella. La guapísima joven perdió el equilibrio y el bolso se le cayó desparramándose por el suelo. Todos los ojos del bar se quedaron abiertos como platos y clavados en la cajita.
Pepa Marrero
La quimera de un soñador
Los diez pies del destino habían hecho que Mario sirviera en la hacienda de don Severo Caraballo aunque no lo deseara.
Su padre le había dado un consejo después de haber trabajado cincuenta años bajo las órdenes de tal amo: “Hijo, no soy tonto, sé que me queda poco de vida. Así que tendrás que ayudar a tu madre y continuar con mi trabajo: el que te encarguen en la finca. No tienes que temerle a don Severo, aunque tiemblen ante su presencia. Puede ser un hombre generoso si le caes en gracia, pero tiene un punto débil, cuidado: odia la pereza en sus trabajadores”.
Su viejo siempre fue un hombre sabio. Era verdad; temblaba ante don Severo. Le parecía un anciano altivo, con la apariencia de cargar historias oscuras, guerras y terremotos sobre sus encorvadas espaldas, además de ser muy meticuloso: insistía en que todos en la finca le llamaran “señor” a su paso, y acataran sus mandatos con rapidez; pero para él era un simple jefe, más bien, un decrépito jefe lleno de manías.
No obstante, tomó buena cuenta del consejo: si don Severo le mandaba a limpiar su Cadillac gris de los sesenta por tercera vez, sin necesitarlo, él lo hacía sin pestañear, incluso le sacaba brillo al motor; y si le pedía hacer una trenza a la cola de su caballo árabe “Coraje”, además, lo sacaba de paseo por el valle para que fortaleciera las patas. Si le caía simpático al jefe, nunca estaría de más, aunque su verdadero sueño fuese, montar un coche de competición Fórmula Uno, como hizo su venerado Fitipaldi.
Una mañana, don Severo le dio una orden absurda, propia de un chiflado: que subiera a lo alto del valle con una pala hacia un descampado que le precisó. Allí cavaría un hoyo de quince centímetros de ancho por quince de profundidad, pero uno sólo, insistió. Al día siguiente le repitió la misma orden, pero con otro hoyo, y al lado del anterior. Así durante dos meses. Y Mario obedecía sin preguntar y sin comprender el sentido de su trabajo, aunque observara cómo aquel terreno iba tomando la estructura de una ciudad de conejos más que de un mirador rodeado de laureles de indias.
Al poco tiempo, y no se podía decir que inesperadamente, don Severo pasó “a mejor vida”. En su testamento había dejado sus dos hectáreas de tierra, los caballos, gallinas, cerdos, más su casa, a sus dos hijos Caraballo para que lo administraran con cabeza. A Mario y a su madre les dejaba la pequeña casa blanca de invitados, adosada en el ala este de su mansión, y el deseo, sine quo, de que sirvieran a la familia de por vida, en gratitud a la dedicación que habían mostrado durante tantos años.
Mario tuvo pesadillas aquella noche.
Aun así, después de cuatro meses del entierro de don Severo, antes de salir el sol, cuando los criados y los nuevos jefes dormían, Mario seguía subiendo a lo alto del valle con su pala al hombro para continuar el trabajo que le habían ordenado; pero ahora abría el hoyo y lo volvía a cerrar, con el ánimo de no recibir reproches si fuera descubierto, o peor, que lo tacharan de loco.
Una pregunta había ido tomando forma en su cabeza.
¿Qué buscaba don Severo con tanto deseo en aquel pedazo de tierra…? ¿Y si fuera una bolsa de diamantes que había enterrado, y no lograba recordar en dónde debido a su vejez? ¿Y si fuera un collar de oro…?
¡Ah, si se encontrara ese tesoro…!, soñaba cada mañana al salir el sol.
Entonces, su vida cambiaría. Viajaría desde aquellas malolientes tierras hasta la capital, y se compraría un Ferrari amarillo F430, que tanto gustaba a las mujeres, para darle caña a doscientos cincuenta kilómetros por hora sobre el asfalto. Y eso, como mínimo…
Araceli Cardero.
El accidente
Alicia llevaba ese día una prisa del diablo, se sentía estresada.
Había pedido a la Consejería salir un par de horas antes para ir al dentista, pero había mentido. En realidad, estaba citada en el Juzgado de Primera Instancia Número Seis para ultimar, no sabía con qué administrativo, el papeleo previo a la boda. Se casaba por lo civil, bajo el desconocimiento de su familia, sus amigos, y sus colegas del trabajo. Llevaba viviendo con Mario veinte largos años y por fin se habían decidido; por eso de “lo que pudiera pasar en el futuro”, no por otra cosa. Así que resolvieron prescindir de padres y banquetes, con el deseo de ventilar lo antes posible aquella cargante burocracia.
Solo esperaba que Mario llegara a la hora prevista; siempre lo retrasaban al final del trabajo con el dichoso informe de incidencias.
A lo lejos se acercaba un taxi con la luz verde encendida, y antes de que cualquier señora se le adelantara, levantó la mano y paró aquel Peugeot destartalado.
-¿Adónde vamos? -preguntó áspero el taxista, ladeando ligeramente la cabeza. Era un hombre con la calva sudada por el calor, que parecía no tener la intención de ser simpático, o más bien, de estar aburrido de sus clientes.
-Al sesenta de Rafael Cabrera, por favor -se acomodó, e intentó ponerse el cinturón del asiento trasero sin conseguirlo.
Desistió.
El taxista emprendió la marcha, pero a los pocos segundos se oyó una voz femenina que salía entrecortada de la emisora del coche.
-Rodríguez, aquí Carolina, ¿me oyes…?
-Sí, te oigo. Dime, Carolina… -dijo el taxista, mientras observaba por el espejo retrovisor cómo la clienta miraba el reloj y sacaba de su bolso un abanico para airearse.
-¡Que no se te ocurra pasar por los alrededores de la plaza América, hay un atasco del carajo…! Llevamos aquí más de diez minutos y apenas nos movemos. Esto tiene pinta de ir para largo, compañero.
-Perdón, ¿podrían repetir la calle en donde está interrumpido el tráfico…? -intervino una segunda voz, ronca, de fumador, que también salía de la emisora.
-Por la plaza América, en Fernando Guanarteme -insistió la mujer-. Parece que ha habido un accidente grave; solo se ve una moto escachada sobre el suelo. No me extraña, es que van como locos.
Inesperadamente la voz femenina se quedó en silencio, para continuar de nuevo con sus interlocutores, como si los clientes que llevaban en sus respectivos coches fueran invisibles.
-Un momento, compañeros, que esto avanza. Pero…, ¡qué carajo! ¡Es que no se lo van a creer…! El hombre que está tirado sobre la acera es un guardia civil.
-¿Cómo dices?
-¡Qué sí, Rodríguez, que sí, es un guardia civil! Y parece que está hecho polvo. Hay un sangrerío…
La clienta se sentó en la punta del asiento trasero, mientras escuchaba.
-¡Mira por dónde…! -volvió a intervenir la voz de fumador-. ¡Q-u-é p-e-n-a m-e d-a! Y yo que pensaba que esos cabrones no tenían sangre…
Los tres taxistas soltaron una carcajada al unísono ante la ocurrencia, pero el del Peugeot se calló de pronto al sentir una mano sobre su hombro.
-Perdone, caballero, ¿podría preguntarle a esa señorita si puede ver la matrícula de la moto desde donde está?
El taxista asintió, convencido de que “el cliente siempre tiene la razón”, aunque se extrañó de la pregunta.
-Carolina, aquí Rodríguez de nuevo. ¿Puedes ver la matrícula de la moto desde dónde estás…?
-Por supuesto, compañero. A ver… Sí, sí, es una BMW, GC AE 1820. ¿Por qué? ¿Pasa algo…? ¿Desde cuándo eres amigo de la poli, Rodríguez…?
-No, no, tranquila. Es simple curiosidad.
La mano de la clienta seguía aferrada a su hombro, parecía haber cambiado de planes.
-¿Le importaría dar la vuelta y llevarme a la zona de Urgencias del Hospital Negrín, por favor?
El taxista volvió a mirar por el espejo retrovisor, la clienta tenía los labios blancos y parecía muy pálida.
-¿Se encuentra usted bien, señora?
-Por supuesto… -respondió secamente.
Las palabras cayeron de sopetón al suelo del Peugeot, el taxista giró el volante hacia la izquierda con brusquedad, y se hizo un silencio espinoso como el de un cactus descomunal mientras llegaban al hospital. Al detenerse el coche, la mujer arrojó el importe de la carrera en el asiento trasero y se bajó sin decir una palabra, para perderse con rapidez tras las puertas automáticas de Urgencias.
Araceli Cardero
Senegalés
Juan sale apresuradamente de la boca del metro, todo lo apresuradamente que le permiten sus escasas fuerzas. Viene del hospital, donde le han dado malas noticias. El resultado de sus análisis no es bueno. Con suerte, le podrán operar si encuentran el donante adecuado. Difícil será, por la peculiaridad heredada de su abuela paterna, que en su juventud hizo migas con un africano y le dejó un grupo sanguíneo de características poco usuales por estas latitudes, además de una nariz no muy española. También heredó otras cosas, como esa daga que hoy quiere enseñarle a Pepe.
Años atrás le diagnosticaron enfisema pulmonar, pero así y todo no pudo dejar de atender a sus queridas palomas. Miró a su alrededor -este día hay mucha gente en la Plaza de Cataluña- y a las palomas de la zona apenas se las ve entre tanto gentío. Las pobres evitan a los transeúntes que con tanto trasiego no las dejan picotear tranquilamente. La plaza es un calidoscopio de razas.
Su intención es atravesarla en diagonal y acceder a la calle opuesta, donde su amigo Pepe lo está esperando. Va sorteando a la gente como puede, se ahoga a cada paso que da, con la respiración jadeante y ligeramente agónica.
Desde el otro lado, y casi en línea cruzada, viene un senegalés, algo mayor, según anuncian sus sienes blancas, recién llegado a España en patera y que, a pesar del modo en que llegó a la península, no presenta signos visibles de pobreza ni desesperación. Antes bien, camina bien erguido y trajeado. En su mente, Juan baraja varias posibilidades: “Primero, me acerco al hospital, allí mi primo (médico residente desde hace tiempo) me dirá si me ha puesto en lista de trasplante de riñón. Segundo, me tiro al tren y acabo ya. Estoy harto de diálisis. Tercero, me llevo por delante a alguien -no quiero irme sin compañía- me da igual quién”.
Vienen a converger Juan y el senegalés casi en mitad de la plaza; si los Hados hubieran sido propicios, cada uno hubiera rodeado la fuente por un lado diferente y seguido su camino con sus propios pensamientos. Pero hoy los Hados están especialmente revoltosos y, además, ligeramente belicosos…
Una paloma desciende rápidamente, con un aleteo que esparce piojos a su alrededor, y viene a posarse entre los dos hombres.
El senegalés, asqueado, le propina una patada a la paloma. Ésta revienta y, al verla, Pepe palidece primero y, sin poderlo evitar, le sube al rostro una ira roja -quizás también heredada-, desde lo más profundo de su ser. Hecha mano a su bolsa, saca la daga, y asesta una puñalada al pateador de la paloma. Le da de lleno, con fuerza.
Herido de consideración el senegalés, y aliviado por no tener que decidir entre las posibilidades que barajaba hacía nada -ya que la tercera se eligió sola-, aún y todo duda un instante.
Después, en la plaza antes bulliciosa, quedan tres cadáveres juntos en soledad.
Teresa García
Un mal día
Leía el periódico mientras esperaba, en el interior de su taxi que llevaba media hora en piquera, a que algún cliente solicitara su servicio. No había tenido una buena mañana, aunque el día bien podía ser de los mejores: principio de mes, soleado y las navidades saludando desde todos los escaparates. Abrió la puerta del coche y salió a coger aire y estirar las piernas, tenía la camisa mojada. Un compañero le dijo algo pero él contestó de mala gana y, evitando la conversación, se apoyó en la pared y volvió la cara hacia otro lado. Intentó abrir la puerta de su taxi cuando se le acercó aquel hombre trajeado, con aires de ejecutivo, que le saludó atentamente antes de preguntarle si estaba disponible. Una sonrisa se le dibujó en la cara, pero la puerta no se abrió. Forzó una y otra vez sin resultado. El taxi se había cerrado herméticamente aunque él no había usado el mando. Es más, mientras intentaba, sudando y nervioso, con objetos que sacaba de los bolsillos, romper la cerradura, recordó que la puerta se había cerrado sola, aunque en aquel momento no le prestó mayor atención pensando que había sido un golpe de viento. Empezó a desabrocharse el cuello de la camisa, tenía la cara congestionada, roja, con gotas de sudor que le corrían molestándole en los ojos. “Para un cliente que aparece”, pensó. “Podía haberme salvado el día, o tal vez la semana”, seguía rumiando en su interior. “Incluso pudiera ser que fuera la solución de toda mi vida”, se decía mientras la tensión y el sofoco llegaban a un punto en que le costaba razonar. Caminó hasta ponerse frente a su taxi como si quisiera preguntarle qué le ocurría, el taxi movió ligeramente las ópticas respondiéndole y fue entonces cuando la emprendió a patadas contra la carrocería mientras los compañeros lo miraban sorprendidos, murmurando entre ellos y sin atreverse a acercarse. El taxi respondió a las patadas y las maldiciones poniéndose en marcha. Arrancó con un gruñido y se movió hasta su chófer, le hizo caer al suelo destrozándole las piernas hasta que le quedaron inservibles. Retrocedió hasta su puesto en piquera, abrió las puertas y encendió las luces y los indicadores. Uno de los taxistas se atrevió a entrar, cogió el periódico y echó un vistazo a la página que había estado leyendo aquel hombre que ahora estaba tirado en el suelo, retorciéndose de dolor. La noticia decía que se había encontrado otra persona muerta de la misma forma que las cuatro que han ido apareciendo en los últimos meses, desprovistas de documentación, sin cartera y a todas se les vio por última vez subiendo a un taxi. Sonó el claxon pero esta vez se escuchó: “No volveré a ser tu cómplice”.
Pepa Marrero
Silencios piadosos
Ese día por la mañana Marie se levantó antes de que sonara el despertador. Al incorporarse, se frotó los ojos y observó con recelo que la luz inundaba la habitación. Ese día tenía una reunión importante y el lugar donde tendría lugar se encontraba a más de una hora de camino en coche. Decidió que la mejor opción sería tomar un taxi, ya que por ahí las guaguas pasaban una vez al día. Su padre siempre se había quejado de que vivía apartada del mundo, pero a ella y a su novio les gustaba. Se levantó, se dio una ducha, se vistió y fue hacia la cocina. David le había dejado una nota junto a una taza de té ya tibio: “Cariño, llámame cuando hayas salido de la reunión, probablemente haya salido del trabajo y pueda irte a recoger. Un beso. Te amo.” Después de sonreír por el agradable detalle matutino, descolgó el teléfono y llamó a un taxi. Los de la centralita le informaron de que un taxi iba en camino y que tardaría aproximadamente diez minutos en llegar. Después se puso los zapatos, se perfumó, cogió su bolso y salió a esperar a la puerta. Mientras esperaba, se percataba de las pocas casas que conformaban el arrabal. Podía hasta contarlas. Paseó su vista por las fachadas vacías. Tenía en total cinco vecinos en toda el área, una enorme explanada rodeada de árboles y a media hora del centro. Mientras su mente paseaba por las ventanas de sus desconocidos vecinos, el taxi llegó. Marina se metió en el coche y el hombre le preguntó la dirección después de darle los buenos días.
-A Markham, calle Rouge, número 2 -indicó ella mientras abría el bolso para meter el móvil.
-De acuerdo. Sus deseos son órdenes para mí -respondió resuelto el taxista.
Ella levantó la vista y le sonrió. Y vio sus ojos. Los vio. Entonces olvidó dónde estaba y qué iba a hacer. Olvidó por qué estaba en ese taxi. Sólo sabía que no podía dejar de mirar esos ojos y esos labios curvados que le dedicaban esa sonrisa tan entrañable. Demonios. Sacudió la cabeza y él lo notó.
-¿Se encuentra bien? -preguntó él. Sus ojos parecieron oscurecerse. Los vio moverse del espejo a la carretera y viceversa.
-Sí, sí… -susurró ella. Y apartó la mirada, no sin antes percibir una sonrisa contenida en sus labios.
-Como quiera…
El taxista continuó conduciendo. Puso música. Era un CD grabado y tenía canciones de lo más variado. Conocía algunas y eso la hizo recordar el modo en que había intentado ligar su prometido con ella, cantándole las canciones que a ella tanto le gustaban. Al ritmo de las canciones llegaron a un cruce con abundante tráfico. Bocinas y gritos de insultos se hacían notar entre la multitud. El taxi y otros coches más se unieron a la cola y se quedaron parados durante un tiempo. Avanzaban despacio y, mientras, el taxista aprovechó para conversar con ella. Ambos se atraían y él intentaba llamar su atención. Estaba prometida, pero eso poco importaba cuando no estaba la tercera persona. Poco a poco, entre la multitud del tráfico, entre sonrojos, entre el leve sonido de la música y las palabras, fueron conociéndose un poco más. Un taxista joven, una joven prometida. En un atasco y hablando. Y pasó más de una hora en el atasco porque, al parecer, había habido un accidente.
-Creo que ya llego tarde a la reunión… -observó ella-. Mira, podrías dejarme allí. Así espero hasta las tres para que me vengan a recoger.
Ya habían comenzado a tutearse, se conocían algo, habían descubierto que los dos congeniaban y eso confundía a Marie y divertía al taxista.
-Mejor te llevo a un lugar más entretenido. Si quieres… -él tomó su silencio como un sí y pasó de largo ante la parada que le había dicho su marido. Recorrió unas calles más y se paró detrás de una pequeña montaña entre los árboles. Él se apeó y le abrió la puerta a ella. Marie salió y se apoyó en el coche. No necesitaron palabras porque las habían gastado todas en el atasco, sólo necesitaban saber si también congeniaban físicamente. Entonces utilizaron sus manos, sus labios, sus ojos, sus piernas y se unieron de una forma extraordinaria.
Después, todavía cansados, se montaron en el coche. Ella, esta vez, en el asiento delantero. Se sentía profundamente bien, pero luego empezó a pensar en su prometido, que probablemente la estaría esperando en casa porque no le había avisado. El taxista la llevó de vuelta a casa y conversaron más bien poco durante el camino. Cuando llegaron, él aparcó un poco más atrás del coche de su prometido. Y la miró:
-Lo siento mucho… -se disculpó él como pudo-. No quiero que te sientas culpable por mí…
Ella le puso dos dedos en sus labios y chistó.
-Calla. Gracias.
Y se bajó del coche tras darle un beso rápido. Tal vez el último, quién sabe. Después entró en casa y se encontró a David en la cocina, comiendo.
-Hola cariño -saludó él. Entonces se fijó. Eso sólo ocurría cuando acababan de hacer el amor-. Estás sonrojada, como azorada… ¿Qué ha pasado?
Ella sonrió y le dio un beso en la mejilla:
-Gracias por el té -y se fue en silencio por las escaleras.
Cristina Velázquez López
La compañera
¿Por qué la noche?
Juan Luis era camionero desde adolescente. Heredó el oficio de su padre que también lo fue. A pesar de que no le gustaba mucho la soledad de la carretera durante la noche, eligió ese horario porque trabajaba más sosegado. Así se libraba de los atascos y el calor agobiante del día, según decía.
¿Tenía compañía?
Ya no se encontraba tan solo: desde hacía algún tiempo, Juana María, la hija de su compadre Juan Ramón, le acompañaba cada jueves por la noche. Apenas Juan Luis salía con su camión de la región habitada y se adentraba en la negrura de la carretera, una manita de cera le hacía señales para que se detuviera. Juana María se sentaba a su lado en la cabina del camión. Era de pocas palabras y contaba menos de lo que Juan Luis hubiera querido escuchar. Siempre, antes de entrar en el próximo pueblo, la chica le decía: “Aquí me quedo”, y descendía con su olor a azucenas.
¿De qué hablaron Juan Luis y su padre?
Una tarde, antes de partir, el camionero le comentó a su padre que ya no se sentía tan solo en la ruta, pues una vez por semana le acompañaba Juana María, la hija de su compadre.
-Hijo, ¿estás seguro de que es ella? -le preguntó su padre-. Esa chica murió hace tres años en un accidente, precisamente en esa carretera.
Lourdes Rojas
La rosquilla
Pitusa es mi País, está rodeado de enormes montañas, en un hermoso valle.
Mi pueblo siempre ha tenido un carácter alegre y feliz. Todo esto es debido a que nuestro Rey siempre nos ha facilitado la convivencia entre los vecinos.
Nuestro Rey es un hombre, corpulento, de cara ancha y espesa barba rubia. Es lo más parecido al Rey Melchor: tiene dos enormes hoyuelos a ambos lados de la cara y cuando ríe se le acentúan. Todo él emana bondad. Sin embargo, nos hemos enterado de que escondía un secreto en su jardín y nos fue desvelado gracias a un trovador que venía de tierras lejanas.
Cuando esto ocurrió, yo era muy pequeñita y es la historia que contaban mis padres cuando nos íbamos a la cama a dormir, ahora se la cuento yo a mis hijos de la siguiente manera:
“Había una vez un Rey, que, para que su pueblo no sufriera los ataques de los terribles monstruos chapulis, utilizaba el polvo del interior de un fruto que crecía en su jardín, este fruto tenía el poder de dormir a las personas, de tal manera que cuando los chapulis –que se alimentaban de personas en movimiento- bajaban a Pitusa, se encontraban a todos durmiendo. Un día el Rey, alertado por su guardia de que los chapulis se acercaban, corrió a lo alto de la torre con la intención de soplar la fruta, con tan mala suerte que un cambio de viento le durmió a él también. Según cuenta el trovador cuando vio el árbol pensó en las rosquillas y dijo fuertemente: ‘Hum…, qué rico. ¡Rosquillas!’. Y, de repente, nos despertamos todos.”
Recuerdo que tardamos mucho tiempo en darle al pueblo su aspecto original pues, al estar tanto tiempo durmiendo, se había ido deteriorando todo.
El Rey compartió con nosotros su secreto del fruto de la rosquilla y ahora, aun sabiendo que existe la amenaza de los chapulis, no tenemos miedo porque sabemos que nuestro rey nos protegerá.
Alicia Rodríguez Verona
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