Microrrelatos
Metalingüístico
Amaba tanto el surf, que se fue por coger mi saludo. ¡Hola!
Metaliterario
Era solo un soñador. Dulcinea le abandono.
Paradoja
Tenía todo el amor dentro de sí y lo daba tanto que nadie le quería.
Andrés Sánchez Sanz
La pregunta

¿Qué por qué te amo? No sé… Será por tus caprichos, tus niñerías, tu entrega o por tus caricias, por tu piel, tus besos y por tus esperas, tus idas, tus venidas o quizás por tu estilo, tu figura, tu presencia, si no es por tu genio, tu bondad, tu maldad, sin olvidar que puede ser por tus listezas, tus boberías, tu risa, tu llanto, aunque también por tu habilidad, tu torpeza, tu mano izquierda, tu mano derecha y qué decir de tu simpatía, tu antipatía, tu amabilidad, tu parquedad, tu entrega, sin dejar atrás tus meteduras de pata, tus aciertos, tu ingenio o tu estupidez, además de conocer tu sensualidad, tu sexualidad, tu morbosidad…
¿Ves?… Sí sé por qué te amo.
Andrés Sánchez Sanz
Un sol particular
[primavera-gris-picaporte-ocultarse-rostro-muchacha-alrededor-detrás-claridad]

A aquel perdido valle ni el sol llegaba, ni con la primavera los días lograban pasar de un tímido color gris.
Un hombre se despertó en su cama, miró por la ventana y para él lucía un sol espléndido en su día. No tardó en arreglar un poco la casa, abrir el picaporte de la puerta y salir al exterior.
Sabía que tenía que darse prisa, caminar rápido hacía el pozo del pueblo para ocultarse y esperar la visión que amaba, esos segundos de entrever el rostro de la muchacha que amaba.
Cerca del brocal se tomo un tiempo para observar a su alrededor y escoger un lugar para ocultarse. Eligió su posición detrás de un frondoso roble.
Nada más acabar de camuflarse entre ramas, percibió cómo la claridad amada venía hacía el agua. Supo que ése sería otro soleado día perfecto para él.
Andrés Sánchez Sanz
Las sobras

A don Pío.
Que sí señor comisario… que fue así como se lo cuento… que el filado… ¿cómo dice?… ¿finado?… ah… pues eso… que el finado era muy tragaldabas… el campeón de los tragones… cosa exagerada, oiga usted… siempre se lo decía… que para de comer… que no tragues tanto… que algún día ya verás… pero él siempre cogía y comía mucha más comida que ninguno… y ayer era sábado… ése es el día con más clientes en la hamburguesería de autos… señor comisario… observa usted mi léxico ¿verdad?… que uno… aunque ahora sea un ruina, como nos llaman… ha tenido su educación… su cultura…”lo que sepas no te pesará en el camino”… eso me decía mi abuelo… y eso es verdad… sí señor comisario… vale… vale… me ciño a los hechos… como le decía… ayer era sábado… muchos clientes… mucha comida tirada… como siempre… da pena la verdad… así que… cuando no llevábamos ni diez minutos rebuscando entre los contenedores… yo ya tenía bastantes hamburguesas… claro… éstas no están enteras…. aunque hay algunas que casi sí… ¡ya vale! vamos a comer, le dije al finado… ¿amigos dice?… no… no éramos amigos… aunque el estar en la calle une, señor comisario… así que me retiré con el producto de mi búsqueda y un tetrabrís… ¿tetrabrik?… pues bueno… pues con eso… que era de vino peleón del bueno… ya tenía yo bastante… pero él, busca que te busca a por más comida… acabando el vinillo me entró sueño… normal, ¿no?… él estaba come que te come… cuando desperté entre los contenedores, vi que el finado estaba boca abajo… ¿sí?… sí, señor comisario… la cabeza la tenía encima de una de sus vomitonas… al lado suyo había tres o cuatro hamburguesas más… pero seguro… se lo digo yo… murió por tragón… hágame caso señor comisario… él solito se mató…
Andrés Sánchez Sanz
Adiós, cine, adiós

A C. McCarthy
Los han vuelto a subir. Eso dijo uno de los dos ocupantes de la única mesa de un café. No tuvo que explicar nada más.
¡No! ¡Serán…! ¡Lo cierro! Ya te lo dije la última vez. No aguanto más. La fuerza de su grito se reflejaba también en el dolor de su rostro.
Tu padre y tu abuelo se removerán en sus tumbas. Mientras depositaba en la mesa una sudada gorra y su manoseada pistola. Quizás hasta decidan salir.
¡Qué Dios les calme! Su ira estará justificada. Pero no puedo hacer más. Pago en impuestos el doble de las entradas que vendo. Paseó un pañuelo por su cara recogiendo sudor.
Las últimas películas que has traído han sido de las buenas, de las que gustan a todo el mundo. Se giró hacia atrás. Buscó con la mirada. ¡Dos cafés! ¡Cremosos!
Enseguida Sr. Capitán. Llegó la respuesta entre ruido de vasos.
¿Las últimas dices? ¿Y las demás? En estos cincuenta años hemos puesto de lo mejor que hemos encontrado para este perdido país. Pero cada vez más televisores, más fútbol, y más y más impuestos. La cultura no importa para ellos. Y el cine es cultura. Tomó la taza recién llegada. Bebió.
El uniformado le imitó. Sabes… Es el último. El tuyo es el último que queda. El mes pasado cerró la sala del norte. Terminó su café.
Yo lo sabía ya. Acabó de beber. Miró hacia afuera. Pero sus ojos no veían. Quizás por cierta húmeda compañía. Por ello oculto su cara mientras se levantaba y salía. Sin volverse, dejó caer el fin de la conversación. Mañana proyectaré la última película.
Otros ojos seguían a su figura rota que abandonaba el local.No faltare
(El día 5-3-09 se cerró, debido a los nuevos impuestos que gravaban diversas actividades, la última sala de cine que quedaba en Camerún. El primer cinematógrafo nació en dicho país en 1960).
Andrés Sánchez Sanz
Los granos de arroz

A Mishima
Cuentan que cuando el tiempo aún no era viejo, vivía en el lejano país de los samuráis un carretero llamado Masakatsu. A éste, aunque conocía la vieja regla de no dejar ningún grano de arroz sin comer en el plato, para no ofender a la madre tierra, su glotonería le llevaba, en el momento de servirse el cotidiano arroz, a tomar más cantidad de la que podía engullir, de tal forma que siempre, a escondidas de los demás, arrojaba los granos sobrantes.
Siguen contando que al anciano maestro zen Natsu le fue encargado ir a buscar a una lejana provincia un cargamento de arroz. El maestro eligió como conductor de su carromato a Masakatsu. El viaje duraría tres días.
Al acabar la comida el primer día, Masakatsu logró arrojar el arroz sobrante sin que, de manera aparente, el maestro se percatase.
-Masakatsu, ¿acabaste todo el arroz de tu plato?
- Seguro, admirado y querido maestro; conozco la regla.
Natsu calló.
En la segunda jornada de su viaje, a Masakatsu le costó evitar la mirada del maestro, pero aun así, muchos granos de arroz se perdieron por el suelo.
-Masakatsu, ¿acabaste todo el arroz de tu plato?
-No lo dude, querido maestro. No olvido nunca nuestra vieja regla.
Natsu volvió a callar.
En el tercer día, con el arroz cargado y ya de vuelta, a Masakatsu le supuso un alarde, casi un malabarismo, limpiar de su plato el arroz sobrante una vez satisfecha su gula.
-Masakatsu, ¿acabaste todo el arroz de tu plato?
-¡Claro que sí, maestro! Me ofende con su sospecha de que pueda incumplir la amada norma.
Los labios del maestro Matsu permanecieron pegados.
A la vista de su ciudad, los caballos deseosos de su cuadra tiraron bruscamente del carromato. Sorprendido, Masakatsu soltó las riendas mientras caía al suelo. Con tan mala suerte que los sacos de arroz que transportaban le cayeron encima aplastándole. El anciano maestro intentó vanamente liberar al carretero del peso que le asfixiaba, pero desistió al darse cuenta de lo inútil de su esfuerzo.
Acaban contando que mientras Masakatsu dejaba en el aire sus últimos suspiros, el viejo maestro Matsu se sentó mirando al horizonte mientras una vez más callaba.
Andrés Sánchez Sanz
Recontando
A todas ellas…
… que sí… que los vi… a los dos… Ella, mucho decir que ya no… pero creo que ya sí… que siguen juntos… Como te digo… Ahí estaban los dos… en la calle, hablando… Ellos no se dieron cuenta de que los veía… Si no, su actitud hubiera sido otra… Hablaban y para mí que muy animadamente… No… no escuche muy bien lo que decían… Pero creo que querían quedar en la biblioteca… Y que cuando estuvieran allí iban a hacer como si no se vieran… Ya, ya sé que suena raro… Había mucho ruido en la calle… Para que veas que tengo razón… Te cuento: se llamaron “cariño” y todo… Sí… Él no se pudo contener… Y aun estando en público la llego a acariciar con el brazo… Aunque ella, ya sabes… es un poco mas cortada…¿no?… Síii… se lo aparto… y, mira… para disimular, se separaron uno del otro sin besos ni nada… Pero siempre recordaré la cara de él… llenita de amor por ella… Y… ¿Sabes?… Creo que… hasta vi el deseo en sus ojos…
Andrés Sánchez Sanz
El encuentro
A K.T.
-…que no… De verdad que no te vi en la biblioteca…
-No te creo cariño. No insistas.
-No me llames cariño; eso ya no tiene sentido entre nosotros.
-Bueno, vale, mujer… pues no te creo y no insistas porque no te voy a creer.
-Que pesado sigues siendo.
-Y tú tan amable siempre… Y educada, como aquel día en la biblioteca.
-¡Que no te vi! -comenzaba a ponerse nerviosa. Sin intentar calmarse, continuó- Déjame, que tengo que ir a…
-Siempre huyendo de todo, huyendo de mí -la interrumpió el hombre.
-No huyo de nada, listo; y menos de ti. Que te quede claro, aquel día no te vi. Si te hubiera visto… ¿Por qué no iba a saludarte?
-Porque tienes mala conciencia quizás, tú abandonaste…
El grito de la mujer impidió que él, que ahora la sujetaba por el brazo acabase de hablar.
-¿Que yo qué? Lo nuestro se había acabado hace tiempo… No sé porque me he parado a hablar contigo… Me voy…
Con un brusco gesto se soltó del brazo que la retenía.
El hombre no se movió. La pena invadía su cara mientras la mujer se alejaba de él.
Andrés Sánchez Sanz
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