¿Quién se equivoca antes?
-Apenas sé algo de ti.
-Tranquilo hombre, poco a poco ya lo irás sabiendo.
-Pero es que me da la impresión de que yo siempre hablo más que tú.
-Y por eso yo sé más de ti que tú de mí, ¿no?
-Sí, cariño, y eso me molesta mogollón.
-Pero es que yo, como mujer que soy, tengo la tendencia a ser más retraída a la hora de contar mis cosas a un hombre que acabo de conocer.
-Creo que a partir de ahora empezaré a hablar menos.
-¿Por qué esa decisión, Carlos?
-Porque ya me ha pasado de contar mi vida al principio y quiero que esta relación dure.
-¿Tanto daño te hicieron esas mujeres?
-Lo justo para darme cuenta de que es mejor dosificar, Isabel.
-Quizás tengas razón, aunque veo que hablas, todavía no me he parado ni siquiera a pensar que eso sea malo.
-A la larga sí lo es.
-Entonces a lo mejor te has pasado de listo pensado que yo pudiera pensar que hablas demasiado y que por eso voy a saber más de ti que tú de mí.
-Pues sí, pero estoy en mi derecho natural a equivocarme.
-Y que por eso me hartaría antes de ti, ¿no?
-Podrías, pero eso sería mucho suponer, porque todavía hace poco que nos conocemos.
-Y todavía estás a tiempo de retroceder.
-Eres muy buena metiéndote en la cabeza de la gente, otra buena razón para no hablar tanto.
-Podría hablarte más acariciándote y dejando que mis manos hablen por la superficie de tu cuerpo, cariño.
-Carlos, tú tienes un problema de que no terminas de olvidar tus anteriores relaciones, y tienes miedo de hablar de ellas conmigo. Por eso me quieres masajear, para que tus manos sustituyan a tu boca.
-Exacto, eres una mujer inteligente.
-No me hagas tanto la pelota. Prueba a besarme donde quieras para que tus manos no trabajen tanto hombre.
-De acuerdo.
José Francisco Costa Medina (Fran Smith)
Una parada de guagua
-¡Nnnnnnnnños!
-Perdona, perdona, es que con la curva no he podido sujetarme a tiempo.
-Nada, tranquila, chiquilla. Es que sentir ese tacón incrustado en el dedo duele un poco, pero un poco nada más, eh, que soy un tipo duro o por lo menos lo disimulo.
-Después del grito no sé que creer, la verdad, pero si no me dejas un hueco voy a terminar por averiguar cuan de duro eres.
-Faltaría más mujer, cómo no, apóyate aquí y así podrás leer ese libro tan interesante y mis dedos estarán a salvo.
-Gracias. También disimulas ser amable y lector, porque es un tostón.
-Con todo el mundo no. Pero hacía tiempo que quería disimularlo con la chiquilla que se sube en la parada siguiente a la mía.
-¿Ah, sí?
-No te ruborices, mi niña. Y el libro es interesante, por lo menos para mí. Quería presentarme. Soy Raúl.
-Y yo… me bajo en esta parada.
-Qué mala eres.
-Hasta mañana, Raúl.
-Hasta mañana.
-Claudia –dijo mientras las sonrisas cerraban la puerta de la guagua.
Jose Suárez
Diálogo
-¿Entonces?
-¿Hum?
-¿Sí o no?
- Ah, eso. No sé.
-¿Cómo no va a saberlo? No le ha gustado… Ha estado bien, ¿no?
-Psst, supongo; no le sé decir… Voy a la cocina. ¿Quiere algo?
-Pe-pero, no me puede dejar así…, en la inopia… Un poleo, si tiene, gracias.
-Ya le digo que no sé… ay, la artritis… Encima que le hago el gusto, no quiera también que le regale el…
-¿Tiene miel?
-No, no compro. Si le da igual sacarina.
-Mejor no. Me deja un gusto raro…, como de tiza.
-Pues es lo que hay, don Dimas. Tápese eso ya, que una cosa es una cosa y otra, otra… ¡Y recoja la colcha, que está rozando!
-Uy, perdóneme, Panchita…, mi difunta era igual… Era ver la ropa de cama en el suelo y se ponía como una furia. Ya está, ya está…
-¿Dónde me puso la bata? Mire que como se pierda… Fue un regalo de navidad de mi nieto Davidín.
-Detrás del sofá creo que se nos cayó… Ese es el menor, ¿no?
-Sí, 38 para 39 ahora en enero…
-Brrrr, con colcha y todo, hace frío en esta casa… En la mía, desde que puse la calefacción, ni se entera uno de cuando llega el invierno.
-A ver… si no me mato… hmpf…
-Tenga cuidado; apóyese en la mesa, no se vaya a caer. Panchita, todavía no me ha contestado… ¿Sí o no?
-Mire, don Dimas ─dijo doña Panchita tras recoger del suelo, con gran dolor articular, la bata rosa con bordado de cachorritos juguetones─ la vida está muy mala y a todo el mundo le hace falta compañía. De tanto insistir, usted ha tenido suerte. Ahora no piense de las cosas más que lo que son y no se ponga íntimo conmigo.
-Pero, Panchita, yo… creo que la amo…
-Don Dimas, yo tendré principio de Alzheimer, pero no soy tonta; usted ¿con qué intenciones viene exactamente?
Diego Doro
Diálogo entre versos
—¿Qué estás leyendo?
—Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
—Ese es uno de los mejores libros de Neruda. Personalmente prefiero Los versos del capitán, uno de sus mejores poemarios.
—No conozco ese libro, pero este me encanta.
—A ver, que Veinte poemas es un buen libro y me encantó leerlo cuando tenía tu edad. —¿Y qué edad supones que tengo?
—No llegas a los diecinueve.
—Y tú, ¿a cuántos llegas?
—Eso no se pregunta a una señorita, ¿no te lo enseñaron en la escuela?
—Sí me lo enseñaron, pero me gustaría saberla.
—Algunos más que tú… Podría ser tu hermana mayor.
—Supongo que mi madre no, ¿verdad? Porque, si no, tendría que salir corriendo. Aunque, mirándote bien, no eres tan mayor como mi madre.
—¿Me puedo sentar a tu lado?
—Sí, claro que sí…
—¿Dónde va un chico joven cuando ya casi está oscureciendo?
—A ensayar…
—¿A ensayar?
—Soy vocalista en un grupo de Rock.
—Nunca he tenido el gusto de conocer a un cantante de Rock.
—No soy un cantante de Rock, intento serlo.
—Si cantas, lo eres, lo que hay que ver es si eres bueno o malo.
—No tengo ni idea… solo canto. Y tú, ¿a qué te dedicas?
—Doy clases en un instituto. Soy profesora de Literatura.
—Ahhh, ya entiendo…
—¿El qué entiendes?
—Que me preguntases qué estaba leyendo. Es la primera vez que me pasa.
—Me sorprendió ver a un chico joven leyendo a Neruda en una guagua, no es nada habitual.
—Me encanta leer, sobre todo poesía, se aprende mucho para hacer letras de canciones, sobre todo baladas.
—¿Me lo dices en serio?
—Sí, y tan en serio, soy vocalista y compositor del grupo.
—Cantante, compositor y poeta. Algún día me gustaría ver algunas de tus composiciones, si no te importa, claro.
—Sería interesante tener la opinión crítica de una profesional, pero no sé si nos volveremos a ver.
—Esta es mi tarjeta, ahí está anotado mi correo electrónico. Envíame alguna de tus canciones.
—De acuerdo, te enviaré una o dos a ver qué me dices.
—No dejes de hacerlo…
—Lo haré, lo haré. Bueno, aquí me bajo yo. Me ha gustado esta pequeña conversación. Estamos en contacto. Adiós.
—A mí también me ha gustado mucho. Adiós.
Moisés Morán Vega
SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL OLLO
-¿Qué haces?
-Fumar.
-Sí, pero ¡no te alongues! ¡Te vas a enriscar por la cornisa!
-No quiero que tu cama se quede apestando y tú tampoco.
-¿Mi cama? ¿A estos cartones meados lo llamas “cama”? Por mí no te ralles que ya no voy en vestidos pijos sino en pirros sucios.
-Psssé, es la costumbre que hace que todo en mi mente se haga la picha un lío.
-Yo puedo pasar: los ruidos y humos de las guaguas y la autopista, el hollín, el frío y el acojono de la intemperie; pero la verdad es que con olor a cigarro no hay quien se ponga cachonda, que se me mezcla con el asco y una se queda con las ganas.
-¡Pues, por eso mismo decía yo que te apestaba…! Que yo lo sé to de ti. Te conozco mejor que a mis propias manos.
-Ya, pero no te alongues tanto que me da un yeyo. Venga pa ca ese boquín que te achucho to y nos hacemos unos porros. Aquí tengo unas chinas.
-¿Los porros sí te gustan y el tabaco no?
-Los porros me relajan y huelen mejor.
-¡Ojalá hubieras hecho tú la ley anti-tabaco!
-Así me gusta, aquí a mi ladito cogiendo calor. Esa es la única política que te puedo dar mi churri.
-No me digas churri, que me recuerda a churros y junto a los porros me entra el jilorio que me comería a un político.
-No te me pongas caníbal, que me pongo celosa.
-Es que ya está uno en la miseria con sus pocos vicios para que venga un niño mimao y se interese por la salud de los pulmones. Se trata de genes, siempre de genes, si alguien tiene genes chungos
¿qué se le va a hacer? Es ley de vida, ¡qué se jodan! ¿no?
-No, no te sulfuuures…. Mira qué bien imito a Sara Montiel: “Fumando espero al cáncer que no quiero/ tras los cristales/ de tristes ventanales/ y mientras fumo/ mi vida yo consumo/ porque tragando el humo/ me siento enloquecer…
-Y es que fumar es soñar/ ver a mi amada/ triste y preocupada/ siente mis labios/ besar con besos agrios/ y en devaneo/ sentir menos deseo/ cuando sus ojos veo/ muy faltos de pasión.
-Y antes que un tabaco/ un porro me relaja/ lista para el relajoooo.
-¡Chin pong! Ja, ja, ja, ja. ¡Menuda artista eres!
-¡Je, qué bueno! Te has unido muy güen ritmo y to. Contigo a mi lado, ¿para qué quiero un Janfry Bogart?
-Pues para que te diga: “Siempre nos quedará el Ollo”.
Víctor Javier Moreno
En estos tiempos
-Pasa, pasa, no te preocupes.
-No, no, da igual.
-Pasa. –Ella pasa, resignada, ella primero.
Jaime pulsa el botón para pedir el ascensor y se queda quieto, absorto, mirando fijamente la puerta, que se abre, y comparten un silencio efímero.
-Hace frío, ¿eh?
-Sí.
-Y eso que ayer hacía calor.
3, 4, 5…
-Sí, el tiempo está muy raro.
6. Se abre la puerta.
-Sí, y como que el tiempo cambia a la gente, ¿no?
-No sé yo…
-Pues mi novio está muy raro últimamente.
Jaime se queda mirándola como asombrado por su indiscreción.
-Ah, ¿sí? –dice Jaime sin ganas de hablar de ello.
-Sí, anoche volvió tarde, creo que me la está pegando con su secretaria.
-Eso suena a tópico… pudo haber vuelto tarde del trabajo.
-No creo, el caso es que mañana yo también volveré tarde del trabajo. –Le guiña un ojo.- Tengo una “reunión”…
Jaime se asombra de que le diga eso. Abre el ascensor y deja que ella pase primero, suspira cansado. Llegan los dos al número 3. Entran en casa: primero Olivia, después él.
Daniel Marmolejo
Hablando se entiende la gente
-De acuerdo, ¡hablemos!, pero que no se convierta en un monólogo, por favor.
-¿Por qué dices eso?, ¿qué te pasa? ¿Lo ves? ¡Ya empezamos! Siempre con tu sarcasmo. Luego dices que lo que nos pasa es que no hablamos las cosas, pero es que siempre empiezas con puntas y, de esta manera, ¿crees que me apetece mantener una conversación? Pues no. Lo único que quería decirte es que no quiero una relación de mierda. Pero tú siempre tan irascible, así no se puede porque estoy harta de los mismos rollos de siempre, yo lo que quiero es una relación de verdad, con mucho respeto… Y amor, ¡claro! Y una buena dosis de pasión. Una relación en la haya espacio para los sueños individuales, y para los proyectos comunes; un espacio para la discusión y también para la reconciliación; un espacio para los mundos de cada uno, y otro donde unir ambos mundos… y también… nada… Sólo quería decirte que si no estás dispuesto a mantener una buena relación, de las que merecen la pena y donde el diálogo y el respeto sean los cimientos… ¡No! No me cortes que-es-toy-ha-blan-do. ¿Lo ves? Tú no sientes respeto maldito. Esto nunca llegará a ningún lado porque contigo no se puede hablar. ¡Déjalo! Está clarísimo que el diálogo es la base de una buena relación y contigo es imposible.
Pepa Marrero
La ascensor
-Bonjour.
-Hola –dice la mujer 2 abriendo la puerta del viejo portal.
La mujer 1 inclina la cabeza y ambas entran. Caminan en silencio hasta la puerta del ascensor.
-Pero qué frío ha hecho hoy, ¿verdad?
-Oui. Un día helada.
-Y con toda esa lluvia, ¿no? Pero es un día más terrible aún si se compara con el resto de la semana.
-En realidad, en este época del año, lo que está equivocada es el resto de la semana.
Llega el ascensor y entran.
-¿A qué piso va?
-Al octavo.
-Al ocho, ¿no?
La mujer 1 no responde. La mujer 2 lleva las manos a sus bolsillos, las mueve y las deja caer a ambos lados de su cuerpo.
-Mira, yo, eh… Lo siento, ¿vale?
-Non. C’est fini.
-¿Cómo que “C’est fini”?
-Oui. He encontrado otra piso.
-Escucha, no lo volveré a hacer. Fue una estupidez, ¿vale?
-Pero pasó, ma amie.
Se abre la puerta del ascensor y entra una mujer mayor con una cesta.
-Esto, ¿a qué piso va, Antonia?
-Al décimo, a la azotea. Voy a tender la ropa, que tengo a los niños en casa y se me mancharon toditos con la sopa.
-Vaya. Son muy pequeños sus nietos, ¿no?
-Sí, sí, sí. La mayor, Angélica, tiene siete años, el niño apenas los cinco, y la pequeña Mariana hace esta semana dos añitos.
-Mon dieu! Que bonita debe ser tener hijos y no cuidarlos –murmura la mujer 1.
-¿Qué dices, bonita?
-Dice que se alegra por usted, que tiene suerte de tener nietos tan buenos, ¿verdad?
-Gracias, mi niña.
La puerta del ascensor se abrió, esta vez en el pasillo del piso número ocho.
-Hasta luego, Antonia.
Sale la mujer 1 del ascensor, seguida de la mujer 2.
-No vas a hablarme, ¿no?
-Es mejor así.
Caminan en silencio.
-¡Por Dios, mírame!
La mira, fijamente, con los ojos en llamas.
-Te lo suplico, no te vayas. Empecemos de cero. Hola, soy Paula, la antigua inquilina. ¿Cómo te llamas?
La mujer 1 le sigue mirando. Los ojos se le humedecen, quizá por no parpadear. La mujer 2 se encoge de hombros y saca del bolsillo un manojo de llaves. Abre la puerta número cuatro. Se acerca la mujer 1.
-Merde! –dice la mujer 1 mientras se abalanza sobre la mujer 2, besándola intensamente en los labios.
Esther Fernández Guerra
Sin cena
Son las dos de la tarde, cuando deciden volver a casa: José Ernesto tiene medio horario, Nicole se toma un descanso al almuerzo, pues, pasó toda la mañana con fuerte dolor de cabeza. Ante la sorpresa de ambos, se encuentran en el portal del edificio.
-¡Qué bueno, comemos juntos! -exclamó José Ernesto, dándole paso.
-¡Sí!, traigo pan ca-len-ti-to.
-Calentamos la cena de ayer y listo.
-Sí, calor no falta.
Suben por la escalera y al llegar al tercero, Nicole respira con profundidad, se le nota cansada.
-¿Te ayudo a subir o te traigo la comida aquí?
-¿No sé dónde está la gracia?
-No quiero ser gracioso, sino práctico.
-Siempre tenés respuesta.
-Eso habla de un hombre con experiencia. Nicole llega al quinto exhausta.
José Ernesto le abre la puerta y con ademán galante le invita pasar.
-¿Quieres un zumo?
-No, agua.
-Necesitas más azúcar. Por el cansancio, digo.
-En cambio a ti te sobra. Cuídate, puede darte un coma diabético.
-¿Tanta azúcar tengo?
-Sí, y alcohol.
-Gracias a ambos tengo este buen carácter.
-Vamos a ver quién cuida de ti.
-No creas…
-Vas a terminar comiendo solo, o no comiendo-, le amenazó.
-Soy listo y me cuido.
-¿Además de plantarme con la cena, aparecer a las mil y una, bebido? ¿Soy tonta y tú listo?
-Yo no dije tal cosa, son conjeturas tuyas.
-Se acabó, me voy a comer a otro lado, no te aguanto. -Cogió el bolso, se calzó los zapatos y salió enfurecida del piso.
-Cuidado con lo que comas, los nervios con la comida basura suben el colesterol y no vas a poder subir la escalera -le aconsejó él desde el sillón.
Raquel Tulic
ÚLTIMO DESAYUNO
Las dos eran amas de casa, preocupadas por sus familias y por sus amigas. Se dirigían juntas al mercado del barrio, hablando de cosas banales cuando, en un determinado momento, la conversación derivó hacia los problemas de una amiga en común.
Gloria, la mayor, preguntó a modo de comadreo:
-Vi a Lola muy triste ayer por la mañana. ¿Le pasa algo?
Susy, muy medida en sus palabras contestó:
-Lola tiene muchos problemas. Los momentos que está viviendo son muy difíciles. Yo la conozco hace ya mucho tiempo. Ella era una chica entregada a su familia y a su trabajo.
«Hace unos días vino a verme a me contó lo que está pasando desde hace mucho tiempo. Mostrándome el brazo me dijo:
«-¿ Ves estos cardenales? Hace ya muchos días que los tengo y aún se notan. Me avergüenzo de ellos y serán una huella imborrable por mucho tiempo.
«- Yo, con mucho recato, le pregunté si era la primera vez. Ella me dijo que no y siguió contándome.
«-Tú comprenderás que yo no puedo aguantar más sus golpes, sus abusos, sus insultos injustificados… y por eso he tomado una seria y triste determinación. Lo abandonaré. Llevamos diez años casados y ya mi cuerpo no aguanta más. Frente a la sociedad parecía formal y buena persona. Era respetado y querido y yo lo veía dulce y cariñoso. Nunca me detuve a pensar que algún día su minusvalía podía cambiar su vida. Pienso en mis hijos todo el día y ese pensamiento se mezcla con la discusión que tuve con mi marido ayer a la hora del desayuno. Siempre reprochándome sin motivos, la poca dedicación que presto a mis hijos, si soy buena o mala madre y esas valoraciones no dejan de atormentarme. Yo, ya no lo oigo, aunque no por ello me siento menos dolida.
-¿Ella trabaja? -Pregunta Gloria.
-Sí, trabaja fuera de casa. Ella piensa que él ya no la ama. Han pasado varios meses desde la última vez que hicieron el amor. Quizás quiera a otra. Nuestra amiga se siente frustrada, vacía e infeliz.
-Bueno -contesta la amiga-, no es para menos. Ella dedicó parte de su juventud a quererlo, atenderlo y, lo más importante, a protegerlo. Era sus ojos y sus manos y todo lo que él sabe del mundo que lo rodea se lo debe, pues procuraba contentarle lo mejor que podía, con mucho cariño.
-Se esforzó lo indecible para ser la luz de esos ojos muertos, pero todo fue en vano.Ayer, después de enviar sus hijos al colegio, le preparó el desayuno colocando con esmero y mucho cuidado todas las cosas en su sitio. Lo hacía todo con tanto amor… Lo llamó para desayunar y le contestó con muy mala manera, y que no lo molestara. Que deseaba estar tranquilo y solo. Con rabia se aproximó a la mesa y tiró todo lo que pudo alcanzar. Y acabó diciéndome:
«-Eso me dio una sensación de angustia y coraje. Aquella imagen me desorientó y miré a un lado y a otro buscando una salida por donde escaparme. Llorando cogí una maleta con unas pocas ropas, mi maletín de trabajo y me fui para no regresar jamás.
Blanca Brescia
Declaración
–A ver, señora, cuénteme eso tan importante que no podía esperar.
–Pero si ya se lo he contado al policía de antes.
–Ya, señora, pero necesito que me lo diga también a mí.
–No sé, señor inspector.
–Comisario.
–Sí, eso, comisario. Fíjese que ahora me parece una tontería y no quiero meter a Margarita en un lío por una tontería.
–Señora, nadie se mete en un lío por una tontería.
–Pero…
–Además, si es una tontería o no, nos toca a nosotros decidirlo.
–No sé, señor inspector. Que ya una vez denuncié que el vecino de enfrente venía a orinarse en el portal y no me hicieron ni caso. Y no vea cómo se puso de pulgas la escalera. ¡Y los olores!
–Bueno, bueno, señora. Eso no viene ahora al caso.
–¿Cómo que no, señor inspector?
–Comisario.
–Eso, comisario.
–Continúe. Me hablaba de Margarita.
–¿Margarita? ¡Ah!, sí, la vecina del tercero. Verá, hará cosa de un mes y medio sucedió algo muy raro.
–¿Qué?
–Pues que me la encontré con su bebé en el ascensor. Debía de tener unos tres meses. No lo sé con seguridad, porque nunca lo había visto antes, pero estaba gordito y sonrosadito.
–No veo qué tiene eso de raro.
–Es que cuando le dije lo hermoso que estaba, no sé, se puso como a la defensiva.
–¿A la defensiva?
–Sí, verá, es que le dije que cuando los niños están así como el suyo, dan ganas de comérselos y que cuando crecen una se arrepiente de no habérselos comido. Y, ¿sabe lo que me contestó, la muy descarada?
–No, ¿qué?
–Que a ella eso nunca le ocurriría. ¡Imagínese! ¡Qué nunca le ocurriría! ¡Será…!
–Igual no le gustó su comentario.
–¿Lo ve? No me está tomando en serio. Ya le dije que le iba a parecer una tontería.
–Que no. Que la tomo muy en serio. Continúe, por favor.
–Nada, que después de ese día ya no volví a ver al niño. Y esta mañana, caí en la cuenta de que había estado embarazada por lo menos otras tres veces desde que vive en el bloque.
–¿Y?
–Que nadie ha vuelto a ver a sus hijos.
–¿Qué cree que ha pasado con ellos?
–Ya se lo dije antes a su compañero, señor inspector: ¡que se los come!
–¿Qué se come a sus hijos? Dígame, ¿cómo ha llegado a esa conclusión?
–¿Y qué quiere que piense después de encontrarme esos cuatro esqueletitos enterrados cuando fui a plantar tres matas de tomateras en una esquina del jardín comunitario?
Ruymán J. Jiménez.
La Huida
-Puede que sea una huida hacia adelante, pero ya está decidido. No puedo, aunque lo desee con toda mi alma, pedirte que me esperes.
-No, no puedes, Coffee.
-Lo sé, Mae.
-Siento que quedan tantas cosas, conversaciones, sabes que detesto dar explicaciones…
-No las des. ¿Quién te las pide, Coffee?
-Nadie, evidentemente…
-¿Entonces?
-Estas a la defensiva, Mae…
-No, Coffee, te equivocas.
-Te conozco, Mae, no me engañas…
-Estoy triste, cansada, decepcionada…
-Te escribiré cada día…
-No. Eso solo hará aumentar mi tristeza…
-Mae, Mae, Mae…
-Tranquilo, no voy a pedirte que te quedes, pero tampoco voy a esperarte, ¿lo sabes?
-Claro, Mae… Pero, no me apartes de tu vida.
-Mira… Coffee, no quieres perderme por puro egoísmo… Si las cosas no te salen como piensas… Aquí tendrás a la buena de Mae.
-Calla, por favor, sabes que te…
-¿Qué sé, Coffee? No sé nada. ¿Cuánto llevo escuchando tus lamentos?
-Mae…
-Mae, Mae… La luchadora, la consoladora, la escuchadora, no… Se acabó. Si te vas, te vas. Punto.
-Mae, por favor tenemos poco tiempo y hay tantas cosas que tengo -debo- decirte.
-Déjalo, no quiero saber nada, si te vas ¿Qué importancia tiene?
-Jodida vida… Jodida suerte…
-No, jodidos hombres, humanos, que lo complicamos todo. Las cosas tienen un porqué. Vete, busca tu destino, puede que así yo encuentre el mío. En cuanto a la suerte: no creo.
-Mae necesito decirte que te…
-No. Déjalo. Escríbeme, sí, hazlo Coffee, esas jodidas cartas que esperé todo este tiempo, guárdalas y si vuelves… Me las das. Será aquí, en este mismo sitio.
-Oh Mae, entonces…
-Entonces, si ese día estoy…Las leeré…Pero solo entonces.
-Gracias Mae.
-¿Brindamos?
-Mae, Mae, Mae…Brindemos.
-Coffee, Coffee, Coffee…
Maite Figueira
DES-ENCUENTROS
“¡No, no puede ser, esta petarda de nuevo no!”, pensó cuando la vio subir a la guagua esa mañana. Por un segundo especuló con que quizás no lo viera, pero ya era tarde.
—¡Hola, guapo! ¿Cómo estás? ¡Qué alegría verte de nuevo! –y, sin más, la chica le encajó dos besos y se sentó a su lado.
—Eh… bien, bien, acá andamos, LEYENDO un poquito –contestó él, apático, casi sin mirarla y destacando el gerundio.
—¿Ah, sí?, ¿y qué lees? ¿A ver? –y acercando deliberadamente su cara a la tapa del libro intentó ver el título. ¡Ufff, ya lo leí! Es aburridísimo este libro, ¿eh? ¡Ay!, perdón, perdón, es que no me gustó para nada, ¿sabes?
—Bueno, sobre gustos…
—Es que, ¿cómo podría explicarte? Si tú eres lector asiduo, me entenderás; yo divido a los libros en dos categorías, o tres, sí, sí, digamos tres: primero están los que te encantan ya desde el título, que los ves en la librería y dices: éste, me lo compro, ¿vale?
—Mmmhhh –entonó él, mirando la nuca del conductor.
—Bien, luego están los otros, esos que te recomiendan leer y tú les haces caso, y los lees, y sí, bueno, están bien, pero nada del otro mundo. Y después est… ¿Qué te pasa? ¿Te sientes bien? Ay, te estoy agobiando, ¿verdad?
“¡Sí, me estás agobiando sobremanera! ¡No te das cuenta que ni te miro a la cara imbécil!”, pensó para sus adentros al tiempo que de su boca salía un falso: –No, no, es que me duele un poco el estómago -y, mientras, se lo acariciaba fraudulentamente.
—Ah, vale, vale, pensé que te estaba abrumando… y dime, ¿no te tomas nada? Para el estómago, digo, ¿a ver? Yo creo que acá debo tener algo, un… –y ya estaba rebuscando en su cartera.
—No te preocupes, no quiero nada. Ya se me pasará, en serio.
—Pero que no es nada, mi niño. Ay, qué tímidos son los hombres. Mira, acá está, tú, cuando te bajes, te tomas esto, y, santo remedio, se te pasa enseguida, y no te cae mal, ni nada, ya verás.
—Eh, vale, vale –contestó vencido, y tomó el blister por compromiso.
—¡Ay, mira! Ya tengo que bajar. ¡Chooofer! ¡La próxima, por favor! –y para él fue como ver las puertas del Edén– Qué lástima, la estábamos pasando tan bien, pero bueno, ya nos vemos, ¿vale, cariño? Cuídate.
—Sí, claro, nos vemos, adiós.
Y mientras la veía bajar, con su brazo levantado y haciéndole manitas, el chico resopló, abrió el libro en la página ciento dos, leyó tres líneas, pero luego se detuvo, miró por la ventanilla y lo cerró.
Exactamente lo mismo que hizo Daniel al ver la silueta de Paula despuntando a través de los escalones de la guagua. “No, no puede ser”, dijo a media voz, nervioso, “que se siente aquí, vamos, que se siente aquí”.
Pero Paula no se sentó. A diferencia del chico de su novela, ella decidió evitarlo.
Fernando Adrian Mitolo
Diálogo
Evaristo se fija en un hombre al fondo del vagón, a quien todos los días se encuentra en el tren y que siempre va leyendo un libro. Intrigado, pues debe de ser muy interesante, intenta acercarse y buscar una excusa para entablar conversación.
—Perdona, tío, veo que estás leyendo El enigma de la pulsera de oro. Es una novela muy buena, yo la he leído.
—Sí, es muy buena, me gusta mucho.
—Me llamo Evaristo. Te veo todos los días en el tren. ¿Cómo te llamas, si no es molestia?
—Me llamo Arquímedes —contestó el interpelado, un poco molesto, pues le interrumpió la lectura.
—Encantado. Veo que la llevas avanzada. ¿Qué te pareció la escena cuando desaparece uno de los personajes principales? Creo se llamaba Henry —le contestó Evaristo y sin dejarlo explicarse continuó:— La rubia aquella, que no era otra que la telefonista del hotel con una peluca, fue la que me despistó. Y, cuando entró en escena el cura, yo pensé que era Henry disfrazado; pero no, resultó que era el novio de la pelirroja, aquella que decía que nunca había tenido novio. La verdad es que eso no me lo esperaba. ¿Qué te pareció a ti?
Arquímedes, con una mirada asesina le respondió:
— ¡Basta ya! ¿Te quieres callar…?
— ¿Qué pasa tío, te he ofendido en algo…?
— Lo que ocurre es que me acabas de destripar la novela, yo aún no había llegado a esa parte y me están entrando ganas de…
Evaristo, enfadado, le da un manotazo a la novela, que cae al suelo, saliendo disparado hacia el fondo del vagón.
Ana María Martín Glez
REBELIÓN
—¿Te avisó La del Fondo del trabajito que nos tiene preparado?
—No, no me dijo nada, es que hoy no la vi, ya sabés que ella no aparece mucho y encontrársela es un milagro.
—Sí, yo me la crucé de casualidad cuando Gonzalo pidió un Whooper en el Mc. Donald´s y me enteré de lo que pasó, pero nada, es una tontería. Pasa que hoy a la mañana ésta, la W, se encontró con la A toda nerviosa en el salón. Como siempre, La de Adelante se estaba quejando de que está cansada, de que la tienen de acá para allá, y bla bla bla. Y bueno, la otra, que se cree la Madre Teresa de Calcuta le dijo que las demás la íbamos ayudar. La cosa fue así, ¿te cuento?
—Sí, sí, dale.
—Para hacerla corta, parece que estas dos andaban por ahí, por el salón, y el Gonzalo abrió la puerta de la nevera. La de Adelante, desesperada, dice: “¡Ay no, por favor! ¡Mirá, mirá! está revisando la nevera, otra vez, qué te apostás a que va a hacer la lista de la compra!, qué hijo de puta… ah no, se va… ufff… que susto… lo odio!”.
La del Fondo, desubicada como siempre, le manda: “Me parece que estás exagerando”. ¡Para qué!, ¡La de Adelante casi la mata!: “¿Exagerando?, ¿exagerando?”, le dice, “¡Claro, para vos es fácil porque sos una W y no figurás prácticamente en ningún lugar, pero si fueras yo, seguramente que estarías igual de harta!”.
Se ve que a aquélla le entró la culpa porque se dio cuenta de que había metido la pata hasta el caracú y le pidió perdón: que “disculpame”, que “soy una egoísta”, y que pim que pam. La A se ablandó un poco, se puso a llorar y empezó de nuevo con la cantinela. Otra vez con que no da más, que está cansada de estar de acá para allá, de tener que estar disponible casi todo el tiempo y en casi todas las palabras, ti ti ti, ti ti ti.
Y escuchate ésta, ¡es que el Gonzalo también es uno! Parece que el otro día, a la pobre A la usó como veintitrés veces en un correo. ¡Veintitrés! Que “Linda” de acá, que “Cuándo” de allá, que “Amor” de acullá, y que ta ta ta.. ¿Te lo imaginás al Gonzalo diciendo: “a ver… vamos, rápido, la A para aquí, ahora para allá, no, no, de vuelta, sí vos, la A, aquí”. ¡Debe ser matador!
Ahora, una cosa te voy a decir, y es que yo tampoco sé si lo aguantaría, ¿eh? La verdad que da un poquito de lástima. Pero sin embargo pienso en La Muda, y la verdad es que eso también debe de ser aburrido, porque estar de un lado para el otro y que no te dejen ni hablar… O la otras dos, Las Gemelas, ésas que van a todos lados pegadas como lapas, eso tamb…
—¡Ay, dale, hacela corta!
—Bueno, nada, que ahí mismo la W le dijo que esperara, que algo se podía hacer. Entonces, haciendo gala de su labia le largó la perorata, le dijo que nos podemos revelar como hicieron las inglesas, que incluso los números lo vienen haciendo, y bla bla bla. Después se le dio por arremeter contra los humanos, empezó con que éstos siempre se han creído los dueños del universo, el centro de todo, y que hace tiempo que viene viendo que cuando se equivocan con algo es muy común que ellos mismos se hagan cargo del error, ya sea inculpándose o inculpando a otro de su especie. Textual como te lo digo, ¡y mirá las palabras que usa, yo no sé de dónde las saca!
—Che, me imagino a la pobre A, ¡aburrrrrrida como un hongo de escuchar tanta sanata!
—Si, más que aburrida, con la cabeza hecha un bombo, porque parece que le dijo que sí, que todo eso estaba bien, pero que no entendía qué tenía con todo lo que le había contado.
Así que, la W, un poco tocada en su moral, le remató que eso tenía mucho que ver, que ella había advertido que los humanos nunca son capaces de adjudicarle la responsabilidad de sus errores a las cosas y que siempre se culpan ellos mismos.
Te imaginarás que a estas alturas, la A ya no sabía si pegarse el raje o ponerse a llorar de nuevo. Pero hete aquí que, hábil como un lince, La del Fondo volvió a arremeter con que podemos revelarnos jodiéndole los textos al Gonzalo, que si él quiere A, nosotras le damos una B, ¿que quiere un 4?, nuestros amigos los numeritos le darán un 7, y que no sólo eso, sino que, encima, podremos ver cómo se calienta con el mismo, cómo se acusa de ser tan memo.
Te digo que ahora que te lo estoy contando me entusiasma la idea eh.
—No puedo creer lo que me acabás de contar… ¡Es genial, eh! Pero qué boba soy, a mí jamás se me hubiese ocurrido. Es evidente que tanto uso a mí me dejó un poco estúpida también.
–Uy, mirá, mirá, ahí viene el Gonzalo, mmmhhh… Papel, boli… anteojos de ver de cerca… Me da que se acabó la joda. Bueno nena, te veo después, cuidate.
—Vos también, nos vemos después.
Fernando Adrián Mitolo
Diálogos
-¿Cómo está, Marcial?
-Yo bien, la que está preocupada es Casiana.
-Preocupada, ¿y eso por qué?
-Pues verá, le preocupa la Eufrasia, ya sabe cómo la quiere.
-Vaya por Dios, dígale que no hay motivo.
-Ya, si lo hago, pero …
-Mire, Marcial, nosotros vamos a cuidar bien de la Eufrasia, usted sabe que mi hijo es un buen chico.
-Lo sé, lo sé, pero …
-Nada hombre, ¿no irá a arrepentirse ahora?
-No, claro que no.
-Entonces está todo dicho. Mañana vengo con mi hijo, ¿le parece bien?
-De acuerdo, pero quería decirle algo importante: la Eufrasia está dando menos leche, es como si se oliera que va a separarse de su ternero.
-No importa, suele pasar. Cuando esté en mis prados y bajo el cuidado de mi chico volverá a ser la misma.
-Eso espero. No quiero que piense usted que lo engaño.
-De ninguna manera, Marcial, esto es un negocio entre caballeros.
Y Don Andrés quitándose el sombrero a modo de saludo se despidió de Marcial y espoleando a su caballo se fue al trote.
Sara Godoy Santana
En el ascensor
-¿Tienes fuego?
El ascensor se había puesto en marcha. Ella rebuscaba en su bolso, mientras le miraba de reojo, deseando encontrar sus ojos; sin embargo, no hubo señal de interés por su parte.
-Lo siento, estaba segura de que tenía un mechero por aquí, pero no lo encuentro.
-No pasa nada.
Hubo un silencio durante un piso más.
-Ha hecho un frío atroz hoy, ¿no crees? –dijo ella, agarrándose el bolso, como quien se aferra a un clavo ardiendo, sabiendo que le salvará la vida.
-¿Frío? –ahora sí que la miró, sorprendido– Sí, ha hecho frío –casi refunfuñó.
Otro silencio incómodo.
-¿No vas a decir nada sobre lo que pasó anoche? –dijo él.
-¿Qué quieres que diga? ¿Qué puedo decir? No se me ocurre nada que pueda enmendarlo, pero tampoco serviría, porque siempre estás dispuesto a darle la vuelta y acabarías por echármelo en cara… otra vez.
-¿Eso es un reproche?
Otro silencio incómodo.
Esta vez más largo y más denso.
-¿Al final todo se reduce a eso?, ¿a los reproches?
-Sólo quiero que entiendas que no me parece justo –dijo ella, mirándose los zapatos-. Al final siempre acabas por decirme lo mal que lo hago todo y yo no tengo manera de justificarme.
-Déjalo estar, no debí preguntarte nada…
El ascensor se detuvo, bruscamente. Se miraron. Él abrió la puerta y le dejó pasar. Pero no la miró mientras pasaba a su lado.
Aspiró el olor de su pelo cuando ella ya giraba hacia la puerta de casa.
Él cerró la puerta del ascensor y siguió dos pisos más arriba.
Cande Pons
Frágil como un volantín
-¡Hey! ¿Tú qué haces?
-Es que…
-¿Estás tonto? ¡Sal de aquí!
-Yo…
-¿Es que no ves que éste es MI sitio?
-No sabía…
-Bueno, ahora te callas, sobobo, que ya terminaron de contar. Y quietito también, no sea que por tu culpa el Ramón me trinque el primero y luego me la quedo yo.
-Perdona…
-¿Y esos mocos? ¿Estuviste llorando y todo? Lo que hay que ver, encima…
-Pero es que… unos chicos grandotes me empujaron y se llevaron mi bici…
-¿Y lloras por eso nada más?
-Es que además querían llevarse mi volantín…
-Puff… ¡qué miedo!
-Me eché a correr, calles y calles… y luego más calles, bueno, hasta se terminaron las calles y todo. Y no sabía dónde estaba… y luego te vi… y quería preguntarte cómo regresar a la Plaza de Armas… que yo vivo por allí… en una casa amarilla…
-Ya me parecía que no eras de aquí. Pero mira que eres raro, tío, con el pelo pegao… y tan limpito, mi´jito, ni el mantel del altar… ¿pero siempre te vistes así?
-No, a veces la chica, sobre todo los domingos, nos prepara el traje de los días feriados y…
-¿Hoy el Ramón está tonto, o qué? Mira que tarda el tío. Ese está buscando a las niñas primero, seguro. ¿Cómo te llamas?
-Josemari. Bueno, José María de los Ángeles y del Valle. ¿Sabes?, como mi padre. Y mi abuelo también se llamaba así. ¿Y tú?
-Pues también como mi padre, pero el viejo es Lucho y yo sólo Luchito, o Luchín. Como soy el mayor…
-Ah.
-Tu cara me suena, no sé de qué… quizá de camino a la mina, cuando pasamos delante de los colegios…
-¿Es que tú no vas al cole?
-¿Pero tú estás tonto o te lo haces?
-Bueno, quizá es que como mi madre es Dama de la Caridad… nos vimos alguna vez que la acompañé a las poblaciones, como yo soy hijo único… ¡Dios! Pero si aquél es mi padre, con los carabineros, en coche… qué valiente…
-¡Hey, pero no te vayas! Aún queda un rato para que anochezca… y puedes jugar con nosotros…
-Adiós, Luchito… ¡Ya voy, padre!
-¡Que te dejas tu volantín…!
-¡Bah! Ya está viejo. Pero si le pones más cuerda verás que llega muy alto.
-Pero… es tuyo…
-Cuídamelo, por favor.
Nayra Pérez Hernández
Pelo en pecho y enroscados bigotes
-Te quiero.
-Yo también.
-¿Desde cuándo?
-Desde que te vi, bajo el cimborrio de la Iglesia de San Juan Bautista. Y tú a mí, ¿desde cuándo me amas?
-Desde la noche que salías por la puerta arqueada de la Mezquita Omar.
-¿No tienes miedo?
-¡Absolutamente no!
-Perfecto, ya es hora de que todos sepan que mi amado es un descendiente de Ysusf Ibn Tasufin de enroscados bigotes.
-Magnifico, yo también quiero que sepan que mi adorado es un cristiano viejo de ensortijado pelo en pecho.
Patricia Rojas de Leunda
En el ascensor
-Buenos días, adelante.
-Buenos días, por favor… que esta puerta pesa demasiado.
-Muy cortés… ¡El ascensor, que se va…!
-Por los pelos. Qué raro que haya llegado alguien ya, hoy pensaba ser el primero para adelantar trabajo antes del jaleo de faxes, teléfonos, charlas, portazos…
-Y, ¿no sería que no querías verme la cara esta mañana? Pero, vamos, para tratar de salir sin que me enterara, eres bastante ruidoso. Con lo que odio despertarme antes de la hora.
-Pero, ¿no tenías que preparar una reunión y querías venir pronto?
-Me quedaban quince minutos de sueño y, además, para qué quiero estar despierta mientras tú ocupas la ducha.
-La compartimos y ahorramos agua, que estamos en crisis…
-Mira, Javier, no empieces con tonterías que bastante cabreo tengo aún.
-Bueno, tranquila, que ya llegamos y se va a enterar todo el mundo de que estamos juntos. Por la noche hablamos.
-Seguro…
Mónica Graña
Cómo (no) conocí a la mujer de mi vida
-Buen libro.
-¿Cómo?
-Buen libro, digo, ese que estás leyendo.
-¿Sí? ¿Tú crees?
-Hombre, al menos está interesante. Te da que pensar.
-Pues, si te digo la verdad, a mí me está pareciendo una mierda.
-¿Ah, sí? Vaya.
-Psí.
-En realidad sí que es una mierda. Tan sólo lo he dicho por intentar entablar una conversación contigo.
-¿Ah, sí?
-Sí. No sé si te habrás fijado en mí, pero yo sí que me he fijado en ti. Te veo a menudo en esta línea, siempre sentada, leyendo, y la verdad es que hacía tiempo que tenía ganas de hablar contigo.
-Pues has elegido una curiosa manera de hacerlo.
-Sí, supongo que sí, pero no sé, igual si te digo de primeras que el libro me parece una mierda, te hubieras ofendido y hubieras pasado de mí.
-Ya. Pues, ¿sabes una cosa? Lo cierto es que el libro me estaba gustando, lo he dicho sólo para probarte.
-¡Ups!
-Sí. Yo también me había fijado en ti. Te vi hace poco leyendo este libro y pensé que podía ser una buena manera de llamar tu atención.
-Vaya.
-Pero ya veo que eres uno de esos a los que no les importa mentir a una tía con tal de ligársela.
-Eh, oye, que yo no te he mentido. No te dije que el libro fuese la leche, sólo que era interesante.
-Has dicho que era una mierda.
-Hombre, muy bueno no es, pero es interesante. Al menos engancha.
-O sea que no es una mierda.
-No, a ver… una mierda no es. O sea, no es El Quijote, pero tampoco es una mierda.
-¿Entonces en qué quedamos? ¿Es bueno o no es bueno?
-Pues, a su manera sí es bueno. Quiero decir, que engancha, que te intriga.
-Entonces es bueno.
-Sí, a su manera es bueno.
-O sea, que no es una mierda.
-No, no es una mierda.
-Pues a mí me parece una mierda.
-Perdona, creo que me he perdido.
-Te estaba poniendo a prueba otra vez. El libro es una auténtica bazofia. Tan sólo quería saber tu opinión de verdad.
-La verdad es que no sé que decir a eso.
-A lo mejor es que no hay nada más que decir.
-A lo mejor.
-Esta es mi parada. Tengo que irme.
-Vale, adiós.
-Adiós.
-Buen libro.
-¿Perdona?
-Buen libro, digo, ese que estás leyendo.
Kepa Hernando
Poética frustrada
-¿Qué miras amor?
-Esos dos orbes que a mi vida traen luz y calor.
-Como sigas así harás que me ruborice, ya sabes lo tímida que puedo llegar a ser.
-Pero si estás desnuda, mi vida. Me pregunto si se ruborizará todo tu cuerpo, o sólo tus mejillas…
-Venga tonto, para.
-Vale, dediquémonos a la tarea de amarnos, vida.
-Venga, poeta, enciéndeme.
-¿Sabes? El otro día fui a la playa. Andaba algo agobiado, pero fue sentarme, contemplar el espectacular atardecer y pensar en ti.
-Eres muy raro amor, me gusta.
-El color oceánico son tus ojos perlados y luego el arrobo del ocaso son las ascuas de este páramo, ahora reforestado, que llevo en el pecho.
-Jo, amor, es precioso.
-Ya te ruborizas y no sólo la carilla.
-Tonto.
-Bueno eso lo sabías antes de naufragar en este cuerpo.
-Sí, algo me temía. Bésame.
-Qué rica estás, vida.
-Tú más, amor.
-Vale, no vamos a discutir por eso.
-Ni falta que hace.
-¿Vamos a por la segunda parte?
-Sí, amor, y si quieres prórroga y penaltis.
-Sabes, tras contemplar el atardecer, vi tres chicas con uno de esos cachorros de perro siberiano. Me despertó una profunda ternura. No paraba de saltar y morder y esos ojos me recordaron a los tuyos, cariño.
-Te parecerá bonito ¿no?
-Pero ¿qué te pasa?
-Mira que compararme con un perro. ¿Qué soy para ti, una perra?
-Joder, cari.
-Ni joder, ni leches, se suspende el partido.
-¿Pero adónde vas?
-Yo a ninguna parte, eres tú quien se va.
Rayco Arbelo
Si las cucarachas hablaran

Esto es una vergüenza, dijo la esposa con el rostro decaído. ¡Tu escritorio es una pocilga con patas!
Tú, que lo ves con malos ojos.
¿Con qué ojos, dices? Lo qué me faltaba por oír. ¡Esto no hay quién lo aguante!
Pero no te pongas así mujer, si son sólo… unos cuantos papeles de nada.
Unos papeles, sí. También los restos de la cena de ayer, el envoltorio de un chicle y hasta el chicle. Es que me lo pones en la punta de la lengua, ¡eres un cerdo! Eso, un cochino, con perdón de estos seres despreciables culpables en parte de la gripe porcina, que pensando, tal vez se haya originado en tu escritorio, un caldo de cultivo, eso sí que es.
Tampoco exageres. Si esto lo soluciono yo en un pispás.
Sí. Pero los niños y yo nos hemos gozado este espectáculo durante días. Ya te valdría tener un poco de consideración, y mover de vez en cuando ese culo seboso de delante de la pantalla del ordenador.
No faltemos, no faltemos. Que si yo hablara…
Dejémonos de chácharas y recojamos rápido, que en unos instantes estarán aquí.
Una media hora más tarde, el inconfundible sonido del timbre hace su aparición: ding dong, ding dong.
Tras abrir la puerta, se inicia el repertorio de rigor de efusivos besos y abrazos. Después pasan al cálido interior, y se detienen a la entrada del estudio.
Nosotros nos quedaremos aquí, en el estudio, mientras ustedes se ocupan de la cena. Tengo unas cosas que enseñarle, dice guiñando el ojo, mientras ella no lo observa.
¡Mira! ¡Eso sí que es un escritorio ordenado! Comenta mientras con su mirada escrutadora estudia cada palmo de la habitación. Y no el tuyo. Mejor cogieras recortes. Que en tu estudio no hay quien entre, dicho esto se dirige ágilmente a la cocina.
¿Tu qué opinas?, le dice con cara de pícaro. ¿A que son todas iguales?, luego ambos ríen.
César Socorro
Martes, imbécil, hoy es martes

-Pili, te lo juro por la tumba de mi santa madre, que en gloria esté, que es la primera vez que me ocurre.
-¡¿Cómo?!
-Ya sé que parece el tópico que se suele soltar en estos casos, pero te juro que te digo la verdad y nada más que la verdad.
-Pero…
-¿Viste aquel programa de Documentos TV sobre el peligro de extinción del león africano? Sí, mujer, aquel espacio de documentales cojonudo que ponían entre semana, que presentaba un tío con gafas y barba y más serio que el coño, que cuando se quitó la barba se le veía tan raro con un lunar en la cara como un día de fiesta. ¿Cómo se llamaba el tío? ¿Siguen poniendo el programa? Lo cambiaban fijo de día y me cansé de estar del tingo al tango.
-No veo la tele, pero lo que quiero decirte es…
-Joder, qué bueno el documental. Decían que, cuando al macho alfa de la manada empieza a fallarle el pito, las mismas leonas ya empezaban a buscar otro macho que le sustituyera. Qué miedo. Oye, ¿tú no…? Pero qué digo, si es la primera vez que me pasa.
-Mira, que…
-Oye, Pili, que me encanta tu casa. El dormitorio lo tienes precioso. Cada vez me gusta más. El color de las paredes, un puntazo. Y luego cada mariconadita en el sitio justo. Oye, Pili, ¿puedo cogerte un tabaco?
-Sí, pero…
-¿Y el mechero?
-Ahí, pero a lo que voy…
-Gracias, Piluca, tía ¿Viste aquel otro Documentos TV sobre Colombia? Los chavales pegándose tiros montados en moto como si tal cosa y toda aquella cocaína por allí. Qué pasada. Pues, nosotros no vimos nada de eso cuando estuvimos de vacaciones en Cancún el verano pasado ¿a que no, Pili? Mira, ¿te importa si le haces tú un nudo a esto? Es que me da asco mancharme. Tíralo en el suelo.
-Mira, que…
-Sí, mujer. No seas finolis, Pili, que luego se recoge. Y, por cierto ¿dónde están mis calzoncillos? Es que me está entrando frío en el culo. ¿Por qué no echas un vistazo? Anda, Pili, venga, guapa, que yo no puedo salir de debajo de la manta, que me hielo todo…
-¡Joder! ¡Que te calles de una puta vez!
-¿Se puede saber que te pasa? Pensaba que a las mujeres les gustaba hablar “después de”. Una vez en Documentos TV hablando sobre las costumbres sexuales de los españoles las mujeres que entrevistaron se quejaban de que lo que menos les gusta era que el tío en cuanto termina se da la vuelta y se echa a roncar como un cerdo ¿Se puede saber que te pasa, Piluca?
-Pues, me pasa que desde hace media hora no me dejas hablar, que me importan una mierda tus documentales, que cuando te fuiste a Cancún me dijiste que era un viaje de trabajo, que Cancún no está en Colombia, sino en México y, sobre todo, me pasa que no me llamo Pili, capullo.
-¡¿No?! ¿Qué día de la semana es hoy?
-Martes, imbécil, hoy es martes.
-¿Martes? Martes, martes… ¿Tere, no? Mira, Tere, te juro por la tumba de mi santa madre, que en la gloria esté, que es la primera vez que me ocurre…
Antonio Vega
Adiós, cine, adiós

A C. McCarthy
Los han vuelto a subir. Eso dijo uno de los dos ocupantes de la única mesa de un café. No tuvo que explicar nada más.
¡No! ¡Serán…! ¡Lo cierro! Ya te lo dije la última vez. No aguanto más. La fuerza de su grito se reflejaba también en el dolor de su rostro.
Tu padre y tu abuelo se removerán en sus tumbas. Mientras depositaba en la mesa una sudada gorra y su manoseada pistola. Quizás hasta decidan salir.
¡Qué Dios les calme! Su ira estará justificada. Pero no puedo hacer más. Pago en impuestos el doble de las entradas que vendo. Paseó un pañuelo por su cara recogiendo sudor.
Las últimas películas que has traído han sido de las buenas, de las que gustan a todo el mundo. Se giró hacia atrás. Buscó con la mirada. ¡Dos cafés! ¡Cremosos!
Enseguida Sr. Capitán. Llegó la respuesta entre ruido de vasos.
¿Las últimas dices? ¿Y las demás? En estos cincuenta años hemos puesto de lo mejor que hemos encontrado para este perdido país. Pero cada vez más televisores, más fútbol, y más y más impuestos. La cultura no importa para ellos. Y el cine es cultura. Tomó la taza recién llegada. Bebió.
El uniformado le imitó. Sabes… Es el último. El tuyo es el último que queda. El mes pasado cerró la sala del norte. Terminó su café.
Yo lo sabía ya. Acabó de beber. Miró hacia afuera. Pero sus ojos no veían. Quizás por cierta húmeda compañía. Por ello oculto su cara mientras se levantaba y salía. Sin volverse, dejó caer el fin de la conversación. Mañana proyectaré la última película.
Otros ojos seguían a su figura rota que abandonaba el local.No faltare
(El día 5-3-09 se cerró, debido a los nuevos impuestos que gravaban diversas actividades, la última sala de cine que quedaba en Camerún. El primer cinematógrafo nació en dicho país en 1960).
Andrés Sánchez Sanz
EN LA HABITACIÓN DEL HOTEL
Caía la tarde. Por las cortinas se colaban los últimos rayos de luz de la tarde. Era verano. Los dos amantes en el despertar, de esa duermevela que produce el goce del amor.
-Tengo que irme ya. Se empieza a hacer tarde.
-Sí. Ya. ¿Cuándo podemos volver a vernos?
-No lo sé. Ya te lo diré a lo largo de la semana. Él tiene que viajar alguno de estos días. Cuando lo sepa con certeza, te aviso.
-Y qué piensas que ocurrirá si deja de viajar. ¿Esperaremos a que decida ir a visitar a algún viejo amigo que tenga en el otro lado del planeta?
-Alfonso, ya lo hemos hablado en otras ocasiones. Disfrutemos de lo que tenemos y ya veremos qué ocurre en el futuro.
-Clara, el futuro es dentro de una hora…
-Déjalo ya. Así solo consigues estropear la tarde que hemos tenido. Siempre acabamos discutiendo. ¿Qué sentido tiene?
-Las discusiones son porque estamos en desacuerdo. Porque yo te quiero para mí solo. ¿Por qué no lo dejas todo y te vienes conmigo?
-Ya te lo he dicho muchas veces: vivo bien como vivo. Con mi marido tengo todo lo que necesito. Lo único que él no puede darme son todos los polvos que necesito y para eso estás tú. Nunca te he mentido.
-¿Y qué es eso que tanto necesitas? ¿Trapitos nuevos, zapatos, bolsos y coches caros? Te das cuenta de lo…
-¿De lo qué? ¿De lo que eso significa? Sí, lo sé, Alfonso, y es lo que hay. Siempre te lo he dicho. No quiero seguir discutiendo. Me visto y me voy.
-Pero, ¡por favor!, si es un puto viejo que…
-Déjalo, ¿vale?
-No, no quiero dejarlo. Tenemos que hablarlo.
-¿Pero qué coño quieres que hablemos? Todo está más que hablado. Nos conocimos en una exposición. Tomamos unas copas y nos metimos en la cama. Nos ha gustado y los encuentros se nos han ido alargando hasta hoy. Seis meses después. Nunca te he mentido, desde el principio sabías lo que había.
-¡No me vale! ¡Eso es historia, Clara! Ahora te…
-¿Me qué, Alfonso? ¿Me quieres? Déjate de idioteces. El amor es una…
-Pero, ¿cómo puedes ser tan fría? Dime, ¿es que tú…?
-Yo nada. Yo disfruto cuando estoy contigo y ya está.
-No tienes sentimientos. Eres fría como el mármol.
-Llámalo como quieras.
-Creo que llegados a este punto, lo mejor será que pensemos en dejar de vernos y que cada cual haga su vida.
-¿Qué dices?
-Digo que no me interesa estar con un pedazo de…
-¿Pedazo de qué? Dime.
-De nada. Da igual. Pero no quiero seguir siendo tu… Esta historia es… Me está afectando.
-Ya entiendo.
-No sé si lo entiendes o no. Pero . . .
-Mira, no digas nada más. Ya has dicho bastante por hoy. Te llamo mañana y ya hablamos.
-No. No me llames por favor. Esto… esto se acaba hoy.
La tarde cedió su lugar al manto oscuro de la noche, como si de un telón se tratase. Los protagonistas se vistieron y salieron. Primero él y, unos minutos más tarde, ella. La habitación del hotel quedó vacía, la cama revuelta y las persianas a medio bajar. Quizás en el futuro la ocuparían otros amantes, o puede que un matrimonio. En las habitaciones de los hoteles siempre salen unos y entran otros.
Auxiliadora Rodríguez Bolaños
El encuentro
A K.T.
-…que no… De verdad que no te vi en la biblioteca…
-No te creo cariño. No insistas.
-No me llames cariño; eso ya no tiene sentido entre nosotros.
-Bueno, vale, mujer… pues no te creo y no insistas porque no te voy a creer.
-Que pesado sigues siendo.
-Y tú tan amable siempre… Y educada, como aquel día en la biblioteca.
-¡Que no te vi! -comenzaba a ponerse nerviosa. Sin intentar calmarse, continuó- Déjame, que tengo que ir a…
-Siempre huyendo de todo, huyendo de mí -la interrumpió el hombre.
-No huyo de nada, listo; y menos de ti. Que te quede claro, aquel día no te vi. Si te hubiera visto… ¿Por qué no iba a saludarte?
-Porque tienes mala conciencia quizás, tú abandonaste…
El grito de la mujer impidió que él, que ahora la sujetaba por el brazo acabase de hablar.
-¿Que yo qué? Lo nuestro se había acabado hace tiempo… No sé porque me he parado a hablar contigo… Me voy…
Con un brusco gesto se soltó del brazo que la retenía.
El hombre no se movió. La pena invadía su cara mientras la mujer se alejaba de él.
Andrés Sánchez Sanz
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