Microrrelatos
La muerte de Julieta
Julieta lanzó su larga melena, pero las extensiones no soportaron el peso de Romeo y el tirón desgarró el cuero cabelludo de la joven, que murió desangrada ante los ojos impotentes de su amado.
El escritor
Escribo escribo.
¿Qué escribo?
Escribo.
Besos
Se lo comía a besos aunque detestaba el sabor de su dentífrico.
Mónica Graña
Café aromático
-Esperanza, ¿¡mi café!?
-Enseguida, Sr. Ramírez.
-El de estaba mañana estaba mejor que de costumbre así que hágalo igual.
-Descuide, señor.
Tras colgar el teléfono, la joven se dirigió al servicio, buscó una bolsita detrás del retrete de la que sacó un trozo de papel higiénico bastante “usado”. Cogió un poco del “ingrediente secreto” con la cucharilla y removió el café con una sonrisa maliciosa.
Mónica Graña
Entre guisos
No me mira, no se gira, no deja de remover las lentejas, como si me comentara una noticia del periódico. No, hasta para comentarme alguna noticia del periódico, se habría dado la vuelta. Se ha acostado con otro. ¡Con otro! Pero si el sexo no le interesa. Se acuesta conmigo por cumplir. ¿O ahora le interesa? ¿Quería comparar? ¿Ahora sí le gusta el sexo pero no conmigo? ¿Me va a dejar? ¿O solo quiere que esté informado? ¿Para qué? ¿Para que me vaya yo de casa? ¿¡Encima, me tengo que ir yo de casa!? Cornudo y apaleado… Qué bien huelen las lentejas. Se me hace la boca agua. ¿Aún no están hechas? Luego, me quemaré la lengua, por ser tan desesperado. Cocina tan bien. ¿Qué hago yo si me deja? ¿Qué voy a comer? ¿Quién me va a preparar la comida? ¿Y las vacaciones? Si ya tenemos pagado el apartamento. A Mallorca sin ella no voy. ¿Para qué? Ay, aquel primer bikini de lunares. Qué buena estaba. Está, a pesar de los años. Se le ha caído un poco el culo pero aún… Cómo soy, me dice que se tira a otro y soy capaz de ponerme cachondo. ¿Quién coño será el otro? ¿Lo conozco? ¿Alguno de Internet? Le escribe a su hermana, dice. Y una mierda. Le escribe a un tío. “Ligues por Intenet”, leí el otro día. Le ha gustado el juego y han acabado quedando. Y, se lo ha tirado. Se mete conmigo porque no me interesa Internet y ella lo usa para serme infiel. Ya me extrañaba a mí tanto afán por estar todo el día delante del ordenador. Qué gilipollas… Seguro que ha estado delante de mis narices tonteando con el otro… ¿O será algo serio? ¿Qué hago yo ahora? ¿La dejo? ¿Y, adónde voy yo sin ella a mi edad? ¿La perdono? ¿Qué le digo? Está esperando que le diga algo.
Mónica Graña.
Una muerte inevitable
Tenía que suceder. Tarde o temprano, su desequilibrio acabaría con él.
Esa noche, se levantó medio dormido al baño sin coger su bastón e, irremediablemente, se fue de bruces contra el suelo.
Un descuido fatal para alguien con más cara que espalda.
Mónica Graña.
En el ascensor
-Buenos días, adelante.
-Buenos días, por favor… que esta puerta pesa demasiado.
-Muy cortés… ¡El ascensor, que se va…!
-Por los pelos. Qué raro que haya llegado alguien ya, hoy pensaba ser el primero para adelantar trabajo antes del jaleo de faxes, teléfonos, charlas, portazos…
-Y, ¿no sería que no querías verme la cara esta mañana? Pero, vamos, para tratar de salir sin que me enterara, eres bastante ruidoso. Con lo que odio despertarme antes de la hora.
-Pero, ¿no tenías que preparar una reunión y querías venir pronto?
-Me quedaban quince minutos de sueño y, además, para qué quiero estar despierta mientras tú ocupas la ducha.
-La compartimos y ahorramos agua, que estamos en crisis…
-Mira, Javier, no empieces con tonterías que bastante cabreo tengo aún.
-Bueno, tranquila, que ya llegamos y se va a enterar todo el mundo de que estamos juntos. Por la noche hablamos.
-Seguro…
Mónica Graña
Silencio
Ay, el mando, que ya empieza el maldito anuncio.
Dónde está.
Aquí.
A ver…
“SILENCIO ON”.
Justo a tiempo.
Si oyera esa musiquita una vez más, enloquecería.
Ja, ja, qué gracia ver la tele así: cómo se mueven…, qué caras ponen…, cómo cambian las escenas…, ja, ja.
Al verlos con sonido, no me había dado cuenta de lo rápidos que son los anuncios.
Al final, va a tener más gracia la vida en silencio.
Como lo de mi sordera, qué divertido fue tener los oídos taponados durante todo un día.
Vale, al principio, me agobié al saber que la medicina no haría efecto hasta que pasaran 24 horas. Me asusté por el aislamiento y me dirigí a casa con la intención de recluirme, sin mirar a nadie para que no me hablaran. Hasta que tropecé con aquella vecina tan pesada. Qué gracioso fue ver cómo gesticulaba con indignación y no oír absolutamente nada de sus ridículas batallas mientras me reía para mis adentros. Fue tan divertida esa situación, tan cómoda, tan tranquila… Ni el ruido del tráfico, ni los gritos de los niños en el parque, ni la música de la niñata del 4º. Nada. Nada podía molestarme ese día. Y era tan gracioso que me hablaran mientras yo fingía tener tanto interés en lo que me contaban, que decidí pasar el día entero forzando encuentros y “conversaciones”. No sé si mis interlocutores de ese día se sintieron aliviados al “hablar” conmigo, por aquello que dicen los especialistas de que necesitamos que alguien nos escuche para sentirnos mejor. No sé si ellos se sintieron mejor ese día pero yo sí, yo me reí mucho. Qué bien me lo pasé.
Ay, el mando, que ya se acabaron los anuncios, dónde lo dejé. Aquí. “SILENCIO OFF”. Qué buena es esta serie…
Mónica Graña
El chivatazo
-¡Coño, Javi, adelanta, que no voy a poder hacer ni una puñetera foto! –exclamé quitándome la última legaña del ojo.
-Relájate, tío, que no hace ni cinco minutos que salimos –me contestó él, tan relajado como de costumbre.
-Necesito fotos de los cuerpos en el agua –insistí– y, para cuando lleguemos… –dejé inacabada la frase al ver que habíamos llegado a la presa.
Aún no había Javi puesto el freno de mano, y ya estaba yo corriendo hacia el lugar del rescate con la cámara en una mano, el flash en la otra y la mochila mal colgada de un hombro.
Tras espetar un simple “¿Qué pasa, tíos?” a los miembros del operativo que permanecían en la orilla, solté la mochila, monté el flash y empecé a sacar fotos desde el lugar con mejor ángulo que pude encontrar tras la zona acordonada. Por suerte, los cuerpos seguían dentro de la presa. “A ver si ningún otro medio recibe el chivatazo a tiempo y consigo el puto aumento con esto” –pensé–, “Reportaje completo del rescate de dos conocidos empresarios locales”.
Tras grabar las declaraciones de los responsables de la Guardia Civil y de Cruz Roja encargados del rescate, Javi se acercó adonde yo estaba, a tiempo de ver juntos cómo llegaban los cadáveres a tierra.
-¡Denles la vuelta para hacer fotos de las caras! –pedí a los socorristas al ver que sacaban los cadáveres boca abajo de la embarcación.
-Enseguida, compañero –contestó el que tenía pinta de estar al mando.
Me preparé para disparar en ráfaga en cuanto empezaran a voltear los cuerpos, mientras Javi, aún soñoliento, también, miraba con expectación a mi lado.
En cuanto vi la cara del primero, me quedé paralizado, incapaz de hacer ni una sola foto.
Inmediatamente, los socorristas le dieron la vuelta al otro cuerpo, lo que no me ayudó a reaccionar. A pesar de la erosión por el tiempo que los cadáveres habían estado en el agua, no había duda: los cadáveres no eran de los famosos empresarios, sino los nuestros; ¡los cadáveres recién rescatados de la presa éramos nosotros, Javi y yo!
El corazón se me a puso a mil revoluciones o se me paró de golpe, no estoy seguro. Solo sentía un frío paralizante, vértigo y náuseas. Cuando logré reaccionar, miré a Javi que, también, me estaba mirando, incrédulos ambos de lo que veíamos sobre el suelo arcilloso. Ninguno entendió nada. ¿Cómo íbamos a estar muertos y vivos a la vez?
Mónica Graña
Mensajes emergentes
-¡Tío, tío, menudo bombazo! Adivina a quiénes me he encontrado juntos en el baño de abajo.
-¿A quiénes?
-A don Javier y a la malencarada.
-¿Y?
-¿Cómo que y? Fotocopias no hacían…
-Venga ya, otra de tus coñas, ¿no?
-Que coña ni coña. Entro al baño, la puerta del váter está cerrada, veo que tengo el nudo de la corbata flojo, aprovecho para ajustármelo y empiezo a oír ruidos raros, como de mucho movimiento. Me descojono pensando que será la gorda subiéndose la faja, y salen aquellos dos “coloraos” y medio sudorosos.
-No me jodas, qué fuerte, tío. Pero, si el jefe debe de tener cien años.
-Cien años y un kilo de viagra pero allí estaban y no veas las sonrisitas antes de verme.
-¿Y, qué hiciste?
-¿Qué hice? Coger el móvil como si me vibrara y salir del baño disimulando como pude.
-Menudo corte.
-Ya te digo. Pero, colega, ¿cómo se lía con el cáncamo ése? Si esa tía no vale ni para fregar el suelo con su cara, y, encima, la mala leche que tiene…
-Ésas son las mejores, ya sabes. Anda que el viejo no puede elegir, con la pasta que tiene.
-Chacho, no vayas a contar nada, que se me cae el pelo.
-Tranquilo, tío, ya sabes que conmigo no tienes problema.
-Ya, por eso te lo he contado; por eso y porque, si no lo cuento, reviento, ja, ja. Espera, Jorge, que me llaman.
-Sr. Domínguez, venga a mi despacho cuando pueda, por favor.
-Enseguida, don Javier.
Mónica Graña
El sombrerito
-¿Que cómo me llaman todos Charito, la del Milagrito? Te cuento: El pueblo sufrió hace muchos años una terrible plaga que dejó las cosechas inservibles y los vecinos, para no amargarse aún más de lo que estaban, se entretenían con la primera tontería que encontraban, sobre todo, con los chismes. Como yo era la recién llegada, tras dejar el orfanato, me convertí en el objetivo de todas las miradas y más aun por empeñarme en llevar siempre puesto el sombrero del abuelo, que me quedaba bastante ridículo, por cierto. Para colmo de males, mi timidez, no sé bien por qué, los asustaba bastante por lo que nadie se me acercaba. Charito, la del Sombrerito, me decían para reírse.
«Un día, jugando en el río a mirarme en el espejo, se me cayó el sombrero y me costó horrores recuperarlo. Como no sabía nadar y no quería perder el único recuerdo que me quedaba de mi padre, me ayudé de una rama para irlo atrayendo poco a poco. Cuando lo logré, vi sorprendida que estaba lleno de peces. En ese río, jamás había habido peces, así que, sin dudarlo, volví al pueblo para que todos pudieran comer algo.
-Y, fue entonces cuando te llamaron Charito, la del Milagrito, ¿no?
-Sí, me dejaron de llamar para siempre Charito, la del Sombrerito, y ya nunca volví a estar sola en el pueblo.
Mónica Graña.
El sombrerito
En una remota y humilde aldea castigada por la plaga, vivía Charito, una joven huérfana cuya más preciada posesión era el sombrero de su padre, que no se quitaba por grande que le quedara ni por mucho que se rieran de ella.
Charito, la del Sombrerito, como burlonamente la llamaban sus vecinos, no tenía amigos pues todos interpretaban su triste mirada como señal de locura y prohibían a sus hijos acercarse a ella.
Charito, la del Sombrerito, pasaba el día sola en el bosque, contemplando a los pájaros, jugando con los escarabajos, corriendo tras las lagartijas o buscando alguna fruta madura para comer.
Un día, Charito, la del Sombrerito, se sentó a la orilla del río a contemplar su reflejo en el agua y jugar con él. Se acercó tanto que el sombrero se le cayó y empezó a alejarse. Desesperada, trató de recuperarlo, pero no le llegaba el brazo por mucho que se estirara. Se tumbó en el suelo a ver si lo conseguía y el sombrero aún estaba lejos. Como no sabía nadar, fue en busca de una rama con la que ayudarse. Tras un par de intentos, al final enganchó el sombrero y lo pudo acercar hasta donde alcanzaba su mano. Cuando iba a cogerlo, vio sorprendida que estaba lleno de peces, tan lleno que apenas podía sacarlo del agua. Sin dudarlo, Charito, la del Sombrerito, volvió presurosa a la aldea y empezó a repartir su tesoro entre sus hambrientos vecinos, quienes la recibieron con gran asombro, pues ese río jamás había tenido peces, y con tanto agradecimiento por la generosidad de Charito, la del Sombrerito, que, de inmediato, le quitaron su horrible mote y empezaron a llamarla Charito, la del Milagrito.
Mónica Graña.
-
Archivos
- mayo 2012 (7)
- abril 2012 (1)
- febrero 2011 (5)
- enero 2011 (16)
- diciembre 2010 (17)
- noviembre 2010 (21)
- octubre 2010 (1)
- junio 2010 (6)
- abril 2010 (1)
- febrero 2010 (15)
- enero 2010 (8)
- diciembre 2009 (7)
-
Categorías
-
RSS
RSS de las entradas
RSS de los Comentarios

