Cristal
Tengo ganas de salir por la puerta y ponerme en medio de la carretera. Y ahora mismo me daría igual que pasara un coche o, mejor, un camión, y me llevara por delante. Estoy tan harto. Estoy tan triste. Joder. Tengo setenta años y estoy hecho un fracasado. Viejo. Consumido. Acabado. No me puedo creer que mi mujer me haya dejado y encima mis hijos estén de su parte porque piensan que soy un cabrón. Maravilloso. Va todo de perlas. Y hablando de perlas, ella tendría que devolverme el collar que le regalé para su cumpleaños, que me costó un pastón. Da igual, mi madre siempre decía que… la vida es una caja de bombones. Ah, no, esa era la madre de Forrest Gump. La mía decía que el dinero se va pero siempre vuelve, que tenemos que gastar. De todas maneras, creo que estaba equivocada porque el dinero de las perlas no ha vuelto todavía. Ah, mi madre. Con solo recordarla me llega el olor al queque con limón que solía preparar todas las tardes. Ese olor que impregnaba las paredes de mi casa en la que vivimos hasta que ella murió. Entonces vendimos la casa y empezó a oler a moho con los nuevos inquilinos. Da hasta vergüenza. ¿Quién no puede hacer un queque? Ahora que me acuerdo de ellos… tengo que ponerme a dieta. Por Dios, mi barriga. Cada día está más grande. ¿Será por eso que Marina se fue? ¡Eso no es excusa! Podría haberme avisado. Decirme al menos, por ejemplo: “Mira, Rodolfo, que te estás poniendo como un tanque. Haz algo, hijo”. No. Se tuvo que largar a buscar otro sin decirme nada. A la mierda. En definitiva, mañana me apunto a la piscina. Tal vez tenga los huesos débiles, me falten un par de dientes -o casi todos-, y esté al borde del Alzheimer pero de seguro que yo bajo esta barriga y ligo de nuevo. Si mi mujer pudo hacerlo, yo también.
Cristina Velázquez López
Cavilaciones de un General
Ni rumores de aleteos de doradas princesas indígenas y mariposas volando en los albores de nuestra historia, ni marrulleros y altaneros encomenderos unidos a devotas damas españolas muertas de desamor, ni el santoral completo al mando de los taimados frailes alborotando en los altares. Nada de clero influyendo en la política, nada de lejanos reyezuelos mandando en los ejércitos. Llegó el tiempo de las feroces guerras, la época de la anhelada Independencia y el fulgor de la República.
Como guerrero, me he pasado media vida vadeando fronteras entre combate y combate, batallando ensangrentado y contando y recontando muertos. Distante de mi terruño que deje allá entre embravecidos volcanes y caudalosos ríos, soportando estos dolores de huesos, estos humerales y fríos paramos. ¡Cuánto anhelo el calor de los cálidos aires nativos! Estoy harto de guerras y cansado de jinetear, mala cosa ésta de andar buscando con ansia desbocada el cobijo de la solariega casa paterna en víspera de tan importante contienda.
En esta tenue luz crepuscular me atolondran los tímpanos las chicharras pidiendo agua, que llueva pero con mesura ya que tanta lluvia forma un barrial que hace que el campo se torne jabonoso y esto puede ser fatídico para el combate de mañana. Hoy sólo quiero vivir con serenidad este cercano futuro en que pueda tocar la victoria.
También sé que todo mi prestigio como militar y estadista se puede ensombrecer con mi correspondencia privada, ese archivo de mi puño y letra, de mi vida íntima, tantas cartas de confesiones ardorosas y atormentadas, tantos turbulentos monólogos que desnudan mi vida y que sin darme cuenta se fueron juntando para la historia, esa maldita manía mía de rumiar y seguir aferrado al pasado que, por más que no quiero, meloso me persigue.
Pero así muera en esta batalla de mañana creo que he cumplido cabalmente con la patria, mas si salgo vivo y victorioso exigiré mi parte a la hora de la repartición de la naciente República, me vengaré sutilmente de mis enemigos y después me adormeceré en un profundo y reconfortante silencio.
¡Ay, qué cortas han sido mis horas de felicidad y qué largos mis años de infortunio!
Patricia Rojas de Leunda
Creo que es amor
No creo que la diferencia de edad sea importante. Me gusta, y eso no va a cambiar por ningún motivo estúpido que cualquier persona tenga. Cuando se siente lo que yo siento se está más allá del bien y del mal, esto de “más allá del bien y del mal” me gusta mucho, lo leí en una revista de mi madre el otro día, creo que lo dijo un filósofo antiguo, bueno, no sé, pero queda bien. Creo que leer filosofía sería bueno. Lo que intento decir es que cuando sientes algo así, no estás pensando en otras cosas, no tienes la cabeza ocupada con tonterías que no importan, tu mente está a lo que está, en realidad, más que tu mente, lo que está totalmente ocupado por lo que te hace sentir esa persona es tu corazón. Aunque estos días he estado pensando si realmente el corazón siente algo o únicamente bombea sangre, que es su trabajo. Eso es lo que ha explicado esta semana mi profesora, ha estado hablando sobre las funciones de los órganos del cuerpo humano; riñones, pulmones, cerebro, corazón y todo lo demás, y mientras el resto de la clase la atendía, me da la impresión que sin entender casi nada de lo que la señorita Alba estaba diciendo, mi mente, que la mayoría de las veces va por su cuenta, repetía cerebro/corazón, cerebro/corazón, cerebro/corazón. Realmente, cuando te enamoras, tu corazón siente algo o todas esas cosas diferentes que se notan, o por lo menos que las personas mayores dicen que notan cuando están enamoradas, aquí voy a abrir un pequeño paréntesis porque tengo una duda. Lo de abrir paréntesis se me ha pegado de mi tía Lucrecia. Mi tía es soltera, dice que porque quiere. No es fea ni guapa, supongo que eso influirá un poquito en que no tenga novio, eso y que es superinteligente, sabe de todo, cuando empieza a hablar me quedo escuchándola sin importarme el tiempo que pase y me hace mucha gracia porque cada vez que quiere explicar algo utiliza la frase “abro paréntesis” y, claro, como en un rato quiere explicar un montón de cosas esta todo el rato abriendo paréntesis. Me río mucho, es muy divertida y me encanta cuando viene por casa, bueno, cuando venía. Desde que mis padres viven separados no la veo mucho y me da pena porque me enseña muchas cosas. Bueno, la duda que tengo es si alguien ha visto a una pareja de personas mayores enamorada de verdad, cuando digo mayores me refiero a treinta, cuarenta o cincuenta años. Yo miro a mi alrededor y no veo amor, veo costumbre, miedo, dudas, cobardía y muchas cosas más pero no veo parejas enamoradas, quizás sea porque no he vivido lo suficiente aún y he visto pocas cosas; a lo mejor lo entenderé cuando cumpla cincuenta años o más, no sé. Si realmente esas personas mayores están enamoradas, lo que dicen que notan, mariposas en el estómago, escalofríos en todo el cuerpo, que flotan veinte centímetros por encima del suelo y un montón de cosas más, ¿son cosas del cerebro? Realmente he de decir que todo esto no sale de mi cabecita, bueno, algunas cosas sí, pero no todo. Hace dos noches me metí en Internet, a escondidas de mi padre, claro, me ha castigado otra vez sin Internet, sin tele, sin móvil y sin salir de casa, porque sigo sin ir bien en los estudios. Cómo le explicas a una persona mayor y mucho peor si esa persona es tu padre, o tu madre, aunque a lo mejor con mi madre sí podría hablarlo, claro, que si la cogiera un día relajada y de buen rollo, cosa que ocurre una o dos veces al año lo que complica mucho la cosa de poder sentarse con tranquilidad a hablar con ella. Pero si pudiera sentarme con tranquilidad con uno de los dos, o con los dos, no, mejor con mi padre, que es el que me castiga siempre, y explicarle, o por lo menos intentar que un hombre de cuarenta y dos años entendiera que aunque soy una niña de doce años, mi forma de ver, escuchar, sentir y entender las cosas es diferente a la de los demás niños y niñas de mi edad, que mi imaginación se marcha de viaje por ahí y no la puedo controlar, que lo que más me gusta en este mundo es leer y escribir, que los horarios del colegio y las obligaciones me hacen estar mal, que ahora, además, me gusta alguien y no puedo evitar pensar todo el rato en eso y que ese alguien se llama Alfredo y tiene veinte años. Creo que es amor lo que siento por él, pero como no lo sé seguro estoy entrando en Internet para buscar toda la información que puedo acerca de lo que es enamorarse. A mí no me importa que tenga veinte años porque yo soy una niña muy madura para mi edad, bueno, eso es lo que me dice mi tía Lucrecia, y que soy muy, muy, muy inteligente. Y mi abuela siempre me ha dicho, desde que era pequeña, que yo nací ya siendo una viejita y que sé muchas cosas para la edad que tengo. Por eso no me importa que Alfredo tenga esa edad, aunque a veces noto que es un poco niño, siempre está con tonterías con los amigos y siempre hace lo que ellos quieren y no me hace caso. El otro día le envié una nota con mi amiga Carola, con un corazón dibujado y nuestros nombres escritos y ayer pasé al lado de él y no me dijo nada. Algunas personas tardan más en madurar que otras, eso es lo que dice mi madre de mi padre, así que esperaré, aunque no sé si para siempre, a lo mejor sí, ya veremos. Como sé que todo esto no lo va a entender nadie, y menos mi padre, pues he decidido escribir este diario que no sé si seguiré escribiendo, porque es un rollo estar escribiendo todas las noches, aunque la verdad es que me gusta mucho escribir. Por lo menos, mañana no creo que escriba nada, porque mi padre me lleva a cenar con su nueva novia y no sé si me dará tiempo cuando llegue. Lo que sí haré es analizarlo todo para saber si realmente están enamorados.
Manolo Dauta Rijo
Soledad

Dichoso despertador, ¿por qué me tendré que levantar? Me duelen los pies, la espalda, los riñones; estoy hecho un desastre, lo sé, pero estoy mejor que Antonia. Ella sí que esta mal, le apesta el aliento, se está pudriendo; eso debe de ser como los huevos que se echan a perder en el frigorífico. Aquí ya nadie come huevos. Antes él comía huevos, y creo que los sigo comprando por él. Hago tantas cosas para no olvidarlo, ¿harán ellos algo así por mí? ¿Se acordarán o echarán al menos alguna lagrimilla por mí? Espero que no sea como en el entierro de Sonia, todos fingiendo y deseando matarse por ese rancio pedazo de tierra que les iba a dejar el viejo. Él sí que era un hombre bueno y cariñoso. Me pondré rápido un traje, que tengo que estar en la consulta del doctor a las diez, si no me doy prisa, perderé la guagua y tendré que llamar a Paco. Él se quejará, soltará unos cuantos improperios y luego terminará viniendo; siempre hace lo mismo ¿Por qué no lo hará a la primera? Cuánto me gustaría eso. Aún recuerdo las malas noches que me hizo pasar de pequeño. Sus hermanas, en cambio, no eran así; ellas se dormían rápido y prácticamente nunca estaban enfermas. Él, en cambio, no dejaba de llorar. Marcos lo atendía un poco por las noches. Era muy bueno, y eso que tenía que levantarse poco tiempo después para ir a trabajar por unas míseras perras. Cogeré la cartera y así pasaré por el supermercado a comprar unas cosillas, y a lo mejor hasta me doy algún caprichito, que me lo merezco, porque aquí nadie piensa en mí. Con todo lo que he hecho por ellos, y así me lo pagan, dejándome sola, abandonada en esta casa, con la compañía de esos gatos. A él sí que le gustaban los gatos, yo los odio; siempre que los miro a los ojos me recuerdan la mirada del cura, el entrometido del pueblo, siempre tratando de que uno le confesase los pecados; esos que sin duda él cometía, pero sentía más satisfacción en oírlos que en cometerlos. ¿Habré dejado la luz del baño encendida? Siempre la dejo encendida, tengo que ahorrar dinero, solo con la pensión no me llega. Malditos zapatos, otra vez tendré que ir al podólogo, este callo me fastidia; otros treinta euros más. ¡Que no hay crisis! ¿Quién dice que no hay crisis? Esos embusteros de la tele, esos falsos políticos, de caras sonrientes, se creen con el poder de sanar los males, se creen dioses, y solo son unos pobres diablos. Las llaves, dónde habré dejado las llaves, mira que Paco me puso un chisme para colgarlas, al lado de la puerta, pero yo me olvido de todo. Y creo que es por eso por lo que me mira mal Antonia, ella se cree que lo hice aposta, eso no ir a la boda de su nieto. Qué culpa tengo yo de que su nieto sea un delincuente. Todavía no me ha pagado las dos ventanas que me rompió el desgraciado tirando piedras. Debería seguir encerrado, cuando estaba dentro, todos estábamos más seguros. Le daré dos vueltas a la cerradura por si las moscas.
César Socorro
A solas con Mario
Oye, mi viejo, mi viejo, ¿pero qué hacés? ¿Te dejás morir ahora? ¿Estás seguro? Lo tenés bien pensado, ¿verdad? Es cierto, no siento pena, ni miedo y creo que tampoco alegría. Y tengo la certeza de que la duda no me acecha, no me hace inquietar. Está repensado este fin, lo he aletargado por ti, mi amor, para no irme corriendo tras de ti, eso no te hubiera gustado. He escrito hasta el final, he intentado no dejar nada dentro, he tratado de que el tiempo me cundiera y me cundió. Aún tengo cosas por escribir mi amor, me las llevo con el tiempo que no ha sido posible, el que me esperaba y desesperó.
Mira, amor, ya lo sé. Si no es pena, ni miedo, ni alegría, debe ser más, debe ser paz. La estaba viendo venir y llegó. Se acuesta conmigo por fin y no se levanta, nadie la hace levantar. Le cierro los ojos, la abrazo, la estrujo ya sin fuerzas, me ama… Si te lo pudiera escribir amor. Aunque ahora siento que me escuchas, como siempre en esos momentos a solas, con intimidad.
Qué pesado que soy, que he sido con vos y, conmigo también. Un viejo pesado que se va ligero, que se va y no quiere más dolor. Tranquilo, como tú te fuiste, como yo te aprendí, como tanto me costó perderte. Me voy sintiendo tu cálido aliento, siempre conmigo. Gracias amor. A esta soledad ya la hubiera espantado, si no la hubiera podido compartir con vos. Esta soledad me la llevo, sé que te gusta su compañía, sé que la has escuchado como a mí. Espera, mi amor, quiero oírte hablar, ahora acabo y callo para siempre y te escucho. Y este mundo, se calla también, para escucharte. Y yo, mudo junto a ti.
Menchu Pérez
LA FOTO
¡A ver dónde está la dichosa llave! Aquí está. Bendito sea el señor, mire usted qué minucia de llave. Fabricar una llave tan pequeña para abrir una puerta tan grande, ¡si ni siquiera veo la cerradura, cristiano! En mis tiempos era al revé: las llaves grandes abrían las puertas pequeñas, y las grandes, ¡claro! Hoy no piensa en los mayores. Ellos se creen que siempre van a tener la vista de lince, y ¡están listos! ¡Hay que ver! Vaya, hombre, ya entró la puñetera llave.
Me huele a quemado. Ya se le quemó comida a la Carmela. ¡Esta mujer! Se va a hacer otras cosas de la casa y deja la comida al fuego. Cualquier día se le quema la casa ¡carajo! ¡Mira las lentejas! Esto no se lo comen ni los perros. Bueno, hoy comeremos a los cuatro, para no variar. ¡Ayyy…! ¡Esta mujer! Carmela, Carmela… Mira que la llamo y no me contesta. Déjame ir allá fuera a ver que está haciendo. Allí está. ¡Claro, cómo me va a oír que la estoy llamando, si tiene la puerta cerrada!
¡Jesús! Como está el cristal de esta puerta. Mañana tengo que barnizarla y quitarle los restos de pintura al cristal que manchó Manolín. ¡Este muchacho! ¡Qué poco mañoso es!
¡Oiga! Qué guapa veo a la Carmela. Ésta fue a la peluquería. Mire usted qué peinado le hicieron. Pues mire, le queda bien. ¡Hay que ver las piernas tan bonitas que tiene mi señora! Los años no pasan por ella. Bueno, un poco sí. Pero, la verdad, cualquiera diría que ya pasa los setenta. ¡Síii..! Mi Carmela siempre ha sido una mujer muy agraciada. ¡Pero qué piernas tan bonitas! No se le ve ni una vena. La verdad es que todavía está de buen ver. ¡Qué suerte tienes, Cayetano! Es un desastre en la cocina, pero sólo verla se te olvidan las penas de lo hermosa que está. Mire usted dónde puso mi foto de cuando fui al cuartel. ¡Ay! ¡Qué tiempos tan duros aquellos, cristiano! ¿Usted se acuerda? Cuánto sufrimiento y cuánta miseria. Dos guerras que viví con veinte y pocos años y dos guerras que me dejaron huérfano y sin familia. ¡En fin! La guerra, que dura la guerra, usted. Cuando terminó la segunda, dos días después la conocí, usted me la presentó, ¿se acuerda? Desde entonces llevamos juntos más de sesenta años. Hace más de veinte años que no habla por una rara enfermedad que le dio en la cuerdas vocales. No habla, ¡no!, pero el gallinero siempre está revolucionado, Don Vicente. Pues no tenemos ocho hijos y más de diez nietos…
¡Mire! Ahora que estoy viendo su foto, mi Carmela se parece mucho a usted. Qué alegría se va a llevar cuando vea su foto, que era la única que tenía de usted. La encontré en el sótano, en unas cajas con sus papeles de la aviación. Pues no han pasado casi veinte años desde que ella la perdió. ¡Qué disgusto se llevó usted! No me quisiera ni acordar. Pero como la foto estaba muy estropeada, Miguelín, que le tiene mucho cariño a la Carmela, el fotógrafo, el hijo de su amigo Jose Monzón, la arregló como pudo con esos aparatos tan modernos de hoy. ¡Oiga! Si usted resucitara se volvía a morir de lo bien que lo dejó en la foto, ¡tan rejuvenecido cristiano! Porque en aquel entonces, cuando le hicieron la foto, aparentaba diez años más. No sé si es que eran otros aparatejos o es que esas ropas oscuras y feas nos hacían más viejos.
¡Ay Don Vicente!, si mis hijos me vieran hablando con una foto me ponían en un centro de esos adonde llevan a los ancianos que empiezan a desvariar. Pero a mí me da igual, ¡que me oigan y me vean hablando solo!
¡¡Ay!! ¡Qué conversadas nos echábamos los tres! Usted, nuestra Carmela y yo, ¿se acuerda?
¡Mire! Recuerdo que Carmela me dijo a los dos días de su fallecimiento que lo único que tenía de usted era esta foto, y que gracias a ella no se le iba a olvidar su carita. Donde quiera que iba, siempre la llevaba encima, Don Vicente. ¡Sí! La pobre le echa en falta, a usted y a la foto, ¿sabe? Yo no sé si es que la pérdida de la foto coincidió con la pérdida de su voz, porque desde ese entonces, cuando perdió la foto, dejó de hablar la mujer. Mis hijos la llevaron a muchos médicos para ver cuál era el problema. Unos decían que no tenía nada, que no hablaba porque no quería, que sólo era depresión; otros, que tenía una rara enfermedad, pero no nos decían cuál.
¡Mire! Hoy es 4 de Septiembre, el día que la conocí, ¿usted se acuerda? Llevamos juntos más de sesenta años, queriéndonos y aguantándonos mientras podamos. Aunque lleve veinte años que no habla, yo la quiero igual. Yo sé que mi Carmela no tiene ninguna enfermedad, Don Vicente. Yo pienso que no habla porque le habrá hecho promesa a algo ¡¡digo yo!! Pero yo ya me cansé de hablar solo, Don. ¡Mire! Yo les digo a mis hijos que la causa de que su madre no hable es porque perdió la foto de su padre, su único recuerdo y herencia. ¡¡Ah!! ¡Pero esta juventud no hace caso, cristiano! Yo sé que cuando Carmela vea su foto otra vez, nuestra Carmela, nos a contar todas las plegarias que hizo para que su foto volviera a aparecer, que ella es muy religiosa, y usted lo sabe. En fin, ese sería el mejor regalo de aniversario, que mi Carmela me dijera algo. Mire, Don Vicente, lo voy a dejar encima de la cama, y cuando lo vea, si oigo algún quejido de sirena desde aquí afuera, porque su voz era muy femenina y potente, sabré que mi Carmela, nuestra Carmela, recuperó la voz.
ROSARIO IBRAHÍM
Entre guisos
No me mira, no se gira, no deja de remover las lentejas, como si me comentara una noticia del periódico. No, hasta para comentarme alguna noticia del periódico, se habría dado la vuelta. Se ha acostado con otro. ¡Con otro! Pero si el sexo no le interesa. Se acuesta conmigo por cumplir. ¿O ahora le interesa? ¿Quería comparar? ¿Ahora sí le gusta el sexo pero no conmigo? ¿Me va a dejar? ¿O solo quiere que esté informado? ¿Para qué? ¿Para que me vaya yo de casa? ¿¡Encima, me tengo que ir yo de casa!? Cornudo y apaleado… Qué bien huelen las lentejas. Se me hace la boca agua. ¿Aún no están hechas? Luego, me quemaré la lengua, por ser tan desesperado. Cocina tan bien. ¿Qué hago yo si me deja? ¿Qué voy a comer? ¿Quién me va a preparar la comida? ¿Y las vacaciones? Si ya tenemos pagado el apartamento. A Mallorca sin ella no voy. ¿Para qué? Ay, aquel primer bikini de lunares. Qué buena estaba. Está, a pesar de los años. Se le ha caído un poco el culo pero aún… Cómo soy, me dice que se tira a otro y soy capaz de ponerme cachondo. ¿Quién coño será el otro? ¿Lo conozco? ¿Alguno de Internet? Le escribe a su hermana, dice. Y una mierda. Le escribe a un tío. “Ligues por Intenet”, leí el otro día. Le ha gustado el juego y han acabado quedando. Y, se lo ha tirado. Se mete conmigo porque no me interesa Internet y ella lo usa para serme infiel. Ya me extrañaba a mí tanto afán por estar todo el día delante del ordenador. Qué gilipollas… Seguro que ha estado delante de mis narices tonteando con el otro… ¿O será algo serio? ¿Qué hago yo ahora? ¿La dejo? ¿Y, adónde voy yo sin ella a mi edad? ¿La perdono? ¿Qué le digo? Está esperando que le diga algo.
Mónica Graña.
Monólogo
¡Blando y estúpido… como todos los demás!
¡No lo soporto! ¡Igual que no soporto cómo arrinconas tus cosas en el armario!
¿Dónde estará la cajita de mis lentillas?
Estás ahí, sentado en la cama, abrochándote los zapatos y sería inútil preguntarte porque seguramente no te habrás fijado.
¡Tengo mucha prisa! ¡Llego tarde a la reunión!… ¿Dónde está el maldito rizador de pestañas?
Detesto tu orden despreocupado. Tanta discreción y tanto esfuerzo por no querer molestar me irritan… ¿Por qué no vienes a ayudarme?
¡Si prestaras un poco más de atención, sabrías lo que necesito… mi rizador… y ahora, podrías ayudarme…! ¡Voy a llegar tarde! ¡Mi cliente está esperando!
Claro que, para ti, eso no es ninguna novedad. Me sorprende el modo en que te colocas la corbata, como si fuera algo delicado y digno ¡Así eres tú con la gente! ¡No, no me mires con esa cara de compadecer mi agobio!
Mi cliente no se alegrará de verme, nunca lo hace. ¡Y llego tardísimo! Siempre me miran y bajan la voz, me hablan como susurrando. Son conscientes de que cada palabra es crucial. ¡Pero hoy, llegaré tarde!
¿Cuál será el apropiado? Lo de hoy es importante aunque no tengo que demostrar nada a nadie. Puedo llevar lo que me venga en gana. ¿Por qué me miras con esa mueca?
¡Necesito mi bolso! ¡Cuanta porquería!
¿Y esto…? Ah, sí… ¡Cómo si tuviera tiempo de ir a esa estúpida fiesta! ¡Chica, chica…menos fiesta y más trabajo duro!
¡Ganaré, no tengo dudas! ¡Llevo semanas con él! ¡Debo ganar, es muy importante! ¡Después de este vendrán otros mucho mejores! Recuerda: En el asunto del menor debes mostrarte implacable.
¡No hagas eso! ¡El cosquilleo de tus labios en mi cuello me hace sentir indefensa! ¡No te das cuenta!
¿Por dónde iba?
¡Ah, sí, las llaves!
Diolinda Ramírez
La peor de las enfermedades
Han dejado de venir a casa ¿Cuánto hace que no les veo? ¿Un mes? Desde la última visita al médico, supongo, porque es así como funcionan. Me vuelve a doler el brazo, por cierto. Tengo que recordar decírselo a doña Marisa cuando vaya a verla. Quizás entonces vuelva a ver a mis hijos.
Me duele mucho, la verdad. No recuerdo haber hecho ningún movimiento brusco. Esto de los años va a acabar antes conmigo que cualquier catarro, antes uno no se preocupaba por estas cosas. Un movimiento brusco es un movimiento brusco a los quince, a los treinta, o los ochenta, ¿no? Pues no, a estas edades, uno tiene que tener cuidado con cualquier cosa brusca que le pueda suceder.
¡Maldita silla de ruedas!, pesa tantísimo. Quizá sea el brazo, que no ayuda hoy a moverla. Calma, o voy a conseguir que me dé un infarto. Y eso es justo lo que necesitan mis hijos ahora: ¡como si tuvieran tiempo de venir a visitarme!
¿Hace calor hoy o son cosas mías? Parezco mi mujer cuando comenzó con la menopausia. Se echa de menos a esa vieja cascarrabias. “Hoy hace muchísimo calor, Fernando”, “Pilar, he quitado la calefacción, el que va a morir de un resfriado soy yo, hija”. ¡Cómo se reía! Tuvo un sentido del humor exquisito desde siempre. Maldito brazo. Me preguntó dónde estará. Uno nunca sabe qué habrá más allá. Espero que nada. O no, espero que algo. No sé. Pilar siempre decía que mejor malo conocido que bueno por conocer.
Estoy cansado.
Voy a por agua, a ver si así el dolor del brazo y el cansancio se me aflojan un poco, que no puedo respirar bien. Doña Marisa va a tener que chequear todo este viejo cuerpo, yo no me encuentro hoy muy bien. Ya sé que digo eso cada día, pero hoy no me encuentro muy bien. Pilar se reiría. No sé si estoy viejo, cansino o me estoy volviendo una nenaza con los años.
Me rindo. No pienso ir a la cocina a por agua. Mejor me quedo aquí, enciendo la tele. Ya no ponen nada interesante, aunque la encenderé igual. ¡Qué molesto dolor! Que no se me olvide llamar por la mañana a doña Marisa.
Cande Pons
Al descubierto
Otra vez esos martillazos. Cada día estoy más convencido de que lo hacen por fastidiarme. En este edificio siempre están haciendo obras, ya sé que son las doce de la mañana y se supone que la gente está trabajando, pero eso no va conmigo, yo no tengo fuerzas para trabajar. Mi madre me acusa de no tener ningún interés.
Se puso furiosa cuando rechacé el trabajo de conserje que me ofrecieron. Pero lo que ella no sabe es que lo hice al enterarme de que influyó para que me lo dieran. No quiero su ayuda ni la de nadie. Además yo soy licenciado en derecho, merezco un mejor trabajo.
Mi madre también me acusa de que no hago nada. Ella querría que estuviese todo el día mandando currículums.
A veces se enfada tanto que me amenaza con echarme de casa (de su casa). También sé que lo puede hacer, tengo más de treinta años. Pero mi madre teme mi reacción, la tengo atemorizada y eso me gusta.
Me la imagino contándole a sus amigas aquello de “No quiere ir al psiquiatra y cuando a veces consigo que vaya no se toma la medicación”. Esto es verdad, ese medicucho me tiene atiborrado a pastillas.
Hace tiempo pensé en portarme bien, hacer todo lo que me decían y casi acabo como un zombi.
Ahora hago creer a mi madre que me tomo todo ese arsenal que me mandan, pero donde haya un porro que se quiten los calmantes. Bueno, uno o diez, da igual.
Mi madre aporrea mi puerta, no quiero verla y menos a ese que dice ser mi padre. Ese sí está zombi, se olvida de todo, mi pobre madre no sé cómo lo aguanta. Se levanta de madrugada para ir a su casa a ver a su madre que está muerta desde hace un siglo. El otro día me dijo más de diez veces “Tienes carne en el horno, son dos bistec, yo me comí uno y te dejé dos”. A la décima vez lo agarré por el cuello, mi madre se puso a gritar, es una histérica.
Mi madre me comunicó anoche que van a venir unos obreros a hacer obras en el baño, pensé que bromeaba, cuando me di cuenta de que hablaba en serio, ya no me quedó la menor duda de que es ella la que habla con los vecinos para que hagan ruido y, no satisfecha, quiere que ese ruido esté dentro de mi cabeza o lo más cerca posible. Tengo que tomar una decisión.
Sara Godoy Santana.
El día x
No sé cuánto tiempo ha pasado desde que la vi aquí sentada por primera vez… quizás días, semanas o meses. A mi edad, es normal que la memoria se entretenga vagabundeando dentro de los planetas de la senilidad. Pero aún así, prometo no olvidar jamás el olor del perfume que viste su carne, su moño gris peinado en forma de espiral, los ovalados cristales negros, bajo los que guarda celosamente sus dos esmeraldas empañadas.
Aquí, en mi otra casa, coexisten en un solo día dos visiones del mundo muy distintas. Una, en la que habita la mayoría: los que se apean, los que suben, los que hablan sin descanso, los que ríen, los que leen, los que hacen que leen. La otra, en la que habita ella: lo ajeno, lo quieto, la cara oculta de la luna.
Yo, Victoriano Rivera Maldonado, me quedé viudo hace veinte años. Estuve felizmente casado con una mujer excepcional, Susana. No tuvimos hijos, nuestro amor no los necesitaba. Fuimos muy felices teniéndonos el uno al otro, en total exclusividad. Y no falto a la verdad confesando que desde que mi compañera murió, no volví a mirar a ninguna otra con los mismos ojos…, ni siquiera con las mismas ganas. Hasta que llegó “ella” (no sé como se llama, pero siempre me ha parecido que Sara es el nombre más apropiado para una diosa). Hoy he dejado en casa, por primera vez, mi corbata y mis calcetines negros.
Cada día la observo desde lejos, a un par de filas de distancia. Y sin descanso la sigo a escondidas con la mirada… Y siempre me quedo con la misma impresión: Es una mujer feliz. La mire desde el ángulo que la mire, su serenidad y su sonrisa parecen no dormir nunca.
Muy a pesar mío, tengo que decir que ni siquiera se ha dado cuenta de que yo, Victoriano Rivera Maldonado, hago a diario este trayecto única y exclusivamente por verla, por estar cerca de ella.
Llevamos más de una hora y media de trayecto y mi musa parece no tener intención de ir a ninguna parte. Como cada mañana, la encuentro sentada en la misma fila, en el mismo asiento, con sus gafas negrísimas clavadas, afuera, en lo que las calles deparan. Entonces percibo que mi diosa guarda algún misterio escondido… ¿O es tan sólo fruto de mi imaginación?
Y una cosa me lleva a la otra…, y como soñar es fácil y gratis, me la imagino desnuda, frágil al mismo tiempo que titánica. Y me pregunto, “qué sabor dejaran sus besos sobre mi boca”, “qué tacto tendrá la piel de sus pechos marchitos”.
Me armo de valor. Siempre en todo hay un día x. Y hoy es ese día. Voy a salir a escena. No tengo toda la vida. Ella tiene que saber que yo, Victoriano Rivera Maldonado, existo…, y existo por ella.
Y acto seguido me siento al lado de mi musa. Entonces, mi corazón parece precipitarse al vacío y corre, y corre, y vuela…
Poco después, Sara, da señales de vida…, colocando las yemas de sus dedos sobre mis manos para recorrer, una a una, las profundas imperfecciones que el paso de los años se ha empeñado en esculpir con el cincel del tiempo. No hay palabras, no se oye nada. A esta hora, ella, el conductor de la guagua amarilla de 43 plazas y yo, somos los únicos intrusos, los únicos viajeros. Luego, una gigantesca sonrisa brota de la comisura de sus labios. Mi musa también suspira. Mientras su otra mano busca a tientas un estrecho y ligero bastón de titanio.
Le respondo. Doy un gran salto. Con un beso en sus mejillas color canela le regalo mis perlas de amor.
Sandra F. Álvarez
Mañana seguirá siendo lunes
Cómo escapar de aquí, dime, necesito saberlo. Cómo pudiste convencerme para descender a este sótano húmedo y enlodado si cada peldaño era una aventura arriesgada de la que pocas veces conseguí salir ileso.
El menú elegido nunca me satisface, pues la carne siempre está podrida y el único guisante que flota en la sopa es cuanto menos una burla a las vacaciones pagadas, qué ironía.
Por las noches siento frío, mucho frío. Sabes que la manta, tan fina como las lonchas de jamón de mis meriendas infantiles, ni siquiera me cubre los pies. ¿Tan mal dormías conmigo?
El anciano que envías para que me lea la Biblia murmura en lenguas ininteligibles y, a veces, pone los ojos en blanco. Antes de pasar las hojas, se chupa el dedo índice. El olor de su saliva me contrae el rostro. Justo en esos momentos, detrás de él, aparecen sombras en fuga, encorvadas, creo que humanas, que se evaporan antes de llegar a la pared del fondo. ¿Acaso no te gustaban mis poemas?
Gracias por la tira de papel higiénico, aunque no me hace falta (defeco encima, prefiero estar acostado) me vino bien para escribirte, para agradecerte todo lo que haces por mí, siempre tan tú, siempre tan sonriente.
Quisiera cambiar de aspecto. ¿Por qué no me haces llegar una pipa con todo el opio de Asia? Para tal efecto tienes en la mesa de noche de papá la Diners Club. Si sientes el impulso, no lo inhibas, dispárale a quemarropa o, si prefieres, ahorca a mi madre, es tan sentimental la pobre, además, nunca te agradó.
Pero llegará el final, lo sé, y será aquel afiche turístico de líneas aéreas colgado en la Avenida 20, la juventud efervescente en un patio de colegio, el Rioja con cuerpo.
Entonces, llegado el momento, sentirás el peso de la ausencia absoluta, el hastío. Y serás tú quien ingrese en esta celda por ti construida donde sanarás purgándote con desvelos, ansiolíticos y aguardiente. Y mi retrato, a los pies de tu catre, irá desvaneciéndose como lo hace la nieve al contacto con la sal. Y mi voz… Mi voz quizá en otras manos.
Yeray Hernández Medina
SOY INOCENTE
Yo la quiero, o mejor dicho, la idolatro. Cuarenta y dos años juntos y en armonía. Ella siempre tan dócil, tan complaciente, bajando la cabeza para no ofenderme ni con la mirada. A veces me pasaba con la bebida, lo sé, pero llegaba a la casa y me iba directito a la cama. Yo no la molestaba. Ella, calladita, me miraba con esos ojos grandes y azules. ¡Qué guapa era, dios mío! Me acuerdo cuando la conocí en aquella fiesta del pueblo. Iba con su prima, claro, el padre no la dejaba salir sola. El vestido, que no enseñaba mucho, pero yo adivinaba unos pechos como naranjas maduritas y jugosas. Y el pelo, ¡ay, mi madre, qué melena!, larga, rubia, sedosa, como para comérsela todita. La miré, me sonrió, se le pusieron rojos los cachetes y, entonces, supe que sería mía. Me le acerqué por detrás y de repente el perfume que llevaba fue como un puñetazo en mi nariz. Tenía ganas de arrancarle la ropa, tirarla en la hierba y… No puedo evocar aquello, no aquí, en esta mierda de cuchitril pestilente, me duele el pecho.
No entiendo por qué me retienen, Magda, mi vida. Cuando supe que ya no había remedio, que el tiempo no podía volver, quise matarme, pero se me habían acabado los cartuchos. No comprendo, creí que tenía muchos, pero no fue así. Tal vez si no hubiera visto la maleta debajo de la cama, el vestido que usabas para ocasiones muy especiales, encima de la cama. Me diste demasiadas pistas. ¿Por qué? A lo mejor querías que lo hiciera, tal vez estabas cansada de mí y de ti misma. Ya no puedes contestarme, lo sé. Sin embargo, aquel día, en la fiesta del pueblo, tu voz era tímida, no me mirabas directamente, pero me encendiste la esperanza. “Hola, Sergio, cómo está tu padre, supe que anduvo pachucho. ¿Ah sí?, qué bueno, me alegro que ya esté bien. No, no me gusta bailar, soy patona, sorda como una tapia para la música; además, mi padre anda por ahí y no le gusta que yo baile. Sí, claro, nos veremos por ahí, adiós”. Y te fuiste corriendo con tu prima a buscar un refrigerio. Pero te me quedaste metida en la piel, me dejaste el perfume impregnado en la ropa y el cerebro, y la imagen de tus labios abriéndose para sonreír… Me tuve que ir corriendo al monte, porque tenía el animal encabritado y necesitaba desahogarme. Esa noche me quedé en vela, perdí la cuenta de las veces que me masturbé recordando tan sólo el aroma que desprendía tu cuerpo.
Me costó convencer a tu viejo para que me diera tu mano en matrimonio. Parece que algún cabrón le dijo que yo tenía mal carácter y que me gustaba empinar el codo. ¡Eso era mentira! Mi padre sí que tenía malas pulgas. El día que cumplí yo los siete años, me acuerdo que le dio una paliza a mi madre que la dejó tirada en el suelo sin sentido. Era un bruto, un mal nacido, no podía ni oler la bebida porque se ponía como loco. Llegaba a casa a las tantas de la noche, vociferando, pidiendo la cena caliente y amenazando a mi madre. Mis hermanos y yo nos metíamos debajo de la cama y desde allí rezábamos por mi madre. Era un hijo de puta, mi padre, pero yo no, Magda, yo fui paciente contigo la noche de bodas y las siguientes. No sé por qué tenías tanto miedo. Yo no era un hombre muy experimentado, pero te dije que sería delicado. Tú empezaste a gritar y a llorar cuando me puse encima de ti, igualito que hace tres días, y eso me sacó de quicio. No soporto oír chillar a una mujer, mi madre lo hacía todo el tiempo y creo que por eso mi padre se comportaba como un energúmeno. ¡Zorra, que son todas unas zorras! Se hacen las santitas para ablandarte, para llevar las riendas, para mandar y hacer lo que se les venga en ganas. Pero conmigo no va eso. No soy ningún maricón. A mí ninguna hembra se me monta encima. Los pantalones los llevo yo. Maldita puta, y maldita escopeta que se quedó sin cartuchos. Ahora, por su culpa y la tuya, estoy aquí jodido, encerrado como un perro rabioso. Me han quitado todo esos mequetrefes carceleros, como si yo fuera a rajarme las venas. De eso nada, tengo 79 años, pero no soy una piltrafa. ¡Soy un hombre, coño, de los pies a la cabeza! ¡Sáquenme de aquí desgraciados, enciérrenla a ella, yo soy inocente!
Belkys Rodríguez Blanco
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