Microrrelatos
Mitomorfosis
El chamán se bebe sus sagrados brebajes e inmediatamente su felina sonrisa da paso al temido y protector jaguar.
Ensoñaciones
Me adormezco entrelazada a cálidas y amorosas serpientes, ellas sueñan mis despertares, y despiertan mis sueños.
A un potente canarión
Enmarañado de amores, el curtido canarión, Oidale Yornom, aún busca a la fogosa fémina que le asestó esas dos puñaleadas soleadas, una tarde en las doradas dunas de Maspalomas.
Patricia Rojas de Leunda
Cavilaciones de un General
Ni rumores de aleteos de doradas princesas indígenas y mariposas volando en los albores de nuestra historia, ni marrulleros y altaneros encomenderos unidos a devotas damas españolas muertas de desamor, ni el santoral completo al mando de los taimados frailes alborotando en los altares. Nada de clero influyendo en la política, nada de lejanos reyezuelos mandando en los ejércitos. Llegó el tiempo de las feroces guerras, la época de la anhelada Independencia y el fulgor de la República.
Como guerrero, me he pasado media vida vadeando fronteras entre combate y combate, batallando ensangrentado y contando y recontando muertos. Distante de mi terruño que deje allá entre embravecidos volcanes y caudalosos ríos, soportando estos dolores de huesos, estos humerales y fríos paramos. ¡Cuánto anhelo el calor de los cálidos aires nativos! Estoy harto de guerras y cansado de jinetear, mala cosa ésta de andar buscando con ansia desbocada el cobijo de la solariega casa paterna en víspera de tan importante contienda.
En esta tenue luz crepuscular me atolondran los tímpanos las chicharras pidiendo agua, que llueva pero con mesura ya que tanta lluvia forma un barrial que hace que el campo se torne jabonoso y esto puede ser fatídico para el combate de mañana. Hoy sólo quiero vivir con serenidad este cercano futuro en que pueda tocar la victoria.
También sé que todo mi prestigio como militar y estadista se puede ensombrecer con mi correspondencia privada, ese archivo de mi puño y letra, de mi vida íntima, tantas cartas de confesiones ardorosas y atormentadas, tantos turbulentos monólogos que desnudan mi vida y que sin darme cuenta se fueron juntando para la historia, esa maldita manía mía de rumiar y seguir aferrado al pasado que, por más que no quiero, meloso me persigue.
Pero así muera en esta batalla de mañana creo que he cumplido cabalmente con la patria, mas si salgo vivo y victorioso exigiré mi parte a la hora de la repartición de la naciente República, me vengaré sutilmente de mis enemigos y después me adormeceré en un profundo y reconfortante silencio.
¡Ay, qué cortas han sido mis horas de felicidad y qué largos mis años de infortunio!
Patricia Rojas de Leunda
La sombrita de los guajalotes
-Por la sombrita, váyase por la sombrita padrino, que con este sol y tanto tequila el camino se vuelve culebrero.
No faltaba más que yo no le hiciera caso, mi hijo, pero ese día, por más que la busque, no encontré sombra, ni tan siquiera sombrita, así que me eché la cobija en la cabeza para estar más a gustito, pero ni aun así pude evitar que se me recalentaran lo sesos y ahí mismito me dio una angustia malosa que se me derramó por todo el cuerpo.
Dicen los doctores que de tanto calor pendenciero se me revolvió el entendimiento. Harto trabajo les costó despertarme, y si le cuento que ahí nomás alcance a ver a la pelona que entre cirios y flores me hacía carantoñas.
-Ay, ahijado, pero no era ese mi día, sólo los guajalotes mueren la víspera.
Patricia Rojas de Leunda
Infortunio de un bebedor indebidamente enamorado (Logo-Rallye)
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Esta primavera se presenta voluptuosa, con imaginación exuberante, hinchando todo lo que toca con sutil exquisitez. Pero también tenía días sombríos, como cuando aparecía en escena ese hombrecito gris, de grasienta cabeza de picaporte.
Este hombrecito ensombrecedor de primaveras continuamente trataba de ocultarse, aunque siempre lo delataba ese olor a vino que llevaba pegado en su cuerpo. Sobresalían en su rostro afeado unos ojos saltones con mirar de sapo mareado.
El tambaleante hombrecito se recreaba contemplando a la hermosa muchacha que vive alrededor de la placita de los Imposibles, en una casita olorosa a dicha, justo detrás de la taberna con hondas barricas de roble llenas de espumosos vinos.
Una tarde, la muchacha, cansada de tanto ser mirada, esperó al etílico enamorado cerca de la taberna, y lo acribilló con balas de olivas negras y, así aceitunado, lo arrojó al vinoso lago. Inmediatamente la claridad se adueñó del paisaje. Ni la primavera ni la muchacha le guardaron duelo.
Patricia Rojas de Leunda
Pelo en pecho y enroscados bigotes
-Te quiero.
-Yo también.
-¿Desde cuándo?
-Desde que te vi, bajo el cimborrio de la Iglesia de San Juan Bautista. Y tú a mí, ¿desde cuándo me amas?
-Desde la noche que salías por la puerta arqueada de la Mezquita Omar.
-¿No tienes miedo?
-¡Absolutamente no!
-Perfecto, ya es hora de que todos sepan que mi amado es un descendiente de Ysusf Ibn Tasufin de enroscados bigotes.
-Magnifico, yo también quiero que sepan que mi adorado es un cristiano viejo de ensortijado pelo en pecho.
Patricia Rojas de Leunda
Corazón invendible
En el mercadillo de la plaza, entre los cachivaches invendibles, dejaron tirado, tu guerrero corazón. Esperando, quizás, un insensato comprador.
Patricia Rojas de Leunda
Domingo
-Cálmate ventarrón, ¿qué es lo que te pasa?, vos últimamente no andas en nada, mira que ni ganas de hembritas tenés. Más bien vení, y nos vamos a azotar baldosa al Abuelo Pachanguero.
-Déjate de embelecos, vos no tenés por qué venir a meterme bulla, además tengo que resolver un torcido muy fregado. Necesito que me ayudes; anda párate en la esquina de las Pontón y abrí bien esos ojos, ya que quiero que me avises cuando venga el mal nacido de Benavidez.
-Uuuuuy loco, ese mancito es de cuidado, oís, tenés que bajártelo de una, además siempre anda en bicicleta.
En cuanto su sobrino salió, vi cómo apoyaba su arma en el palo de billar. Me mandó a entornar la puerta del café, me pidió una Club Colombia bien helada y me dijo:
-Mira, ve, cuida que la puerta esté despejada.
¡Qué carajo!, de un tiro limpio lo dejó frito, y aún estaba calientito el tipo, cuando se jugó las mejores carambolas que he visto.
Aunque tenía nombre festivo, nadie lo oyó soltar una carcajada en su jodida vida.
Patricia Rojas de Leunda
Huecos
Ese día saldrás temprano a buscarte la vida en la inmensa ciudad llena de huecos.
Caminarás con precaución, como sueles hacerlo desde que comprendiste el peligro que corres si pierdes el paso una sola milésima de segundo.
Al desembocar en la larguísima calle de Los Desamparados, una bocanada de aire caliente te chamuscará la mirada, perderás el ritmo, y te hundirás en un inmenso hueco que la sofocante humareda no te permitirá ver.
La ciudad cumplirá su cometido.
Patricia Rojas de Leunda
La biblioteca trotante
Quiero contarte que han pasado muchos años desde que dejé de ser uno de esos niños de grandes ojos redondos y barriga panzuda. Pero sólo hace poco supe que aquel duende que nos sigue encantado con sus relatos se llama Luis Humberto Soriano, y es un sencillo maestro de primaría que siente una arrebatadora pasión por la literatura.
Cuando el llevar relatos de aldea en aldea le pareció poco, se propuso la tarea de formar una biblioteca con patas, grandes orejas y cola. Creó la Biblioburro.
Empezó su biblioteca trotante con dos resabidos asnos: Alfa y Beto, quienes, con sus alforjas rebosantes de volúmenes, cabalgan su sabiduría por estas calurosas tierras caribeñas.
Soriano, con su sombrero vueltiao y sus zapatos rotos, es el duende libro que cruza veredas y arroyos, y que ahora, con la ayuda de sus orejudos libreros, recorre los polvorientos caminos, desparramando textos por las ramas del Dividivi.
Con su biblioteca andante, alegra las penas de los adultos sin infancia, y llena de goce la vida de los niños de estos tiempos.
Patricia Rojas de Leunda
Los niños y el pícaro duende
En un remoto poblado de un ardiente país, cada 23 de abril aparece un duende con una enorme maleta repleta de cuentos. Los niños de grandes ojos redondos y barrigas panzudas, lo esperan ansiosos bajo la sombra de alguna corpulenta ceiba. Ese día, el duende pícaramente se adueña del espacio y del tiempo, y entonces los niños de grandes ojos redondos y panzudas barrigas, se quedan inimaginablemente sonrientes y sin hambre, mientras el travieso duendecillo narra deliciosas historias que se van con el viento, de pueblo en pueblo hasta el confín del universo.
Patricia Rojas de Leunda.
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