Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Cambio climático

 
   

Al principio sólo sintió un suave rebullir de algo que le cosquilleaba en el estómago.

Con el paso de los días aquellos movimientos se hicieron más firmes y persistentes.

Al cuarto día la pesadez, unida a una cierta inquietud, le aconsejaron quedarse en casa tendida sobre  la cama.

Al anochecer del quinto día, un no sé qué que la atormentaba, la hizo dirigirse  instintivamente hacia la ventana. 

La abrió de par en par. Quiso emitir un sonido, pero de su boca surgieron infinidad de mariposas, una auténtica turba de lepidópteros anaranjados, iguales y perfectos que brotaban como si ella fuera un manantial y emprendían el vuelo anual hacia el Norte.

La sorpresa resultó mayúscula. Las mariposas habían teñido el invierno de primavera, y el acontecimiento fue considerado una prueba inequívoca de que el cambio climático amenazaba a la vuelta de la esquina. 

Ella nunca pudo explicar que la culpa la había tenido un beso inocente que  le había inoculado amorosas larvas de pasión.

A la mañana siguiente la encontraron helada y tendida junto a la ventana. Al cerrarle los ojos, una última mariposa escapó de entre sus dientes.

Puri Santana

23 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El Dorado

Diluida en una masa anónima, fascinada sobre el escenario, la cantante constataba el éxito de su última canción. Durante el concierto había mezclado su voz con la del público asistente y un sinfín de aparatos electrónicos de nueva tecnología. De pronto pidió silencio al público y con lágrimas en los ojos comenzó a hablarles:

-¡Es increíble! ¿Podríais suponer que un concierto así avivase el deseo de llorar? Miren, en mi país nos vamos distanciando del mundo, involuntariamente, y lo que pueden ser canciones sin aparente connotación, más allá de la preconcebida información desapasionada y medida, se convierten en invisibles mensajes que cercenan el cerebro y nos hacen ver que no podemos ver, así de enredados son algunos mensajes. Ojalá un día podáis visitar mi país, no soporto el lamento sostenido, pero qué deciros, nada más distante de mí y de otros tantos seres de ese pedazo de tierra,  que una frase que he escuchado gritar a algunos de ustedes convidándome a disfrutar de unas buenas vacaciones en este otro paraje que supera el límite de mis costas. Entonces, una experimenta cierto ahogo, no debido a la ingestión de agua en una de vuestras playas, sino a la claustrofobia de no llegar nunca a ellas. Es desagradable lo que digo ¿verdad? ¡Pero no para tanto! No como para que se enturbie el sabor exquisito de vuestra invitación. Ya me han contado lo maravillosas que son vuestras playas, pero díganme algo, ¿es muy fría el agua? Me encanta el mar, por ese sentido de infinitud y de límite, porque tiene siempre el virtual horizonte ante los ojos que asegura la llegada un día al otro extremo. Yo jamás hubiese pensado en eso de la redondez de la tierra, porque, para mí, en el borde del horizonte, está El Dorado, eternamente El Dorado.

Rafael Hierro

23 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 2 comentarios

Intimidades

 

Vomitaba sobre él mis dudas. Lo atiborraba de preguntas y largos y absurdos monólogos. En momentos tristes, lo mojé con lágrimas calientes. Alguna vez me enfadé y le hice el vacío: dejé de hablarle durante días. Pero él seguía allí, callado, esperando.

No sólo lo atosigaba con mis agonías; compartía con él también alegrías y sueños.

Igualmente fue cómplice de mis lascivias más morbosas. Cuando la sangre fluía ardorosa por mis entrañas, plasmaba en él tórridas fantasías de pasiones furtivas.

Cuando el insomnio me habitaba era la compañía perfecta. En la soledad de la alcoba, me desnudaba y le ofrecía mi intimidad.

Conocía como nadie mi belleza y mis sombras. Como un espejo reflejaba mi imagen sin tapujos ni máscaras.

Se tornó algo imprescindible en mi vida, como el aire que respiraba. En nuestra relación no cabía nadie: únicamente él y yo en simbiosis uterina.

Todo fue así de idílico hasta que un día se rebeló. Pasó de una actitud sumisa a cuestionarme cosas, a impacientarse ante mis oscilaciones emocionales. Dejó de ser esa compañía incondicional y empezó a juzgarme y a exigirme. Ya no era mi oreja neutral. Me hacía reproches y reclamaba atención.

Una madrugada, tras una discusión, lo arrojé por la ventana. Lo vi volar como pájaro nocturno y estamparse contra el oleaje, disolviéndose en la espuma.

Mis vivencias más íntimas flotaban en el agua oscura como peces muertos.

No he vuelto a tener otro diario.

Teca Barreiro

23 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 7 comentarios

Destino fatal

Siempre fui clara, transparente. Siempre, hasta esta misma mañana. Y ahora, ya ves, quién me iba a decir que este iba a ser mi destino. Yo, que nunca me vi en asuntos turbios, que rehuí los lodazales, pero cuando más confiada estaba alguien sin escrúpulos se interpone en mi camino y cambia mi existencia. Por puro capricho. Como podrás imaginar, estoy que me consumo.

Todo ocurrió muy temprano, en la mañana. Estaba yo dormida cuando de repente oigo girar una llave. Una, dos y tres veces, y me sacan de repente de la cama. Corro entonces a raudales y voy a parar, sin reflejos para evitarlo, a la trampa que mi enemigo me tenía preparada.

Allí estaba yo, aprisionada, sin poder discurrir qué me estaba pasando, qué iba a ser de mí.

De pronto, aquella cárcel mía se movía. Yo estaba que comenzaba a echar espuma. Y no podía comprender qué había hecho para verme en esa situación, asaltada en pleno sueño, sin tiempo a reaccionar para ser trasladada a la fuerza entre cuatro paredes de latón.

Al poco rato el vaivén acabó. Tras la tempestad llegó la calma, pero poco iba a durar. Lo peor estaba aún por llegar. Lentamente comencé a entrar en calor. Qué digo calor, un fuego me iba penetrando hasta volverme loca. En unos minutos me sentía en ebullición. Estaba que hervía. Ya no era yo, no me reconocía. Lo único que deseaba era escapar de aquella prisión. Saltaba y saltaba, y parte de mí se volatizaba. Nunca hubiera imaginado tortura tan cruel. Cuanto más calor sentía más me consumía.

Casi ardiendo y aún humeando, mi verdugo me condujo hasta una mesa ricamente preparada. Yo iba a formar parte de un ritual; era parte de la ofrenda que hacía a una mujer que, con cara de pánfila, le sonreía. Ella se asomó a mirarme y sin tiempo a escuchar mi súplica me tiró un sobre. En aquel sobre estaba escrito mi destino, mi vida pendía de un hilo.

Por suerte, la mujer se sació pronto, pero yo ya no soy la misma. Ahora, consumida, embebida y con el cuerpo ennegrecido, espero un nuevo rumbo desde el fondo de una tetera.

Sergio Sánchez Rivero

 

 

 

 

 

18 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Las Semillas Mágicas

Esta es una historia sencilla. A mí me la contó mamá, y a ella la suya, y supongo que de esta forma se podría llegar hasta la eternidad.

Antes del día existió la noche, y antes de la noche nunca hubo nada especial.

El cielo y la tierra se confundían. Las estrellas no habían conocido el brillo. Tampoco había aparecido la Luna, ni los árboles, ni los mares, ni las montañas, ni los ríos.

El Espíritu del Tiempo se hallaba desconcertado. No tenía nada que medir, nada que contar. Así que, se lo pensó muy bien, y decidió enviar a la Tierra, a lomos de un viento estelar, unas semillas mágicas que lo contenían todo: el cielo, la tierra, la luz, el verde, el azul, el canto, las manos para hacer, los ojos para mirar, el bamboleo de las olas, la raíz cuadrada de Pi, el triángulo y el rectángulo, una oda, una lira, un clavicémbalo, la tabla periódica de los elementos, los libros, las recetas de cocina…

De esta forma el Tiempo puso orden y concierto.

Al poco, su obra comenzó a dar frutos: las Pirámides de Egipto, la biblioteca de Alejandría, la ciudad perdida de Petra, el Taj Majal surgieron de aquellas semillas extraordinarias.

Hasta que un día, un sujeto que se aburría mortalmente, decidió buscar nuevas aplicaciones.

Inventó la pólvora y, amigos, todavía se escuchan los lamentos del Espíritu del Tiempo.

Puri Santana

 

 

18 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

Periplaneta

La verdad es que vivimos un tanto apretados, casi igual que como solemos morir; pero según me cuenta mamá, ha sido así por generaciones, desde siempre. Aunque esas cosas que, creo, llaman adverbios temporales o algo así, no tienen mucho significado para nosotros.

Y como éramos pocos, parió la abuela, otra vez, y la familia está creciendo tan aprisa que acabarán por descubrirnos. Incluso papá tuvo que ir a trabajar cuando aún no había oscurecido, como un valiente, a pesar de que se nos califique de escurridizos.

Por eso mi hermanita, que también está a punto de dar a luz, parece tan asustada; no ya por el parto en sí, ya que éste sería su tercer alumbramiento en lo que va de año, sino porque papá está empezando a mirarla mal, y como con hambre.

Sé que le debo un respeto al cabeza de familia, pero ya soy lo bastante adulto y, además, tengo que darle ejemplo a mis treinta y seis primogénitos.

Hoy por la mañana, cuando estemos los cuarenta y seis mil seiscientos cincuenta y seis cenando en la cocina, tendré que enfrentarme con él, dar un golpe de estado, de casa, de familia.

Mamá está terminando de preparar la comida, sin embargo la cosa (y la casa) empieza a oler mal.

Papá llega corriendo, asfixiado aparentemente por el exceso de ejercicio y tambaleándose como si estuviera borracho. Es mi momento. Me acerco él, lo miro directamente a los ojos, enrojecidos, y cuando me decido a espetarle toda la rabia acumulada a lo largo de mis tres largos meses de vida, se aferra a mí con todos sus brazos y, acariciándome cariñosamente me dice en un último estertor: Corre, Gregorio, sálvate tú. Acaba de llegar el monstruo DDT.

 Carlos de la Fé

16 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

El escritor

Se le acabó el papel y continuó escribiendo sobre su piel. Hoy a las 4 pasará por la imprenta para dar a luz su relato póstumo.

Antonio Vega

16 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 8 comentarios

SALA DE EXPOSICIONES

 

Acrílico 1.5 X 1   Paisaje al tardecer con perro.

 

Acrílico 1 X 0.5   Paisaje al tardecer.

 

Acrílico 0.5 X 0.25   Paisaje.

 

Marco

Purificación Santana Pérez

16 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Queda inaugurado este pantano

Esta casa formada por los talleristas de Factoría de Ficciones ya comienza a estar habitada. Además de los posts, tanto los participantes como otros lectores del blog empiezan ya a hacer comentarios.

En los próximos días, continuarán apareciendo textos surgidos en el taller. Además, aportaré enlaces con textos que puedan resultar de su interés o, si es posible, los colgaré directamente aquí.

Comienzo por sugerirles el siguiente enlace:

http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/hist/diez01.htm

Está en www.ciudadseva.com , la página de Luis López Nieves que tanto les recomendé a lo largo del taller.

Espero que les resulte de utilidad. Sigan pasándose por aquí, vean las entradas anteriores y no dejen de hacer los comentarios y sugerencias que les parezcan oportunos.

Alexis Ravelo.

13 febrero 2009 Posted by | Noticias y comunicados, Textos teóricos | , , , | Deja un comentario

El cuaderno

Farfán recorría, sin rumbo, la sierra. El joven campesino estaba triste. Había perdido la cosecha y debía dinero al señor del feudo. Por último, ese mismo día, jugando en la taberna, perdió tres cabras, dos ovejas y una vaca, todo su patrimonio ganadero. No sabía cómo comunicar a Lisandra, su joven esposa, una catástrofe de tal magnitud.

Farfán se lamentaba, caminando entre los árboles. La tarde comenzó a dar paso a la noche. Fue entonces cuando contempló extraños juegos de luces bajo un cerezo. Presa de la curiosidad, Farfán se acercó. Examinó aquel objeto. Se trataba de un cuaderno, un extraño cuaderno hecho en piel, una piel que no le resultaba familiar. Su curiosidad aumentaba segundo a segundo. Abrió el cuaderno sin orden alguno. Farfán se sorprendió, nada escrito, ni una palabra. Se extrañó y retrocedió hasta la primera página, allí figuraban unos caracteres, extraños caracteres tintados formando una palabra que no entendía. Lentamente esa misma palabra resonó en su cabeza, como un susurro. En ese instante una sombra pareció manifestarse a su lado. Era un demonio. El demonio explicó a Farfán el funcionamiento del cuaderno.

El cuaderno tenía la capacidad de hacer desaparecer personas. Sólo era necesario escribir su nombre y pensar en la imagen de esa persona.

Farfán llegó a casa, esa noche apenas concilió el sueño, una nube de preguntas lo asediaba: ¿El poder de hacer desaparecer a quién quisiera? ¿Sería cierto? ¿Adónde irían a parar esas personas? ¿Por qué a él? ¿Tanto poder a cambio de nada? Sin duda era la solución rápida y limpia a sus problemas.

A la mañana siguiente la guardia del señor del feudo se presentó en la puerta de su casa junto con el recaudador. Farfán preguntó el nombre del recaudador y se las ingenió para saber el de los guardas. Farfán solicitó una pausa, regresó a su habitación, sacó de la mesilla de noche el cuaderno y siguió, paso a paso, la consigna que el demonio le había indicado. Guardó el cuaderno. Al salir a la puerta ni los guardias ni el recaudador estaban. Feliz, comprobó cómo funcionaba el curioso objeto.

Pasaron los días. El sol brillaba en todo su esplendor. Farfán paseaba sonriente por el mercado, todos sus problemas se habían esfumado. El señor del feudo desapareció junto a sus deudas. Se decía que estaba de viaje. Había recuperado su ganado ante la misteriosa marcha de Trémolo, el jugador ante el que había perdido y, misteriosamente, su vecino, junto a su familia, también habían desaparecido, quedándose Farfán con su cosecha.

Al llegar a casa Farfán encontró el cuaderno tirado junto a la cama. Buscó desesperado a Lisandra. Nadie la había visto. Como último recurso revisó los últimos nombres del cuaderno. El nombre de su mujer figuraba en la lista.

Rayco Arbelo

 

13 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 4 comentarios

Tener un día gris

 

Es un hombre feliz. Todas las mañanas despierta con la melodía de su adorable voz. Retozan, desayunan, vuelven a retozar, se asean, retozan, se visten y, por último, la despedida en un beso que les durará el resto de la jornada.

         Le encanta contemplar el sol en la mañana, de manera directa. Le recuerda el oro al fundirse, pierde por un instante la visión y la recupera. Silba durante el trayecto, saluda a las mismas personas de los mismos establecimientos, a la misma hora. Responde a los buenos días mostrando su mejor sonrisa. Llega al trabajo impecable. Saluda a sus compañeros, que al mismo tiempo son sus empleados. Se pone al día con los asuntos del negocio y  entra en el taller. Se prepara y dedica el resto de la jornada a crear auténticas joyas de arte.

         Le encanta contemplar cómo se funde el oro. Lo convierte en láminas aptas para el trabajo. Prepara su mesa: luz, utensilios varios, vidrios graduados, paciencia, inspiración, y da comienzo a su tarea. Anillos, colgantes, pendientes, símbolos… Nada se resiste a su arte.

         Vuelve a casa. Ella espera. La tarde juntos. Un paseo. La cena. Las charlas. El amor…

         Hoy vuelve a despertar, como cada día, con la melodía de su adorable voz. La acaricia, abre los ojos y la mira extrañado. Él cierra y restriega sus ojos como quien duda de la realidad. La vuelve a mirar. Ella no sabe que ocurre.

         Van al hospital. Esperan. Y el diagnóstico: daltonismo acromático.  Al parecer, hoy tendrá un día gris.

 

 Rayco Arbelo

 

 

13 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Tres Microrrelatos

La he borrado.

A su nombre en mi piel, no.

 

***

 

No lo entendió nadie, así que  nadie se enfadó.

 

***

 

Sufrí porque amé poco.

 

Soy feliz amando más. A mí mismo.

 

                                                          Andrés Sánchez Sanz

 

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 3 comentarios

Piedras en el bolsillo

Me paso las horas caminando y aquí estoy haciendo camino. De pronto tropiezo y veo el suelo muy cerca, pero sin llegar a besarlo. Y ¿por qué me he tropezado? ¡Anda! Una piedra. ¡Piedritas a mí! La cojo, la lanzo, continúo caminando y justo cuando empiezo a olvidar la piedra ¡zas! A punto de medir nuevamente el camino. ¡Ostras! Pero si es la piedra de antes ¿no? Es muy redonda, casi perfecta… ¡Bah! Qué más da, allá va de nuevo, esta no me toca a mi las narices. Yo a lo mío.

Que mal sabe la tierra del camino, esta vez sí me he dado un buen golpe. No puede ser, otra vez la piedra, es imposible. Ahora sí que se va a enterar. Lanzo la piedra tan lejos como mis fuerzas me permiten y veo cómo se pierde a la vista. Sigo adelante, o eso pretendo, cuando algo me golpea la nuca… No puede ser…

Comienzo a entender que, a veces y solo a veces, he de llevar conmigo mis propias piedras. Y continúo…

Cesáreo Pérez Navarro

 

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 5 comentarios

Russian red

Las Noches es una ciudad peculiar. El ambiente me puede. Cierro los ojos y me centro en los sonidos: voces, el rugir de los motores, ladridos, el paso descuidado de los transeúntes… Casi puedo llegar a ciegas al Night Club. Pero sé que esta calma no es tranquilidad.

El portero, un ex boxeador con un humor atípico, me saluda. Sin duda tuvo muy mala suerte en aquella final por el campeonato de pesos medios. Un crochet hace pleno en su mandíbula, sus sueños quedan esparcidos en la lona.

Entro. En el escenario un joven saxofonista llamado John Coltrane nos deleita. Seguramente llegará lejos. El sonido invade toda la estancia, es hipnótico y me acelera. Pronto ella me hace salir del transe. Está situada en uno de los laterales en su papel de corista principal. Lleva un traje rojo como el russian red de sus labios.

Rayco Arbelo

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 8 comentarios

Monólogo compartido

Me fastidia el entrecejo, la falta de aire, el hambre que tengo, lo que tarda  en escribir mi boli, mi mano. ¡Cuánto me duele la mano! ¿Por qué estoy tan incómoda? No lo sé. Porque me falta respiración será. Y ahora esta canción me anima, pero me acelera un poco. Estoy cansada de escribir tan rápido y tengo hambre. Esta música está guapa, está pa´ no tener que estar escribiendo. Es muy bonita, me duele la mano cada vez más. No sé por qué me tengo que dar tanta prisa en escribir.

Menchu Pérez

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 6 comentarios

Filo-entomología

mariposas_en_el_estomago

Después de la cena, en la que apenas pudo probar bocado, ella le confesó que en su estómago acababan de nacer unas mariposas, y que él era el único responsable. Se excusó un momento-ponte cómoda- y, mientras se dirigía al desván recordó a Darwin, a Vladimir Nabokov, a Karl von Frisch y aquel ejemplar lepidóptero la Valeria tritaea (mariposa vagabunda). Mientras buscaba su caza-insectos, sus alfileres y su tablero, pensó que esta vez necesitaría, también, su cuchillo jamonero. Amanecieron abrazados sobre la cama, ella con el vientre abierto en canal; entre las vísceras ensangrentadas cientos de larvas y crisálidas de arañas. Él, a su lado, tan pálido como las sábanas; sobre el pecho una viuda negra seguía inoculándole su dulce veneno.

Maite Figueira

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 6 comentarios

Las miradas

A Eva

 

Me costó encontrar un adjetivo adecuado para aquella mirada de la muerte: fría… dura… con odio. Tuve claro que venía a por mí. Mientras seguía mirándome, huí.

Me gustaron mucho más los ojos verdes de la mujer en la agencia de viajes. De hecho, cuando el avión inicio su despegue, aún recordaba su sonrisa.

Un salto de la aeronave y un giro brusco a la derecha, que nos llevaba hacia tierra de nuevo, trajeron el terror a los ojos de la azafata sentada frente a mí.

Y ya no hubo más miradas. Nunca.

 Andrés Sánchez Sanz

 

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 5 comentarios

TRANKIMAZIN RETARD 0,5 mg comprimidos, mon amour

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La píldora circular mide alredor de ½ centímetro, tiene un grueso de 2 ó 3 milímetros y es de un azul claro granuloso, y hay un garabato impreso en su superficie, marca del fabricante supongo, y, al acercármela a los ojos para admirarlo como admiraría un escudo de armas, mis dedos, traviesos, con un astuto y veloz movimiento, arrojan el objeto de mi deseo entre mis labios entreabiertos, sospecho cómplices de la infantil maniobra, luego siento un sabor amargo en la parte superior de mi garganta, y la píldora cae como una piedrecita golpeando las paredes de mi esófago, cloc, cloc, cloc, haciendo un eco que sólo conseguiría oír quien casualmente se encontrara en ese momento dentro de mi estómago, que además vería cómo aquélla empieza a disolverse y poco a poco pasar al torrente sanguíneo, ya ya ya comienzo a sentir la sensación que me invade me conquista se apodera de mí no presento lucha bajo los brazos rindo las armas y cómo todo se vuelve más amable y me sonríe con sus labios acogedores y noto en mi cara el frescor de la suave brisa que ha entrado por la ventana y deslizado por el aire de la habitación ha hecho una finta de bailarina alrededor de la lámpara encima de la cama para posarse en mi mejilla izquierda primero y luego da un saltito por el puente de mi nariz y me besa la mejilla del otro lado y luego se queda juguetona un segundo en la almohada mirándome con su carita de niña y se escapa otra vez y me estiro mmmmmmmmmm sólo para ayudar a que la sensación llegue hasta la punta de los dedos de las manos y también hasta la de los pies y luego volver a encogerme relajado otra vez y me fijo en los colores el beige de las cortinas mecidas la brisa otra vez que juega y juega y las mueve ondulantes como olas que van y vienen que van y vienen suaves, y marrón claro es la manta que hay junto a mis pies desnudos y encima de la sábana tan blanca blanquísima blanquisísima blanquisísisima y tan fresca y me miro otra vez los pies y muevo los dedos y los muevo de nuevo y los muebles escritoriodossillasaparadoramarioempotrado elegantes pero un poco serios y les enseño la lengua tontos estirados ja ja ja de marrón oscuro y frente a mí frente a la cama un cuadro un velero que se escora a la izquierda y al fondo un faro en un prado verde tras la arena amarilla y junto al faro la preciosa casita del farero con tejado a dos aguas y debajo del cuadro sobre una silla mi maleta de muestras lista que mañana a primera hora hay ver a un cliente qué sopor me estiro la camisa del pijama me doy la vuelta de costado miro el despertador las 12.05 alargo la mano y presiono el interruptor y la luz se apaga en la habitación 101.

Antonio Vega

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 14 comentarios

¿Libertad?

Ya estoy harto. Tengo que salir de aquí cuanto antes. No importa el cómo. No importa lo que cueste.

Harto del cabrón que cada mañana se pone delante de mí, única y exclusivamente, a dar órdenes.

Cada día igual…

Cada día, yo, religiosamente acataba y complacía cada una de las absurdas instrucciones que encadenaban sus manos. Pensándolo bien, estaba hecho para aquel trabajo, aunque, la verdad, tenía otras aspiraciones.

De vez en cuando le ignoraba y hacía lo que me daba la gana, él se frustraba y esputaba maldiciones; yo me lo pasaba en grande, aunque todo lo hacía con un solo fin.

De vez en cuando lograba colgarme dos o tres veces seguidas, pero el eterno mandón terminaba trayéndome de nuevo a la vida.

Me preguntaba cómo podría salirme con la mía.

Una caída de tensión, podría ser mi oportunidad. Y lo fue.

No sé cómo, no sabría explicarlo, lo único que sé es que ahora soy yo el que esta fuera y él esta dentro, ahora soy yo el que ordena y él obedece, él me ignora y yo maldigo, él se cuelga y yo lo traigo de nuevo a la vida.

Cesáreo Pérez Navarro

 

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 9 comentarios

Lenguaje corporal

Después del sexo se abrazan. Se acarician. Se besan. Se desean. Se dan las buenas noches. Ella gira sobre su cuerpo y  duerme. Él acaricia su pelo y piensa en el futuro. Algo llama su atención. Aparta su cabello y distingue una frase que recorre su espina dorsal. Acierta a leer: “Los buenos momentos son efímeros. Él le da la espalda e intenta dormir.

A la mañana siguiente ella despierta y busca el abrazo de su amante. Acaricia su espalda en la que acierta a leer: “Viver é não conseguir”(*).

 Rayco Arbelo

(*)Vivir es no conseguir”.

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 6 comentarios

LA FRONTERA

Vivía  muy cerca de la frontera brasileña. No se le conocía trabajo fijo, pero mantenía mujer e hijos. Alto, moreno, de pelo renegrido y parco en palabras.

Durante el día permanecía en el pueblo, dando vueltas, visitando los boliches,  y con su mate en la mano, pero por la noche, cruzaba varias veces la frontera. Todo el poblado lo veía caminar  a la luz de la luna llena. Iba y venía, pero nadie sabía por qué.

Lo único cierto es que siempre llevaba una carretilla nueva llena de hierba.  Todos opinaban, pensando mil fechorías.

Cierto día, cuando el sol caía a plomo sobre las resecas tierras, y el hombre hacía sus visitas, el comisario  intrigado lo detuvo y le preguntó  el porqué de tantos viajes a la frontera y con una carretilla cargada de hierba.

El  hombre no respondió, estaba muy asustado. Temía a la justicia.

Era para tener miedo.  Su trabajo era sencillamente contrabandear carretillas, pero nunca nadie lo supo.

 Blanca Brescia

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

CARTAS DESDE EL MÁS ALLÁ

La carta había llegado en la mañana. La había recogido el mayordomo,  no tenía remitente. Estaba en el buzón. Tenía un sobre de color marrón muy oscuro y más largo de lo normal. Sin embargo no pesaba gran cosa. Estuvo toda la mañana y hasta bien entrada la tarde, en la mesita del hall, esperando ser abierta al regreso de la señora, que volvería a la hora de la cena después de visitar a unas amigas. Cuando abrió el sobre y empezó a leer su contenido, las expresiones de su cara fueron cambiando y adoptando  distintos movimientos. La leyó en silencio, luego, con el color demudado y los brazos laxos, se dejó caer lentamente en el sillón de oreja del salón. Durante lo que pareció una eternidad, permaneció hundida en el asiento con la mirada perdida, ajena a cuanto le rodeaba y con la carta fuertemente sostenida entre sus manos.

 Ante esta inesperada reacción, Hermes, el mayordomo, intentó en varias ocasiones sacarla de su ensoñación. Primero hablándole suave y educadamente como era lo habitual y después en un tono un poco más alarmado, hasta que la señora fue volviendo paulatinamente de lo que parecía un viaje desde otro mundo.

A partir de aquel momento su comportamiento ya no fue el mismo. Andaba temerosa y desconfiada de casi todo lo que procedía del exterior, ya fuera a través del servicio de correo o de la compra semanal que le enviaban puntualmente. Pero, sobre todo, se ponía extrañamente nerviosa cuando llegaba correo.

Al poco tiempo de la llegada de la misteriosa carta, volvió a llegar otro sobre de idénticas características al anterior. Esta vez, la señora se encontraba en el jardín, podando unas rosas, cuando Hermes le acercó la nueva misiva. Sin tan siquiera haberlo abierto,  la expresión de su cara volvió a tomar una palidez fuera de lo normal. Esta vez asió fuertemente el sobre y subió a su habitación, desde donde se pudo escuchar un grito desgarrador. Hermes y dos personas más del servicio corrieron escaleras arriba en un vano intento de averiguar lo que pasaba. Al llamar a la puerta y no obtener respuesta intentaron  entrar en su dormitorio  al mismo tiempo que la llamaban desde fuera. Había cerrado la habitación con llave. Ante la desesperada insistencia de una parte de la servidumbre en conseguir algún tipo de contestación, la señora gritó desde el interior: Sólo deseaba que la dejaran en paz, no necesitaba ayuda, quería estar sola.

Permaneció en su  encierro en lo que restaba del día. Sus órdenes habían sido claras. No quería ver a nadie.

A la mañana siguiente, bajó a desayunar algo más temprano que de costumbre. Resultaba evidente, sus gestos, e incluso sus modales habían cambiado. Se encontraba sumida en una extraña mezcla de desasosiego  y temor. Las únicas palabras que intercambió  con el personal de servicio fueron unos casi inaudibles buenos días y el anuncio de que  salía y  no volvería hasta la hora de la cena, sobre las siete de la tarde.

Los cuchicheos de parte de la servidumbre, sobre todo de la cocinera y su ayudante estuvieron centrados todo el día en el extraño comportamiento de la señora a partir de la llegada de las cartas, que contendrían y sobre todo quién las escribiría, toda vez que, pese a tener un amplio círculo de amigos, vivían muy cerca y la frecuentaban con relativa asiduidad. Aunque después de la repentina muerte del señor, las cosas hubieran cambiado. Ya no eran tan usuales las visitas. Pobre señor, tan apuesto y educado y muerto a tan temprana edad, qué mala suerte y qué descuido; cómo sabiendo de su alergia a las fresas había ingerido, según el informe de la autopsia, la fruta prohibida. En cualquier caso, eso ya había pasado. Iba para tres años en los que la señora había podido superarlo gracias a las atenciones y cuidados desinteresados que le prodigaba el señor Sergio Laforet, que no había dejado de estar con ella en todo momento, tal y como requerían las circunstancias, toda vez que siempre había sido el amigo íntimo del señor primero  y de ambos señores después. Él, era el único que continuaba yendo a la casa con bastante asiduidad, incluso había incrementado tanto los días como las horas que pasaba con la señora.

Entre cuchicheos y tareas domésticas, llegó la hora de la cena, y también la hora de regreso de la señora de la casa. No hubo retraso, estuvo de vuelta poco después de que el viejo reloj de pared del salón, anunciara con renovada energía, la última campanada de las siete de la tarde. Llegó aún peor  a como se fue, estaba demacrada, con la mirada perdida y con semblante de desaliento y angustia reflejados en el rostro. No quiso comer nada. Subió lentamente las escaleras de su cuarto y desapareció en él.

Los días se sucedían y las cartas anónimas, aparecían en el buzón, como siempre, con más frecuencia, al tiempo que el ánimo y la personalidad de la señora  iban desgastándose día a día. Empezó a no salir ni a querer ver a nadie, ni tan siquiera al señor Laforet, que insistía cada vez con más ahínco en  verla. Pero ella seguía empecinada en estar sumida en  soledad.. Ya casi no se arreglaba ni comía mucho. Pasaba gran parte del día tumbada en la cama o sentada en el sillón de oreja del salón con la mirada perdida, despeinada, con el mismo vestido de hacía días y sumida en un  gran mutismo. Solamente la devolvía un poco a la vida la llegada de las misteriosas cartas que había pasado de ser el motivo de su aparente desgracia a lo único que esperaba con ansia.

Una noche, después de la hora de la cena, cuando ya el servicio se había retirado y la casa permanecía en un silencio roto tan sólo por el tic tac del  viejo reloj de pared, se escucharon voces procedentes de la habitación de la señora,  no cabía duda, se trataba de una discusión. Lo que resultaba más extraño de todo es que sus protagonistas, parecían ser la señora y el difunto señor de la casa. Todo el servicio pudo oírlos a ambos, pese a lo inaudito que pudiera ser. Tras la violenta discusión, se oyó un grito aterrador seguido de un fuerte golpe y roturas de cristales.

Poco a poco la casa se fue iluminando por el personal de servicio que atónitos se miraban entre sí sin saber qué hacer. Al fin, Hermes tomó la iniciativa de mirar en el cuarto de la señora, que era desde donde habían escuchado el violento altercado, y que nadie quería hacer mención, ante lo extraordinario de uno de los personajes de la misma, el difunto señor de la casa. Al llegar a la habitación, la puerta estaba abierta de par en par, entraron y la primera impresión que sintieron fue el golpe de aire gélido procedente de la ventana, rota en mil pedazos, como si alguien hubiera lanzando algo contra ella con una fuerza descomunal.  La cama revuelta, la cómoda con los cajones a medio abrir, la luz encendida, los objetos del tocador rotos contra el suelo.

Al asomarse a la ventana, la silueta de una persona se dibujaba estrellada contra el piso. Pese a la semipenumbra de la noche, no cabía duda:  Se trataba de la señora. La servidumbre bajó atropelladamente hasta el jardín. Allí pudieron corroborar la nefasta realidad: la señora estaba tendida, inerte en el suelo. No tenía pulso. De su cabeza, manaba un gran reguero de sangre. En su rostro la expresión de haber visto un fantasma antes de su trágico final. En su mano una carta, que, con la caligrafía de su difunto esposo, decía brevemente: “No debiste hacerlo. Yo te amaba con toda mi alma”.

 

Auxiliadora Rodríguez Bolaños

 

 

 

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 5 comentarios

Me gusta tu sillón

 

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Tu casa es cálida porque cuando entras huele al aroma ácido de la caña-limón. Porque cuando busca el aire, entra atropelladamente a rascarte el jocico.

Y siempre busco el sillón que, aunque forrado de tonos grises y oscuros, suelta destellos brillantes cuando estrellas tu culo contra él. Cuántas veces hemos flotado en un fuerte abrazo en él. Cuántas veces ha dado giros incontrolados hacia un lado y otro del salón.

Sabes que estoy esperando a que me llames, no hace falta que gastes en teléfono, tú sabes avisarme de cuando me necesitas. Sabes que no pienso tanto en ti, sino en los destellos cegadores de tu sillón. No me digas que me obsesiono, que siempre pienso en lo mismo, que disfrute de tus alfombras y cojines, que pase de tu sillón. Quiero tu sillón. ¿Qué le echas de comer? Llama, anda, echémosle una buena carnada.

Menchu Pérez

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 6 comentarios

No todas son buenas virtudes

Son amigas y suelen salir juntas: Hipocresía, es la zorra vestida con altos tacones de aguja y bolso de marca. Se las da de señora, la muy puta. Cínica, es la otra y va de dama de alta cuna. Pero, ya todos sabemos, que de baja cama.

Cuando se encuentran con Pedancia (gorda y muy creída),  se mofan todas de Humildad (muy guapa y muy tímida); la llaman fea.  Siempre que aparecen, Humildad se esconde, a la espera de su amigas: Generosidad y de la prima de esta, Caridad.

Maite Figueira

11 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 9 comentarios

La angustia que moja

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A veces sin darte cuenta todo pasa. Otras, te percatas de que todo queda. Hoy es uno de esos días en que la vida te aplasta como una pesada losa. Ningún acontecimiento relevante ocurrió durante la mañana ni la tarde, y tampoco parece que vaya a suceder en esta noche incipiente. Sí, sé que no tengo voluntad, pero es que ya estoy muy cansado de esforzarme. Iré a dormir… Anhelo levantarme, desperezarme, alargar las manos hacia arriba, bostezar y acurrucarme un poco más, antes de salir de las sábanas acogedoras de la noche. Sin embargo, sé que no conseguiré hacerlo. Mi reloj biológico o lo que quiera que sea, me despierta antes del alba, entonces abro los ojos, y aún la noche me acompaña. En ese momento, la angustia me visita y ocupa todos mis pensamientos, impidiéndome nuevamente conciliar el sueño. Doy una vuelta hacia un lado de la cama, me arropo hasta las orejas, e intento calmarme, pero a pesar de todo, los pensamientos se agolpan y me golpean fuertemente. No, no puedo dormir. Sí, quiero dormir: lo intento y es imposible. La desesperación me oprime cada vez más y más, de repente tengo calor, me destapo. Mis manos están sudorosas al igual que mis axilas y mi cuello. Respiro, respiro profundamente, vuelvo a hacerlo, pero nada, es imposible: no duermo. Doy otra vuelta, vuelvo a taparme, ya que de tanto relajarme sin conseguirlo, me he destemplado. Opto, en la nueva posición, por tener los ojos abiertos, a ver si de esa manera consigo concentrarme en lo externo. Sin embargo, la penumbra es aún densa y los ojos cansados de tanto esfuerzo, se cierran. Se cierran y me sumen en el sueño ligero, en ese sueño de casi despierto. Y sueño, sueño… Sueño, una pesadilla. Estoy zarandeado en un barco, siento náuseas, me ahogo, hay una tormenta, pierdo el equilibrio, alguien me empuja por la borda, no sé quien es, su rostro aparece confuso, desdibujado. Caigo y caigo y caigo, no parece tener fin el abismo… Pero, ¿vuelo?, Sí, ahora estoy volando, soy como un pájaro aunque nado, agito mis brazos y mis piernas para flotar. No hay agua, solo nubes. Planeo… El aire es fresco y agradable, las nubes me atraviesan, ahora subo, ahora bajo, ahora voy hacia un lado y ahora…. ¿Quién me roza la mano? ¿Qué es este cosquilleo? Miro hacia mi izquierda. No veo nada, pero siento que algo ocurre. No entiendo qué, me concentro en la nueva sensación y, sin darme cuenta, vuelvo a caer hacia el vacío. No hay final en la caída. Levanto la cabeza y tampoco hay un horizonte encima… Grito, pero no hay nadie para oírme, nadie para sujetarme, nadie para salvarme… Agitado, me muevo torpemente en la caída, braceo en un intento de flotar nadando en este aire que me atrapa hacia abajo. No lo consigo. Me sobresalto… Y, sudoroso, me despierto en el borde de la cama a punto de caer hacia el suelo. Parpadeo. ¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? La luz inunda la habitación. Mi mano continúa con el cosquilleo que me desestabilizó, con el entumecimiento que me precipitó a despertarme… ¿Y por qué está húmeda? ¡Oh!, de nuevo me he meado en la cama… Siempre ocurre lo mismo: el miedo se apodera de mí en estos días aciagos y sé que ocurrirá esta pesadilla… Ojala mamá, se haya ido ya a trabajar, papá me entiende, al fin y al cabo, él también mojaba la cama hasta hace poco…

M.C.G.

 

 

 

11 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 5 comentarios

No hay peor sordo que el que no quiere oír

Aquella mujer fue lo mejor que me ha pasado: inteligente, amable, acogedora, educada, atractiva, sensual y pasional hasta cortarme la respiración. Odiaba las despedidas, por eso jamás decía adiós. Aún hoy, sigo sin entender que nos pasó. ¿Qué quiso decirme con aquellas enigmáticas palabras?: “Sin reproches, querido, sin pedirte ni darte explicaciones; porque no es necesario dejar de ser lo que uno es: ¡Vete a la mierda!”

Y se fue, nunca más la he vuelto a ver.

Maite Figueira

11 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 12 comentarios

Frío mortal

Sin darse cuenta sus pies desnudos se enredaban mientras caminaba sobreviviendo en el quehacer diario. Los obstáculos interpuestos a cada paso hacían que sus fuerzas flaquearan. Sin embargo su afán era llegar alto. Tan alto como la cúspide del edificio de enfrente de la ventana de su oficina. Aquella era su meta.

Nadie confiaba en sus posibilidades. Su apariencia frágil e inocente se volvía en  contra y tenía que hacer grandes esfuerzos para ser oída y respetada. No obstante, era obstinada y estaba decidida a seguir.

Así mañana tras mañana, embutida con su uniforme y su chaqueta de lana, llegaba al trabajo. Tomaba una buena taza de café humeante, cogía sus  utensilios e iniciaba la tarea tras descalzarse. Sin descansar ni un instante, se enfrascaba en su labor moviéndose de un lado a otro de la oficina y tropezando continuamente con el mobiliario que tanto detestaba. Hasta que no finalizaba, no interrumpía su trabajo, y ese era el mejor momento del día: el atardecer y su luz filtrándose por el ventanal del despacho, que le permitía ver el rascacielos a lo lejos. Era entonces cuando miraba y miraba, perdiéndose en sus ensoñaciones, anhelando conseguir un trabajo en aquel ático. ¿Cuántas batallas tendría que lidiar para que la ascendieran de una maldita vez?  ¿Acaso no se dejaba la piel en su trabajo? Al fin y al cabo, aquel edificio pertenecía a la misma empresa, ¿por qué no aceptaban su traslado? Sí, la edad podía ser un inconveniente, y, aunque joven e inexperta, sabía que trabajaba bien. ¿Tanto era lo que pedía?

Ensimismada en sus cavilaciones laborales, se olvidó de su aspecto, que dejó de ser frágil y, sin apenas darse cuenta, empezó a ser respetada. De esa guisa, comenzó a sentirse segura y a percibir el suelo firme mientras continuaba suspirando con la vista perdida en su anhelante tesoro. Este cambio de talante, la llevaría al éxito y sus esfuerzos serían recompensados.

Encerrada en las cuatro paredes de su ambición, limpiaba el suelo con la fregona y sacaba el polvo a los muebles tropezando como tantas veces, cuando un escalofrío la asaltó. Fue entonces, cuando comprobó que el aire frío se colaba por una rendija de la ventana nueva de la oficina recién estrenada, y recorriendo su piel desde los brazos a la espalda, atravesaba su pecho. Sólo sus pies estaban calientes, envueltos en la lana que se había desprendido de la chaqueta que abrigaba a su cuerpo y, ovillado el hilo en ellos, se había creado aquel ficticio camino que la encumbró a lo más alto de su carrera profesional. Ahora era la encargada y en la cima de este éxito ya nada podía hacer. Su trabajo era el mismo y mañana, vistiéndose con prendas nuevas de lana, empezaría a soñar otra vez.

 

M.C.G.

11 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 3 comentarios

Jardín secreto

  

 El viejo jardinero deseaba ahogar cada día los errores del pasado y, de ese modo, resurgir como un hombre nuevo. Cualquier mínimo gesto para ese cambio se convertiría en grandioso para su nuevo proyecto de vida… Comenzó por descubrir su jardín secreto.

 

A lo largo de los años había realizado incontables experimentos, algunos de los cuales acabaron siendo situados en el pequeño invernadero que poseía justo detrás de su casa.

 Se había planteado unir distintos tipos de flores en una especie de red kármica. Sus anotaciones eran una extraña mezcla de ciencia-ficción y tratado sobre botánica.

 

Aquella mañana llamó a la policía y se acusó de haber abierto, sin permiso, el corazón de las flores.

Rafa Hierro

11 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | 6 comentarios