Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

CARTAS DESDE EL MÁS ALLÁ

La carta había llegado en la mañana. La había recogido el mayordomo,  no tenía remitente. Estaba en el buzón. Tenía un sobre de color marrón muy oscuro y más largo de lo normal. Sin embargo no pesaba gran cosa. Estuvo toda la mañana y hasta bien entrada la tarde, en la mesita del hall, esperando ser abierta al regreso de la señora, que volvería a la hora de la cena después de visitar a unas amigas. Cuando abrió el sobre y empezó a leer su contenido, las expresiones de su cara fueron cambiando y adoptando  distintos movimientos. La leyó en silencio, luego, con el color demudado y los brazos laxos, se dejó caer lentamente en el sillón de oreja del salón. Durante lo que pareció una eternidad, permaneció hundida en el asiento con la mirada perdida, ajena a cuanto le rodeaba y con la carta fuertemente sostenida entre sus manos.

 Ante esta inesperada reacción, Hermes, el mayordomo, intentó en varias ocasiones sacarla de su ensoñación. Primero hablándole suave y educadamente como era lo habitual y después en un tono un poco más alarmado, hasta que la señora fue volviendo paulatinamente de lo que parecía un viaje desde otro mundo.

A partir de aquel momento su comportamiento ya no fue el mismo. Andaba temerosa y desconfiada de casi todo lo que procedía del exterior, ya fuera a través del servicio de correo o de la compra semanal que le enviaban puntualmente. Pero, sobre todo, se ponía extrañamente nerviosa cuando llegaba correo.

Al poco tiempo de la llegada de la misteriosa carta, volvió a llegar otro sobre de idénticas características al anterior. Esta vez, la señora se encontraba en el jardín, podando unas rosas, cuando Hermes le acercó la nueva misiva. Sin tan siquiera haberlo abierto,  la expresión de su cara volvió a tomar una palidez fuera de lo normal. Esta vez asió fuertemente el sobre y subió a su habitación, desde donde se pudo escuchar un grito desgarrador. Hermes y dos personas más del servicio corrieron escaleras arriba en un vano intento de averiguar lo que pasaba. Al llamar a la puerta y no obtener respuesta intentaron  entrar en su dormitorio  al mismo tiempo que la llamaban desde fuera. Había cerrado la habitación con llave. Ante la desesperada insistencia de una parte de la servidumbre en conseguir algún tipo de contestación, la señora gritó desde el interior: Sólo deseaba que la dejaran en paz, no necesitaba ayuda, quería estar sola.

Permaneció en su  encierro en lo que restaba del día. Sus órdenes habían sido claras. No quería ver a nadie.

A la mañana siguiente, bajó a desayunar algo más temprano que de costumbre. Resultaba evidente, sus gestos, e incluso sus modales habían cambiado. Se encontraba sumida en una extraña mezcla de desasosiego  y temor. Las únicas palabras que intercambió  con el personal de servicio fueron unos casi inaudibles buenos días y el anuncio de que  salía y  no volvería hasta la hora de la cena, sobre las siete de la tarde.

Los cuchicheos de parte de la servidumbre, sobre todo de la cocinera y su ayudante estuvieron centrados todo el día en el extraño comportamiento de la señora a partir de la llegada de las cartas, que contendrían y sobre todo quién las escribiría, toda vez que, pese a tener un amplio círculo de amigos, vivían muy cerca y la frecuentaban con relativa asiduidad. Aunque después de la repentina muerte del señor, las cosas hubieran cambiado. Ya no eran tan usuales las visitas. Pobre señor, tan apuesto y educado y muerto a tan temprana edad, qué mala suerte y qué descuido; cómo sabiendo de su alergia a las fresas había ingerido, según el informe de la autopsia, la fruta prohibida. En cualquier caso, eso ya había pasado. Iba para tres años en los que la señora había podido superarlo gracias a las atenciones y cuidados desinteresados que le prodigaba el señor Sergio Laforet, que no había dejado de estar con ella en todo momento, tal y como requerían las circunstancias, toda vez que siempre había sido el amigo íntimo del señor primero  y de ambos señores después. Él, era el único que continuaba yendo a la casa con bastante asiduidad, incluso había incrementado tanto los días como las horas que pasaba con la señora.

Entre cuchicheos y tareas domésticas, llegó la hora de la cena, y también la hora de regreso de la señora de la casa. No hubo retraso, estuvo de vuelta poco después de que el viejo reloj de pared del salón, anunciara con renovada energía, la última campanada de las siete de la tarde. Llegó aún peor  a como se fue, estaba demacrada, con la mirada perdida y con semblante de desaliento y angustia reflejados en el rostro. No quiso comer nada. Subió lentamente las escaleras de su cuarto y desapareció en él.

Los días se sucedían y las cartas anónimas, aparecían en el buzón, como siempre, con más frecuencia, al tiempo que el ánimo y la personalidad de la señora  iban desgastándose día a día. Empezó a no salir ni a querer ver a nadie, ni tan siquiera al señor Laforet, que insistía cada vez con más ahínco en  verla. Pero ella seguía empecinada en estar sumida en  soledad.. Ya casi no se arreglaba ni comía mucho. Pasaba gran parte del día tumbada en la cama o sentada en el sillón de oreja del salón con la mirada perdida, despeinada, con el mismo vestido de hacía días y sumida en un  gran mutismo. Solamente la devolvía un poco a la vida la llegada de las misteriosas cartas que había pasado de ser el motivo de su aparente desgracia a lo único que esperaba con ansia.

Una noche, después de la hora de la cena, cuando ya el servicio se había retirado y la casa permanecía en un silencio roto tan sólo por el tic tac del  viejo reloj de pared, se escucharon voces procedentes de la habitación de la señora,  no cabía duda, se trataba de una discusión. Lo que resultaba más extraño de todo es que sus protagonistas, parecían ser la señora y el difunto señor de la casa. Todo el servicio pudo oírlos a ambos, pese a lo inaudito que pudiera ser. Tras la violenta discusión, se oyó un grito aterrador seguido de un fuerte golpe y roturas de cristales.

Poco a poco la casa se fue iluminando por el personal de servicio que atónitos se miraban entre sí sin saber qué hacer. Al fin, Hermes tomó la iniciativa de mirar en el cuarto de la señora, que era desde donde habían escuchado el violento altercado, y que nadie quería hacer mención, ante lo extraordinario de uno de los personajes de la misma, el difunto señor de la casa. Al llegar a la habitación, la puerta estaba abierta de par en par, entraron y la primera impresión que sintieron fue el golpe de aire gélido procedente de la ventana, rota en mil pedazos, como si alguien hubiera lanzando algo contra ella con una fuerza descomunal.  La cama revuelta, la cómoda con los cajones a medio abrir, la luz encendida, los objetos del tocador rotos contra el suelo.

Al asomarse a la ventana, la silueta de una persona se dibujaba estrellada contra el piso. Pese a la semipenumbra de la noche, no cabía duda:  Se trataba de la señora. La servidumbre bajó atropelladamente hasta el jardín. Allí pudieron corroborar la nefasta realidad: la señora estaba tendida, inerte en el suelo. No tenía pulso. De su cabeza, manaba un gran reguero de sangre. En su rostro la expresión de haber visto un fantasma antes de su trágico final. En su mano una carta, que, con la caligrafía de su difunto esposo, decía brevemente: “No debiste hacerlo. Yo te amaba con toda mi alma”.

 

Auxiliadora Rodríguez Bolaños

 

 

 

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12 febrero 2009 - Posted by | Cuentos, General

5 comentarios »

  1. ¡Ay…las fresas!…¿o sería: ¡Ay…el señor Laforet con quién no debió hacerlo?…
    Bien contado, mantienes la intriga. Bss

    Comentario por Lunática | 12 febrero 2009 | Responder

  2. Auxiliadora, llegaste en mi auxilio. Texto correcto y con cierta perspicacia…¿Podrías suprimir alguna parte? Relee y atrévete.
    Lunática: fresas y hacerlo…

    Comentario por Tontito | 12 febrero 2009 | Responder

  3. Bien escrito. Tengo la sensacion que ha quedado un poco “largo”, que se puede descargar un poco de texto y que sobra algún nombre.

    Comentario por Andrés S.S. | 14 febrero 2009 | Responder

  4. Hola, Auxi. también soy de la opinión de que aligerando el cuento, mejoraría. Por lo demás reproduces muy bien el clásico cuento de fantamas gótico. besos

    Comentario por Antonio Vega | 15 febrero 2009 | Responder

  5. Antonio, permíteme una precisión. Auxi está contando una historia de fantasmas (por lo demás bastante clásica. Yo mismo he contado historias similares: el fallecido que envía cartas desde el más allá. También el sempiterno Cortázar, en “Cartas de mamá” y, Dolores Campos-Herrero, en su variante telefónica, han contado esa historia. De ahí, hacia atrás, la lista es interminable). Pero no puedo darte la razón en lo del cuento gótico. El cuento gótico de fantasmas es una forma muy precisa, utilizada entre finales del XVIII y mediados del XIX y caracterizada, principalmente, por poner el acento en la ambientación y el escenario (cosa que no ocurre aquí). Los escenarios son la abadía, la torre, el castillo, el pasadizo secreto, etc. Además, está escrito para causar, en primer término, miedo. Creo que este no es el caso. Auxi ha dado al tema un tratamiento bastante distinto. El cuento pretende mantener la atención, mantener la intriga (nosotros ya sabemos que son “cartas del más allá”).
    En el fondo, más que contar una historia de fantasmas, utiliza esta como excusa para contar una historia de traición y venganza.
    Para aclarar la cuestión del cuento gótico, les recomiendo la introducción de Rafael Llopis a su “Antología de cuentos de terror”, en concreto las páginas 10 y 11, en el Volumen 1.
    En cuanto al texto, estoy de acuerdo en que puede resultar un poco largo, pero creo que eso contribuye a ir creando una atmósfera opresiva. Personalmente, pienso que hubiese ganado si Auxi hubiese elegido un ambiente más cotidiano, más cercano o más contemporáneo. Pero el resultado (referencias clásicas incluidas), no me parece tan malo. En particular, a mí me gusta mucho el arranque.

    Comentario por factoriadeficciones | 15 febrero 2009 | Responder


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