Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El quinto mandamiento

el_quinto_mandamiento_2

Con motivo de su llamada, regreso por última vez a su estudio, el lugar donde todo comenzó. Recostado en el que fue su sillón, espero lo inevitable. Qué ironías tiene el destino: el final que yo prepare para él, es ahora el mío.

El día que le conocí, tuve la certeza de que también yo estaba llamado, diría más bien predeterminado, a ser un gran artista. Vicente era el pintor revelación del momento y se encontraba en la cúspide de su éxito. Por aquel entonces, mi madre era su mecenas, aunque las malas lenguas en cambio decían que eran amantes. Lo cierto es que de un modo u otro termine siendo su alumno. El tenía puestas grandes expectativas en mí. No en vano, mi progenitora era una reconocida crítica de arte y tal vez, solo tal vez, por este hecho pensó que yo había heredado alguna de sus aptitudes para la pintura. Pero Vicente fue perdiendo el interés de forma gradual y sencillamente se limitaba a delegarme trabajos de ínfima importancia, encargos que él detestaba realizar, alegando que “rebajan a cualquiera que se digne llamarse artista”. Esto me enfureció enormemente. Se burlaba ante mi propia cara y, en cambio, yo permanecía allí de pie, con mi enorme sonrisa tratando de disimular, lo que en el fondo deseaba hacerle. Me sentí tremendamente defraudado, él, que era todo un ídolo para mí,  se transformó de repente en un ser aborrecible.

Planeé todo con sumo cuidado. Aunque, debo confesarlo, en el fondo fue el mismo Vicente, quien, sin percatarse de ello, me dio la idea. Cuando acudí por primera vez a su estudio y después de una larga charla, mencionó, creo recordar, cinco o tal vez seis normas que todo pintor debía respetar. Normas que bajo ningún concepto debían pasarse por alto, por las trágicas repercusiones que esto traería.

Nunca utilices un pincel que pertenezca a otro pintor. Pero sobre todo nunca uses el de un muerto. A todo gran artista, se le debe enterrar con su pincel.

No pude menos que soltar una carcajada y decirle:

-Bobadas, Vicente. Eso son misticismos y leyendas sin sentido.

Pero Vicente pasó a relatarme un hecho confirmado, y según él, registrado en no recuerdo qué libro, sobre lo ocurrido a un aprendiz que pasó por alto esta advertencia. Aquel acontecimiento causó muchas desgracias,  pues todo cuanto pintó terminaba por desaparecer. Edificio que pintaba, edificio que desaparecía. Lo mismo le pasó a todo ser vivo que retrató: nunca más se supo de ellos. Por último, él mismo fue victima de su arrogancia, pues antes de conocer las consecuencias se había autorretratado. Conociendo esto, y con la ayuda de un hábil marchante, obtuve el pincel de un famoso artista recientemente fallecido, de similares características al usado por Vicente. Una vez intercambiados los pinceles, todo lo demás sucedió con tremenda rapidez.

Mi intención era que Vicente sufriera y que pagara por el daño que me causó; pero, tristemente, siempre existen victimas colaterales. Aunque las primeras desapariciones pasaron inadvertidas, el resultado final fue devastador. Los siguientes en esfumarse fueron algunos de sus clientes más importantes, más tarde los pocos amigos que tenía y por último la pérdida más dolorosa para ambos, mi propia madre. Esto último nunca debió suceder. Pero al fin lo vi sufrir. Vicente cayó en una angustia tal que terminó recluyéndose en su estudio, y abandonó por completo lo que más amaba: la pintura.

Sólo me restaba contarle que yo era el causante de todas sus desgracias. Se encontraba recostado en su sillón, abstraído y taciturno, sosteniendo una copa en su mano. Le confesé cómo lo había fraguado todo. Él levantó vagamente la mirada, para, acto seguido, apartarla con un gesto de desprecio.

 Nada supe de él hasta hoy, cuando recibí su llamada telefónica y dijo que era urgente que me personase en su estudio, que no le quedaba nadie más a quien acudir. Una vez allí, observo cómo la oscuridad cubre el estudio, y solo un leve resplandor se abre paso a través de las abultadas cortinas. Vicente amaba la luz del sol. El efecto que ésta produce en los cuadros era algo que le fascinaba; por ello había desistido en instalar luz eléctrica en el estudio. Al apartar las cortinas, el resplandor del sol me ciega por unos instantes, tras lo cual lo veo junto a su sofá, desparramado por el suelo, frío e inerte. A su diestra, un cuadro que permanecía cubierto, con una nota dirigida a mí, que dice: “Te dejo esta última obra, que tan solo tú podrás apreciar.” Dejo caer la tela que lo cubre, y cuando por fin lo contemplo, siento como si se detuviese todo a mi alrededor. El silencio queda ahogado por el sonido acelerado de mis latidos y el temblor que producen mis manos. Me desplomo en el que fue su sillón y admiro aterrado la inmensidad de su obra. Es mi imagen, es mi retrato, el que plasmó en el cuadro. Y entonces lo comprendo todo. Cuánta razón tenía Vicente: solamente yo sabría apreciarlo, apreciar su venganza. Ahora sólo me resta esperar lo inevitable.

César Socorro.

31 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El zapatero

Ramón era zapatero desde hacía veinte años. Se pasaba los días en su pequeño taller con olor a cuero viejo, pegamento y sudor. Su oficio no le generaba muchos ingresos, por lo que tenía que trabajar  muchas horas.

Ya se disponía a cerrar, cuando un señor muy apuesto entró en el local y le entregó unos extraños zapatos blancos de punta fina en espiral hacia arriba que recordaban a los que usaban los bufones.

-Estos zapatos han caminado mucho y deben seguir haciéndolo. Por favor, póngamelos a punto -dijo con tono singular el cliente tardío.

-Descuide, caballero. Ese es mi oficio. Diciendo esto, los colocó en el estante de trabajos pendientes y salió en dirección a casa, no sin antes pararse en la taberna de la esquina, donde el trago diario lo ayudaba a combatir la dureza del invierno y de la vida. Su mujer lo esperaba sin brillo. El aguardiente  había dejado un sabor de rutina amarga en la garganta.

Al día siguiente, al llegar al taller, le llamó la atención ver los zapatos blancos junto a la puerta, con sus puntas hacia arriba como si lo estuvieran mirando. Por unos instantes, dudó si los habría dejado allí la noche anterior. Recordó que estaba casi cerrando cuando vino el cliente. Reconocía que su memoria ya no era la misma, y no le dio más vueltas al asunto.  Se dispuso a arreglarlos aunque tenía otros encargos pendientes.

Sus manos de artesano experimentado trabajaron con especial esmero y los dejó como nuevos. Les sacó brillo y una vez concluida la faena los  colocó en el estante de trabajos acabados. Los zapatos parecían sonreírle.

A la mañana siguiente volvió a encontrar los zapatos de bufón al lado de la puerta, como si quisieran salir. Se sorprendió, pues esta vez estaba casi seguro de haberlos dejado en su sitio. Esto empezó a repetirse cada día. De hecho, le extrañaba que su dueño no viniera a recogerlos. Aquellos zapatos blancos y brillantes junto a la puerta eran una invitación.

Un día no pudo contener el deseo de ponérselos: encajaron en sus pies como un guante. De súbito, empujado por una fuerza cuya procedencia desconocía,  se puso a caminar sin rumbo definido, como si aquellos zapatos lo guiasen. Cruzó toda la ciudad sintiéndose flotar. El bullicio de todos los días sonaba diferente en sus oídos.  Sin saber por qué fue a parar al parque del ala este.

Igual que un niño que llega por primera vez a un lugar, caminaba ensimismado por la belleza de aquel entorno cuando de repente su corazón dio un pálpito que le quemó el pecho. ¡No podía creerse lo que estaba viendo! En un banco del parque, su mujer conversaba de forma amorosa con un desconocido, se cogían las manos y se miraban con ternura. Tuvo deseos de cortarle el cuello allí mismo a los dos. Se sintió traicionado, engañado, humillado. Al acercarse un poco más pudo reconocer al hombre que la acompañaba: ¡era el cliente de los zapatos blancos!

Poco a poco se fue serenando. Él nunca había sido una persona violenta, más bien podría decirse que le faltaba sangre en las venas. Al contemplar la escena cayó en la cuenta que hacía mucho tiempo que no sostenía las manos de su mujer entre las suyas, ni la miraba con amor. Hasta le pareció más guapa que nunca, la dulzura de sus rasgos le evocó a la joven de trenzas negras y gruesas que lo había enamorado hacía más de veinte años. Y una vez más, arrastrado por un ímpetu que no reconocía en él, se acercó a ellos y como un héroe de los cuentos de hadas, la rescató por la fuerza del amor. Se quitó los zapatos y se los puso al hombre que, con un guiño, se alejó arrastrado por una fuerte y repentina ráfaga de viento, desapareciendo en el horizonte como un punto.

Ramón sintió las manos tibias de la mujer entre las suyas y la tierra que crujía bajo sus pies descalzos. Y dieron un largo paseo como la primera vez.

Teca  Barreiro

 

30 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

La muerte y el militar

El retrovisor me decía que la cola de coches se perdía en la distancia y mi olfato que seguiríamos parados un rato largo. Un chico joven salió de entre los coches pidiendo ayuda.

-¡Un médico! –gritaba. 

 Salí del coche, con mi maletín de trabajo. No pude hacer nada por aquel hombre, más que intentar traerlo una y otra vez. La ambulancia llegó demasiado tarde. Cuando volvía a mi coche, bastante abatido, la verdad, vi a un tipo con un traje negro. Me miraba con cara extraña, le dije que no se inquietara, que estas cosas pasaban. Me respondió que no era inquietud lo que sentía, sino sorpresa, pues había venido a por aquel hombre y tenía el encargo de ir a por esta noche a la ciudad de Bagdad. Le miré confuso y volví a mi coche, el tipo de negro había desaparecido. Entonces caigo en la cuenta, abro mi equipaje. Ahí está, el billete de avión junto a la notificación oficial, órdenes de unirme al destacamento destinado en Irak.

Cesáreo Pérez Navarro

30 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

ALAS DE DISTURBIOS

Octavio desconectó el móvil. Estaba estresado, no quería saber nada más del trabajo. El domingo sería distinto, retomaría el ritmo y a primera hora viajaría a Madrid para enlazar con los diferentes vuelos que le llevarían a Oriente Próximo.

Volvió a leer el correo enviado por el jefe con las instrucciones para su próximo trabajo. Eran precisas y definitivas, sin darle opción a rechistar, así que ahora  era la ocasión de desconectar y relajarse para ponerse las pilas en su momento.  

Miró el reloj de pared. Aún tenía tiempo de bajar a Las Canteras y darse un chapuzón. Levantó la persiana y miró a lo lejos. Frente a él, bajo un cielo de destellante color celeste, se erguía El Teide, el volcán que parecía descansar sobre un lecho de mar.

Se puso el bañador y se echó la toalla por los hombros, bajó las escaleras con las esclavas puestas y saludó al portero a la entrada.

Ya en la arena hizo unas cuantas flexiones antes de meterse en el agua. Esto era lo que realmente necesitaba cuando se encontraba en tensión. Nadar un rato y luego tomar unas cervezas y un par de tapas en el bar de la esquina. Era como si se tomara un tranquilizante.

Según lo previsto, el domingo a primera hora salió de Gran Canaria.  Llegó de noche al hotel y se instaló en la habitación reservada. Preparó todo el material para salir  temprano al día siguiente. Su cámara digital, provista de las últimas tecnologías, la grabadora que su padre le regaló por Reyes, el tomavistas, el bolígrafo y el  cuaderno para notas… Lo metió todo en la mochila junto con algo de ropa y sacó el portátil para mirar sus correos. Tenía dos. Uno del jefe de redacción: le recordaba pasar la información puntualmente y no correr riesgos innecesarios. El otro era de Gloria que le proponía un paseo por la playa aquella noche. Qué lejos estás de saber dónde me encuentro, querida Gloria –pensó.

Apagó el ordenador y decidió bajar al bar a tomar una copa antes de acostarse. Cuando salió del ascensor le llegó el sonido de música suave de piano. En un rincón del salón el pianista arrancaba melodías al instrumento cuyas notas  se perdían en el aire. Quién diría que en aquel momento, a varios kilómetros del hotel, las bombas interpretarían otra música en un escenario cargado de violencia y masacre –pensaba Octavio mientras se dirigía con paso decidido al bar-. Y el ruido de los proyectiles, ¿no parecerían campanas que doblaban a los muertos?

Sentado a una mesa reconoció a John Murray, corresponsal de un afamado periódico británico. Se acercó hasta él y le tendió la mano:

Hi, John, how are you?

-¡Hi, Octavio! I can’t complain. ¡Qué sorpresa! No esperaba verte por aquí. ¿Cuándo has llegado?

-Esta misma noche. Mi jefe ha tenido la deferencia de volver a enviarme aquí a preparar un reportaje para la televisión… Me alegro de verte, John. Te voy a aprovechar para que me pongas al día de los últimos acontecimientos de esta guerra estúpida.

 -Ok, pero no ahora. Quiero cambiar el chic. Hoy ha habido mucho movimiento, nuevos bombardeos, ¿comprendes? Necesito pensar en otra cosa para poder dormir esta noche.

Haciendo caso omiso de las advertencias de sus superiores, Octavio se acercó peligrosamente a la Franja de Gaza acompañado por su amigo John. Los aviones israelíes sobrevolaban la zona, aparentemente en tarea de inspección. Sin embargo, pronto se escuchó el ruido ensordecedor de una explosión, luego otra y varias más. Los aviones estaban bombardeando los alrededores de la ciudad. A lo lejos, las nubes de tierra y cenizas se elevaban rápidamente hacia el cielo convirtiéndolo en una gran bóveda teñida de negro.

El pánico se apoderó de ellos. Se encontraban en el lugar apropiado para su objetivo y además en el momento oportuno, pero demasiado cerca del escenario del conflicto. Sus vidas peligraban, debían buscar un refugio pronto. Utilizaban los prismáticos de largo alcance y observaban cómo, fuera de uno de los edificios alcanzados, se materializaban los cuerpos de unos niños que huían despavoridos hacia ningún lugar. Los menos afortunados quedaron dentro, sus cuerpos mutilados, sus vidas quebradas como capullos de rosas que no llegarían a florecer.

Los dos amigos cruzaron miradas de angustias. ¿Qué podían hacer?

Nada. Sin embargo, en sus mentes quedarían grabadas para siempre las imágenes de aquellos rostros ennegrecidos por las escorias del bombardeo en los que se reflejaban el horror y la muerte.

Había cumplido con creces su cometido. Pronto enviaría el material a Gran Canaria  para su preparación y divulgación.

Notó que el cielo se hinchaba de dolor como su alma. Continuaría trabajando con aquel sabor acre en la boca. Cuando regresara a la isla recibiría las felicitaciones de sus compañeros y el reconocimiento de sus jefes por un buen trabajo. Pero, ¿quién le daría el remedio para sus pesadillas, quién le daría el remedio para serenar su alma…?

Isabel Santervaz

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

El Testigo

 

Mientras observo el hermoso paisaje del valle desde lo alto de la colina, siento que mi tristeza se torna esperanza. Parece que fue ayer. Cierto es que se trata de una frase muy repetida pero no hay forma de explicarlo de otro modo. Este día tan temido y tan esperado ha llegado.

Recuerdo a mi abuelo sentado a la sombra del árbol, en la orilla del río. Recuerdo cada palabra, cada gesto, cada sonrisa. Me recuerdo a mí mismo con los ojos bien abiertos, muy atento a lo que estaba experimentando en esos momentos. Sin poder salir de mi asombro, tomé el testigo. El descubrimiento que me hacía, la historia que me contó. Tuvieron que pasar días para comprender y ser consciente de lo afortunado que era y de la responsabilidad a la que me comprometía.

Todo lo que soy y lo que he aprendido, todo lo que he conseguido en la vida viene marcado por ese día, que irremediablemente marcaba el día de hoy.

No puedo evitarlo y, al mismo tiempo que siento una especial emoción mientras preparo todo, me embarga la tristeza.

Sé que ella lo perfeccionará, que es quien lo merece. Ella me va a superar con creces y eso me llena de esperanzas y de orgullo. Pero también marca el fin de una etapa altamente gratificante de mi vida. Aunque soy consciente que todo tiene un final, también siento temor de enfrentarme a otras situaciones después de tanto tiempo.

No voy a ser egoísta; mi abuelo no lo fue. No voy a aferrarme a lo que no me pertenece aunque me haya acompañado casi toda mi vida. Ella debe entender que tampoco le pertenece. Lleva varios siglos en nuestra familia, es verdad pero siempre pertenecerá a generaciones futuras.

Ella es quien tomará ahora el testigo y yo quien la guiará en su aprendizaje.

Ahora, a mi lado, observándome mientras se hace miles de preguntas, muchas de las cuales me hice yo a su edad, siento envidia de sus apenas ocho años.

Pero también pienso que compartir sus experiencias y descubrir una nueva visión del mundo a través de sus ojos, es una manera maravillosa de dar fin a una etapa y comienzo a otra.

Mariola Bautista

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Mensaje enviado

 

Había vendido su alma al Diablo.

Justo en el instante en que se había fijado en él (en Manuel, quiero decir, no en el Diablo), se había propuesto conquistarle y abrir su corazón. No se dio cuenta de la evidencia, hasta que ésta demostró lo equivocada que estaba.

Se conocieron en una discoteca en la primavera del 2005. Ella era, definitivamente, impresionable. Él creía estar a vuelta de todo.

Bailaron, bebieron y se tocaron el culo. Fue un acercamiento de lo más inocente, pero a ella se le encendieron las alarmas y todas las mariposas del Universo fueron a dar a su estómago, para reafirmar los tópicos más horteras. Él le dijo que era preciosa y ella se imaginó teniendo hijos con él, criándolos en un chalet en la sierra, que se habían podido permitir gracias a un trabajo muy bien remunerado que él consiguió en un golpe de suerte. Un grandioso golpe de suerte, no hubiese podido ser de otra manera. Él le dijo que ya se verían por ahí y ella convenció a sus amigas para acabar coincidiendo dondequiera que él estuviese.

Así estuvieron un mes, lo que según las reglas tácitas de la noche se tradujo en cuatro salidas de ridículas borracheras, erecciones estériles y amigos molestos. Aún así, persistía en la tarea de conquistarle. A pesar de los consejos, las advertencias, y las luces de neón que giraban sobre la cabeza de Manuel, que le pedían que salvara su vida. Llegados a este punto, ni quería escuchar ni quería leer las señales. Porque para ella la única verdad era que estaba en el camino de conseguir que aquel tipo se enamorara de ella. “Aquel gilipollas”, pensó.

Se convirtió en la callada sombra de Manuel, convencida de que ella tenía el papel dominante. En su cabeza, ella dirigía la orquesta. En el día a día, era como si un niño intentara hacer lo mismo con un palo. Eso lo supo luego. Demasiado tarde.

Follaba con Manuel en cualquier lugar, en cualquier momento, siempre que él quisiera, y ella le dejaba hacer, por si acaso perdiese el interés y no quisiera volver a verla. Alguna vez llegó a pensar que disfrutaban más si no se miraban a la cara.

Se entregaba con sincera pasión y estaba convencida de que cada paso que estaba dando era un paso más hacia la vida eterna a su lado. Manuel continuaba con sus escarceos y sus desplantes, pero éstos la alentaban aún más en la batalla.

Al cabo de otro mes, sólo sentía un terrible vacío y un continuo sabor a tabaco y alcohol en la garganta. Fue entonces cuando volvió a fumar.

Ahora evitaba verlo de marcha porque temía encontrárselo. El alcohol, o acaso las drogas, provocaban que la insultara y la humillara, largándole cualquier estupidez sobre fidelidad, condones y moralidad; en realidad, cualquier cosa que le recordara que era ella la que hacía que la relación –si la había- no funcionara y que, al final y al cabo, no le sorprendía, mujeres como ella conocía a millones.  Y ella se sentía cada vez más pequeña y cada vez más en sus redes. Así que esperaba a la mañana siguiente, no a que se disculpara, porque no lo hacía; pero Manuel siempre tenía una excusa: “No me acuerdo de nada. Bueno, algo de verdad hay, pero me gustas, a pesar de todo”.

A pesar de todo. ¿A pesar de qué?

Las cosas continuaron de la misma manera un mes más. Sin embargo, se veían en casa de Manuel y nunca durante el fin de semana. Fornicaban, hablaban poco, comían algo y se marchaba antes de que le pidiera que se fuera. Mil veces se repitió que era la última vez que iba.

A estas alturas de la historia ya sabía que había perdido, que Manuel nunca se enamoraría de ella y que sería ella, posiblemente, la que sufriría la ruptura, porque le faltaban cojones para decirle que se fuera a la mierda.

Una noche se quedó a dormir. Figuradamente. No pegó ojo, pensando en lo maravilloso que era estar a su lado. Compartiendo la cama para algo más que para joder. Por la mañana la situación fue tan desagradable, que prefirió no volver jamás a repetir la experiencia. Por otro lado, estaba agotada por la falta de sueño.

Un año después de que se conocieran aún seguían viéndose cada semana. Ella no veía a nadie más. Él tuvo alguna que otra historia que le pareció más que un capricho, pero siempre volvía a ella. Eso quizá era una victoria dentro de la vida miserable que había decidido vivir.

Esa mañana se había despertado con el sonido del móvil al recibir un mensaje de texto. Era Manuel. Quería verla esa tarde. Hacía diez días que no sabía nada de él y ella le había dicho a su mejor amiga la tarde anterior que era mejor así. Que ya podía seguir adelante.

“OK.A 19 DNDE SIEMPRE.BSO”

Mensaje enviado.

Cande Pons

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El Pescador de Sueños

 

El viejo lobo de mar añoraba sus días de juventud como capitán de barco surcando los mares del Sur. Había navegado por todos los cabos náuticos conocidos y por conocer a lo largo de sus extensas travesías en alta mar por los océanos del mundo. Amaba la mar y aún podía saborear la sal entre sus curtidos labios en las noches solitarias de su obligatoria vejez, impuesta por el más abominable de los reumas, que le doblaba la espalda como un junco quebrado en la ribera de un río. Lo único que le permitían hacer sus huesos caducos y frágiles, era pescar con su inseparable caña las mañanas de domingo en los espigones del puerto de esa ciudad contaminada en la que, estaba desterrado desde que le sobrevino la jubilación forzosa.

Nadie como él sabía como dolía ver la destrucción fatal de sus queridos mares, que tantos tesoros le habían regalado y tantas alegrías le habían obsequiado. Ahora eran las cloacas de las ciudades y las alcantarillas de las industrias que volcaban en ellos sus inmundicias y miserias convirtiendo a los océanos en vertederos de deshonra y cochambres de infortunios. Pero también sabía que el mar, o mejor dicho, la mar como la llamaban sus hijos, daba a cada uno lo que se merecía y llegado el momento recuperaría lo que era suyo.

Se levantó muy temprano, cogió sus enseres de pesca y puso rumbo a los muelles. Sabía que no iba a pescar nada, ya que los peces hacía mucho que habían desaparecido de la bahía y aunque quedase alguno era mejor no llevárselo a la boca. Lanzó el sedal y… ¡Sorpresa! Notó que algo tiraba de él, había picado. ¡Qué rápido había sido! A lo mejor hoy era su día de suerte y cambiaban las tornas. Se apresuró a recoger su pesca y así saciar su curiosidad, pero lo único que le trajo el mar fue la carcasa de un televisor de los años 70. La verdad es que le dio risa, y pensó que estaba loco si pretendía pescar otra cosa que no fuera basura en aquel puerto de ciudad. Si es que en el fondo era un sentimental y le perdía su viejo corazón anclado en el pasado de extintas jornadas marítimas que mareaban su caducada memoria.

Volvió a probar la caña, ya que esa era la única forma que tenía de arrancarle hojas al calendario y… ¡Sorpresa! Volvió a moder el anzuelo otro pez que más se parecía a una batería de coche que a un lenguado. Esta vez, el viejo marino se resignó y aceptó que se había convertido en el basurero que  pescaba en un vertedero. Ya eran dos desperdicios menos de los que libraba a su querido mar.

El sol ya estaba sobre su cabeza y llegaba la hora de recogerse y tomarse las pastillas para su reuma, pero volvió a lanzar la caña por última vez, ya que había sido una mañana muy productiva y… ¡Sorpresa! Su tierna amante marina le regaló otro pez con forma de bidón oxidado que vaya usted a saber lo que albergó en el pasado. Volvió a sonreír para sus adentros y comprendió que de esa manera tan sutil, el mar le daba las gracias por limpiarlo un poquito.

Recogió sus bártulos y se marchó silbando a casa. Al viejo lobo de mar se le encendió el corazón de alegría al sentirse correspondido por su afectuosa amiga, y se prometió que volvería a limpiarla el domingo siguiente.

A primera hora del lunes, las portadas de los periódicos decoraban los kioscos y los telediarios daban eco de la noticia… ¡Sorpresa! El alcalde de la ciudad había sido encontrado en la sala de plenos del Ayuntamiento, con el cráneo aplastado por la televisión de plasma de última generación que presidía la sala; el dueño de una importante fábrica de la ciudad con proyección en el extranjero había sido encontrado en los servicios de un lujoso restaurante, con la garganta abrasada por ácido sulfúrico mientras, sus socios lo esperaban en la mesa celebrando la firma de un contrato de fabricación de baterías; y el director general de la mayor industria química de la ciudad había sido encontrado en el jacuzzi de su exclusivo ático, despellejado, mientras tomaba un relajante baño caliente. Los minuciosos análisis toxicológicos dictaminaron que en el agua habían sales marinas en disolución.

Mariola Espino Santana

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 27 comentarios

El poder del baúl

 

Yusuf hablaba rápido. Tenía la facilidad de enlazar una historia tras otra. Lo conocí la primera noche. Al amanecer, me preguntó:

-¿Por qué haces el viaje?

Elevé mis hombros, no lo sabía. Mi hermano y mi primo al cumplir los quince años se marcharon.

Ese día, mi madre preparó cuscús con cordero y mi padre se vistió con la chilaba del ramadán. Me lo dijo mientras servía el té.

-¿Cuándo? -pregunté.

-El martes.

La primera noche es fría, nos recomiendan ponernos toda la ropa de abrigo. Me acerco a Yusuf y apoyo mi cabeza en su hombro. Amanece,  veo  por primera vez los ojos de Yusuf, tiene miedo. Nos entretenemos contando los delfines que nos acompañan. Me duelen las piernas, tenemos poco espacio para estirarlas. Cae la segunda noche, Yusuf llora. El patrón dice que mañana estaremos en Europa. Transcurre la mañana, la tarde y la noche, seguimos en el mar.

Yusf tiembla, tiene fiebre. Se recuesta en mis rodillas y balbucea palabras que reconozco porque pertenecen a sus historias. Se despierta y me sonríe:

-El baúl Peng nos viene a buscar para llevarnos a Europa.

Noticia

“Naufragio de una patera en la tarde de ayer frente a las costas de Lanzarote. Ya se han confirmad, al menos, 21 víctimas mortales. Los únicos supervivientes son dos adolescentes que consiguieron protegerse gracias a un baúl que les sirvió de balsa.”

Delia Martín Cubelo

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

EL GALLO ASUSTADO

 

Casildo era un gallo atípico: todo le asustaba; cualquier ruido nocturno lo desvelaba y al amanecer, cuando debía despertar al gallinero con su kikirikí, estaba completamente dormido.

Clotilde, una gallina vieja y con muy malas pulgas, lo despertaba siempre con un estruendo tremendo tirando piedras al bidón que tenía cerca de donde dormía Casildo. El pobre estaba a punto de un infarto.

—Esto no puede seguir así —se decía.

Como durante el día Clotilde lo dejaba tranquilo, él no hacía más que pensar qué podría hacer para asustar a aquella bruja y que lo dejara en paz de una vez.

—¿Qué asustará a esa gallina vieja y antipática? —pensaba encima de una piedra, con la cabeza descansando en un ala como si fuera el Discóbolo de Mirón—. Tengo que quitármela de encima porque, si no, será ella quién acabe conmigo.

Pasaba por allí una mofeta a la que todos despreciaban, pues como es bien sabido, las mofetas despiden un olor insoportable que no hay ser que lo aguante.

La llamó aparte a un descampado y como el pobre animal apenas tenía amigos, lo siguió para ver qué quería aquel gallo, que quizás pudiera ser, con el tiempo, un amigo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó, tratando de aguantar el mal olor que desprendía.

—Margarita. Me llamo Margarita. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Me llamo Casildo. Pero bueno, ya está bien de presentaciones —le contestó algo malhumorado—. Vamos al grano: te propongo una cosa Margarita. Creo que te gustará. Me he fijado que tienes pocos amigos, yo podría ser tu amigo, y conseguirte muchos más amigos, si tú me haces un favor.

—¿Cuál es ese favor? ¿Y cómo lograrías que tuviese amigos, si eso es casi imposible? Mi olor espanta a todo el mundo.

—Tengo un amigo que te quitará ese olor y podrás tener todos los amigos que quieras.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién me dice que cuando te haga el favor no te vas a olvidar de mí y no seguiré con este mal olor? No, primero me lo tienes que quitar y, si veo que es eficaz, te haré el favor. Pero tengo que quedarme con el remedio para cuando yo quiera utilizarlo.

—Vale, ya veo que eres desconfiada. Iremos a ver a mi amigo el puercoespín Espinete y verás qué contenta te vas a quedar.

A la nueva amiga de Casildo, Espinete le preparó, en lo alto de su árbol, que es donde tenía su madriguera y su “laboratorio”, un compuesto de plantas, flores de jazmín y otros ingredientes que él sólo conocía, revolvió el mejunje en un cuenco con agua y roció a Margarita con él. Al instante, Margarita sólo olía a flores del bosque: su hedor se había evaporado.

Bajaron todos del árbol y se acercaron a un grupo de animales diversos que estaban cerca del riachuelo refrescándose y bebiendo agua. Margarita paseó por entre ellos y ninguno se apartó. Todo lo contrario; estaban encantados con el perfume que desprendía.

Casildo le dijo entonces a Margarita:

—Bueno, ya está todo arreglado. Ahora me tienes que hacer el favor que te pedí. Así que mañana, cuando te hayas duchado y vuelva tu olor habitual, te vas al gallinero y sobre las diez de la noche, te escondes cerca de donde duerme Clotilde. Y que no se entere de que estás allí. Verás qué noche le vas a dar. Tendrás que hacerlo otra noche más y ya me encargaré yo de asustarla y decirle que son los espíritus del bosque, que quieren castigarla por ser tan mala compañera.

Al día siguiente, Clotilde comentó que no había podido pegar ojo en toda la noche, que había un hedor inmenso y que no sabía de dónde salía. Se pasó durmiendo todo el día.

Por la noche volvió a sucederle lo mismo, y por más que buscaba no conseguía averiguar de dónde salía aquel olor nauseabundo. Al día siguiente estaba que se caía. Dijo a todos los que estaban allí que si alguno de ellos encontraba el origen de aquel olor y conseguía que ya no volviera a aparecer, podría pedirle lo que quisiera, que ella se lo conseguiría, todo con tal de poder dormir toda la noche.

Casildo le dijo que esa noche iba a poder dormir tranquila, que él se encargaría de buscar de dónde procedía el olor y quién o quiénes lo provocaban.

A la mañana siguiente, Clotilde se despertó contenta y feliz. El olor había desaparecido. Le dijo a Casildo que le pidiera lo que quisiera, que ella se lo concedería.

Casildo le dijo que lo que él quería era que fuese más humana, que no se metiese tanto con lo que hacían los demás, que haciéndole caso sería más feliz al ver que los demás la apreciaban en lugar de no querer estar con ella como sucedía ahora.

Así fue. Desde entonces, aquel gallinero y todos los animales de la granja fueron los más felices de los alrededores.

 ANA MARIA MARTIN GLEZ

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Ángel o demonio

¡Oh, Dios! ¿Es que acaso este hijo mío es el Demonio? Bien sabes la ilusión con que lo acogí en mi casa y le di una familia. Siempre quise tener un hijo, por lo que cuando se me presentó la oportunidad de adoptar a este niño, huérfano tras un trágico accidente, no me lo pensé dos veces. Desde entonces he intentado darle todo mi cariño, que nada le falte. Pero, oh, Dios, tú sabes que él es muy esquivo, no hay forma de que pueda ganarme su confianza. Por eso ahora dudo, no sé si es el ángel que siempre he querido ver o se trata del mismísimo Satán.

Por salvarlo a él mis manos han cometido un sacrilegio. Yo, el alcalde, soy el autor de la destrucción del más bello símbolo de este pueblo. Yo hice pedazos la escultura de la Magdalena, aquella imagen venerable que tanto esplendor dio a nuestra villa, famosa en toda la comarca por su Semana Santa. Oh, Dios, dame una señal. ¿Debo seguir con este hijo bajo mi mismo techo?

Siempre, Señor, he aceptado con resignación el destino que me tenías guardado, pero ahora te ruego que me des esa señal. Necesito encontrar un significado a los trágicos sucesos de este Miércoles Santo.

Yo he de reconocer que nunca tuve muy en cuenta los supuestos milagros que según los testimonios de tantos devotos hacía la Magdalena. Sé que no es de buen creyente dudar; es más bien reflejo de falta de fe, pero, ¿es que acaso es fácil imaginar que una talla de yeso pueda llorar sangre?

Lo que mis ojos vieron este Miércoles Santo parece un hecho bíblico, uno de esos enigmas que nos hacen tener temor de Dios. Sí, de Dios he dicho, de Ti, mi Señor.

He de reconocer que te tengo temor. Soy un pecador, lo sé, pero más que las faltas que haya podido cometer lo que más me preocupa es la consideración que tengas de mí después de haberme visto actuar bajo aquel impulso de ira.

¿Cómo, si no, iba a actuar un padre? Temí por la vida de mi hijo.

Mis ojos vieron ahogarse en la sangre de la Magdalena a sus camareras, las mismas que la habían ataviado con tanto mimo minutos antes, y mis ojos vieron cómo la sangre que manaba a raudales por las mejillas de la Magdalena bañaba los cuerpos del cura y el sacristán  hasta dejarles sin aliento.

¿Cómo no iba yo a sacar mi ira al ver que la sangre se dirigía a los pies de mi hijo? ¿No era salvarlo la obligación de un buen padre?

Lo siento por la Magdalena, pero no pude evitar darle fuerte, hasta acabar con ella a golpes con mi bastón de mando. Era ella o mi hijo.

Ella o mi hijo… ¿Pero fue aquello un duelo? No acabo de entender el motivo de aquella sangre, de aquellas muertes… Sólo recuerdo la expectación que suscitó mi hijo al salir de la iglesia vestido de monaguillo junto al trono de plata de la Magdalena.

Todos los feligreses lo admiraban, exaltaban su belleza, su actitud serena y su cara angelical. Y en verdad, se le veía tan guapo, tan puro…

¡Oh, Dios! Ahora lo comprendo. No cabe duda. Me diste la señal ese día y no supe verla. ¿Cómo he podido dudar de mi hijo? Lo enviaré al seminario y haré que entregue su vida a ti. Él es un ángel. No puede ser el Demonio. La Magdalena se sacrificó una vez más por ti y por mi hijo, fruto, no de mi sangre, pero sí de tu voluntad, no es otro que el nuevo enviado.

¡Oh, Dios! Dime que tengo razón. No me hagas dudar más. Yo tengo fe en ti. Lo sé, mi hijo es un ángel. ¿O no?

Sergio Sánchez Rivero.

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Entresueño

El joven despertó bañado en sudor y tembloroso. Había tenido un sueño horrible, en el que se le aparecía una figura de negro, con rostro descarnado y siniestro. Al mismo tiempo, una forma roja se precipitaba contra el suelo produciendo un gran estruendo.

Pasó varios días lleno de temor. Salía por las noches a dar un paseo, prolongando todo lo posible la hora de irse a dormir. En una de estas salidas se encontró con su amigo Leo, al volante de su precioso coche rojo. Fueron juntos hasta un bar y, entre copa y copa, le contó a su amigo la pesadilla que estaba viviendo. Éste, riendo, le dijo: “Eres demasiado aprensivo, olvida semejante idiotez”.

Cuando se dirigieron hacia el vehículo, declinó el ofrecimiento de ser llevado. Su amigo no estaba bien y no quiso correr riesgos. Caminaba despacio disfrutando del agradable aire nocturno, cuando una mole roja -que terminó en chatarra- lo aplastó. Al final aceptó el ofrecimiento de ir acompañado en su nuevo destino.

 

Sara Godoy

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Analista de Mercado v2.0

 

 Al día siguiente no me molesté en ir a trabajar: sabía que me habían despedido.

Todo comenzó una semana antes, cuando X, presidente ejecutivo del Banco de Inversiones XX (dada la naturaleza de los hechos que voy a relatar y la importancia de las personas involucradas, omitiré sus nombres), me invitó a comer por sorpresa. Supuse que iba a hacerme una oferta de empleo –hasta hace dos días yo era el analista de mercado junior más brillante de YY Inversiones, su mayor competidor–, pero me equivocaba. La traición que X me propuso era mucho más oscura que dejar a quien me lo había enseñado todo sin el preceptivo preaviso con dos semanas de antelación.

De todos es sabido que Y, mi jefe y mentor hasta antes de ayer, estaba obsesionado por crear un programa informático que fuese capaz de predecir la evolución de los mercados financieros sin margen de error. Dos meses atrás, en los círculos financieros se extendió el rumor de que lo había logrado. Cuando se lo pregunté, me dijo que era cierto, pero que jamás lo usaría, ya que acabaría con el negocio al que había dedicado toda su vida. Añadió que había tomado medidas para evitar que cayera en malas manos, como protegerlo con una contraseña indescifrable.

X ya tenía una copia del programa. Lo que me propuso fue robar la contraseña a cambio de diez millones de euros en una cuenta secreta, abierta a mi nombre, en las Islas Caimán. Debía a Y todo lo que era, pero ante tantos ceros juntos y bajo los efectos de las dos botellas de vino que casi me había bebido yo solo, no pude decir que no.

Encontrar la clave con la que Y había protegido el “Analista de Mercado v2.0” fue sencillo. La tenía escrita en su agenda personal, que siempre dejaba encima de su mesa. Hace dos noches, cuando Y se marchó de la oficina, no tuve más que entrar en su despacho, como si fuese a dejar un informe, y copiarla.

Media hora más tarde, estaba en las oficinas del Banco de Inversiones XX. X insistió en probar el programa antes de ordenar la transferencia. Aunque el programa comenzó a funcionar tan pronto X tecleó el último dígito de la contraseña, un mensaje en la pantalla nos advirtió de que estábamos haciendo un uso no autorizado de “Analista de Mercado v2.0”. A los pocos momentos algo empezó a ir mal. Todas las predicciones que hacía eran erróneas, por lo que realizaba operaciones ruinosas. Y, siempre tan desconfiado, lo había programado para efectuar las peores inversiones posibles.

Cuando X se dio cuenta, intentó cerrar el programa, pero ya era demasiado tarde. En menos de treinta segundos, todo el capital de sus clientes –varios miles de millones– se había visto reducido a unos pocos cientos de euros. Tan fuerte fue la impresión que sufrió X al verse en la ruina, que cayó fulminado de un infarto.

Con la sensación de que muy probablemente había iniciado una crisis financiera internacional sobre mi conciencia, huí a casa.

Ayer ya no fui a trabajar. No tenía sentido. Desde entonces me he dedicado a revisar las ofertas de empleo en los clasificados de los periódicos, mientras evito a toda costa los titulares de la sección de Economía y Finanzas.

Ruymán J. Jiménez

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Narcís, el Monótono

20090211083359-narciso-1

Ella no era muy de creer en presagios, visiones, augurios… No obstante, no pudo evitar sentirse invadida por el desasosiego tras despertar y recordar su extraño sueño.

Mientras se preparaba un café bien cargado, para terminar de despejarse,  acudió a su memoria, como en una película, lo soñado. La escena era la siguiente: en un bosque al pie de un lago, dos hadas hablaban entre ellas.

 -Onírica, tienes que hacer algo con ese tipo, que es incapaz de querer a nada, ni a nadie que no sea él mismo. Sabe cómo tejer redes de encanto para atrapar a esa pobre crédula; tan solo para obtener algún beneficio: un trabajo, una casa, un viaje… Es capaz de cualquier cosa para conseguir su objetivo. Luego se hará el ofendido, el dejado, o, simplemente, el loco… Esto último le funciona siempre.

-¡Ay! Ondina, pero es tan encantador, tan seductor, tan enredador… Con esas frases tan epatantes que utiliza: “Cómo pude vivir antes de ti…  rondarte es un placer; porque eres mi musa, me inspiras, me imbuyes…” Y, ante un poeta así, ¿qué mujer podría resistirse?

-Ninguna, de acuerdo, por eso tenemos que actuar. Ayudar a esa pobre cándida.

-Muy bien, Ondina, esto es lo que haremos: ya que eres el Hada del Lago, te toca a ti meterte en el espejo del salón;  y reflejar el alma de todo aquél que se mire en él. 

-Y tú, Onírica, Hada del Bosque de los Sueños, ¿qué harás?

-Ya lo estoy haciendo; estamos metidas en su sueño.

Apurando su café, recordó que el espejo ya se encontraba en el piso cuando lo alquiló. Sin darse cuenta, se dirigió hasta allí y, contemplándose no pudo sino reírse. Delante sólo estaba su salón, ella en pijama y un sol radiante que iluminaba toda la estampa… invertida, claro.

Por la tarde regresó a casa después del trabajo, con su chico, Narcís, aquel vendedor de seguros que se creía un poeta. Y allí delante del espejo lo que vio fue un paisaje árido, con un tipo tétrico, sombrío… rodeado de cadáveres.

Él no paraba de hablar de sus cosas, de su ombligo, de su… de él. De pronto, le pareció el tipo más soso, anodino, mediocre, aburrido, insustancial, plomizo y, monótono.

Mientras le rogaba que se fuera, por favor, que ya lo llamaría, que ya hablarían otro día, le pareció ver en el espejo a Onírica y a Ondina, sonrientes, guiñándole un ojo.

Maite Figueira

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

El sacho

Mi familia se dedicaba a las labores del campo. Vivíamos en una pequeña aldea. Allí mi padre trabajaba las tierras para poder subsistir. Se levantaba temprano y le dedicaba casi todo el día.

Un maravilloso día, la suerte lo acompañó y se encontró un sacho.

-Te ayudaré a realizar tu trabajo -le prometió el sacho.

Mi padre estaba muy agradecido. Así podríamos pasar más tiempo juntos, toda la familia, hablando, jugando, disfrutando.

Pero un desafortunado día el sacho desapareció. Mi padre se sintió contrariado y se fue a dar un paseo por la aldea. En el camino se encontró a un vecino.

¿Qué tal estamos?

-Bien –le contestó el vecino. Ahora trabajo menos y le dedico más tiempo a mi familia, hablando, jugando, disfrutando.

Loly Castro García

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La chica de la gabardina roja

 

 ¿Qué puedo decir? A estas alturas no me voy a andar con estúpidos reproches. Sólo se me ocurre la ñoñería de siempre: estás lindísima con tu gabardina roja, Caperucita. Además, sabes que la deportividad fue una de mis mayores virtudes: cuando ganas, ganas; y cuando pierdes, pierdes, y no hay vuelta de hoja. Y yo he merecido la derrota, esta derrota que sabe a madera mojada y a flores que, aunque parezcan frescas, ya han empezado a pudrirse.

No puedo quejarme, no hay motivos para la queja. Yo debía de haber sabido a qué atenerme. Ni siquiera el principio fue fácil. Todavía aquí y ahora puedo ver los músculos tensos alrededor de la boca cerrada de tu madre, gritándome en silencio a la cara que no iba a arrebatarle a su hija única, a su hijita, un muerto de hambre con aspecto de macarra que sólo buscaba su dinero de viuda rica. No supo ver al cordero debajo de la piel de lobo, como sí supiste hacerlo tú, sospecho que desde el primer día. Pero, al igual que tampoco te odio a ti ahora, tampoco a ella la odié. Sabes perfectamente que fui un lobo bueno. Ni siquiera la odiaba en el momento en que la apuñalé una, dos, tres, muchas veces. No pude mirarla a la cara cuando lo hacía. Cuando sentía sus últimos temblores junto a mí, mi cuerpo también se agitaba trémulo, pero no de resentimiento, sino de vergüenza. No podría haber soportado ver mi reflejo en sus ojos moribundos.

Esta derrota que huele a hierba empapada ha sido justa, previsible, anunciada. Me atraparon esa melena larga rubia y tus verdes ojos de gata, pero debí de haber visto que aquellos altos tacones afilados como cuchillos y el rictus irónico que por unos segundos te deformaban a veces los labios rojos no me traerían nada bueno. Pese a ello, Caperucita, en cuanto acariciaste mi lomo maltrecho de perro sin dueño, no fui capaz de despegarme más de tu perfume de lilas. Y ahora, precisamente cuando ya no puedo olerlo, una lluvia fina lo arrastra hasta el césped verde a tus pies, y te moja el pelo que sobresale de la gabardina roja y resbala por la delicada piel de los dedos entrelazados sobre tu vientre.

No lo lamento. No te equivoques: yo nunca me dejé llevar por vanas lamentaciones. No siento en este momento pesar ni siquiera por los minutos de dolor tras vislumbrar tu figura encapuchada y con gafas oscuras detrás de las ventanillas de aquel coche con señales luminosas azules cuando yo todavía me miraba atónito las manos ensangrentadas. Todo por nosotros, por nuestro futuro, como me susurraste al oído hasta doblegar mi voluntad de lobo bueno. ¿Estabas segura de que me resistiría, de que lucharía? ¿O no, y confiabas en que verte allí me trastornaría e, intentando defenderme como un animal noble pero herido en su orgullo, acabaría peleando hasta sucumbir? Luego sonaron los estampidos en el callejón como truenos en una casa de cristal. Pero eso ya lo sabes.

La lluvia delgada sigue cayendo de un cielo plomizo sobre ti, Caperucita, sobre tu hermosa silueta encarnada que se recorta delante de los cipreses, sobre oraciones monótonas, sobre inútiles monumentos a los que ya no volverán y, más allá de la tapia blanca, cae sobre los largos días sin sentido, las ilusiones truncadas, las miradas vacías y los amores locos traicionados, y lentamente cae sobre el mundo como lágrimas por mi derrota final, que, paletada a paletada, se va cubriendo de tierra húmeda.

Antonio Vega

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 6 comentarios

La confianza

 

Dos semanas antes había salido de un puerto del Mediterráneo en un monocasco de nueve metros de eslora, dispuesto a regresar sólo desde la dirección opuesta y dejando en manos del destino la duración del viaje. No llegó a esta intimidad con el mar por vocación. Su romance con la soledad venía de lejos, pero se había fraguado en la montaña hasta que un malentendido con una pared vertical le causó una fractura abierta en una pierna y no fue posible rescatarlo hasta treinta y seis horas más tarde. Le recompusieron la pierna mejor de lo que había pensado, pero la capacidad de trepar pegado a la roca como una babosa quedó fuera de su alcance.

La ruptura con las cumbres le produjo tanta desazón que su claustrofobia buscó una salida hacia el mar. Tardó seis meses en aprender a navegar y cuatro más en hacerse con un barco en condiciones de hacer largas travesías y poder gobernarlo en solitario.

Desconocía la razón de aquella inclinación por la soledad y tampoco le interesaba demasiado explicarla. Simplemente sentía una atracción irrefrenable por esa sensación intemporal de entrega y posesión, de abandono y encuentro, en la que lo mismo y lo otro se funden.

Pero las travesías en el mar eran más duraderas y más expuestas que las incursiones por el monte; la intemperie marina tenía sus propias reglas y caprichos y, al fin y al cabo, él era un animal terrestre, un intruso en un entorno hostil e indiferente.

Una borrasca lo encaró poco después de salir del último puerto y lo zarandeó tres días seguidos sin dejarlo dormir apenas. A medida que las fuerzas lo fueron abandonando comenzó a pensar que el azar lo estaba probando en un juego que aflojaría cuando estuviera alcanzando su límite. Luego le pareció un abuso, una inquina que aquella potencia ciclónica se ensañara con su minúscula existencia.

Más tarde el miedo se coló hasta sus huesos y lo atormentó la idea de que ni siquiera después de engullirlo el mar cejara en su pasión por agitarlo,  como si la inmovilidad fuera una condición necesaria para la paz después de la muerte.

Pero cuando sintió el crujido que precedió al instante en que el agua aplastaba la última resistencia que lo mantenía a flote, supo que no había trampa ni engaño, que el mar no iba a cobrarlo después de haberlo seducido, que aquello sólo era un desenlace más aunque desconocido, de la intimidad.

 

Oscar Méndez

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

EL TEJEDOR DE CUENTOS

Simón llevaba días caminando con la talega, donde guardaba sus ropas y algunos mendrugos de pan, colgada a la espalda. Atrás habían quedado la aldea y los aldeanos, las burlas y los agasajos, las risas y las lágrimas, los sueños y las pesadillas, las verdades y las mentiras…,  en fin,  historias nuevas para contar, juegos diferentes para entretener, otros poemas para recitar.

El  cansancio se reflejaba en sus ojos y la sonrisa en sus labios. Se sentía dichoso por haber aprendido mucho en el lugar del que venía, y porque aprendería mucho más en el lugar al que se encaminaba. Los lugareños que poblaban los sitios por los que él pasaba se extrañaban al comprobar que las historias que les contaba fueran tan parecidas a las suyas propias. Así sabían que fuera de su círculo vecinal la gente también tenía sinsabores, alegrías, enfermedades y tristezas.

El sol implacable y el polvo del camino desdibujaban la silueta de lo que a lo lejos parecía una ciudad. Se pasó la mano por la frente sudorosa y sacó de la talega una bota de piel de cabra que contenía el agua de la que se había abastecido en la pila del pueblo. A pequeños sorbos, conocedor de la importancia de saber dosificar todo en la vida, bebió un poco de aquel preciado líquido y volvió a guardarlo en el mismo lugar.

Varias horas más tarde Simón se encontraba ya cerca de las puertas de la ciudad. A medida que se acercaba, el paisaje iba adquiriendo cambios bruscos, pasando de desolado y agreste a boscoso y vívido y hasta creyó divisar un río dibujando caprichosos meandros en medio del valle. “¡Qué lugar tan idílico!”, pensó.

Con los pies metidos en la fresca corriente de agua que tanto alivio les proporcionaba tras el largo viaje, nuestro amigo se entretenía en contemplar las ondas que trazaban los guijarros que iba lanzando a un pequeño remanso del río. Al día siguiente se presentaría en la plaza del pueblo ataviado con sus mejores galas para recitar a la gente las historias y leyendas que traía de otros lugares. Pondría su sombrero de colores en el suelo y recaudaría las monedas que le entregaran. Quizás serían generosos y al fin podría comprar ropa nueva y una vihuela para acompañar sus cantos, entonces su espectáculo podría compararse al de un trovador.

En la plaza del pueblo había un gran revuelo. Lucía engalanada y la gente reunida en pequeños grupos hablaba alegremente. Simón dedujo que debían estar celebrando una fiesta y que era una buena ocasión para llamar su atención haciendo unas cuantas acrobacias y  juegos de malabarismo para los más pequeños. Pronto se formó a su alrededor un corro que se mostraba entusiasta de sus habilidades. Con el sombrero ocupando ahora una posición estratégica, el saltimbanqui se sentó en el suelo engatusando con su charlatanería y subyugando con sus historias:

Pues sí, queridos amigos, lo que os cuento no es más que la verdad. Yo mismo lo vi en una aldea a muchas leguas de aquí. El caballero del que os hablé murió en la batalla, pero su espíritu sigue vivo y en las noches de luna, si miráis a los cerros, podréis verlo  montando en su cabalgadura y enarbolando una bandera blanca, ensangrentada, vagando sin descanso. Busca a su hermano, el traidor que lo mató por la espalda para arrebatarle sus posesiones con artimañas.  Sólo cuando lo encuentre y le entierre su espada en el cuerpo reposará su alma…

El miedo y el estupor se concentraban en las caras de los espectadores mientras que el sonido de las monedas que caían en el sombrero revelaba el espíritu de satisfacción de los  lugareños.

Una vez hubo guardado las ganancias y dado las gracias por la esplendidez de sus oyentes, Simón saludó poniéndose y quitándose el sombrero al tiempo que hacía una cómica reverencia.

─¿No os vais a quedar a la fiesta? —le gritó una mujer regordeta de cara colorada que se abrió paso entre la gente.

─¿De qué fiesta me habláis, señora?

─De la fiesta de la boda. Hoy se casa Hilda y el Señor Conde dará un gran banquete. Pronto llegará la novia en la carreta. No os vayáis, señor, hoy es día de diversión.

─En ese caso intentaré quedarme. ¿Podéis decirme quién es el Señor Conde?

─Es el dueño de todo el valle ─intervino un hombretón de mirada pueril─. Todos trabajamos en sus tierras.  Mirad, arriba en la montaña está su castillo. Cuando uno de sus vasallos se desposa, él es el primero en yacer con la doncella y esta noche Hilda será suya.

Simón quería saber más de Hilda y el Conde, pero el estrepitoso ruido de la llegada de la carreta nupcial a la plaza y los campesinos irrumpiendo en aplausos no le permitieron hacer más preguntas.

“Es una niña”, pronunció para sí al mirar a la joven que no debía tener más de quince años. Llevaba una túnica blanca con bordados dorados de azucenas y una diadema de flores silvestres le sujetaba el velo blanco que le caía  hasta los pies.

Miró con ternura aquella carita que expresaba angustia y temor y pensó que su historia era casi tan triste como la del caballero errante que había contado. ¿Tendrían que pasar muchos años para que los señores feudales dejaran de ejercer esta práctica tan cruel con sus vasallos? No lo sabía, pero tenía que contar lo que pasaba en el Valle.

Permaneció en el Valle del Conde muchos días más entreteniendo con sus juegos, ensimismando con sus historias a los campesinos. Una mañana, muy temprano, los lugareños vieron perderse entre una nube polvorienta a un hombre que llevaba a cuestas su talega y una vihuela  Pronto desapareció de la vista de todos pero allí quedaron sus historias para recordarlo. También él los recordaría pues llevaba grabadas nuevas historias en su corazón.

ISABEL SANTERVAZ

25 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Por esos ojos negros

Ya estaba decidido. Hacía días que guardaba el puñal en mi bota. Aunque me esperase la horca apenas la nave tomara tierra. Pero tampoco esto es vivir. Sol, sólo sol, semanas y semanas, y más sol. Esa luz gritando hasta dejarnos ciegos, rasgando nuestras vestiduras, quemándonos. Un día llegué a creer que me volvería loco. Hasta que llegó ella

Maldita sea aquella noche. También malditos la taberna y ese vino. Allí empezó todo. Si no fuera por aquel duelo, ahora mismo sería quizá el más famoso poeta de la corte. Pero aunque él no amaba ni amaría nunca a Inés, era el primogénito del Valido. Y podía tener a cualquier mujer. Hasta a la que un compañero de juegos de la infancia sí amaba.

Entonces, mi vida dio un giro. De la noche a la mañana me convertí en un forajido, inevitablemente huyendo de todos, quizá también de mí. Si no había caminos, yo los abría. No importaba si a caballo o a pie. Aunque no supiera bien hacia dónde. Y por eso, cuando escuché que aquella nao zarparía hacia esas tierras lejanas de las que todos hablaban, no dudé en enrolarme. Aunque ignorase dónde estaban realmente, o qué me esperaba allí.

Mas aquella promesa de libertad, de poder simplemente respirar sin cuidarme de mi propia sombra, se tornó infierno. Sabía que sería duro, aunque si había aprendido letras, y hasta el oficio de la guerra, me dije, por qué no ahora el de la mar. Pero aquella tripulación de sucios y malhablados, de desdentados babosos y borrachos violentos de los más turbios orígenes… Pero aquel sol, como un martillo feroz, día a día golpeando… Y la sal, y su sed, las olas y las tormentas, y el hambre cotidiana…

Salimos del Puerto de Palos el día previsto. A Dios gracias, mi verdadera identidad nunca fue descubierta, pero antes del Nuevo Mundo ya nos esperaban otros lugares. Desde nuestro primer encuentro el capitán me pareció sospechoso, y bien pronto supimos que escondía algunas inconfesas intenciones, quizá algún feo negocio. Tras proveernos de víveres y agua en la Madeira, no tomamos la ruta hacia poniente, sino que la nave pareció volver sobre sus pasos. Se acercaba, para luego tomar distancia otra vez, de las costas de aquel pedazo de tierra al que llamaban el África. Riscos escarpados, islas de las más diversas extensiones, selvas, playas blancas lamidas suavemente por el mar… Hasta que anclamos ante aquella cala pequeña, de arenas negras, confusamente bella. Esperábamos, vigilábamos, aun sin saber a quién. Hasta que un día un grupo de hombres bien armados descendieron y tomaron las barquillas.  Fuego a lo lejos. Y cuando regresaron, tras unos días, ya no lo hicieron solos. Y bajarían una y otra vez, y la bodega de la nao se fue llenando de ellos.

Entonces, los conocí. Había visto a algunos de los que llamaban canarios en Sevilla, servidores en casas de importantes familias. Pero éstos eran más oscuros. Me parecieron casi bestias. Ese pelo ensortijado, duro, esa nariz ancha, y los labios descaradamente carnosos… y lo peor, su escandalosa desnudez. Aunque he de reconocer que me sentí desconcertado al descubrir, si bien sólo tras fijarme muy detenidamente, y desde un cristiano ejercicio de caridad, facciones curiosamente humanas. O tal vez fue cuando vi esos ojos por primera vez.

Y he de jurar por el honor de mi familia que, en ese infierno, esos ojos negros e inesperados, que llegaron cuando más hastiado estaba de todo, se convirtieron en mi pequeña luz. Los imaginaba a todas horas, allí abajo, en las bodegas, viendo en la oscuridad aquella playa que llevaban impresa en la retina. Y desde que nos alejamos de allí y por fin tomamos rumbo al Nuevo Mundo, empecé a soñarlos incluso mirándome… Ay, si se produjera ese regalo, por el Criador, ya no me importaría el hambre, ni la sed, ni el sol…

Pero un día, tras mi guardia nocturna en el palo mayor, cuando me disponía a ir a dormir al camarote, escuché su llanto de niña. Que se fue repitiendo, noche a noche, siempre después de un portazo. Que se me clavó en el centro del alma. Hasta que hace unas noches, escondido entre las velas plegadas en cubierta, tras el estallido de aquel tímido llanto de pajarito asustado, vi al capitán entrando en sus aposentos.

Entonces lo decidí. Ya sabía yo que no es posible esconderse del sol, como tampoco librarse del peso de un crimen.

Nayra Pérez Hernández

 

23 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 8 comentarios

El Código

El astuto rey Hammurabi, que llegó a engrandecer su reino hasta límites insospechados, estaba convencido de que asustar adecuadamente a los vecinos resulta una práctica política de gran utilidad. Por ese motivo decidió convocar una gran reunión de sabios de su reino, pues quería pedirles ideas que le ayudaran a conseguir sus propósitos.

La reunión tuvo lugar en uno de los salones del gran palacio de Babilonia.

Los sacerdotes, conocedores de la importancia de la convocatoria, pues podría permitirles adquirir notoriedad y ascender dentro de la jerarquía del templo, se prepararon a conciencia. Prueba de ello resultaron todas las intervenciones que, a instancias del rey, se produjeron aquel día memorable:

—Yo creo —dijo uno de aquellos sacerdotes— que asombraríamos al resto de las ciudades, si fuéramos capaces de ocultar la luz del Sol.

—Sería una gran hazaña —afirmó un agrónomo— si consiguiéramos producir una nueva cosecha en el otoño.

—Lograremos la inmortalidad —indicó un astrónomo— si fuéramos capaces de emular a las estrellas. Elaboraríamos la carta astral del firmamento.

 Con toda esta sarta de necedades, la jornada se prolongó hasta altas horas de la noche.

Convencido Hammurabi de la inutilidad de la consulta, se retiró a sus aposentos.

Cuando despuntaba el alba, mandó llamar a uno de sus escuderos.

—Ensilla mi caballo y prepárate para una larga travesía —ordena el rey.

La mañana era limpia y clara y ello fue interpretado como una señal propicia enviada por los Dioses.

Cuando el Sol ya se hallaba en su cénit, divisaron a lo lejos una aldea que parecía próspera. De todas las cabañas surgía un haz de humo y las tierras estaban bien cultivadas. Cerca de ella, deambulaba un río cansino.

Hammurabi decidió descansar y permitir que los caballos abrevaran.

Al acercarse al río observó la figura de un anciano que pescaba tranquilamente en sus orillas.

—¿Quién eres, cómo te llamas, de dónde vienes? —pregunta el rey.

—Me llamo Mesalim y vengo de la ciudad de Uruk —responde el viejo—. Me gusta sentarme a la orilla del río. El chocar del agua contra los guijarros me ayuda a meditar.

—Ya que te gusta pensar, tal vez podrías ayudarme, venerable anciano. ¿Se te ocurre alguna forma en que podamos impresionar favorablemente a los hombres de las ciudades?

El anciano se quedó pensativo durante un buen rato mientras se mesaba la barba. Mientras tanto, Hammurabi, se adormeció arrullado por la cantinela del río.

Al despertar, el viejo se dirigió al rey y le dijo:

—Como verás, yo ya soy un viejo y sólo me resta esperar la muerte. Por ese motivo, me he puesto a recordar acerca de qué cosas me habrían hecho más feliz y placentera mi vida. En mi infancia, escuché a mi madre llorar porque sus hermanos le robaron su herencia. En mi juventud, oí a mi padre quejarse de los impuestos abusivos que le cobraba el templo. En mi madurez, un hombre mató a uno de mis cerdos. Y, ahora que soy viejo, me siento solo y abandonado. ¿No crees que sería bueno que existieran unas leyes que nos permitieran saber a qué atenernos?

—¿Y qué crees que deberían contener esas leyes?

Entonces el viejo comenzó a hablar y a hablar, y así siguió hasta que  anocheció,  y al fin todos se durmieron.

A la mañana siguiente, el rey Hammurabi dio las gracias al viejo, se despidió mientras indicaba a su lacayo que ensillara de nuevo los caballos porque volvían a Babilonia.

Una vez hubo llegado mandó llamar  a sus mejores escribas y les dijo:

—Acabo de llegar de un gran viaje. De un viaje que ha sido y será muy importante. Un relámpago de luz derribó mi caballo. No bien había caído en tierra, cuando un rayo de plata me atravesó el corazón. Entonces escuché la voz del gran Dios Shamash y esto fue lo que me dijo…

Entonces Hammurabi comenzó a dictar su Código sin mencionar en ningún momento al viejo.

Cuando hubo terminado, mandó labrar una gran piedra de diorita indicando que debía quedar claro que era a él, a Hammurabi, a quien le había dictado el Dios Shamash el Código.

Después llamó de nuevo a su escudero y le dijo:

—Escoge a un hombre de confianza. Dirígete de nuevo al río y corta la lengua al viejo.

Cuando el viejo vio las nubes de polvo en la lejanía, supo que su fin  se aproximaba.

Se despidió de los juncos del río diciendo:

—Me gustaría haber sido como vosotros y haber sido capaz de cimbrearme según soplaran los vientos.

Después se dirigió a las piedras y dijo:

—Os agradezco vuestra música que tanto y tan bien me ha acompañado.

Finalmente se abrazó al gran árbol que lo cobijaba:

—Tú me has acompañado en silencio y me has dado sombra sin pedir nada a cambio y yo te llevaré en mi corazón.

Después entró en las aguas lentamente dejando que éstas lo cubrieran.

La corriente lo tomó en sus brazos, lo sumergió y lo arrastró hacia la desembocadura del río.

Al llegar el escudero y su ayudante sólo quedaba del viejo sus sandalias, su vestido y su caña de pescar.

Puri Santana

23 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

La Magdalena y el monaguillo

 

Nuestro pueblo siempre fue famoso por su Semana Santa. A la Magdalena que salía en procesión cada Miércoles Santo se le atribuía la capacidad de realizar milagros. Ella, por tanto, era el principal reclamo  de los cientos de devotos que acudían a acompañar los pasos por las calles de la villa.

Muchas personas aseguraban haber visto llorar a la Magdalena. Yo, hasta entonces, nunca había sido testigo de ello, aunque sí he de reconocer que siempre me había sentido atraído por aquella imagen. Tenía un poder hipnótico. Había algo en su mirada que te cautivaba. No sé como explicarlo, pero a uno lo embargaba una sensación tranquilizadora, de paz absoluta, cuando cruzaba su mirada con aquellos ojos vidriosos y chispeantes.

Esa escultura ya es sólo un recuerdo, como la Semana Santa en sí. Ya nadie viene a nuestro pueblo por Pascua, no se celebran procesiones, los santos permanecen en el interior de la iglesia y hasta los más devotos se resisten a permanecer mucho tiempo ante la presencia de las imágenes.

La voz del pueblo alude a un enfrentamiento entre la Magdalena y el mismísimo Demonio a la hora de explicar los acontecimientos de aquel Miércoles Santo que ya nadie quiere recordar.

Son muchos los que están convencidos de que Lucifer hizo acto de presencia en la procesión adoptando la figura de un niño de cara angelical, de tan solo ocho años, que no era otro que el hijo del alcalde. Cuatro años antes había sido adoptado por el primer edil y su esposa al quedar huérfano. Sus padres biológicos habían fallecido en un misterioso accidente de tráfico.

Aquel niño había crecido en el pueblo. Se le conocían pocos amigos, no le gustaba jugar. Dicen que pasaba horas y horas en la iglesia mirando los santos. Su madre, la alcaldesa, le auguraba una carrera eclesiástica. Decía que algún día se convertiría en obispo o, aún más, en cardenal. Pero no, su futuro ya estaba escrito.

Aquella Semana Santa el pequeño debutaba como monaguillo. El cura, seducido por la belleza de su rostro y su actitud serena, había decidido que era el candidato ideal para acompañar el paso de la solicitada Magdalena.

Así fue: cuando el trono de plata que la portaba atravesó el umbral de la iglesia, todas las miradas recayeron directamente sobre la carita, diríase que celestial, del pequeño monaguillo. Ataviado con aquellos finos ropajes de seda y encajes, el chiquillo de tez sonrosada y cabellos rubios, parecía un ángel.

Durante varios minutos un murmullo corrió por la plaza. La muchedumbre alababa la belleza de aquel niño sin reparar en la Magdalena, que estrenaba un elegante manto confeccionado con seda y tisú y bordados de oro.

El niño sonreía y saludaba con una ligera inclinación de cabeza a todos los feligreses que se agolpaban junto al trono de la Magdalena a la que seguían ignorando.

De pronto, sin que nadie advirtiera de dónde procedía, un río de sangre corrió a los pies del monaguillo. Las primeras en ahogarse fueron las camareras de la santa, las mismas que se habían encargado horas antes de vestir y adornar a la Magdalena con esmero, pero que ahora, en la procesión, exaltaban la belleza y finura de aquel niño que consideraban un ángel caído del cielo.

Luego, fueron el cura y el sacristán los que se vieron inmersos en un gran charco de sangre.

El alcalde fue el primero en reparar en el origen de aquel manantial fatal. No daba crédito, pero la sangre caía a borbotones por las mejillas de la Magdalena. ¿Eran acaso lágrimas de enojo?

El alcalde, al ver que la sangre fluía hacia su hijo, no dudó un instante y comenzó a golpear la escultura de la Magdalena hasta hacerla añicos.

Entonces, la muchedumbre se disolvió. La sangre desapareció, pero entre los trozos de la escultura rota permanecían los cuerpos de las víctimas mortales y, entre ellos, la imagen impasible del monaguillo, aun más sonrosado, más rubio, más hermoso… Un ángel deseado, un ángel triunfal.

Sergio Sánchez Rivero.

 

22 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Figura solitaria con terraza de fondo

 

 antoniovega_figurasolitariaconterrazadefondo

La camarera deja el café con leche descafeinado que le he pedido en la mesa no tenían de máquina así que me lo ha traído de sobre no me gusta de sobre pero si no hay de máquina cuando no se puede no se puede no se puede y además es imposible dice la mueca de la camarera que es bonita aunque muy joven debe de ser sudamericana aunque apenas dijo dos palabras me pareció que hablaba como alguien de allí cuando me trajo la taza humeante con una pastita pequeña en un envoltorio de plástico rojo y transparente que no pides pero que te traen igual pero da igual porque es distinto a esos restaurantes que cuando pides de comer te ponen pan lo pidas o no lo pidas y luego encuentras que te lo cobran en la cuenta joder qué coño me cobras una cosa que no te pedí si la traes sin habértela pedido es cosa tuya y no me la cobres tío pero claro eso es así y hay que joderse como si se me acerca el perro del tío este que pasa cerca de la terraza joder por qué no tienes más cuidado igual que yo si tuviera perro pero no lo tengo porque en vez de estar paseando chuchos prefiero leerme mis periódicos con mi café con leche eso sí descafeinado que más cafeína no que me pongo nervioso que yo lo que quiero es estar todo zen aunque a veces es difícil con los irresponsables con perros los gritones dominicales joder tío vete a gritar al estadio esta tarde o al bar si pasan por la tele a la unión deportiva pa que se te joda la laringe pegando gritos y con las rubias que pasan en dirección a la playa con la toalla y el bolso al hombro y  las cholas y las gafas esas gafas que te ocultan media cara y que casi valen para eso tanto como un pasamontañas pero que coño vas a ir con un pasamontañas por la calle y menos un domingo como hoy con el calor que hace coño que se me enfría mi café con leche descafeinado y luego no hay quien se lo beba aunque quizás sí con el calor que hace que quizás lo tonto es no pedirlo con un par de piedras de hielo y aquel es Alejandro que pasa también hacia la playa y me saluda con la mano y le saludo con la mano y bajo la vista de la gente que pasa y vuelvo a mi taza que ya no está humeante y a mi periódico que tampoco está humeante pero tampoco me lo voy a beber sino a leer aunque joder lees cada cosa que te hace coger cada calentura y me leo una noticia dos noticias tres noticias cuatro noticias cinco noticias seis noticias siete noticias y después me bebo mi café con leche descafeinado frío así está mejor y pido la cuenta a la camarera con una señal de la mano que escribe en el aire aunque si fuera así el viento se llevaría mis palabras y me da tiempo de leer la octava noticia la novena noticia la décima noticia cuando aparece la camarera y me dice uno diez con desgana y busco en mi cartera engordada de calderilla y de papeles que debería haber pasado a las carpetas los recibos del alquiler de tres meses un justificante de asistencia de un examen varias notas de teléfonos que cogí y que he olvidado para que cogí y no miro más que la camarera tiene más mesas que atender y pone cara de impaciencia y le doy uno diez y se va y cojo los periódicos y me levanto y cuando me voy veo la pastita en el envoltorio transparente y rojo y qué pues que le den por el saco a la dichoso pastita que yo ya me voy.

Antonio Vega

 

22 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Ajuste de cuentas

 200323971-001

Bueno, ahora ya sé lo que se siente cuando te disparan. Quema. Quema como su puta madre.

 Joder, Chino, siempre he sabido que no llegaría a viejo, que moriría en la calle como un perro, pero nunca pensé que fueras a ser tú quien me matase. 

Mierda, hace frío.

Llevo la camisa y los pantalones empapados de sangre. Se me pegan a la piel, y hace frío. Tengo que llegar a casa. Tengo que intentarlo, al menos.

Hay luna llena, y la calle está vacía y silenciosa. ¿Dónde está todo el mundo? Seguro que en este momento alguien me está viendo desde su ventana, pero nadie me ayudará. Aquí nadie ayuda a nadie. Somos como pirañas encerradas en una pecera. En cuanto alguien da la más mínima señal de debilidad, nos lo comemos. No hay piedad aquí.

Pero tú no, Chino, tú no. Nosotros nos teníamos el uno al otro, por eso éramos fuertes. Hermanos, ¿recuerdas? 

Joder, un taxi. ¡Espera, cabrón, no te vayas! Hijo de puta… No, nadie va a ayudarme. Si al menos consiguiese llegar a casa y coger la pipa tendría una pequeña oportunidad. Aguanta, joder, aguanta.

Recuerdo cuando nos conocimos en el centro de menores. Eras el hijo de puta más feo y más cabrón que había visto en mi vida. Llegaste como un  gallito, vacilando a todo el mundo, y  esa noche te cogimos entre todos y te llevamos al cobertizo para bajarte los humos. Pero qué va, a ti no había quien te hiciera agachar la cabeza. Suerte que los monitores nos separaron, porque, si no, eso hubiera acabado mal, muy mal. Al día siguiente le pusiste al Loco un tenedor en la garganta, y a partir de ahí nadie volvió a molestarte. Los tenías bien puestos, cabrón.

Luego, cuando cumplí los dieciocho y me botaron de ahí, te escapaste y te viniste conmigo a casa de mi vieja. Eso sí que fueron buenos tiempos. A veces las pasamos bien putas, pero mira que nos divertimos, sin tener que rendir cuentas a nadie, todo el día puestos hasta el culo, de fiesta, pasando costo y pirulas, haciendo el cabra con la moto, mangando lo que nos salía de los huevos, vacilando con las pibas. Igual es por eso, a lo mejor es por una simple gilipollez como esa. Joder, yo no tengo la culpa de que seas más feo que una mierda, Chino. Yo me comía una piba distinta cada fin de semana, y tú, en cambio, te quedabas ahí callado, con esa cara de subnormal, sin hacer nada. ¿Es por eso? ¿Te jodió que me tirase a la Sandra? La mitad del jodido barrio se tiró a la Sandra, menos tú. ¿La querías? ¿Estabas enamorado de ella? Pues que te den por culo, capullo, haber hecho algo. Si tuve que llevarte yo de putas para que supieras lo que era que una tía te comiese la polla. Aún me acuerdo. Todos ahí, jaleándote, cagándonos de la risa, y tú moviendo el culo como un puto hámster encima de esa colombiana.

Mierda, necesito descansar. Esto tiene muy mala pinta. ¡Joder, me cago en la puta…! ¿Por qué, Chino? ¿Qué cojones ha pasado para terminar así? Desde que te vi aparecer en el coche junto al Cachalote supe que venías a por mí.

Conozco tu cara de matar, como cuando te cargaste a ese negro en el puerto. Le pediste fuego y te mandó a la mierda. Menudo gilipollas. No lo vi venir, y él tampoco. Te acercaste por detrás y le clavaste el pincho con todas tus ganas, una vez, y otra, y otra, parecías el Demonio, tío. Se te fue mucho la pelota.  Tenías que haberte visto los ojos, fríos como los de un lobo. No moviste un puto músculo de la cara. Esa fue la primera vez que vi morir a alguien. Yo no paraba de temblar, y en cambio vas tú y le pides un cigarro al policía que te detuvo, con toda la tranquilidad del mundo. Le dijiste que era el último que te ibas a fumar en mucho tiempo. Eso fue lo que más miedo me dio, ¿sabes?, que sabías perfectamente lo que hacías. No fue un calentón, primero lo pensaste y después lo hiciste. Querías matar a alguien, querías saber qué se sentía. Sí, ahora te lo puedo decir, me dabas miedo, hijo de la gran puta, siempre me has dado miedo. Luego, cuando te metieron en el talego, fui a visitarte cada semana, cada puñetera semana sin falta. Me jugué el culo por ti, Chino, literalmente. Me lo llené hasta arriba de costo para poder pasártelo dentro y que tuvieras algo que mover. Suerte que el primo del Chepa trabaja ahí de celador. Tenía que haber dejado que te reventasen ahí dentro. Te llevé pasta, tabaco, ropa, revistas porno, cabrón…. ¡Joder, tío, si hasta mi vieja te llevaba comida! Me hubiera cambiado por ti, loco, tú lo sabes. Hubiera cumplido la mitad de la condena para sacarte antes de ese agujero. Y cuando saliste, aun más hijo de puta y más cabrón que antes, sólo yo estuve ahí. Sólo yo, el Beni. Tu colega, tu hermano.  Tú y yo, el Chino y el Beni, los perros del barrio. Los malos entre los malos.

Vamos, joder, aguanta. Tengo que llegar a casa, son sólo un par de calles más. Necesito la pipa. Me iré de este barrio, cabrón, pero tú te vendrás conmigo. Y si estás ahí esperándome me sacaré la polla y me mearé sobre tus zapatillas antes de morir. Como se te ocurra tocar a la Carla te arranco la cabeza, hijo de puta. Tú no harías eso, ¿verdad, Chino? No, no lo harás, sabes que espero un crío, y eso es sagrado. Voy a tener una familia, por favor, no me jodas eso. Respeta eso, hermano. No, además el Rubio no te lo permitiría. Esto es entre tú y yo, siempre ha sido entre tú y yo. En el fondo siempre supe que algún día, cuando el Rubio no estuviese, la cosa sería entre tú y yo. Pero podíamos haberlo intentado, joder, éramos socios. Si uno ganaba el otro también ganaba, y si uno pringaba el otro pringaba. El barrio era nuestro puto cuarto de estar, nuestro territorio. Al que nos tocaba los huevos nos lo comíamos. Como lo del Mikel. Eso me jodió, ¿sabes? El Mikel era un tío legal. Era un bocazas, pero era un tío legal. Jugábamos juntos al fútbol de pequeños, me parece que nuestras madres eran primas, o algo así. ¿Qué pasó? ¿Cómo empezó? Dijiste algo de él, él dijo nosequé de nosotros, y quedamos en el polígono, de madrugada. Dijimos que sin navajas, pero ellos llevaban y nosotros también. Sus colegas huyeron, los muy cagones, pero su novia se quedó allí. No debimos hacer lo que hicimos. Pero lo hicimos, y él lo vio todo. No me extraña que se quedase tonto después de eso. Podíamos habernos convertido en los amos del barrio, en los jefes. Podíamos haber cubierto la ciudad entera de farlopa, los dos juntos, joder. Siempre decíamos que, cuando estuviésemos arriba, en este puto barrio sería Navidad todos los días. Pero lo sé, lo sé. En nuestro mundo la gente sólo obedece a una persona, alguno de los dos tendría que estar por debajo del otro, y a ninguno nos gusta estar por debajo de nadie, sólo del Rubio. Pero yo hubiese ido a por ti de frente, Chino, con dos cojones. Tú contra mí, los míos contra los tuyos, a hostias, a navajazos, a tiro limpio. No así, como una puta rata, a traición.

Una farmacia, si tan sólo hubiera una farmacia abierta. Pero no, si me paro, estoy muerto. Necesito coger la pistola y avisar a Carla. Entonces iré a una farmacia y haré que me paren la hemorragia. Necesito pensar. Piensa, piensa, piensa, pero no te pares, sigue caminando…

El Rubio. El Rubio tiene que estar al corriente de esto. Tú no eres gilipollas, Chino, y si hubieses hecho esto sin su aprobación estarías tan muerto como yo, el Rubio te abriría en canal como a un cerdo. Soy su mejor camello, mejor que tú. El Rubio se fía de mí más que de ninguna otra persona, no tiene sentido que quiera deshacerse de mí. Entonces, ¿por qué? ¿Qué le has contado, hijo de puta? ¿Qué le has contado?

Se lo has contado, ¿verdad? Sí, ahora lo entiendo todo. Lo que Dios te dio de feo también te lo dio de listo. Fuiste tú, cabrón, fuiste tú el que se cargó a esos peruanos. Yo pensé que se te había ido la cabeza, pero te cubrí. Le dije al Rubio que nos sacaron los hierros y que tuvimos que cargárnoslos, y me quedé con la otra mitad de la coca porque estábamos juntos en eso, como en todo, porque hubiera ido hasta el mismísimo infierno contigo, hijo de puta, pero yo nunca hubiera robado al Rubio de no ser por ti. Pero tú no eres así. Tú no respetas nada, Chino. Apuesto a que lo tenías todo planeado desde el principio. Recuerdo una frase que mi viejo me dijo una vez y que se me quedó grabada en la cabeza. Me dijo: “si estás jugando una partida de póquer y después de la primera media hora todavía no sabes quién es el primo, lo más probable es que el primo seas tú”. Mi viejo era un puto alcohólico, pero a veces decía cosas que te hacían pensar. El decidió irse pronto de este mundo, como yo. Ojalá mi hijo consiga salir de aquí. Que estudie algo. Que viaje, que vea el mundo. Que no tenga que sentir vergüenza cuando esté caminando por caminos que no conozca. Que no tenga que hacerse notar para que no se note lo acojonado que está. Que no desee no tener hijos para que no se parezcan a él.

Estoy llegando, sólo falta un poco más. Tengo mucho frío, necesito entrar en calor. No quiero morir así, en la puta calle. ¿Es ese el coche del Cachalote? Mierda, no veo bien. 

¿Toda esta sangre es mía? Joder, estoy empapado. Tengo que llegar a casa, tengo que ver a Carla. Tengo que hablar con ella, decirle que se cuide, que no vuelva a meterse mierdas cuando nazca el bebé, y que se pire de aquí. A donde sea. Que se vaya a la capital, que busque curro, que mendigue, lo que sea, pero tiene que salir de aquí. ¿Hay luz en el piso? Estoy muy cansado. No debo quedarme dormido en el ascensor, tengo que llegar a casa.

El portal está abierto. Las escaleras, no te caigas ahora. Mierda. Vamos, que no se diga. Eso es. No te pares, no te duermas. No te desmayes… El ascensor, dale al botón… Vamos. Así. Entra… Piso… piso… nueve.

En el espejo. Ese soy yo, muerto.

Kepa Hernando

 

22 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

El sombrerito

 -¿Que cómo me llaman todos Charito, la del Milagrito? Te cuento: El pueblo sufrió hace muchos años una terrible plaga que dejó las cosechas inservibles y los vecinos, para no amargarse aún más de lo que estaban, se entretenían con la primera tontería que encontraban, sobre todo, con los chismes. Como yo era la recién llegada, tras dejar el orfanato, me convertí en el objetivo de todas las miradas y más aun por empeñarme en llevar siempre puesto el sombrero del abuelo, que me quedaba bastante ridículo, por cierto. Para colmo de males, mi timidez, no sé bien por qué, los asustaba bastante por lo que nadie se me acercaba. Charito, la del Sombrerito, me decían para reírse.

         «Un día, jugando en el río a mirarme en el espejo, se me cayó el sombrero y me costó horrores recuperarlo. Como no sabía nadar y no quería perder el único recuerdo que me quedaba de mi padre, me ayudé de una rama para irlo atrayendo poco a poco. Cuando lo logré, vi sorprendida que estaba lleno de peces. En ese río, jamás había habido peces, así que, sin dudarlo, volví al pueblo para que todos pudieran comer algo.

-Y, fue entonces cuando te llamaron Charito, la del Milagrito, ¿no?

-Sí, me dejaron de llamar para siempre Charito, la del Sombrerito, y ya nunca volví a estar sola en el pueblo.

Mónica Graña.

22 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Moraleja

 

Pese a sus diferencias, los dos estaban de acuerdo en que contemplar sus respectivos cadáveres desplomados sobre la mesa, era una escena desconcertante.

—Hay que joderse —exclamó Vázquez, sentado en el sofá de la suite.

—Y que lo diga —corroboró Déniz, sin quitar ojo del que había sido su cuerpo.

—Ha tenido que ser el vino.

—Venga ya, hombre. ¿Quién sería capaz de contaminar un Vega Sicilia?

—Un abstemio, por ejemplo —masculló Vázquez.

—¿Sabe qué? Unté al sumiller para que contaminase esa copa para usted.

—Menuda casualidad, porque yo también lo unté con intenciones similares.

Se miraron en silencio y, acto seguido, estallaron en carcajadas.

—Dígame, Déniz, ¿ha escuchado alguna vez el cuento de los dos reyes enemistados envenenados por sus catadores?

—Creo recordar que sí.

—Pues acabo de comprender cuál es su mensaje.

—¿El poder está en manos del débil?

—No. El débil confía ciegamente en los demás porque no tiene nada que perder, pero el poderoso… El poderoso no puede fiarse ni de su propia sombra.

Nisa Arce.

 

22 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | 3 comentarios

El baúl viajero

 

Miguel, como en muchas ocasiones, jugaba en el bosque que atravesaba el camino que conducía a su casa. Seguía a un canario de color verde que lo había atraído por su suave canto  y sus plumas brillantes. Estaba tan ensimismado con aquel bello pájaro que hasta sus pies le seguían diligentemente.

De repente, sintió un fuerte golpe en la antepierna y todo su cuerpo se estremeció, cayendo encima de una superficie fría y dura. La sorpresa y el dolor en la pantorrilla dejaron aturdido a Miguel durante unos minutos, no percatándose de que empezaba a moverse. Sus ojos se abrieron y el  corazón palpitaba y sus piernas rebotaban sobre aquel suelo firme donde yacía. Poco a poco su respiración se serenó y su cuerpo dejó de temblar. Fue entonces escuchó una  voz ronca y profunda que decía:

-No te asustes, soy un baúl que puede volar, hablar, cantar, bailar y reír.

         Miguel miraba atónito a su alrededor mientras intentaba averiguar de dónde provenía aquella voz, hasta que se dio cuenta de que los sonidos surgían del cerrojo.

         El baúl le contó que había sido construido hacía muchísimos años y  que había tenido muchos amos. Cada vez que llegaba a un nuevo palacio su dueño le ponía un nuevo nombre. En una ocasión, se trasladó al palacio de un  Rey que vivía en Oriente, perteneciente a la dinastía Ching. Éste lo liberó de las ataduras que todos los baúles tenían con sus amos y lo llamó Peng que significa “luz viajera”.

Para entonces Miguel había abierto el baúl y se había recostado en su interior, estaba muy cansado y rápidamente cayó en un sueño profundo.

Cuando despertó, se encontró en una nave, llena de hombres fuertes. Llevaban pañuelos en la cabeza y  sus cuerpos estaban tostados por el sol. Algunos tenían un parche en un ojo, o una pata de palo. A otros les faltaban dientes. Sin hacer ruido se apeó del baúl y se colocó detrás de un barril para que nadie lo viera. Cerca de Miguel un grupo de marineros conversaba, agudizó el oído y escuchó:

-El capitán se ha perdido. Este rumbo nos llevará al mar del  Sur, y no a las ricas tierras. La carne salada y el agua empiezan a escasear. Los demás hombres asentían. El más alto y barbudo levantó su puño derecho y afirmó:

-Si dentro de dos lunas no vemos tierra, yo mismo rebanaré el pescuezo del capitán y me haré con este navío.

En ese momento, un puñal se clavó en el barril acompañado del grito de “¡Traidores!”. Otro grupo de hombres armados rodeó al marinero barbudo y a sus correligionarios.

Miguel se refugió en su baúl y con voz temblorosa le imploró a Peng que marcharan pronto y muy lejos.  Mientras emprendían el viaje, desde la proa de la nave, un marinero vociferaba:

-El capitán, siguiendo la ley del mar, les condena a cien latigazos y después serán arrojados al mar.

Desde que el bienaventurado rey Ching le había otorgado el poder de volar, hablar, cantar, bailar y reír, siempre lo había hecho solo. Por eso Peng estaba muy contento con Miguel y para demostrárselo le ofreció el baile de las olas. Peng se elevaba y volteaba al ritmo del mar y Miguel reía y reía. Se divertía mucho con su nuevo amigo, porque cuando viajaba, éste le relataba las historias de los reinos a los que había pertenecido. Le cantaba canciones que algunas veces le recordaban a su madre, pues a ella también le gustaba cantar mientras sembraba la cosecha.

Un día Peng lo despertó y le preguntó:

-¿Adónde quieres ir hoy?

 Miguel le contestó:

-A mi casa con mi familia.

Primero Peng se enfadó y le gritó:

-¡Bastardo! Te puedo enseñar los más bellos lugares y encontrar muchos tesoros.

Pero al ver que Miguel lloraba, cambió su rumbo. Al caer el sol llegaron al hogar de Miguel. El chico se apeó y se despidió de su amigo Peng con dos besos en el lomo de ébano y corrió hacia la entrada de su casa.

En ese momento su madre cocinaba una rica sopa para la cena.  Para Miguel había trascurrido una semana pero sólo habían pasado unas horas. Llegaba tarde y su madre le preguntó

-¿Dónde y con quién has jugado esa tarde?

Miguel le respondió:

-Con un baúl llamado Peng que puede volar, hablar, cantar, bailar y reír.

Delia Martín Curbelo

21 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El sabio y el pájaro

 

 

Un día, Ibn Yusuf, reconocido erudito y filántropo, y a la sazón el más acaudalado comerciante de la ciudad santa de Damasco, recibió la visita de su viejo amigo Li Po, el viajero. Li Po recorría el mundo en busca de objetos preciosos y excepcionales, y siempre, al pasar por Damasco, acudía en primer lugar a la casa de Ibn Yusuf, pues, además del profundo aprecio y respeto que mutuamente se profesaban, era bien sabido que nadie pagaba más generosamente que él cuando de objetos de particular rareza se trataba.

Cuando Li Po se presentó en el palacio fue recibido con toda la cortesía y el boato de costumbre, e inmediatamente fue conducido a presencia de Ibn Yusuf, quien saludó a su viejo amigo con sincero alborozo. Tras obsequiarle con el pertinente refrigerio y tras interesarse por las circunstancias del viaje, Ibn Yusuf invitó a Li Po a pasar a una estancia privada para hablar de negocios.

 -¿Qué objetos de interés, qué fascinantes prodigios y maravillas me traes esta vez, querido amigo? -preguntó Ibn Yusuf.

-Ha sido el mío, como sabes, un viaje arriesgado y he sufrido incontables penurias, honorable Ibn Yusuf, pero, en parte gracias a la providencia, y en parte gracias a los dones con los que, en mi nacimiento, fui retribuido, en esta ocasión he conseguido hacerme con objetos de lo más singulares. Permíteme que te muestre en primer lugar, amigo mío, unos curiosos cristales unidos mediante un ingenioso artefacto, que permiten ver lo que acontece a muchas leguas de distancia, percibiéndose de tal manera que pareciera que estuviese sucediendo frente a uno.

-Ese es un objeto de gran valor, sin duda. Pero debo comunicarte con pesar que hace un par de lunas pasó por mi casa Hassan Salimy, el turco, con un objeto de similares características a este. Y no sería una manera inteligente de obrar, coincidirás conmigo, pagar dos veces por la misma cosa. No puedo comprártelo -respondió Yusuf.

-Cierto es, mi sabio amigo -repuso, a su vez Li Po, eligiendo cuidadosamente las palabras-. Pero quizá te interese esta otra maravillosa sustancia que te traigo. Se trata de unos finos polvos negros que, al entrar en contacto con el fuego, o al recibir un impacto violento, se inflaman, siendo capaces de obrar asombrosos fenómenos, de provocar súbitos estallidos capaces de quebrar el más grueso de los muros.

-Temo que los años estén mermando tus facultades, amigo mío. ¿Olvidas acaso que ya me vendiste unos polvos con unas propiedades similares a las de éstos en tu anterior visita? Se trata de una sustancia prodigiosa, indudablemente, y me ha sido de una enorme utilidad, pero entenderás que no puedo pagar dos veces por la misma cosa. No puedo comprártelo-, alegó Ibn Yusuf.

Así, Li Po fue mostrándole a Ibn Yusuf los más diversos y peculiares objetos, sin conseguir despertar su interés por ninguno. Finalmente, cuando Ibn Yusuf se disponía a llamar para que retirasen el té, Li Po habló de nuevo.

-Espera, viejo amigo -le espetó Li Po-. Hay algo, un objeto especialmente preciado para mí, del que aún no te he hablado. He dudado en hacerlo porque me ha sido de especial utilidad durante estos últimos años y no era mi intención deshacerme de él por ahora. Sin embargo, nunca hasta el día de hoy he salido de esta casa sin haber conseguido presentarte un objeto que atrajera tu atención, y sería frustrante para mí, además de pésimo para mi reputación como comerciante, que eso sucediese por vez primera. Además, creo que un hombre de tu prestigio y tu sabiduría haría un mejor uso de él que este humilde viajero. No lo he traído conmigo, pues, como ya he dicho, no tenía, en un principio, intención deshacerme de él, pero te diré que en realidad no es un objeto, sino un animal. Un pájaro, más concretamente. Un pájaro cuya apariencia exterior no indica ninguna cualidad particular; un pájaro que podría ser confundido con cualquier otro pájaro común en estas latitudes, pero que es dueño de una cualidad única y extremadamente útil, pues es capaz, con su canto, de prevenir contra las desgracias. Cuando amanece y el pájaro permanece en silencio, es que nada malo va a sucederle a su propietario durante ese día. Pero si a partir de los primeros rayos de sol el pájaro se pone a cantar, es que alguna desgracia o algún peligro le acechan. En ese caso, lo más prudente es cambiar el modo en el que se pensaba proceder y abstenerse de realizar cualquier actividad o de tomar cualquier decisión que pueda comportar algún tipo de riesgo durante esa jornada. Ese animal me ha salvado de un destino funesto en más de una ocasión, y es por ello que me costaría sobremanera desprenderme de él. No obstante, en honor a nuestra vieja amistad, te lo ofrezco a ti, Ibn Yusuf, pues sé que harás un uso sabio y ponderado de él. Eso sí, entenderás que estamos hablando de una mercancía especialmente valiosa, y que sería una necedad desprenderme de él de no ser por un precio justo.

Siendo Ibn Yusuf el hombre más rico de la ciudad, no tardaron en sellar el trato por una cantidad que, aun sin mermar seriamente su patrimonio, permitiría a Li Po vivir holgadamente durante el resto de su vida. Li Po se despidió agradecido, asegurando que esa misma tarde mandaría a un sirviente suyo con el preciado animal. Cuando éste llegó, Ibn Yusuf pudo comprobar que el pájaro, aun siendo de una belleza armoniosa y discreta, no aparentaba ninguna cualidad particular. Sin embargo, nunca hasta el día de hoy había tenido necesidad de dudar de la palabra de Li Po, así que mandó colocar la jaula del pájaro en sus aposentos. Durante toda esa noche el pájaro permaneció en silencio.

A la mañana siguiente, cuando Ibn Yusuf, tras hacerse vestir, se disponía a abandonar su dormitorio, el pájaro cantó. A Ibn Yusuf se le congeló la sangre. No obstante era un hombre de naturaleza decidida, y a pesar de ser una persona piadosa era poco dado a creer en supersticiones y supercherías, así que decidió conducirse con especial prudencia pero sin abandonar sus proyectos para ese día. Ordenó que se doblase la guardia en palacio, escogió a los mejores de entre sus soldados para integrar su escolta personal, dispuso que los niños permaneciesen encerrados junto a las mujeres en el harén, y salió de palacio rodeado por su séquito en dirección a la mezquita para el rezo del mediodía. A la altura de la puerta oeste del zoco, un hombre embozado y vestido de negro se abalanzó sobre su palanquín blandiendo una cimitarra, pero fue abatido por sus guardias antes de que pudiera alcanzarle. Alarmado, Ibn Yusuf ordenó a sus hombres dar la vuelta y regresar a palacio, no sin antes llevarse el cadáver del atacante. Sin embargo, éste había sido tratado con especial saña por los guardias y no portaba ningún distintivo o símbolo especial, así que resultó imposible identificarlo. Ibn Yusuf regresó esa noche a su dormitorio mirando al pájaro con otros ojos.

Por la mañana, tras permanecer toda la noche en silencio, cuando Ibn Yusuf salía por la puerta de su dormitorio, el pájaro volvió a cantar. Ibn Yusuf decidió que ese día no sería prudente abandonar la seguridad del palacio. Tomó mayores precauciones si cabe que el día anterior, y ordenó al jefe de la guardia iniciar una investigación sobre el posible instigador de su intento de asesinato. Dedicó el resto del día a sus estudios y delegó los asuntos comerciales más importantes en sus sirvientes de confianza. Todo transcurrió con absoluta normalidad. Esa noche Ibn Yusuf se dijo que había actuado bien.

Pero a la mañana siguiente el pájaro volvió a cantar. Ibn Yusuf pensó que quizá el pájaro le estaba avisando de un peligro latente, de algún plan que se estuviera urdiendo contra él. Resolvió que ese día tampoco saldría de palacio. A la hora del almuerzo, se sentó junto a su catador y se hizo servir los alimentos. Iba a comenzar a comer cuando su catador empezó a sentirse indispuesto. Cayó al suelo entre convulsiones y murió antes de que el médico pudiera certificar su envenenamiento. Una de las cocineras declaró haber visto esa mañana en la cocina a Maysoon, la más joven de sus esposas, merodeando entre los alimentos. Ésta, a su vez, no resistió mucho tiempo antes de confesar su crimen. Ibn Yusuf, devastado por el dolor, la mandó ejecutar sin tardanza. Esa noche alimentó personalmente al pájaro.

Y a la mañana siguiente el pájaro cantó de nuevo. Ibn Yusuf mandó que las mujeres fueran trasladas a otro palacio menor, alejado de la ciudad, y despidió a los sirvientes más recientes y a aquellos sobre los que albergaba ciertas dudas. Nada relevante aconteció, y, sin embargo, a la mañana siguiente el pájaro volvió a cantar. No sabiendo si era mejor despedir a su guardia o tenerla a su lado, por temor a una traición, decidió no salir de sus aposentos más que para lo indispensable. Sin embargo, cada vez que se disponía a salir por la puerta, el pájaro volvía a cantar. Mandó retirarse a sus sirvientes personales y decidió quedarse a solas con el pájaro. Al parecer, mientras no saliera de su dormitorio, nada malo podría sucederle. Los días se sucedieron e Ibn Yusuf comenzó a perder lentamente la cordura. Transmitía las órdenes a través de la puerta, pedía cosas sin sentido, ordenaba ejecuciones arbitrarias que por fortuna no eran llevadas a cabo. Sus negocios se arruinaban. Finalmente, cuando los últimos sirvientes se fueron, abandonando a su amo a su suerte, sin agua ni comida, la voz de Ibn Yusuf y el canto ocasional del pájaro se fueron haciendo cada vez más débiles, hasta que cesaron para siempre.

A pesar de todo, Ibn Yusuf había sido un hombre notable y respetado, y aún le quedaban amigos en Damasco. Además, alguna de sus esposas le guardaba todavía un sincero afecto, por lo que su funeral fue celebrado con la debida dignidad. Su cuerpo fue bañado y amortajado, y su féretro colocado enfrente de la Qibla, orientado a la Meca, en el lugar más sagrado de la mezquita. Entre los asistentes más preeminentes a su funeral se encontraba Li Po. Durante el tiempo que había transcurrido desde su último encuentro con Ibn Yusuf, su situación había cambiado enormemente. Había abandonado su vida nómada, se había asentado en la ciudad y, en parte gracias al dinero de Ibn Yusuf, había iniciado negocios que habían resultado ser extraordinariamente rentables, hasta tal punto que ahora era uno de los hombres más ricos de la ciudad. Sabedores de la gran estima en que su amo tenía a Li Po, y como la amistad que se profesaron fuera de todos conocida, los sirvientes se retiraron para permitirle velar el cadáver en la intimidad. Cuando Li Po se quedó sólo, como no hubiera nadie que pudiera oírle, comenzó a hablar en voz alta:

-Esta vez no ha transcurrido demasiado tiempo desde nuestro último encuentro, viejo amigo, sin embargo sí que han sucedido muchas cosas, ¿verdad? Como podrás ver, me ha ido bastante bien últimamente. Con el dinero que me pagaste a cambio del pájaro pude, no sólo pagar las numerosas deudas que me acuciaban, sino también  al pobre infeliz que trató de asesinarte y asegurar que a su familia nunca más le falte el sustento, y aun me alcanzó para establecerme en la ciudad y emprender más de un próspero negocio. Sí, mi estimado Ibn Yusuf, fui yo quien dio la orden de atentar contra tu persona, aunque me aseguré desde el principio de que el pobre diablo no tuviese posibilidad alguna. En cambio, nada tuve que ver en el intento de envenenamiento por parte de tu joven esposa Maysoon. Eso fue un providencial golpe de suerte, nada más. Después, y aprovechando tu voluntario encierro, no me fue difícil ir apropiándome poco a poco de tus clientes, tus proveedores y tus negocios a través de terceras personas de mi confianza, sin que nadie fuese capaz de advertirlo ni, evidentemente, de advertirte a ti. Parece que al final sí tuviste que pagar dos veces por la misma cosa, amigo mío.

-Que tu Dios tenga misericordia de ti -prosiguió, como señal de respeto hacia el credo de Ibn Yusuf- y te salve del castigo de la tumba. Que tus pecados sean perdonados y tus buenas obras multiplicadas. Que te sea concedido el indulto y se haga de tu tumba un refugio feliz. Que te sea permitido el ingreso a vuestro divino paraíso. Adiós, viejo amigo.

Antes de irse, preguntó a uno de los sirvientes de confianza de Ibn Yusuf qué habían hecho con el pájaro. Ante su sorpresa, este le respondió que el pájaro había conseguido sobrevivir. Al parecer, y hasta el último día, Ibn Yusuf había seguido dándole de beber gracias al rocío de la mañana, y había logrado alimentarlo con pequeños insectos y semillas del árbol situado al pie de su ventana. Li Po preguntó si le sería posible conservar el pequeño pájaro como recuerdo de su viejo amigo. El sirviente no puso ninguna objeción. Cuando Li Po se disponía a salir de la mezquita, el sirviente le alcanzó y dijo:

-¿Puedo hacerle una pregunta, mi señor?

-Por supuesto, -respondió Li Po.

-Me gustaría saber qué es lo que tiene de especial ese pájaro, señor.

-¿Qué tiene de especial? Nada, absolutamente nada -respondió Li Po-. Bueno, en realidad esa especie de pájaro sí que tiene una característica bastante peculiar. Los pobrecitos detestan quedarse solos.

Pedro Hernando

 

 

15 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 8 comentarios

La terrible historia del lobo bueno y Caperucita Feroz

antoniovega_laterriblehistoriadellobobuenoycaperucitaferoz 

Cuentan los más viejos del lugar que a su vez les contaron en su infancia una terrible historia acontecida en los tiempos lejanos en que algunas cosas aún no tenían nombre, muchísimo antes de sus padres, de los padres de sus padres y de los padres de éstos. Cuentan que vivió en la comarca una hermosa niña rubia y de enormes ojos color turquesa, de dulces y arreboladas mejillas  y suave piel de durazno. Esta apariencia tan angelical ocultaba en su seno, sin embargo, un espíritu extremadamente retorcido, impensable en una criatura de tan corta edad. Ante la visión fugaz de su caperuza escarlata, mujeres, niños y hasta los hombres más valientes del pueblo cambiaban de acera cuando no de dirección. Nadie llegaba a ponerse de acuerdo sobre el sitio exacto de la población donde transcurrieron los hechos. Unos aseveran que se encontraba al pie de la cordillera del norte, siguiendo el camino de San Jerónimo; otros, que al este, más allá de un río que en esa época bajaba caudaloso en primavera, pero que ahora es un triste arroyo fangoso; y unos pocos mencionan una aldea perdida al sur de ricas llanuras de cultivo, sin que sepan decir de qué llanuras se trata ni sepan dar razón de su emplazamiento. Los más simplemente se encogían de hombros cuando les preguntaban, con un gesto de sus manos restaban importancia al dato y seguían con la narración. Ésta comienza una tarde en la que la niña, Caperucita Roja, que por ese nombre la conocían, antes de concluir la jornada ya había escondido los pantalones de su padre –que, por cierto, nunca más aparecieron-consiguió quemar el sofá preferido de su madre y hasta intentó meter al gato en el puchero. Sus padres, hartos y al borde de la exasperación, la enviaron a casa de la abuela poco antes de ponerse el sol. Habían oído que en el bosque en el que moraba aquélla habían visto rondar un lobo y, con el pretexto de una cesta con comida para la anciana, pretendían deshacerse de la hija que tantos quebraderos de cabeza les daba a ellos y a sus otros siete hermanos varones. Ella, sin embargo, se regocijó con la idea porque se aburría con su familia y compartía con la anciana su pérfido carácter. En efecto, ésta la había aleccionado en sus primeras travesuras infantiles, pervirtiéndola luego con mil y una enseñanzas maliciosas que habían acabado por convertirla en un pequeño demonio depravado. Andando y andando, envuelta en su caperuza, por fin, cuando estaba a punto de caer el oscuro manto de la noche, se adentró sin miedo en lo más profundo del bosque. Allí, al abrigo una gigantesca encina de tronco nudoso y ramas que se enroscaban como garfios, descansaba un lobo. Pero el de esta historia no era un lobo feroz, sino un lobo pacífico y sentimental. Incluso se negaba con asco a cazar animales para comer y sobrevivía alimentándose de raíces y bayas. Esa tarde se sentía especialmente taciturno rumiando la desdichada soledad a que se veía condenado por el temor que la sola mención de su nombre inspiraba en el alma en los hombres y esperaba con melancólica paciencia ver salir las estrellas tras las copas de unos pinos. Cuando vio pasar a la niña por el claro delante de la encina, atónito contempló cómo se detenía sonriéndole. Al contrario de lo que esperaba, no abrió los ojos con espanto ni huyó despavorida. Caperucita, nada más ver al animal y habiéndose percatado en un instante de su cándido temperamento, urdió un plan en su perversa cabecita adornada de dorados rizos. Tras acercarse a él, con una dulzona voz impostada se interesó por su dura vida en el monte y, por último, invitó al lobo bueno a cenar a casa de la anciana, donde, le dijo, había un frondoso huerto con ricos tomates que parecían manzanas de oro, calabacinos tiernos del tamaño de calabazas, cebollas exquisitas como la miel y un sinfín de vegetales y frutas variadas, pues en su cesto sólo portaba pan y fiambres. A cambio le pedía un favor: debía hacerse pasar por ella para así gastarle una inocente broma a su abuela. El lobo, feliz de tener por fin una amiga y relamiéndose ante la idea del festín, aceptó entusiasmado. Se puso la caperuza, cogió la cesta con una de las patas delanteras y continuó el camino siguiendo las indicaciones de la niña. Ella, pese a que ya era casi noche cerrada, no se preocupó, pues, gracias a la anciana, conocía aquella zona del como la palma de su mano, y, tras observar como el lobo desaparecía tras unos arbustos, tomó un atajo. Al poco llegó a una casita blanca con chimenea y allí, entre crueles carcajadas, Caperucita y su abuela celebraron la ocurrencia de la niña y se aprestaron a seguir la bufonada. Cuando el ingenuo animal llegó disfrazado con la caperuza y portando la cestita, halló la puerta abierta y, entrando al dormitorio, a la anciana en la cama:

-¿Eres tú, Caperucita? –dijo  la abuela, con un fingido susurro.

-Sí, abuelita –respondió  el lobo, con una no menos falsa vocecita.

-¿Seguro? Te veo… distinta… Esas orejas, qué orejas más grandes tienes.

-Son para oírte mejor cuando me cuentas cuentos, abuelita.

-Y esa nariz, qué nariz más grande tienes.

-Son para poder oler mejor esas ricas tartas que me haces, abuelita.

-Y…¿y esa boca? ¡qué boca más grande tienes!

Entonces, mirando fijamente los dientes del animal, que, a fuerza de masticar plantas y frutos, se habían transformado en unos diminutos dentículos de roedor entre los que habían desaparecido agudos colmillos y poderosas muelas, aquella vieja arpía no se pudo aguantar más la risa y soltó un escandaloso y desagradable graznido a modo de risotada.

El rostro del lobo bueno se contrajo en un gesto de sorpresa y luego de pánico cuando desde debajo del camastro salió reptando como una culebra Caperucita con un gran cuchillo en una de sus manitas. Entonces el pobre animal huyó de la casa como alma que lleva el diablo y desde la ventana le vieron resbalar y caer, tropezar con los árboles, golpearse con las ramas más bajas, hasta que la figura salió del halo del resplandor de la casa. Mientras la vieja continuaba riéndose sin parar, Caperucita aprovechó la ocasión para encaramarse sobre las puntas de sus zapatitos de charol negro y, con la potencia de ambos bracitos, hundió el enorme cuchillo en el lado izquierdo del pecho de su abuela. La endeble caja toráxica cedió fácilmente y el arma afilada penetró entre las costillas como si fuera manteca. El cuerpo cayó al suelo de madera y, apoyando su peso sobre el mango de nácar, la niña giró un cuarto de vuelta la sangrante hoja plateada. El frío y negro corazón quedó partido en dos. Caperucita admiró su obra con satisfacción, alabando su propio ingenio: había aprendido de la vieja todo lo que ésta sabía y era hora de independizarse y continuar su vida sin la cortapisa de los adultos. Después, pese a estar aún casi sin aliento por el esfuerzo, siguió con la maquinación que había concebido y, diligentemente, mientras silbaba una canción escolar, procedió a desgarrar músculos, cortar tendones, amputar dedos y vaciar vísceras, como si aquello fuese el resultado de una bestia salvaje. Al rato se presentó en la vivienda de los vecinos más próximos y ante una horrorizada mujer en camisón blanco se apareció cubierta de sangre y tartamudeando. Dicen que todavía habitan en la región los descendientes de los cazadores que primero comprobaron que se había visto correr al lobo saliendo de los terrenos de la difunta y luego le persiguieron sin descanso iluminando la noche con los haces de las antorchas hasta acorralarlo y matarlo sin piedad.

La niña se quedó a vivir en la casita blanca y con chimenea y cuentan los más viejos del lugar que en las noches de luna llena todavía puede verse a una pequeña sombra cubierta de una vieja piel de lobo que vaga por los parajes de la comarca. Cuentan que, con infantiles y níveas manos, recolecta hierbas y raíces ponzoñosas con los que elabora mortíferos venenos de los que los padres y los siete hermanos de Caperucita fueron sólo las primeras y desgraciadas víctimas. También cuentan que de sus malas artes salió una manzana que hizo sumergirse a una princesa durante cien años en un sueño de muerte del que sólo la rescató el beso de un príncipe extranjero…pero, bueno, eso ya es otro cuento…

 

Y colorado colorín, esta terrible historia llegó a su fin.

 

Antonio Vega

 

15 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

El sombrerito

 

En una remota y humilde aldea castigada por la plaga, vivía Charito, una joven huérfana cuya más preciada posesión era el sombrero de su padre, que no se quitaba por grande que le quedara ni por mucho que se rieran de ella.

Charito, la del Sombrerito, como burlonamente la llamaban sus vecinos, no tenía amigos pues todos interpretaban su triste mirada como señal de locura y prohibían a sus hijos acercarse a ella.

Charito, la del Sombrerito, pasaba el día sola en el bosque, contemplando a los pájaros, jugando con los escarabajos, corriendo tras las lagartijas o buscando alguna fruta madura para comer.

Un día, Charito, la del Sombrerito, se sentó a la orilla del río a contemplar su reflejo en el agua y jugar con él. Se acercó tanto que el sombrero se le cayó y empezó a alejarse. Desesperada, trató de recuperarlo, pero no le llegaba el brazo por mucho que se estirara. Se tumbó en el suelo a ver si lo conseguía y el sombrero aún estaba lejos. Como no sabía nadar, fue en busca de una rama con la que ayudarse. Tras un par de intentos, al final enganchó el sombrero y lo pudo acercar hasta donde alcanzaba su mano. Cuando iba a cogerlo, vio sorprendida que estaba lleno de peces, tan lleno que apenas podía sacarlo del agua. Sin dudarlo, Charito, la del Sombrerito, volvió presurosa a la aldea y empezó a repartir su tesoro entre sus hambrientos vecinos, quienes la recibieron con gran asombro, pues ese río jamás había tenido peces, y con tanto agradecimiento por la generosidad de Charito, la del Sombrerito, que, de inmediato, le quitaron su horrible mote y empezaron a llamarla Charito, la del Milagrito.

Mónica Graña.

 

14 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

El vestido

La muchacha había pedido, rogado y suplicado por ir al baile. Sería el mejor baile de los que alguna vez se hubiese tenido noticia. Y, por fin, había conseguido que sus padres accedieran. Es más, le habían regalado un maravilloso vestido de seda blanca con unas zapatillas a juego. El vestido estaba bordado en hilos de plata y recamado en perlas y pequeños cristales blancos.

Desde la víspera del baile la muchacha se había deleitado en la contemplación del vestido. Rozaba suavemente con las yemas de sus dedos los bordados y las perlas incrustadas en ellos. Se imaginaba cómo se reflejarían las luces en los cristales cosidos en la tela. Tomaba la percha con el vestido y lo ponía encima de la ropa que llevaba. Entonces bailaba y hacía reverencias delante del espejo. Giraba sobre sí misma, admirando el revuelo de la falda.

Faltaban ya pocas horas para el baile.

-Creo que tendrías que guardar el vestido  y esperar a la noche para ponértelo –le aconsejaba su madre-. Si se manchase, no podrías ir al baile.

-¡Es tan hermoso, madre! Fíjate cómo brillan las perlas del escote. Estoy convencida de  que  seré la más bella, ¿no crees?

En uno de sus giros con el vestido tropezó y cayó. Cuando se levantó, vio cómo una enorme mancha  negra se extendía  sobre la falda. Desesperada, intentó limpiarla con un paño húmedo pero sólo consiguió hacerla más grande cada vez. Lloraba amargamente al ver su  maravilloso vestido estropeado. Esa noche no podrá ponérselo ni, por supuesto, ir al baile; ese baile que tanto había soñado.

 

                           Rosana Echeverría Brescia

 

14 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El libro del futuro

 

Hace muchos años, vivió en una pequeña y lejana aldea un anciano que aseguraba poseer un libro mágico en el que, como si de un diario se tratara, estaba escrito el futuro de todo aquel que lo leyera. Sin embargo, lejos de serle de alguna utilidad en sus negocios, el libro era una verdadera carga, ya que sobre él pesaba una maldición que castigaba a quien intentara utilizarlo en su provecho.

Así, el viejo y sus tres nietos, de quienes se había hecho cargo al fallecer sus padres en un trágico accidente, malvivían gracias a lo poco que obtenían por las cosechas de unas tierras de cultivo que, junto con el libro, constituían el escaso patrimonio de la familia.

La mayor parte de los habitantes del pueblo nunca creyó que la historia del libro fuese cierta y, simplemente, pensaba que el anciano estaba un poco loco. Se preguntaban cómo era posible que un libro tan viejo y estropeado –apenas medio centenar de hojas amarillentas, precariamente cosidas a una cubierta de piel cuarteada– pudiera contener el futuro de todo aquel que lo leyera. Ni siquiera sus propios nietos, a quienes nunca había permitido leer el libro, dado lo peligroso que podía llegar a ser, le creían. Para ellos era otra de las excentricidades del abuelo.

Pero no todo el mundo en el pueblo pensaba lo mismo. El alcalde, un verdadero cacique que se enriquecía a costa de la pobreza de sus vecinos, estaba convencido de que el libro tenía poderes mágicos y que gracias a él podría anticiparse a los hechos futuros para aumentar aún más su enorme fortuna. Muchas veces había intentado comprarlo, pero el anciano jamás accedió a sus deseos.

El alcalde sabía que los nietos del anciano deseaban con todas sus fuerzas marcharse de aquella aldea y vivir como señores en la gran ciudad y que nunca conseguirían ahorrar el dinero suficiente para poder llevar a cabo su sueño. Por ello, una noche en que los encontró emborrachándose en la taberna, mientras se quejaban de su mala suerte, decidió proponerles que robaran el libro, a cambio de noventa y nueve monedas de oro, cantidad más que suficiente para vivir una larga temporada sin preocuparse por trabajar.

-¡No podemos hacerle eso al abuelo!– exclamaron casi al unísono, cuando el alcalde acabó de formular su propuesta–. Además, el libro castigará a todo aquel que intente usarlo en su provecho –respondieron, más por costumbre que porque realmente creyeran en la maldición.

Un par de frases del alcalde restando valor a la maldición, unidas al efecto de otra jarra de vino y, sobre todo, al brillo de las monedas al caer sobre la mesa, acabaron de vencer los escasos prejuicios de los tres jóvenes. Dos días después, aprovechando que, como todos los domingos, el abuelo había ido a visitar la tumba de su esposa, rompieron el candado del baúl donde guardaba el libro y corrieron a casa del alcalde a cobrar sus noventa y nueve monedas de oro.

Tan pronto como los nietos del viejo se hubieron marchado, el alcalde se encerró en su despacho y se dispuso a leer cuánta riqueza y prosperidad le depararía el futuro. En su ansiedad, apenas prestó atención a la advertencia que figuraba en la primera página: “Quien pretenda utilizar lo que aquí lea en su propio beneficio recibirá un castigo similar al provecho que desee alcanzar”. Rápidamente buscó la fecha que hacía referencia al día en que se encontraban y lo que leyó lo dejó horrorizado. El libro contaba que un hombre importante, desalmado y avaro, caía fulminado mientras leía con ansiedad un viejo libro en su despacho.

Al regresar del cementerio, el anciano se desvió de su ruta habitual para ir a la casa del alcalde y recuperar su libro. Lo encontró sobre la mesa del despacho, justo donde debía estar. A su lado, en el suelo, donde su ama de llaves lo encontró a la mañana siguiente, yacía el cuerpo inerte del alcalde.

Entretanto, los nietos del anciano acababan de salir del pueblo. Comenzaba a caer la noche, pero si se daban prisa podrían desayunar en el mejor hotel de la ciudad. Apenas llevaban media hora andando cuando se encontraron con cinco bandidos encapuchados que habían sido contratados por el alcalde para propinarles una paliza y recuperar las noventa y nueve monedas de oro que les había pagado.

Al día siguiente, después de regresar a casa, cabizbajos y escarmentados, acordaron dedicarse a cultivar sus tierras y no intentar volver a obtener un beneficio del libro del abuelo. De esa forma, en unos años llegaron a convertirse en los granjeros más prósperos de la región.

Aunque le prometieron custodiar de forma cuidadosa el libro, nunca le preguntaron a su abuelo por qué nunca los regañó por haberlo robado, ni cómo pudo recuperarlo. Quizá no lo hicieron porque intuían que conocía el final de la historia antes de que ellos hubieran empezado a protagonizarla.

Ruymán J. Jiménez.

 

14 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario