Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La puerta

Aquella mansión, resquebrajada y sucia, había sido un trofeo de guerra del Príncipe, tras una dura y larga conquista.

Cada mañana había visto aquella puerta cerrada. La había visto por primera vez en una de sus visitas al ala menos frecuentada de la mansión. Pequeña y algo escondida entre un aparador y las escaleras que subían a la buhardilla, parecía dar paso a una estancia en desuso, ya que tenía el quicio lleno de telas de araña. Era oscura, no sabía de qué tipo, pero sin duda era madera. Nunca había oído ruido al otro lado; salvo, quizás, un leve ronroneo; aunque no estaba seguro de si provenía del interior o de cualquier otro lugar de aquella vieja mansión.

Había buscado la llave entre los varios manojos que le habían dado cuando se instaló allí, pero ninguna abría aquella puerta. Durante un tiempo persistió en su tarea; incluso llegó a mirar a través de la cerradura, sin llegar a ver nada en ninguna de las ocasiones en las que se arrodilló ante ella.

Nuestro Príncipe mandó llamar a varios cerrajeros, pero ninguno consiguió su propósito: “Esta cerradura es única, Alteza”, se disculpaban al no poder abrir la puerta.

Una tarde alguien se presentó en la mansión, solicitando ver al Príncipe en persona. Su más fiel criado le comunicó la presencia del encapuchado, pero el heredero se opuso. “No lo conozco. Que se marche”, refunfuñaba.

Cada tarde, durante dos semanas, el misterioso extraño se presentaba ante la mansión.

Cada tarde el Príncipe lo rechazaba. “No lo conozco. Que se marche”, repetía.

Durante esa quincena los ronroneos tras la puerta condenada se hicieron más frecuentes y cada vez más fuertes, convirtiéndose finalmente en estruendos que sorprendían al Príncipe a cualquier hora de la noche o el día.

La tarde de la decimosexta noche el encapuchado sólo dejó una llave y una carta en la que se leía: “Descubra, Alteza, aquello de lo que he querido prevenirle”.

En cuanto la tuvo en sus manos supo qué puerta abría aquella llave. En cuanto la tuvo en sus manos supo que necesitaba hablar con aquel extraño visitante. Corrió hacia la puerta principal, pero ya se había marchado. La llama del candil luchaba contra la oscuridad de la noche, pero fue incapaz de ver más allá de los primeros escalones.

Subió escaleras arriba, hasta la misteriosa puerta. Dentro, una campanita y por debajo se vislumbraba algo de luz. La madera se hinchaba como si respirara; el Príncipe puso su mano sobre ella y pudo sentir incluso el latido de un corazón. Nada de esto disminuyó sus ansias de conocer qué se ocultaba en el interior de aquella estancia.

Cuando introdujo la llave en la cerradura, una explosión de luz le cegó, y dio dos pasos vacilantes hacia atrás; sin embargo, una mano huesuda y fría aferró la suya. La puerta se cerró tras de sí.

Nadie volvió a saber del Príncipe. Tampoco de aquel señor que tantas veces había solicitado audiencia.

Cande Pons

 

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12 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. Me has transportado a las estancias de la mansión. El recurso de la llave, genial. Y que decir del final, espelúznate. Chapó.

    Comentario por César Socorro | 13 marzo 2009 | Responder

  2. Lo leí con gusto.

    Comentario por Patricia Rojas | 2 abril 2009 | Responder


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