Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Los juicios de Colacho

Colacho es tonto. Todos saben que de chico le dio un aire y se quedó así para siempre, tonto perdido, tonto del pueblo, diciendo siempre en voz alta su desordenado pensamiento. Por el contrario, don Pedro, el cura párroco de la localidad, era todo lo contrario: listo del pueblo, un hombre imprescindible, sabio y bueno. Tan recto siempre, que vestía la sotana por los pies.

Cierta noche, quiso el Diablo que Colacho hiciera un recado, tomando como pago un libro. Mentecatez más grande que su pobre tontura, pagarle con un libro, pues Colacho, el pobre, no sabía leer. Desde entonces se pasaba los días y las noches hojeándolo en silencio.

Poco tiempo después, llegaron a la plaza unos hombres en busca de don Pedro. Traían preso a un hombre que había prometido matrimonio a una joven que los acompañaba, y ahora se retractaba después de un largo noviazgo. No hallándose don Pedro, que había ido a un pueblo lejano a auxiliar a sus vecinos en también asuntos importantes, no supieron qué hacer. Colacho, sin levantar los ojos del libro, habló:

-¿Te ha tocado este hombre, mujer?

Todos palidecieron cuando oyeron a Colacho pronunciar aquellas palabras con tanta imposición. Ella no pudo menos que responder:

-No, ni un pelo.

-No te ha faltado –respondió Colacho-; si nuestra naturaleza no permite que nos comprometamos bajo ese sacramento, para qué vamos a casarnos. Perdónalo, que bastante tiene ya, y ustedes déjenlo ir.

Colacho siguió leyendo, en silencio. A alguien pareció que era bueno y lo dejaron marchar.

El rumor corrió rápido, y algunos -entre ellos don Pedro- tenían que ver con sus ojos lo que no podían entender con sus oídos. No tuvieron que esperar mucho. Llevaron ante don Pedro a un joven pagano. Un cuerpo, un pedazo de carne -decían- que no tiene alma por no estar bautizado, sálvelo, Padre. Don Pedro ya estaba sobre la pila bautismal, cuando Colacho, sin levantar la vista de aquel libro, volvió a hablar:

-Los que quieren imponer la circuncisión sólo se preocupan de sobresalir. No hagan distinción entre el pueblo de la circuncisión y el mundo pagano, porque después de Cristo empezó la nueva creación.

Don Pedro sólo pudo responder con el sonido del platillo contra el suelo. Aun así, con las palmas de sus manos, bautizó al infeliz. Alguno vio que esto era malo y se marchó antes del bautismo. Desde entonces, el cura párroco se había percatado del libro de Colacho, y lo que no entendió por los ojos, empezó a comprenderlo por la gracia no de Dios, sino del Diablo. No fue difícil quitarle aquel libro. El mismo Colacho se lo entregó cuando se lo pidió. Mientras lo hojeaba, que no era más que una Biblia, trajeron al cura una misiva. Un vecino del lugar había quebrantado las leyes del fuero y pedían su entrega para ejecutarlo, bajo pena de perecer todo el pueblo.

Los habitantes del poblado eran gente humilde y trabajadora, en su mayoría niños, mujeres y ancianos, algunos muy enfermos. Don Pedro leyó el libro y miró con tremenda compasión a sus menesterosos. Antes de hablar, supo que debía dejar que prendieran a aquel hombre.

Bruno Pérez

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12 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. Creo que, aun dando al cuento un tratamiento tradicional, logras que la historia sea cercana. Todos, en todos los pueblos en que podamos pensar, conocemos a un don Pedro y a un Colacho, y a sus respectivos seguidores, y sucesivas reactualizaciones. Genial también la asociación del libro con “lo demoniaco”, y el cuestionamiento de la supuesta “alta cultura”.
    Y lo mejor, todo, con “sencillez”.
    PD: pensé que me tropezaría con aulagas, camellos, un sol infinito…

    Comentario por elruiseñordelasdesdichas | 13 marzo 2009 | Responder

  2. Poco a poco esta historia engancha. Las citas de la Biblia en los diálogos de Colacho, han sido un buen recurso. Te felicito.

    Comentario por César Socorro | 13 marzo 2009 | Responder


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