Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Playa Mbini

 

Nnanga trabajaba, junto al resto de muchachas de su edad, la yuca y la malanga. Al terminar la jornada, ella no regresaba al poblado con las demás. Se escabullía entre las risas saltarinas, dirigiendo sus pies, siempre, hasta Playa Mbini. Ekomo, desde la última seca, en que murió su padre, salía a pescar bien temprano con sus hermanos mayores. Y aun cansado, tras recoger los aparejos, allí se quedaba, esperando, en la orilla de Playa Mbini. Así, cada tarde, el sol, que ya bajaba a recostarse sobre las aguas, como contaban los ancianos, era testigo de ese encuentro.     

Pero un día Nnanga descubrió a un Ekomo lleno de sombras. No dijo nada cuando la vio. Sólo se agachó y extendió a sus pies la vieja red. Y entre los pescados brillantes, aquel mapa, mordido de salitre, casi deshecho, pero para el que ellos aún no tenían nombre. “Deberías llevarlo al abaa -dijo ella-, no vaya a caer una desgracia sobre la tribu”.

Pasó la lluviosa y volvió a florecer la ceiba. Pero las mareas estaban intranquilas. Tanto, que los pescadores de la tribu tuvieron que abandonar su playa. Por eso es que él, que tuvo más faena aquel día, llegó tarde a la cita. Y ella ya no estaba. Y lo que todavía no imaginaba: jamás la volvería a ver. Pero seguiría esperándola, tarde a tarde, en la orilla, aunque ni las gaviotas, ni los cocoteros, ni las caracolas pudieron decirle nada.

Sólo el sol abrió una vez sus labios, al tiempo que señalaba hacia la inquietante silueta blanca de un cayuco monstruoso, a lo lejos… Pareció entonces despertar. Corrió por la arena, atravesó agitado la selva, no paró hasta que estuvo delante del abaa, en el mismo corazón del poblado. Y contó lo que había visto. Pero nadie hizo caso al pescador loco.

Y así, mientras los hombres discutían en la casa de la palabra, noche y noche, sobre aquel pedazo de tela pintada, tan extraña que ni los más viejos pudieron explicar su origen, ellos, los extraños hombres blancos, avanzaban. Mientras las mujeres aguardaban en sus chozas de nipa y calabó, velando el sueño de los hijos más tiernos de la tribu, ellos, los que cabalgaban las olas, ya les vigilaban de cerca. Hasta que una mañana el abaa se hizo casa de fuego y los ancianos se sentaron con los antepasados, frente a frente. Y Ekomo, el único que esperaba aún a la niña Nnanga, supo al fin el nombre de aquel objeto que su red salvó de las aguas. Desde entonces, dicen que Playa Mbini empezó a dibujarse en los mapas. Y que aquel poblado desapareció para siempre.

Nayra Pérez Hernández

 

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12 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General

6 comentarios »

  1. Hermoso y comprometido con la historia desde las explicaciones mágicas de ese otro que tenemos al lado y que nosotros podemos entender. Me gusta su ritmo y la naturalidad en el uso de unos términos que se hacen comprensiles sin saber exctamente qué pueden significar.

    Comentario por B. | 12 marzo 2009 | Responder

  2. Un buen acierto haber escapado del eurocentrismo a la hora de hallar la idea. También me ha gustado el sencillo pero poético uso del lenguaje del cuento tradicional y el empleo de la elipsis para relatar la historia sugiriendo sólo lo que que ha pasado.

    Comentario por Antonio Vega | 13 marzo 2009 | Responder

  3. Exótico cuento, consigue transmitir un sentido claro en muy poca extensión. El final transmite una denuncia moral con calidad estética. La metáfora, entre la realidad del territorio y la representación del mapa, que empleas es hermosa. Cómo desaparece lo real arrastrando vidas para aparecer en el mundo simbólico de la representación y el poder… está bien pensado.

    Comentario por jabel ramírez | 16 marzo 2009 | Responder

  4. Hermoso, con ese lenguaje poético, sugerente…Has conseguido atrapar el instante, como en una foto…

    Comentario por Maite | 16 marzo 2009 | Responder

  5. Enhorabuena, Nayra. No había podido leer tu cuento con detenimiento hasta ahora, y me ha encantado. No estoy seguro de que siga todas las pautas del cuento tradicional que nos dio el profe (repetición, por ej.), pero soy de los que creo que las reglas están para saltárselas, sobre todo cuando el resultado final de dicha transgresión merece la pena, y este relato sin duda la merece. Precioso, pleno de sensibilidad y poesía, y con un uso del lenguaje que retrotrae a otras épocas, a otros mundos… Muy bueno, de verdad.

    Comentario por Kepa Hernando | 24 marzo 2009 | Responder

  6. Gracias… aún mucho que aprender, así que nos vemos en el taller

    Comentario por Nayra | 24 marzo 2009 | Responder


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