Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El quinto mandamiento

 

En la región del norte era conocido por su extraordinario talento un viejo pintor, al que un día acudió como aprendiz un joven que, aunque con sueños de grandeza, carecía de talento para la pintura. El afamado pintor debió ver en el joven aprendiz al hijo que nunca tuvo. Por ello hizo todo lo que estuvo a su alcance para instruirle en todos los entresijos de este oficio. Sus esfuerzos sin embargo parecían inútiles; era como tratar de golpear al viento, pero, aun así, todos los días le reiteraba los mandamientos del gremio de los pintores, haciendo especial hincapié en el quinto y más importante.

-“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido” –le decía-. Debes  comprenderlo: es de trascendental importancia que el artista sea enterrado con su pincel.

El joven aprendiz asentía con la cabeza, aunque no tomaba en serio estos preceptos de los pintores.

“¡Bobadas! ¡Tontas tradiciones de viejos!, pensaba para sí. Por algún motivo, no quiere que lo coja; seguro que con ese pincel podría llegar a ser un gran pintor”.

El anciano un día enfermó gravemente y dejó a cargo de su estudio al joven aprendiz, no sin antes advertirle:

-Recuerda: no realices ningún trabajo con mi pincel. He dejado tus herramientas en la mesa del estudio. Mientras yo me repongo, tú estarás a cargo de todo.

Durante los días siguientes, el joven aprendiz trató de realizar algunos de los encargos, pero con terribles resultados: nada de lo aprendido parecía haber dado fruto; su talento era del todo escaso. Frustrado se acercó a los utensilios de su maestro y, haciendo caso omiso de sus advertencias, tomó el pincel y se puso manos a la obra. El aprendiz no salía de su asombro, se decía:

-¡Por este motivo no quería que usase su pincel! Con él puedo pintar los cuadros más bellos que nadie haya contemplado jamás.

En el transcurso de las semanas que siguieron, la salud del anciano se deterioraba, al tiempo que el joven aprendiz iba ganado fama debido a sus impresionantes trabajos. Nunca antes habían tenido tantos encargos.

-Amasaré una fortuna –se decía.

Cierto día fue llamado con urgencia por el anciano pintor, que se encontraba ya en sus últimos momentos. El maestro hizo que se reclinara ante él y le dijo:

-A partir de ahora, todo lo que poseo será tuyo, pero recuerda siempre  lo que te he enseñado. Sobre todo, júrame que cuando fallezca me enterrarás junto a la tumba de mis ancestros y que pondrás mi pincel en el ataúd.

-Haré tal como me pedís –le mintió.

Antes de expirar, pudo pronunciar por última vez la advertencia:

-“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido…”

El aprendiz  hizo caso omiso de las advertencias y del último deseo de su maestro, apoderándose del pincel. Las semanas siguientes trabajo de sol a sol, tratando de aprovechar el abundante trabajo. Cierto día, uno de sus clientes más importantes le trajo un obsequio. Se trataba de un gran espejo proveniente de París, adornado con un marco tallado en madera noble e incrustaciones de piedras preciosas.

-Un espejo digno de la realeza- pensó para .

Con esmero dibujo en un lienzo el singular espejo, tras lo cual pintó su imagen reflejada en él. Tituló a su obra El hombre del espejo. Se sintió realmente  orgulloso de ella.

Al principio todo comenzó como un rumor, luego adquirió el tono de una catástrofe.  Cuando desaparecieron algunas vacas y algunos rebaños, lo achacaron a alguna banda de ladrones. Cuando desaparecieron algunos habitantes, esto causó una gran preocupación entre la gente. Pero cuando desaparecieron algunas edificaciones, incluido el viejo castillo, se desató la histeria colectiva.

Cuando el joven aprendiz, ahora un afamado artista escuchó la noticia, no le prestó mucha atención. Pensó que no eran más que chismes de viejas que no tenían otra cosa que hacer. Pero al regresar a su trabajo, por alguna extraña razón recordó las palabras de su viejo maestro (“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido”), a la vez, que un gélido escalofrío recorría su cuerpo. Al contemplar los cuadros que allí se hallaban, pudo observar que todos esos lugares y personas habían sido pintados por él.

El horror lo convirtió en su presa al comprobar que todas esas desapariciones habían acontecido en el transcurso de un mes después de pintarlas, y que esa misma noche, su obra magna El hombre del espejo, cumplía un mes de concluida. ¿Qué podía hacer? Le había fallado a su maestro y  pagaría por ello. Reclinado en una silla, se dedicó a observar el cuadro, al mismo tiempo que a las manecillas del reloj, no le restaba más que esperar lo inevitable. Dieron las doce, la una, las dos. Pero él permanecía allí, inmóvil. Por alguna razón inexplicable, seguía existiendo, no había desaparecido. Aun así permaneció durante toda la noche sentado, temiendo que si se levantaba, terminaría esfumándose.  Al amanecer, cobró valor y se acercó, no sin temor, a la entrada. Al pasar junto al espejo algo le hizo estremecerse: retrocedió unos pasos y fijó la mirada en el espejo. Pudo contemplar aterrado cuál era el precio por su atrevimiento: su reflejo había desaparecido para siempre.

 

César Socorro

11 de marzo de 2009

 

 

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13 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

1 comentario »

  1. ¡Qué intriga! Sobre todo con la inclusión del espejo como segundo elemento, llegó un momento en que me hiciste dudar sobre cuál iba a ser realmente el elemento mágico. La desaparición de la imagen es fantástica. Felicidades.

    Comentario por B. | 13 marzo 2009 | Responder


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