Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La Magdalena y el monaguillo

 

Nuestro pueblo siempre fue famoso por su Semana Santa. A la Magdalena que salía en procesión cada Miércoles Santo se le atribuía la capacidad de realizar milagros. Ella, por tanto, era el principal reclamo  de los cientos de devotos que acudían a acompañar los pasos por las calles de la villa.

Muchas personas aseguraban haber visto llorar a la Magdalena. Yo, hasta entonces, nunca había sido testigo de ello, aunque sí he de reconocer que siempre me había sentido atraído por aquella imagen. Tenía un poder hipnótico. Había algo en su mirada que te cautivaba. No sé como explicarlo, pero a uno lo embargaba una sensación tranquilizadora, de paz absoluta, cuando cruzaba su mirada con aquellos ojos vidriosos y chispeantes.

Esa escultura ya es sólo un recuerdo, como la Semana Santa en sí. Ya nadie viene a nuestro pueblo por Pascua, no se celebran procesiones, los santos permanecen en el interior de la iglesia y hasta los más devotos se resisten a permanecer mucho tiempo ante la presencia de las imágenes.

La voz del pueblo alude a un enfrentamiento entre la Magdalena y el mismísimo Demonio a la hora de explicar los acontecimientos de aquel Miércoles Santo que ya nadie quiere recordar.

Son muchos los que están convencidos de que Lucifer hizo acto de presencia en la procesión adoptando la figura de un niño de cara angelical, de tan solo ocho años, que no era otro que el hijo del alcalde. Cuatro años antes había sido adoptado por el primer edil y su esposa al quedar huérfano. Sus padres biológicos habían fallecido en un misterioso accidente de tráfico.

Aquel niño había crecido en el pueblo. Se le conocían pocos amigos, no le gustaba jugar. Dicen que pasaba horas y horas en la iglesia mirando los santos. Su madre, la alcaldesa, le auguraba una carrera eclesiástica. Decía que algún día se convertiría en obispo o, aún más, en cardenal. Pero no, su futuro ya estaba escrito.

Aquella Semana Santa el pequeño debutaba como monaguillo. El cura, seducido por la belleza de su rostro y su actitud serena, había decidido que era el candidato ideal para acompañar el paso de la solicitada Magdalena.

Así fue: cuando el trono de plata que la portaba atravesó el umbral de la iglesia, todas las miradas recayeron directamente sobre la carita, diríase que celestial, del pequeño monaguillo. Ataviado con aquellos finos ropajes de seda y encajes, el chiquillo de tez sonrosada y cabellos rubios, parecía un ángel.

Durante varios minutos un murmullo corrió por la plaza. La muchedumbre alababa la belleza de aquel niño sin reparar en la Magdalena, que estrenaba un elegante manto confeccionado con seda y tisú y bordados de oro.

El niño sonreía y saludaba con una ligera inclinación de cabeza a todos los feligreses que se agolpaban junto al trono de la Magdalena a la que seguían ignorando.

De pronto, sin que nadie advirtiera de dónde procedía, un río de sangre corrió a los pies del monaguillo. Las primeras en ahogarse fueron las camareras de la santa, las mismas que se habían encargado horas antes de vestir y adornar a la Magdalena con esmero, pero que ahora, en la procesión, exaltaban la belleza y finura de aquel niño que consideraban un ángel caído del cielo.

Luego, fueron el cura y el sacristán los que se vieron inmersos en un gran charco de sangre.

El alcalde fue el primero en reparar en el origen de aquel manantial fatal. No daba crédito, pero la sangre caía a borbotones por las mejillas de la Magdalena. ¿Eran acaso lágrimas de enojo?

El alcalde, al ver que la sangre fluía hacia su hijo, no dudó un instante y comenzó a golpear la escultura de la Magdalena hasta hacerla añicos.

Entonces, la muchedumbre se disolvió. La sangre desapareció, pero entre los trozos de la escultura rota permanecían los cuerpos de las víctimas mortales y, entre ellos, la imagen impasible del monaguillo, aun más sonrosado, más rubio, más hermoso… Un ángel deseado, un ángel triunfal.

Sergio Sánchez Rivero.

 

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22 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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