Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El Código

El astuto rey Hammurabi, que llegó a engrandecer su reino hasta límites insospechados, estaba convencido de que asustar adecuadamente a los vecinos resulta una práctica política de gran utilidad. Por ese motivo decidió convocar una gran reunión de sabios de su reino, pues quería pedirles ideas que le ayudaran a conseguir sus propósitos.

La reunión tuvo lugar en uno de los salones del gran palacio de Babilonia.

Los sacerdotes, conocedores de la importancia de la convocatoria, pues podría permitirles adquirir notoriedad y ascender dentro de la jerarquía del templo, se prepararon a conciencia. Prueba de ello resultaron todas las intervenciones que, a instancias del rey, se produjeron aquel día memorable:

—Yo creo —dijo uno de aquellos sacerdotes— que asombraríamos al resto de las ciudades, si fuéramos capaces de ocultar la luz del Sol.

—Sería una gran hazaña —afirmó un agrónomo— si consiguiéramos producir una nueva cosecha en el otoño.

—Lograremos la inmortalidad —indicó un astrónomo— si fuéramos capaces de emular a las estrellas. Elaboraríamos la carta astral del firmamento.

 Con toda esta sarta de necedades, la jornada se prolongó hasta altas horas de la noche.

Convencido Hammurabi de la inutilidad de la consulta, se retiró a sus aposentos.

Cuando despuntaba el alba, mandó llamar a uno de sus escuderos.

—Ensilla mi caballo y prepárate para una larga travesía —ordena el rey.

La mañana era limpia y clara y ello fue interpretado como una señal propicia enviada por los Dioses.

Cuando el Sol ya se hallaba en su cénit, divisaron a lo lejos una aldea que parecía próspera. De todas las cabañas surgía un haz de humo y las tierras estaban bien cultivadas. Cerca de ella, deambulaba un río cansino.

Hammurabi decidió descansar y permitir que los caballos abrevaran.

Al acercarse al río observó la figura de un anciano que pescaba tranquilamente en sus orillas.

—¿Quién eres, cómo te llamas, de dónde vienes? —pregunta el rey.

—Me llamo Mesalim y vengo de la ciudad de Uruk —responde el viejo—. Me gusta sentarme a la orilla del río. El chocar del agua contra los guijarros me ayuda a meditar.

—Ya que te gusta pensar, tal vez podrías ayudarme, venerable anciano. ¿Se te ocurre alguna forma en que podamos impresionar favorablemente a los hombres de las ciudades?

El anciano se quedó pensativo durante un buen rato mientras se mesaba la barba. Mientras tanto, Hammurabi, se adormeció arrullado por la cantinela del río.

Al despertar, el viejo se dirigió al rey y le dijo:

—Como verás, yo ya soy un viejo y sólo me resta esperar la muerte. Por ese motivo, me he puesto a recordar acerca de qué cosas me habrían hecho más feliz y placentera mi vida. En mi infancia, escuché a mi madre llorar porque sus hermanos le robaron su herencia. En mi juventud, oí a mi padre quejarse de los impuestos abusivos que le cobraba el templo. En mi madurez, un hombre mató a uno de mis cerdos. Y, ahora que soy viejo, me siento solo y abandonado. ¿No crees que sería bueno que existieran unas leyes que nos permitieran saber a qué atenernos?

—¿Y qué crees que deberían contener esas leyes?

Entonces el viejo comenzó a hablar y a hablar, y así siguió hasta que  anocheció,  y al fin todos se durmieron.

A la mañana siguiente, el rey Hammurabi dio las gracias al viejo, se despidió mientras indicaba a su lacayo que ensillara de nuevo los caballos porque volvían a Babilonia.

Una vez hubo llegado mandó llamar  a sus mejores escribas y les dijo:

—Acabo de llegar de un gran viaje. De un viaje que ha sido y será muy importante. Un relámpago de luz derribó mi caballo. No bien había caído en tierra, cuando un rayo de plata me atravesó el corazón. Entonces escuché la voz del gran Dios Shamash y esto fue lo que me dijo…

Entonces Hammurabi comenzó a dictar su Código sin mencionar en ningún momento al viejo.

Cuando hubo terminado, mandó labrar una gran piedra de diorita indicando que debía quedar claro que era a él, a Hammurabi, a quien le había dictado el Dios Shamash el Código.

Después llamó de nuevo a su escudero y le dijo:

—Escoge a un hombre de confianza. Dirígete de nuevo al río y corta la lengua al viejo.

Cuando el viejo vio las nubes de polvo en la lejanía, supo que su fin  se aproximaba.

Se despidió de los juncos del río diciendo:

—Me gustaría haber sido como vosotros y haber sido capaz de cimbrearme según soplaran los vientos.

Después se dirigió a las piedras y dijo:

—Os agradezco vuestra música que tanto y tan bien me ha acompañado.

Finalmente se abrazó al gran árbol que lo cobijaba:

—Tú me has acompañado en silencio y me has dado sombra sin pedir nada a cambio y yo te llevaré en mi corazón.

Después entró en las aguas lentamente dejando que éstas lo cubrieran.

La corriente lo tomó en sus brazos, lo sumergió y lo arrastró hacia la desembocadura del río.

Al llegar el escudero y su ayudante sólo quedaba del viejo sus sandalias, su vestido y su caña de pescar.

Puri Santana

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23 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. Me ha gustado, Puri. Está narrado con agilidad y evitas la previsibilidad. Muy acertado el final: un happy end hubiera quedado de puta (con perdón) pena.

    Comentario por Antonio Vega | 5 abril 2009 | Responder

  2. De acuerdo con Antonio…PRECIOSOOOOO

    Comentario por Mararía | 20 abril 2009 | Responder


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