Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Por esos ojos negros

Ya estaba decidido. Hacía días que guardaba el puñal en mi bota. Aunque me esperase la horca apenas la nave tomara tierra. Pero tampoco esto es vivir. Sol, sólo sol, semanas y semanas, y más sol. Esa luz gritando hasta dejarnos ciegos, rasgando nuestras vestiduras, quemándonos. Un día llegué a creer que me volvería loco. Hasta que llegó ella

Maldita sea aquella noche. También malditos la taberna y ese vino. Allí empezó todo. Si no fuera por aquel duelo, ahora mismo sería quizá el más famoso poeta de la corte. Pero aunque él no amaba ni amaría nunca a Inés, era el primogénito del Valido. Y podía tener a cualquier mujer. Hasta a la que un compañero de juegos de la infancia sí amaba.

Entonces, mi vida dio un giro. De la noche a la mañana me convertí en un forajido, inevitablemente huyendo de todos, quizá también de mí. Si no había caminos, yo los abría. No importaba si a caballo o a pie. Aunque no supiera bien hacia dónde. Y por eso, cuando escuché que aquella nao zarparía hacia esas tierras lejanas de las que todos hablaban, no dudé en enrolarme. Aunque ignorase dónde estaban realmente, o qué me esperaba allí.

Mas aquella promesa de libertad, de poder simplemente respirar sin cuidarme de mi propia sombra, se tornó infierno. Sabía que sería duro, aunque si había aprendido letras, y hasta el oficio de la guerra, me dije, por qué no ahora el de la mar. Pero aquella tripulación de sucios y malhablados, de desdentados babosos y borrachos violentos de los más turbios orígenes… Pero aquel sol, como un martillo feroz, día a día golpeando… Y la sal, y su sed, las olas y las tormentas, y el hambre cotidiana…

Salimos del Puerto de Palos el día previsto. A Dios gracias, mi verdadera identidad nunca fue descubierta, pero antes del Nuevo Mundo ya nos esperaban otros lugares. Desde nuestro primer encuentro el capitán me pareció sospechoso, y bien pronto supimos que escondía algunas inconfesas intenciones, quizá algún feo negocio. Tras proveernos de víveres y agua en la Madeira, no tomamos la ruta hacia poniente, sino que la nave pareció volver sobre sus pasos. Se acercaba, para luego tomar distancia otra vez, de las costas de aquel pedazo de tierra al que llamaban el África. Riscos escarpados, islas de las más diversas extensiones, selvas, playas blancas lamidas suavemente por el mar… Hasta que anclamos ante aquella cala pequeña, de arenas negras, confusamente bella. Esperábamos, vigilábamos, aun sin saber a quién. Hasta que un día un grupo de hombres bien armados descendieron y tomaron las barquillas.  Fuego a lo lejos. Y cuando regresaron, tras unos días, ya no lo hicieron solos. Y bajarían una y otra vez, y la bodega de la nao se fue llenando de ellos.

Entonces, los conocí. Había visto a algunos de los que llamaban canarios en Sevilla, servidores en casas de importantes familias. Pero éstos eran más oscuros. Me parecieron casi bestias. Ese pelo ensortijado, duro, esa nariz ancha, y los labios descaradamente carnosos… y lo peor, su escandalosa desnudez. Aunque he de reconocer que me sentí desconcertado al descubrir, si bien sólo tras fijarme muy detenidamente, y desde un cristiano ejercicio de caridad, facciones curiosamente humanas. O tal vez fue cuando vi esos ojos por primera vez.

Y he de jurar por el honor de mi familia que, en ese infierno, esos ojos negros e inesperados, que llegaron cuando más hastiado estaba de todo, se convirtieron en mi pequeña luz. Los imaginaba a todas horas, allí abajo, en las bodegas, viendo en la oscuridad aquella playa que llevaban impresa en la retina. Y desde que nos alejamos de allí y por fin tomamos rumbo al Nuevo Mundo, empecé a soñarlos incluso mirándome… Ay, si se produjera ese regalo, por el Criador, ya no me importaría el hambre, ni la sed, ni el sol…

Pero un día, tras mi guardia nocturna en el palo mayor, cuando me disponía a ir a dormir al camarote, escuché su llanto de niña. Que se fue repitiendo, noche a noche, siempre después de un portazo. Que se me clavó en el centro del alma. Hasta que hace unas noches, escondido entre las velas plegadas en cubierta, tras el estallido de aquel tímido llanto de pajarito asustado, vi al capitán entrando en sus aposentos.

Entonces lo decidí. Ya sabía yo que no es posible esconderse del sol, como tampoco librarse del peso de un crimen.

Nayra Pérez Hernández

 

Anuncios

23 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

8 comentarios »

  1. Buf. Carajo. Qué bueno, Nayra. Chapeau.

    Comentario por Kepa Hernando | 24 marzo 2009 | Responder

  2. Muchas gracias, Kepa, me alegra que guste. Aunque creo que aún hay que seguir trabajando cositas

    Comentario por Nayra | 24 marzo 2009 | Responder

  3. me ha gustado mucho. Nayra, felicidades.
    Aunque, -yo peco de lo mismo- hay muchos puntos suspensivos. ¿No crees?

    Comentario por cande pons | 24 marzo 2009 | Responder

  4. Es cierto, Cande. Gracias

    Comentario por Nayra | 25 marzo 2009 | Responder

  5. Entonces ya somos tres los pecadores. Yo también tendía a abusar de ese recurso, que, por cierto, me sigue pareciendo efectivo en muchas ocasiones, pero últimamente me estoy quitando, y trato de utilizar otros recursos diferentes en su lugar. Aun así, yo no percibí un exceso de él en una primera lectura de tu relato. Me cautivó desde el inicio. Probablemente tenga algo que ver en ello mi querencia por la novela histórica de calidad. De verdad me parece una historia magnífica, con regusto de aventura clásica, y muy hermosamente narrada.

    Comentario por Kepa Hernando | 25 marzo 2009 | Responder

  6. Suscribo los comentarios de Cande y Kepa. Muy bien logrado, Nayra. Es un magnífico relato histórico.

    Comentario por Antonio Vega | 26 marzo 2009 | Responder

  7. Has conseguido con la reescritura lo que ya te dije en el anterior, e incluso complementarlo, nos cuentas de donde vino el barco y por qué desapareció la niña (la chica de ojos negros). Muy bien Nayra, y como dice Kepa: “Chapeau”

    Comentario por Maite | 30 marzo 2009 | Responder

  8. Me gusta, hasta el nombre.

    Comentario por Patricia Rojas | 31 marzo 2009 | Responder


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: