Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

EL TEJEDOR DE CUENTOS

Simón llevaba días caminando con la talega, donde guardaba sus ropas y algunos mendrugos de pan, colgada a la espalda. Atrás habían quedado la aldea y los aldeanos, las burlas y los agasajos, las risas y las lágrimas, los sueños y las pesadillas, las verdades y las mentiras…,  en fin,  historias nuevas para contar, juegos diferentes para entretener, otros poemas para recitar.

El  cansancio se reflejaba en sus ojos y la sonrisa en sus labios. Se sentía dichoso por haber aprendido mucho en el lugar del que venía, y porque aprendería mucho más en el lugar al que se encaminaba. Los lugareños que poblaban los sitios por los que él pasaba se extrañaban al comprobar que las historias que les contaba fueran tan parecidas a las suyas propias. Así sabían que fuera de su círculo vecinal la gente también tenía sinsabores, alegrías, enfermedades y tristezas.

El sol implacable y el polvo del camino desdibujaban la silueta de lo que a lo lejos parecía una ciudad. Se pasó la mano por la frente sudorosa y sacó de la talega una bota de piel de cabra que contenía el agua de la que se había abastecido en la pila del pueblo. A pequeños sorbos, conocedor de la importancia de saber dosificar todo en la vida, bebió un poco de aquel preciado líquido y volvió a guardarlo en el mismo lugar.

Varias horas más tarde Simón se encontraba ya cerca de las puertas de la ciudad. A medida que se acercaba, el paisaje iba adquiriendo cambios bruscos, pasando de desolado y agreste a boscoso y vívido y hasta creyó divisar un río dibujando caprichosos meandros en medio del valle. “¡Qué lugar tan idílico!”, pensó.

Con los pies metidos en la fresca corriente de agua que tanto alivio les proporcionaba tras el largo viaje, nuestro amigo se entretenía en contemplar las ondas que trazaban los guijarros que iba lanzando a un pequeño remanso del río. Al día siguiente se presentaría en la plaza del pueblo ataviado con sus mejores galas para recitar a la gente las historias y leyendas que traía de otros lugares. Pondría su sombrero de colores en el suelo y recaudaría las monedas que le entregaran. Quizás serían generosos y al fin podría comprar ropa nueva y una vihuela para acompañar sus cantos, entonces su espectáculo podría compararse al de un trovador.

En la plaza del pueblo había un gran revuelo. Lucía engalanada y la gente reunida en pequeños grupos hablaba alegremente. Simón dedujo que debían estar celebrando una fiesta y que era una buena ocasión para llamar su atención haciendo unas cuantas acrobacias y  juegos de malabarismo para los más pequeños. Pronto se formó a su alrededor un corro que se mostraba entusiasta de sus habilidades. Con el sombrero ocupando ahora una posición estratégica, el saltimbanqui se sentó en el suelo engatusando con su charlatanería y subyugando con sus historias:

Pues sí, queridos amigos, lo que os cuento no es más que la verdad. Yo mismo lo vi en una aldea a muchas leguas de aquí. El caballero del que os hablé murió en la batalla, pero su espíritu sigue vivo y en las noches de luna, si miráis a los cerros, podréis verlo  montando en su cabalgadura y enarbolando una bandera blanca, ensangrentada, vagando sin descanso. Busca a su hermano, el traidor que lo mató por la espalda para arrebatarle sus posesiones con artimañas.  Sólo cuando lo encuentre y le entierre su espada en el cuerpo reposará su alma…

El miedo y el estupor se concentraban en las caras de los espectadores mientras que el sonido de las monedas que caían en el sombrero revelaba el espíritu de satisfacción de los  lugareños.

Una vez hubo guardado las ganancias y dado las gracias por la esplendidez de sus oyentes, Simón saludó poniéndose y quitándose el sombrero al tiempo que hacía una cómica reverencia.

─¿No os vais a quedar a la fiesta? —le gritó una mujer regordeta de cara colorada que se abrió paso entre la gente.

─¿De qué fiesta me habláis, señora?

─De la fiesta de la boda. Hoy se casa Hilda y el Señor Conde dará un gran banquete. Pronto llegará la novia en la carreta. No os vayáis, señor, hoy es día de diversión.

─En ese caso intentaré quedarme. ¿Podéis decirme quién es el Señor Conde?

─Es el dueño de todo el valle ─intervino un hombretón de mirada pueril─. Todos trabajamos en sus tierras.  Mirad, arriba en la montaña está su castillo. Cuando uno de sus vasallos se desposa, él es el primero en yacer con la doncella y esta noche Hilda será suya.

Simón quería saber más de Hilda y el Conde, pero el estrepitoso ruido de la llegada de la carreta nupcial a la plaza y los campesinos irrumpiendo en aplausos no le permitieron hacer más preguntas.

“Es una niña”, pronunció para sí al mirar a la joven que no debía tener más de quince años. Llevaba una túnica blanca con bordados dorados de azucenas y una diadema de flores silvestres le sujetaba el velo blanco que le caía  hasta los pies.

Miró con ternura aquella carita que expresaba angustia y temor y pensó que su historia era casi tan triste como la del caballero errante que había contado. ¿Tendrían que pasar muchos años para que los señores feudales dejaran de ejercer esta práctica tan cruel con sus vasallos? No lo sabía, pero tenía que contar lo que pasaba en el Valle.

Permaneció en el Valle del Conde muchos días más entreteniendo con sus juegos, ensimismando con sus historias a los campesinos. Una mañana, muy temprano, los lugareños vieron perderse entre una nube polvorienta a un hombre que llevaba a cuestas su talega y una vihuela  Pronto desapareció de la vista de todos pero allí quedaron sus historias para recordarlo. También él los recordaría pues llevaba grabadas nuevas historias en su corazón.

ISABEL SANTERVAZ

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25 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

1 comentario »

  1. Me ha gustado el cuento, isabel. Está bien narrado y además le has dado al final un puntillo de crítica social contra el régimen feudal.

    Comentario por Antonio Vega | 30 marzo 2009 | Responder


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