Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

ALAS DE DISTURBIOS

Octavio desconectó el móvil. Estaba estresado, no quería saber nada más del trabajo. El domingo sería distinto, retomaría el ritmo y a primera hora viajaría a Madrid para enlazar con los diferentes vuelos que le llevarían a Oriente Próximo.

Volvió a leer el correo enviado por el jefe con las instrucciones para su próximo trabajo. Eran precisas y definitivas, sin darle opción a rechistar, así que ahora  era la ocasión de desconectar y relajarse para ponerse las pilas en su momento.  

Miró el reloj de pared. Aún tenía tiempo de bajar a Las Canteras y darse un chapuzón. Levantó la persiana y miró a lo lejos. Frente a él, bajo un cielo de destellante color celeste, se erguía El Teide, el volcán que parecía descansar sobre un lecho de mar.

Se puso el bañador y se echó la toalla por los hombros, bajó las escaleras con las esclavas puestas y saludó al portero a la entrada.

Ya en la arena hizo unas cuantas flexiones antes de meterse en el agua. Esto era lo que realmente necesitaba cuando se encontraba en tensión. Nadar un rato y luego tomar unas cervezas y un par de tapas en el bar de la esquina. Era como si se tomara un tranquilizante.

Según lo previsto, el domingo a primera hora salió de Gran Canaria.  Llegó de noche al hotel y se instaló en la habitación reservada. Preparó todo el material para salir  temprano al día siguiente. Su cámara digital, provista de las últimas tecnologías, la grabadora que su padre le regaló por Reyes, el tomavistas, el bolígrafo y el  cuaderno para notas… Lo metió todo en la mochila junto con algo de ropa y sacó el portátil para mirar sus correos. Tenía dos. Uno del jefe de redacción: le recordaba pasar la información puntualmente y no correr riesgos innecesarios. El otro era de Gloria que le proponía un paseo por la playa aquella noche. Qué lejos estás de saber dónde me encuentro, querida Gloria –pensó.

Apagó el ordenador y decidió bajar al bar a tomar una copa antes de acostarse. Cuando salió del ascensor le llegó el sonido de música suave de piano. En un rincón del salón el pianista arrancaba melodías al instrumento cuyas notas  se perdían en el aire. Quién diría que en aquel momento, a varios kilómetros del hotel, las bombas interpretarían otra música en un escenario cargado de violencia y masacre –pensaba Octavio mientras se dirigía con paso decidido al bar-. Y el ruido de los proyectiles, ¿no parecerían campanas que doblaban a los muertos?

Sentado a una mesa reconoció a John Murray, corresponsal de un afamado periódico británico. Se acercó hasta él y le tendió la mano:

Hi, John, how are you?

-¡Hi, Octavio! I can’t complain. ¡Qué sorpresa! No esperaba verte por aquí. ¿Cuándo has llegado?

-Esta misma noche. Mi jefe ha tenido la deferencia de volver a enviarme aquí a preparar un reportaje para la televisión… Me alegro de verte, John. Te voy a aprovechar para que me pongas al día de los últimos acontecimientos de esta guerra estúpida.

 -Ok, pero no ahora. Quiero cambiar el chic. Hoy ha habido mucho movimiento, nuevos bombardeos, ¿comprendes? Necesito pensar en otra cosa para poder dormir esta noche.

Haciendo caso omiso de las advertencias de sus superiores, Octavio se acercó peligrosamente a la Franja de Gaza acompañado por su amigo John. Los aviones israelíes sobrevolaban la zona, aparentemente en tarea de inspección. Sin embargo, pronto se escuchó el ruido ensordecedor de una explosión, luego otra y varias más. Los aviones estaban bombardeando los alrededores de la ciudad. A lo lejos, las nubes de tierra y cenizas se elevaban rápidamente hacia el cielo convirtiéndolo en una gran bóveda teñida de negro.

El pánico se apoderó de ellos. Se encontraban en el lugar apropiado para su objetivo y además en el momento oportuno, pero demasiado cerca del escenario del conflicto. Sus vidas peligraban, debían buscar un refugio pronto. Utilizaban los prismáticos de largo alcance y observaban cómo, fuera de uno de los edificios alcanzados, se materializaban los cuerpos de unos niños que huían despavoridos hacia ningún lugar. Los menos afortunados quedaron dentro, sus cuerpos mutilados, sus vidas quebradas como capullos de rosas que no llegarían a florecer.

Los dos amigos cruzaron miradas de angustias. ¿Qué podían hacer?

Nada. Sin embargo, en sus mentes quedarían grabadas para siempre las imágenes de aquellos rostros ennegrecidos por las escorias del bombardeo en los que se reflejaban el horror y la muerte.

Había cumplido con creces su cometido. Pronto enviaría el material a Gran Canaria  para su preparación y divulgación.

Notó que el cielo se hinchaba de dolor como su alma. Continuaría trabajando con aquel sabor acre en la boca. Cuando regresara a la isla recibiría las felicitaciones de sus compañeros y el reconocimiento de sus jefes por un buen trabajo. Pero, ¿quién le daría el remedio para sus pesadillas, quién le daría el remedio para serenar su alma…?

Isabel Santervaz

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29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

El Testigo

 

Mientras observo el hermoso paisaje del valle desde lo alto de la colina, siento que mi tristeza se torna esperanza. Parece que fue ayer. Cierto es que se trata de una frase muy repetida pero no hay forma de explicarlo de otro modo. Este día tan temido y tan esperado ha llegado.

Recuerdo a mi abuelo sentado a la sombra del árbol, en la orilla del río. Recuerdo cada palabra, cada gesto, cada sonrisa. Me recuerdo a mí mismo con los ojos bien abiertos, muy atento a lo que estaba experimentando en esos momentos. Sin poder salir de mi asombro, tomé el testigo. El descubrimiento que me hacía, la historia que me contó. Tuvieron que pasar días para comprender y ser consciente de lo afortunado que era y de la responsabilidad a la que me comprometía.

Todo lo que soy y lo que he aprendido, todo lo que he conseguido en la vida viene marcado por ese día, que irremediablemente marcaba el día de hoy.

No puedo evitarlo y, al mismo tiempo que siento una especial emoción mientras preparo todo, me embarga la tristeza.

Sé que ella lo perfeccionará, que es quien lo merece. Ella me va a superar con creces y eso me llena de esperanzas y de orgullo. Pero también marca el fin de una etapa altamente gratificante de mi vida. Aunque soy consciente que todo tiene un final, también siento temor de enfrentarme a otras situaciones después de tanto tiempo.

No voy a ser egoísta; mi abuelo no lo fue. No voy a aferrarme a lo que no me pertenece aunque me haya acompañado casi toda mi vida. Ella debe entender que tampoco le pertenece. Lleva varios siglos en nuestra familia, es verdad pero siempre pertenecerá a generaciones futuras.

Ella es quien tomará ahora el testigo y yo quien la guiará en su aprendizaje.

Ahora, a mi lado, observándome mientras se hace miles de preguntas, muchas de las cuales me hice yo a su edad, siento envidia de sus apenas ocho años.

Pero también pienso que compartir sus experiencias y descubrir una nueva visión del mundo a través de sus ojos, es una manera maravillosa de dar fin a una etapa y comienzo a otra.

Mariola Bautista

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Mensaje enviado

 

Había vendido su alma al Diablo.

Justo en el instante en que se había fijado en él (en Manuel, quiero decir, no en el Diablo), se había propuesto conquistarle y abrir su corazón. No se dio cuenta de la evidencia, hasta que ésta demostró lo equivocada que estaba.

Se conocieron en una discoteca en la primavera del 2005. Ella era, definitivamente, impresionable. Él creía estar a vuelta de todo.

Bailaron, bebieron y se tocaron el culo. Fue un acercamiento de lo más inocente, pero a ella se le encendieron las alarmas y todas las mariposas del Universo fueron a dar a su estómago, para reafirmar los tópicos más horteras. Él le dijo que era preciosa y ella se imaginó teniendo hijos con él, criándolos en un chalet en la sierra, que se habían podido permitir gracias a un trabajo muy bien remunerado que él consiguió en un golpe de suerte. Un grandioso golpe de suerte, no hubiese podido ser de otra manera. Él le dijo que ya se verían por ahí y ella convenció a sus amigas para acabar coincidiendo dondequiera que él estuviese.

Así estuvieron un mes, lo que según las reglas tácitas de la noche se tradujo en cuatro salidas de ridículas borracheras, erecciones estériles y amigos molestos. Aún así, persistía en la tarea de conquistarle. A pesar de los consejos, las advertencias, y las luces de neón que giraban sobre la cabeza de Manuel, que le pedían que salvara su vida. Llegados a este punto, ni quería escuchar ni quería leer las señales. Porque para ella la única verdad era que estaba en el camino de conseguir que aquel tipo se enamorara de ella. “Aquel gilipollas”, pensó.

Se convirtió en la callada sombra de Manuel, convencida de que ella tenía el papel dominante. En su cabeza, ella dirigía la orquesta. En el día a día, era como si un niño intentara hacer lo mismo con un palo. Eso lo supo luego. Demasiado tarde.

Follaba con Manuel en cualquier lugar, en cualquier momento, siempre que él quisiera, y ella le dejaba hacer, por si acaso perdiese el interés y no quisiera volver a verla. Alguna vez llegó a pensar que disfrutaban más si no se miraban a la cara.

Se entregaba con sincera pasión y estaba convencida de que cada paso que estaba dando era un paso más hacia la vida eterna a su lado. Manuel continuaba con sus escarceos y sus desplantes, pero éstos la alentaban aún más en la batalla.

Al cabo de otro mes, sólo sentía un terrible vacío y un continuo sabor a tabaco y alcohol en la garganta. Fue entonces cuando volvió a fumar.

Ahora evitaba verlo de marcha porque temía encontrárselo. El alcohol, o acaso las drogas, provocaban que la insultara y la humillara, largándole cualquier estupidez sobre fidelidad, condones y moralidad; en realidad, cualquier cosa que le recordara que era ella la que hacía que la relación –si la había- no funcionara y que, al final y al cabo, no le sorprendía, mujeres como ella conocía a millones.  Y ella se sentía cada vez más pequeña y cada vez más en sus redes. Así que esperaba a la mañana siguiente, no a que se disculpara, porque no lo hacía; pero Manuel siempre tenía una excusa: “No me acuerdo de nada. Bueno, algo de verdad hay, pero me gustas, a pesar de todo”.

A pesar de todo. ¿A pesar de qué?

Las cosas continuaron de la misma manera un mes más. Sin embargo, se veían en casa de Manuel y nunca durante el fin de semana. Fornicaban, hablaban poco, comían algo y se marchaba antes de que le pidiera que se fuera. Mil veces se repitió que era la última vez que iba.

A estas alturas de la historia ya sabía que había perdido, que Manuel nunca se enamoraría de ella y que sería ella, posiblemente, la que sufriría la ruptura, porque le faltaban cojones para decirle que se fuera a la mierda.

Una noche se quedó a dormir. Figuradamente. No pegó ojo, pensando en lo maravilloso que era estar a su lado. Compartiendo la cama para algo más que para joder. Por la mañana la situación fue tan desagradable, que prefirió no volver jamás a repetir la experiencia. Por otro lado, estaba agotada por la falta de sueño.

Un año después de que se conocieran aún seguían viéndose cada semana. Ella no veía a nadie más. Él tuvo alguna que otra historia que le pareció más que un capricho, pero siempre volvía a ella. Eso quizá era una victoria dentro de la vida miserable que había decidido vivir.

Esa mañana se había despertado con el sonido del móvil al recibir un mensaje de texto. Era Manuel. Quería verla esa tarde. Hacía diez días que no sabía nada de él y ella le había dicho a su mejor amiga la tarde anterior que era mejor así. Que ya podía seguir adelante.

“OK.A 19 DNDE SIEMPRE.BSO”

Mensaje enviado.

Cande Pons

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El Pescador de Sueños

 

El viejo lobo de mar añoraba sus días de juventud como capitán de barco surcando los mares del Sur. Había navegado por todos los cabos náuticos conocidos y por conocer a lo largo de sus extensas travesías en alta mar por los océanos del mundo. Amaba la mar y aún podía saborear la sal entre sus curtidos labios en las noches solitarias de su obligatoria vejez, impuesta por el más abominable de los reumas, que le doblaba la espalda como un junco quebrado en la ribera de un río. Lo único que le permitían hacer sus huesos caducos y frágiles, era pescar con su inseparable caña las mañanas de domingo en los espigones del puerto de esa ciudad contaminada en la que, estaba desterrado desde que le sobrevino la jubilación forzosa.

Nadie como él sabía como dolía ver la destrucción fatal de sus queridos mares, que tantos tesoros le habían regalado y tantas alegrías le habían obsequiado. Ahora eran las cloacas de las ciudades y las alcantarillas de las industrias que volcaban en ellos sus inmundicias y miserias convirtiendo a los océanos en vertederos de deshonra y cochambres de infortunios. Pero también sabía que el mar, o mejor dicho, la mar como la llamaban sus hijos, daba a cada uno lo que se merecía y llegado el momento recuperaría lo que era suyo.

Se levantó muy temprano, cogió sus enseres de pesca y puso rumbo a los muelles. Sabía que no iba a pescar nada, ya que los peces hacía mucho que habían desaparecido de la bahía y aunque quedase alguno era mejor no llevárselo a la boca. Lanzó el sedal y… ¡Sorpresa! Notó que algo tiraba de él, había picado. ¡Qué rápido había sido! A lo mejor hoy era su día de suerte y cambiaban las tornas. Se apresuró a recoger su pesca y así saciar su curiosidad, pero lo único que le trajo el mar fue la carcasa de un televisor de los años 70. La verdad es que le dio risa, y pensó que estaba loco si pretendía pescar otra cosa que no fuera basura en aquel puerto de ciudad. Si es que en el fondo era un sentimental y le perdía su viejo corazón anclado en el pasado de extintas jornadas marítimas que mareaban su caducada memoria.

Volvió a probar la caña, ya que esa era la única forma que tenía de arrancarle hojas al calendario y… ¡Sorpresa! Volvió a moder el anzuelo otro pez que más se parecía a una batería de coche que a un lenguado. Esta vez, el viejo marino se resignó y aceptó que se había convertido en el basurero que  pescaba en un vertedero. Ya eran dos desperdicios menos de los que libraba a su querido mar.

El sol ya estaba sobre su cabeza y llegaba la hora de recogerse y tomarse las pastillas para su reuma, pero volvió a lanzar la caña por última vez, ya que había sido una mañana muy productiva y… ¡Sorpresa! Su tierna amante marina le regaló otro pez con forma de bidón oxidado que vaya usted a saber lo que albergó en el pasado. Volvió a sonreír para sus adentros y comprendió que de esa manera tan sutil, el mar le daba las gracias por limpiarlo un poquito.

Recogió sus bártulos y se marchó silbando a casa. Al viejo lobo de mar se le encendió el corazón de alegría al sentirse correspondido por su afectuosa amiga, y se prometió que volvería a limpiarla el domingo siguiente.

A primera hora del lunes, las portadas de los periódicos decoraban los kioscos y los telediarios daban eco de la noticia… ¡Sorpresa! El alcalde de la ciudad había sido encontrado en la sala de plenos del Ayuntamiento, con el cráneo aplastado por la televisión de plasma de última generación que presidía la sala; el dueño de una importante fábrica de la ciudad con proyección en el extranjero había sido encontrado en los servicios de un lujoso restaurante, con la garganta abrasada por ácido sulfúrico mientras, sus socios lo esperaban en la mesa celebrando la firma de un contrato de fabricación de baterías; y el director general de la mayor industria química de la ciudad había sido encontrado en el jacuzzi de su exclusivo ático, despellejado, mientras tomaba un relajante baño caliente. Los minuciosos análisis toxicológicos dictaminaron que en el agua habían sales marinas en disolución.

Mariola Espino Santana

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 27 comentarios

El poder del baúl

 

Yusuf hablaba rápido. Tenía la facilidad de enlazar una historia tras otra. Lo conocí la primera noche. Al amanecer, me preguntó:

-¿Por qué haces el viaje?

Elevé mis hombros, no lo sabía. Mi hermano y mi primo al cumplir los quince años se marcharon.

Ese día, mi madre preparó cuscús con cordero y mi padre se vistió con la chilaba del ramadán. Me lo dijo mientras servía el té.

-¿Cuándo? -pregunté.

-El martes.

La primera noche es fría, nos recomiendan ponernos toda la ropa de abrigo. Me acerco a Yusuf y apoyo mi cabeza en su hombro. Amanece,  veo  por primera vez los ojos de Yusuf, tiene miedo. Nos entretenemos contando los delfines que nos acompañan. Me duelen las piernas, tenemos poco espacio para estirarlas. Cae la segunda noche, Yusuf llora. El patrón dice que mañana estaremos en Europa. Transcurre la mañana, la tarde y la noche, seguimos en el mar.

Yusf tiembla, tiene fiebre. Se recuesta en mis rodillas y balbucea palabras que reconozco porque pertenecen a sus historias. Se despierta y me sonríe:

-El baúl Peng nos viene a buscar para llevarnos a Europa.

Noticia

“Naufragio de una patera en la tarde de ayer frente a las costas de Lanzarote. Ya se han confirmad, al menos, 21 víctimas mortales. Los únicos supervivientes son dos adolescentes que consiguieron protegerse gracias a un baúl que les sirvió de balsa.”

Delia Martín Cubelo

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

EL GALLO ASUSTADO

 

Casildo era un gallo atípico: todo le asustaba; cualquier ruido nocturno lo desvelaba y al amanecer, cuando debía despertar al gallinero con su kikirikí, estaba completamente dormido.

Clotilde, una gallina vieja y con muy malas pulgas, lo despertaba siempre con un estruendo tremendo tirando piedras al bidón que tenía cerca de donde dormía Casildo. El pobre estaba a punto de un infarto.

—Esto no puede seguir así —se decía.

Como durante el día Clotilde lo dejaba tranquilo, él no hacía más que pensar qué podría hacer para asustar a aquella bruja y que lo dejara en paz de una vez.

—¿Qué asustará a esa gallina vieja y antipática? —pensaba encima de una piedra, con la cabeza descansando en un ala como si fuera el Discóbolo de Mirón—. Tengo que quitármela de encima porque, si no, será ella quién acabe conmigo.

Pasaba por allí una mofeta a la que todos despreciaban, pues como es bien sabido, las mofetas despiden un olor insoportable que no hay ser que lo aguante.

La llamó aparte a un descampado y como el pobre animal apenas tenía amigos, lo siguió para ver qué quería aquel gallo, que quizás pudiera ser, con el tiempo, un amigo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó, tratando de aguantar el mal olor que desprendía.

—Margarita. Me llamo Margarita. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Me llamo Casildo. Pero bueno, ya está bien de presentaciones —le contestó algo malhumorado—. Vamos al grano: te propongo una cosa Margarita. Creo que te gustará. Me he fijado que tienes pocos amigos, yo podría ser tu amigo, y conseguirte muchos más amigos, si tú me haces un favor.

—¿Cuál es ese favor? ¿Y cómo lograrías que tuviese amigos, si eso es casi imposible? Mi olor espanta a todo el mundo.

—Tengo un amigo que te quitará ese olor y podrás tener todos los amigos que quieras.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién me dice que cuando te haga el favor no te vas a olvidar de mí y no seguiré con este mal olor? No, primero me lo tienes que quitar y, si veo que es eficaz, te haré el favor. Pero tengo que quedarme con el remedio para cuando yo quiera utilizarlo.

—Vale, ya veo que eres desconfiada. Iremos a ver a mi amigo el puercoespín Espinete y verás qué contenta te vas a quedar.

A la nueva amiga de Casildo, Espinete le preparó, en lo alto de su árbol, que es donde tenía su madriguera y su “laboratorio”, un compuesto de plantas, flores de jazmín y otros ingredientes que él sólo conocía, revolvió el mejunje en un cuenco con agua y roció a Margarita con él. Al instante, Margarita sólo olía a flores del bosque: su hedor se había evaporado.

Bajaron todos del árbol y se acercaron a un grupo de animales diversos que estaban cerca del riachuelo refrescándose y bebiendo agua. Margarita paseó por entre ellos y ninguno se apartó. Todo lo contrario; estaban encantados con el perfume que desprendía.

Casildo le dijo entonces a Margarita:

—Bueno, ya está todo arreglado. Ahora me tienes que hacer el favor que te pedí. Así que mañana, cuando te hayas duchado y vuelva tu olor habitual, te vas al gallinero y sobre las diez de la noche, te escondes cerca de donde duerme Clotilde. Y que no se entere de que estás allí. Verás qué noche le vas a dar. Tendrás que hacerlo otra noche más y ya me encargaré yo de asustarla y decirle que son los espíritus del bosque, que quieren castigarla por ser tan mala compañera.

Al día siguiente, Clotilde comentó que no había podido pegar ojo en toda la noche, que había un hedor inmenso y que no sabía de dónde salía. Se pasó durmiendo todo el día.

Por la noche volvió a sucederle lo mismo, y por más que buscaba no conseguía averiguar de dónde salía aquel olor nauseabundo. Al día siguiente estaba que se caía. Dijo a todos los que estaban allí que si alguno de ellos encontraba el origen de aquel olor y conseguía que ya no volviera a aparecer, podría pedirle lo que quisiera, que ella se lo conseguiría, todo con tal de poder dormir toda la noche.

Casildo le dijo que esa noche iba a poder dormir tranquila, que él se encargaría de buscar de dónde procedía el olor y quién o quiénes lo provocaban.

A la mañana siguiente, Clotilde se despertó contenta y feliz. El olor había desaparecido. Le dijo a Casildo que le pidiera lo que quisiera, que ella se lo concedería.

Casildo le dijo que lo que él quería era que fuese más humana, que no se metiese tanto con lo que hacían los demás, que haciéndole caso sería más feliz al ver que los demás la apreciaban en lugar de no querer estar con ella como sucedía ahora.

Así fue. Desde entonces, aquel gallinero y todos los animales de la granja fueron los más felices de los alrededores.

 ANA MARIA MARTIN GLEZ

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Ángel o demonio

¡Oh, Dios! ¿Es que acaso este hijo mío es el Demonio? Bien sabes la ilusión con que lo acogí en mi casa y le di una familia. Siempre quise tener un hijo, por lo que cuando se me presentó la oportunidad de adoptar a este niño, huérfano tras un trágico accidente, no me lo pensé dos veces. Desde entonces he intentado darle todo mi cariño, que nada le falte. Pero, oh, Dios, tú sabes que él es muy esquivo, no hay forma de que pueda ganarme su confianza. Por eso ahora dudo, no sé si es el ángel que siempre he querido ver o se trata del mismísimo Satán.

Por salvarlo a él mis manos han cometido un sacrilegio. Yo, el alcalde, soy el autor de la destrucción del más bello símbolo de este pueblo. Yo hice pedazos la escultura de la Magdalena, aquella imagen venerable que tanto esplendor dio a nuestra villa, famosa en toda la comarca por su Semana Santa. Oh, Dios, dame una señal. ¿Debo seguir con este hijo bajo mi mismo techo?

Siempre, Señor, he aceptado con resignación el destino que me tenías guardado, pero ahora te ruego que me des esa señal. Necesito encontrar un significado a los trágicos sucesos de este Miércoles Santo.

Yo he de reconocer que nunca tuve muy en cuenta los supuestos milagros que según los testimonios de tantos devotos hacía la Magdalena. Sé que no es de buen creyente dudar; es más bien reflejo de falta de fe, pero, ¿es que acaso es fácil imaginar que una talla de yeso pueda llorar sangre?

Lo que mis ojos vieron este Miércoles Santo parece un hecho bíblico, uno de esos enigmas que nos hacen tener temor de Dios. Sí, de Dios he dicho, de Ti, mi Señor.

He de reconocer que te tengo temor. Soy un pecador, lo sé, pero más que las faltas que haya podido cometer lo que más me preocupa es la consideración que tengas de mí después de haberme visto actuar bajo aquel impulso de ira.

¿Cómo, si no, iba a actuar un padre? Temí por la vida de mi hijo.

Mis ojos vieron ahogarse en la sangre de la Magdalena a sus camareras, las mismas que la habían ataviado con tanto mimo minutos antes, y mis ojos vieron cómo la sangre que manaba a raudales por las mejillas de la Magdalena bañaba los cuerpos del cura y el sacristán  hasta dejarles sin aliento.

¿Cómo no iba yo a sacar mi ira al ver que la sangre se dirigía a los pies de mi hijo? ¿No era salvarlo la obligación de un buen padre?

Lo siento por la Magdalena, pero no pude evitar darle fuerte, hasta acabar con ella a golpes con mi bastón de mando. Era ella o mi hijo.

Ella o mi hijo… ¿Pero fue aquello un duelo? No acabo de entender el motivo de aquella sangre, de aquellas muertes… Sólo recuerdo la expectación que suscitó mi hijo al salir de la iglesia vestido de monaguillo junto al trono de plata de la Magdalena.

Todos los feligreses lo admiraban, exaltaban su belleza, su actitud serena y su cara angelical. Y en verdad, se le veía tan guapo, tan puro…

¡Oh, Dios! Ahora lo comprendo. No cabe duda. Me diste la señal ese día y no supe verla. ¿Cómo he podido dudar de mi hijo? Lo enviaré al seminario y haré que entregue su vida a ti. Él es un ángel. No puede ser el Demonio. La Magdalena se sacrificó una vez más por ti y por mi hijo, fruto, no de mi sangre, pero sí de tu voluntad, no es otro que el nuevo enviado.

¡Oh, Dios! Dime que tengo razón. No me hagas dudar más. Yo tengo fe en ti. Lo sé, mi hijo es un ángel. ¿O no?

Sergio Sánchez Rivero.

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Entresueño

El joven despertó bañado en sudor y tembloroso. Había tenido un sueño horrible, en el que se le aparecía una figura de negro, con rostro descarnado y siniestro. Al mismo tiempo, una forma roja se precipitaba contra el suelo produciendo un gran estruendo.

Pasó varios días lleno de temor. Salía por las noches a dar un paseo, prolongando todo lo posible la hora de irse a dormir. En una de estas salidas se encontró con su amigo Leo, al volante de su precioso coche rojo. Fueron juntos hasta un bar y, entre copa y copa, le contó a su amigo la pesadilla que estaba viviendo. Éste, riendo, le dijo: “Eres demasiado aprensivo, olvida semejante idiotez”.

Cuando se dirigieron hacia el vehículo, declinó el ofrecimiento de ser llevado. Su amigo no estaba bien y no quiso correr riesgos. Caminaba despacio disfrutando del agradable aire nocturno, cuando una mole roja -que terminó en chatarra- lo aplastó. Al final aceptó el ofrecimiento de ir acompañado en su nuevo destino.

 

Sara Godoy

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Analista de Mercado v2.0

 

 Al día siguiente no me molesté en ir a trabajar: sabía que me habían despedido.

Todo comenzó una semana antes, cuando X, presidente ejecutivo del Banco de Inversiones XX (dada la naturaleza de los hechos que voy a relatar y la importancia de las personas involucradas, omitiré sus nombres), me invitó a comer por sorpresa. Supuse que iba a hacerme una oferta de empleo –hasta hace dos días yo era el analista de mercado junior más brillante de YY Inversiones, su mayor competidor–, pero me equivocaba. La traición que X me propuso era mucho más oscura que dejar a quien me lo había enseñado todo sin el preceptivo preaviso con dos semanas de antelación.

De todos es sabido que Y, mi jefe y mentor hasta antes de ayer, estaba obsesionado por crear un programa informático que fuese capaz de predecir la evolución de los mercados financieros sin margen de error. Dos meses atrás, en los círculos financieros se extendió el rumor de que lo había logrado. Cuando se lo pregunté, me dijo que era cierto, pero que jamás lo usaría, ya que acabaría con el negocio al que había dedicado toda su vida. Añadió que había tomado medidas para evitar que cayera en malas manos, como protegerlo con una contraseña indescifrable.

X ya tenía una copia del programa. Lo que me propuso fue robar la contraseña a cambio de diez millones de euros en una cuenta secreta, abierta a mi nombre, en las Islas Caimán. Debía a Y todo lo que era, pero ante tantos ceros juntos y bajo los efectos de las dos botellas de vino que casi me había bebido yo solo, no pude decir que no.

Encontrar la clave con la que Y había protegido el “Analista de Mercado v2.0” fue sencillo. La tenía escrita en su agenda personal, que siempre dejaba encima de su mesa. Hace dos noches, cuando Y se marchó de la oficina, no tuve más que entrar en su despacho, como si fuese a dejar un informe, y copiarla.

Media hora más tarde, estaba en las oficinas del Banco de Inversiones XX. X insistió en probar el programa antes de ordenar la transferencia. Aunque el programa comenzó a funcionar tan pronto X tecleó el último dígito de la contraseña, un mensaje en la pantalla nos advirtió de que estábamos haciendo un uso no autorizado de “Analista de Mercado v2.0”. A los pocos momentos algo empezó a ir mal. Todas las predicciones que hacía eran erróneas, por lo que realizaba operaciones ruinosas. Y, siempre tan desconfiado, lo había programado para efectuar las peores inversiones posibles.

Cuando X se dio cuenta, intentó cerrar el programa, pero ya era demasiado tarde. En menos de treinta segundos, todo el capital de sus clientes –varios miles de millones– se había visto reducido a unos pocos cientos de euros. Tan fuerte fue la impresión que sufrió X al verse en la ruina, que cayó fulminado de un infarto.

Con la sensación de que muy probablemente había iniciado una crisis financiera internacional sobre mi conciencia, huí a casa.

Ayer ya no fui a trabajar. No tenía sentido. Desde entonces me he dedicado a revisar las ofertas de empleo en los clasificados de los periódicos, mientras evito a toda costa los titulares de la sección de Economía y Finanzas.

Ruymán J. Jiménez

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Narcís, el Monótono

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Ella no era muy de creer en presagios, visiones, augurios… No obstante, no pudo evitar sentirse invadida por el desasosiego tras despertar y recordar su extraño sueño.

Mientras se preparaba un café bien cargado, para terminar de despejarse,  acudió a su memoria, como en una película, lo soñado. La escena era la siguiente: en un bosque al pie de un lago, dos hadas hablaban entre ellas.

 -Onírica, tienes que hacer algo con ese tipo, que es incapaz de querer a nada, ni a nadie que no sea él mismo. Sabe cómo tejer redes de encanto para atrapar a esa pobre crédula; tan solo para obtener algún beneficio: un trabajo, una casa, un viaje… Es capaz de cualquier cosa para conseguir su objetivo. Luego se hará el ofendido, el dejado, o, simplemente, el loco… Esto último le funciona siempre.

-¡Ay! Ondina, pero es tan encantador, tan seductor, tan enredador… Con esas frases tan epatantes que utiliza: “Cómo pude vivir antes de ti…  rondarte es un placer; porque eres mi musa, me inspiras, me imbuyes…” Y, ante un poeta así, ¿qué mujer podría resistirse?

-Ninguna, de acuerdo, por eso tenemos que actuar. Ayudar a esa pobre cándida.

-Muy bien, Ondina, esto es lo que haremos: ya que eres el Hada del Lago, te toca a ti meterte en el espejo del salón;  y reflejar el alma de todo aquél que se mire en él. 

-Y tú, Onírica, Hada del Bosque de los Sueños, ¿qué harás?

-Ya lo estoy haciendo; estamos metidas en su sueño.

Apurando su café, recordó que el espejo ya se encontraba en el piso cuando lo alquiló. Sin darse cuenta, se dirigió hasta allí y, contemplándose no pudo sino reírse. Delante sólo estaba su salón, ella en pijama y un sol radiante que iluminaba toda la estampa… invertida, claro.

Por la tarde regresó a casa después del trabajo, con su chico, Narcís, aquel vendedor de seguros que se creía un poeta. Y allí delante del espejo lo que vio fue un paisaje árido, con un tipo tétrico, sombrío… rodeado de cadáveres.

Él no paraba de hablar de sus cosas, de su ombligo, de su… de él. De pronto, le pareció el tipo más soso, anodino, mediocre, aburrido, insustancial, plomizo y, monótono.

Mientras le rogaba que se fuera, por favor, que ya lo llamaría, que ya hablarían otro día, le pareció ver en el espejo a Onírica y a Ondina, sonrientes, guiñándole un ojo.

Maite Figueira

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

El sacho

Mi familia se dedicaba a las labores del campo. Vivíamos en una pequeña aldea. Allí mi padre trabajaba las tierras para poder subsistir. Se levantaba temprano y le dedicaba casi todo el día.

Un maravilloso día, la suerte lo acompañó y se encontró un sacho.

-Te ayudaré a realizar tu trabajo -le prometió el sacho.

Mi padre estaba muy agradecido. Así podríamos pasar más tiempo juntos, toda la familia, hablando, jugando, disfrutando.

Pero un desafortunado día el sacho desapareció. Mi padre se sintió contrariado y se fue a dar un paseo por la aldea. En el camino se encontró a un vecino.

¿Qué tal estamos?

-Bien –le contestó el vecino. Ahora trabajo menos y le dedico más tiempo a mi familia, hablando, jugando, disfrutando.

Loly Castro García

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La chica de la gabardina roja

 

 ¿Qué puedo decir? A estas alturas no me voy a andar con estúpidos reproches. Sólo se me ocurre la ñoñería de siempre: estás lindísima con tu gabardina roja, Caperucita. Además, sabes que la deportividad fue una de mis mayores virtudes: cuando ganas, ganas; y cuando pierdes, pierdes, y no hay vuelta de hoja. Y yo he merecido la derrota, esta derrota que sabe a madera mojada y a flores que, aunque parezcan frescas, ya han empezado a pudrirse.

No puedo quejarme, no hay motivos para la queja. Yo debía de haber sabido a qué atenerme. Ni siquiera el principio fue fácil. Todavía aquí y ahora puedo ver los músculos tensos alrededor de la boca cerrada de tu madre, gritándome en silencio a la cara que no iba a arrebatarle a su hija única, a su hijita, un muerto de hambre con aspecto de macarra que sólo buscaba su dinero de viuda rica. No supo ver al cordero debajo de la piel de lobo, como sí supiste hacerlo tú, sospecho que desde el primer día. Pero, al igual que tampoco te odio a ti ahora, tampoco a ella la odié. Sabes perfectamente que fui un lobo bueno. Ni siquiera la odiaba en el momento en que la apuñalé una, dos, tres, muchas veces. No pude mirarla a la cara cuando lo hacía. Cuando sentía sus últimos temblores junto a mí, mi cuerpo también se agitaba trémulo, pero no de resentimiento, sino de vergüenza. No podría haber soportado ver mi reflejo en sus ojos moribundos.

Esta derrota que huele a hierba empapada ha sido justa, previsible, anunciada. Me atraparon esa melena larga rubia y tus verdes ojos de gata, pero debí de haber visto que aquellos altos tacones afilados como cuchillos y el rictus irónico que por unos segundos te deformaban a veces los labios rojos no me traerían nada bueno. Pese a ello, Caperucita, en cuanto acariciaste mi lomo maltrecho de perro sin dueño, no fui capaz de despegarme más de tu perfume de lilas. Y ahora, precisamente cuando ya no puedo olerlo, una lluvia fina lo arrastra hasta el césped verde a tus pies, y te moja el pelo que sobresale de la gabardina roja y resbala por la delicada piel de los dedos entrelazados sobre tu vientre.

No lo lamento. No te equivoques: yo nunca me dejé llevar por vanas lamentaciones. No siento en este momento pesar ni siquiera por los minutos de dolor tras vislumbrar tu figura encapuchada y con gafas oscuras detrás de las ventanillas de aquel coche con señales luminosas azules cuando yo todavía me miraba atónito las manos ensangrentadas. Todo por nosotros, por nuestro futuro, como me susurraste al oído hasta doblegar mi voluntad de lobo bueno. ¿Estabas segura de que me resistiría, de que lucharía? ¿O no, y confiabas en que verte allí me trastornaría e, intentando defenderme como un animal noble pero herido en su orgullo, acabaría peleando hasta sucumbir? Luego sonaron los estampidos en el callejón como truenos en una casa de cristal. Pero eso ya lo sabes.

La lluvia delgada sigue cayendo de un cielo plomizo sobre ti, Caperucita, sobre tu hermosa silueta encarnada que se recorta delante de los cipreses, sobre oraciones monótonas, sobre inútiles monumentos a los que ya no volverán y, más allá de la tapia blanca, cae sobre los largos días sin sentido, las ilusiones truncadas, las miradas vacías y los amores locos traicionados, y lentamente cae sobre el mundo como lágrimas por mi derrota final, que, paletada a paletada, se va cubriendo de tierra húmeda.

Antonio Vega

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 6 comentarios

La confianza

 

Dos semanas antes había salido de un puerto del Mediterráneo en un monocasco de nueve metros de eslora, dispuesto a regresar sólo desde la dirección opuesta y dejando en manos del destino la duración del viaje. No llegó a esta intimidad con el mar por vocación. Su romance con la soledad venía de lejos, pero se había fraguado en la montaña hasta que un malentendido con una pared vertical le causó una fractura abierta en una pierna y no fue posible rescatarlo hasta treinta y seis horas más tarde. Le recompusieron la pierna mejor de lo que había pensado, pero la capacidad de trepar pegado a la roca como una babosa quedó fuera de su alcance.

La ruptura con las cumbres le produjo tanta desazón que su claustrofobia buscó una salida hacia el mar. Tardó seis meses en aprender a navegar y cuatro más en hacerse con un barco en condiciones de hacer largas travesías y poder gobernarlo en solitario.

Desconocía la razón de aquella inclinación por la soledad y tampoco le interesaba demasiado explicarla. Simplemente sentía una atracción irrefrenable por esa sensación intemporal de entrega y posesión, de abandono y encuentro, en la que lo mismo y lo otro se funden.

Pero las travesías en el mar eran más duraderas y más expuestas que las incursiones por el monte; la intemperie marina tenía sus propias reglas y caprichos y, al fin y al cabo, él era un animal terrestre, un intruso en un entorno hostil e indiferente.

Una borrasca lo encaró poco después de salir del último puerto y lo zarandeó tres días seguidos sin dejarlo dormir apenas. A medida que las fuerzas lo fueron abandonando comenzó a pensar que el azar lo estaba probando en un juego que aflojaría cuando estuviera alcanzando su límite. Luego le pareció un abuso, una inquina que aquella potencia ciclónica se ensañara con su minúscula existencia.

Más tarde el miedo se coló hasta sus huesos y lo atormentó la idea de que ni siquiera después de engullirlo el mar cejara en su pasión por agitarlo,  como si la inmovilidad fuera una condición necesaria para la paz después de la muerte.

Pero cuando sintió el crujido que precedió al instante en que el agua aplastaba la última resistencia que lo mantenía a flote, supo que no había trampa ni engaño, que el mar no iba a cobrarlo después de haberlo seducido, que aquello sólo era un desenlace más aunque desconocido, de la intimidad.

 

Oscar Méndez

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios