Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La chica de la gabardina roja

 

 ¿Qué puedo decir? A estas alturas no me voy a andar con estúpidos reproches. Sólo se me ocurre la ñoñería de siempre: estás lindísima con tu gabardina roja, Caperucita. Además, sabes que la deportividad fue una de mis mayores virtudes: cuando ganas, ganas; y cuando pierdes, pierdes, y no hay vuelta de hoja. Y yo he merecido la derrota, esta derrota que sabe a madera mojada y a flores que, aunque parezcan frescas, ya han empezado a pudrirse.

No puedo quejarme, no hay motivos para la queja. Yo debía de haber sabido a qué atenerme. Ni siquiera el principio fue fácil. Todavía aquí y ahora puedo ver los músculos tensos alrededor de la boca cerrada de tu madre, gritándome en silencio a la cara que no iba a arrebatarle a su hija única, a su hijita, un muerto de hambre con aspecto de macarra que sólo buscaba su dinero de viuda rica. No supo ver al cordero debajo de la piel de lobo, como sí supiste hacerlo tú, sospecho que desde el primer día. Pero, al igual que tampoco te odio a ti ahora, tampoco a ella la odié. Sabes perfectamente que fui un lobo bueno. Ni siquiera la odiaba en el momento en que la apuñalé una, dos, tres, muchas veces. No pude mirarla a la cara cuando lo hacía. Cuando sentía sus últimos temblores junto a mí, mi cuerpo también se agitaba trémulo, pero no de resentimiento, sino de vergüenza. No podría haber soportado ver mi reflejo en sus ojos moribundos.

Esta derrota que huele a hierba empapada ha sido justa, previsible, anunciada. Me atraparon esa melena larga rubia y tus verdes ojos de gata, pero debí de haber visto que aquellos altos tacones afilados como cuchillos y el rictus irónico que por unos segundos te deformaban a veces los labios rojos no me traerían nada bueno. Pese a ello, Caperucita, en cuanto acariciaste mi lomo maltrecho de perro sin dueño, no fui capaz de despegarme más de tu perfume de lilas. Y ahora, precisamente cuando ya no puedo olerlo, una lluvia fina lo arrastra hasta el césped verde a tus pies, y te moja el pelo que sobresale de la gabardina roja y resbala por la delicada piel de los dedos entrelazados sobre tu vientre.

No lo lamento. No te equivoques: yo nunca me dejé llevar por vanas lamentaciones. No siento en este momento pesar ni siquiera por los minutos de dolor tras vislumbrar tu figura encapuchada y con gafas oscuras detrás de las ventanillas de aquel coche con señales luminosas azules cuando yo todavía me miraba atónito las manos ensangrentadas. Todo por nosotros, por nuestro futuro, como me susurraste al oído hasta doblegar mi voluntad de lobo bueno. ¿Estabas segura de que me resistiría, de que lucharía? ¿O no, y confiabas en que verte allí me trastornaría e, intentando defenderme como un animal noble pero herido en su orgullo, acabaría peleando hasta sucumbir? Luego sonaron los estampidos en el callejón como truenos en una casa de cristal. Pero eso ya lo sabes.

La lluvia delgada sigue cayendo de un cielo plomizo sobre ti, Caperucita, sobre tu hermosa silueta encarnada que se recorta delante de los cipreses, sobre oraciones monótonas, sobre inútiles monumentos a los que ya no volverán y, más allá de la tapia blanca, cae sobre los largos días sin sentido, las ilusiones truncadas, las miradas vacías y los amores locos traicionados, y lentamente cae sobre el mundo como lágrimas por mi derrota final, que, paletada a paletada, se va cubriendo de tierra húmeda.

Antonio Vega

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29 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

6 comentarios »

  1. Mucho de cuanto tengo que decir sobre este cuento lo dije en tu blog, y en una tercera lectura lo suscribo de nuevo. Hay algunas frases en concreto que me parecen de una belleza excepcional. Bravo.

    Comentario por Kepa Hernando | 1 abril 2009 | Responder

  2. Amores traicionados?. Hay imágenes muy bonitas. La segunda mitad me confunde algo. ¿Que pretendía la pérfida caperucita? ¿que lucharías o que acabarías peleando hasta sucumbir?. ¿Quien te dispara en el callejón?. Pero me llega la belleza fria y desalmada de caperucita y tu aire poético de perdedor; no se si mehubiera gustado algo de venganza. Saludos

    Comentario por Oscar Méndez | 1 abril 2009 | Responder

  3. Gracias, Kepa.

    Óscar, tomo nota de que no has entendido el argumento. He intentado escribir el relato mostrándolo y no explicándolo, como aconseja nuestro profe. Me parece una de las caracteríticas más importantes de una narración corta. Eso sí, se corre el peligro de que no se entienda, dependiendo de la habilidad del autor. He pretendido escribir sobre un argumento típico de género negro empleando elementos del cuento de Caperucita Roja, específicamente de la versión que escribí en el taller como cuento tradicional. Aquí, Caperucita, que debería ser un apelativo cariñoso del prota para su chica, es una femme fatal, niña linda pero ambiciosa como ella sola. Se supone que seduce a un pringao, el prota, para que asesine a la madre muchimillonaria de Caperucita(no a la abuela, así me pareció mejor), con la promesa de que luego ellos serán felices con el dinero de la herencia. Los disparos son de la policía (en el párrafo anterior menciono un coche con luces azules): ella lo traiciona (para que cargue él con el crimen y gastarse las pelas ella solita) y él muere. En realidad, el prota desde el pricipio del relato está muerto, es una historia en pasado contada por un muerto desde el presente. Eso es lo que quise contar. Te mueves en el filo de la navaja para tratar sólo de sugerir, uno entiende lo que escribe porque tiene el argumento en la cabeza, pero también tiene que hacerse entender. Lo tendré en cuenta en el futuro.

    Comentario por Antonio Vega | 1 abril 2009 | Responder

  4. no he parado de leer… gracias, antonio.
    y aunque pueda parecer q no se entienda el final -para mi sí- creo q lo importante es que no importa demasiado cómo muere… me parece maravillosa la imagen que has creado de esa femme fatal en gabardina, empapada por la lluvia, sin inmutarse.
    Intento, también, pensar en algo que no me haya agradado, y ya ves, no se me ocurre nada. Lo siento

    Comentario por cande pons | 6 abril 2009 | Responder

  5. Gracias, Cande. Sí, creo que mi forma de escrbir tiene algo de visual. Todas esas imágenes creo que están inspiradas en todas las pelis que he visto. El que la historia la cuente un muerto es una idea que cogí conscientemente de “El crepúsculo de los dioses” y la de la femme fatal con gabardina dejándose mojar por la lluvia mientras entierran al tipo al que ha traicionado es invención mía pero sale fácil si has visto mucho cine negro. Otra vez gracias, vienen bien estas cosas para seguir escribiendo y mejorando, y el futuro ¿quién sabe?

    Comentario por Antonio Vega | 7 abril 2009 | Responder

  6. Gracias, Cande. Esos ánimos son bien recibidos, ayudan a seguir escribiendo y a tratar de seguir mejorando, que sí que creo que tengo que mejorar. Bueno, tampoco puedo negar que el cuento sea absolutamente original. El hecho de que lo cuente un muerto lo cogí conscientemente de la peli “El crepúsculo de los dioses” y algunas imágenes del relato están influenciadas por todo el cine negro que he visto. Además he de reconocer que el párrafo final está “inspiradillo” en el final del cuento “Los muertos” de la recopilación “Dublineses” de James Joyce.Trata de la muerte entre otros temas y aunque es más largo hay varias frases en las que menciona la nieve. El protagonista está sumido en reflexiones melancólicas (entre ellas una que dice más o menos “Más vale morirse en la euforia de una pasión que marchitarse y apagarse tristemente con la edad”) y oye la nieve que empieza a caer golpeando la ventana. Y hay varias frases en las que dice que la nieve cae sobre toda Irlanda, sobre este sitio, sobre el otro, y termina (más o menos) “y lentamente cae en el crepúsculo de su último descenso sobre los vivos y los muertos”. Me encanta.

    Comentario por Antonio Vega | 7 abril 2009 | Responder


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