Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La confianza

 

Dos semanas antes había salido de un puerto del Mediterráneo en un monocasco de nueve metros de eslora, dispuesto a regresar sólo desde la dirección opuesta y dejando en manos del destino la duración del viaje. No llegó a esta intimidad con el mar por vocación. Su romance con la soledad venía de lejos, pero se había fraguado en la montaña hasta que un malentendido con una pared vertical le causó una fractura abierta en una pierna y no fue posible rescatarlo hasta treinta y seis horas más tarde. Le recompusieron la pierna mejor de lo que había pensado, pero la capacidad de trepar pegado a la roca como una babosa quedó fuera de su alcance.

La ruptura con las cumbres le produjo tanta desazón que su claustrofobia buscó una salida hacia el mar. Tardó seis meses en aprender a navegar y cuatro más en hacerse con un barco en condiciones de hacer largas travesías y poder gobernarlo en solitario.

Desconocía la razón de aquella inclinación por la soledad y tampoco le interesaba demasiado explicarla. Simplemente sentía una atracción irrefrenable por esa sensación intemporal de entrega y posesión, de abandono y encuentro, en la que lo mismo y lo otro se funden.

Pero las travesías en el mar eran más duraderas y más expuestas que las incursiones por el monte; la intemperie marina tenía sus propias reglas y caprichos y, al fin y al cabo, él era un animal terrestre, un intruso en un entorno hostil e indiferente.

Una borrasca lo encaró poco después de salir del último puerto y lo zarandeó tres días seguidos sin dejarlo dormir apenas. A medida que las fuerzas lo fueron abandonando comenzó a pensar que el azar lo estaba probando en un juego que aflojaría cuando estuviera alcanzando su límite. Luego le pareció un abuso, una inquina que aquella potencia ciclónica se ensañara con su minúscula existencia.

Más tarde el miedo se coló hasta sus huesos y lo atormentó la idea de que ni siquiera después de engullirlo el mar cejara en su pasión por agitarlo,  como si la inmovilidad fuera una condición necesaria para la paz después de la muerte.

Pero cuando sintió el crujido que precedió al instante en que el agua aplastaba la última resistencia que lo mantenía a flote, supo que no había trampa ni engaño, que el mar no iba a cobrarlo después de haberlo seducido, que aquello sólo era un desenlace más aunque desconocido, de la intimidad.

 

Oscar Méndez

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29 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

3 comentarios »

  1. Muy bueno, Óscar. Muy buen planteamiento empleando el mar como metáfora de la soledad. Has conseguido profundizar y explotar la idea.

    Comentario por Antonio Vega | 30 marzo 2009 | Responder

  2. Muy, muy, muy bueno, en efecto. Metafísica y poesía en un equilibrio perfecto. Las palabras parecen haber sido escogidas con la precisión de un cirujano, y sin embargo fluyen ligeras como un suspiro. Enhorabuena, de verdad, me ha encantado.

    Comentario por Kepa Hernando | 1 abril 2009 | Responder

  3. Preciosa soledad.

    Comentario por Patricia Rojas | 2 abril 2009 | Responder


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