Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

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Había vendido su alma al Diablo.

Justo en el instante en que se había fijado en él (en Manuel, quiero decir, no en el Diablo), se había propuesto conquistarle y abrir su corazón. No se dio cuenta de la evidencia, hasta que ésta demostró lo equivocada que estaba.

Se conocieron en una discoteca en la primavera del 2005. Ella era, definitivamente, impresionable. Él creía estar a vuelta de todo.

Bailaron, bebieron y se tocaron el culo. Fue un acercamiento de lo más inocente, pero a ella se le encendieron las alarmas y todas las mariposas del Universo fueron a dar a su estómago, para reafirmar los tópicos más horteras. Él le dijo que era preciosa y ella se imaginó teniendo hijos con él, criándolos en un chalet en la sierra, que se habían podido permitir gracias a un trabajo muy bien remunerado que él consiguió en un golpe de suerte. Un grandioso golpe de suerte, no hubiese podido ser de otra manera. Él le dijo que ya se verían por ahí y ella convenció a sus amigas para acabar coincidiendo dondequiera que él estuviese.

Así estuvieron un mes, lo que según las reglas tácitas de la noche se tradujo en cuatro salidas de ridículas borracheras, erecciones estériles y amigos molestos. Aún así, persistía en la tarea de conquistarle. A pesar de los consejos, las advertencias, y las luces de neón que giraban sobre la cabeza de Manuel, que le pedían que salvara su vida. Llegados a este punto, ni quería escuchar ni quería leer las señales. Porque para ella la única verdad era que estaba en el camino de conseguir que aquel tipo se enamorara de ella. “Aquel gilipollas”, pensó.

Se convirtió en la callada sombra de Manuel, convencida de que ella tenía el papel dominante. En su cabeza, ella dirigía la orquesta. En el día a día, era como si un niño intentara hacer lo mismo con un palo. Eso lo supo luego. Demasiado tarde.

Follaba con Manuel en cualquier lugar, en cualquier momento, siempre que él quisiera, y ella le dejaba hacer, por si acaso perdiese el interés y no quisiera volver a verla. Alguna vez llegó a pensar que disfrutaban más si no se miraban a la cara.

Se entregaba con sincera pasión y estaba convencida de que cada paso que estaba dando era un paso más hacia la vida eterna a su lado. Manuel continuaba con sus escarceos y sus desplantes, pero éstos la alentaban aún más en la batalla.

Al cabo de otro mes, sólo sentía un terrible vacío y un continuo sabor a tabaco y alcohol en la garganta. Fue entonces cuando volvió a fumar.

Ahora evitaba verlo de marcha porque temía encontrárselo. El alcohol, o acaso las drogas, provocaban que la insultara y la humillara, largándole cualquier estupidez sobre fidelidad, condones y moralidad; en realidad, cualquier cosa que le recordara que era ella la que hacía que la relación –si la había- no funcionara y que, al final y al cabo, no le sorprendía, mujeres como ella conocía a millones.  Y ella se sentía cada vez más pequeña y cada vez más en sus redes. Así que esperaba a la mañana siguiente, no a que se disculpara, porque no lo hacía; pero Manuel siempre tenía una excusa: “No me acuerdo de nada. Bueno, algo de verdad hay, pero me gustas, a pesar de todo”.

A pesar de todo. ¿A pesar de qué?

Las cosas continuaron de la misma manera un mes más. Sin embargo, se veían en casa de Manuel y nunca durante el fin de semana. Fornicaban, hablaban poco, comían algo y se marchaba antes de que le pidiera que se fuera. Mil veces se repitió que era la última vez que iba.

A estas alturas de la historia ya sabía que había perdido, que Manuel nunca se enamoraría de ella y que sería ella, posiblemente, la que sufriría la ruptura, porque le faltaban cojones para decirle que se fuera a la mierda.

Una noche se quedó a dormir. Figuradamente. No pegó ojo, pensando en lo maravilloso que era estar a su lado. Compartiendo la cama para algo más que para joder. Por la mañana la situación fue tan desagradable, que prefirió no volver jamás a repetir la experiencia. Por otro lado, estaba agotada por la falta de sueño.

Un año después de que se conocieran aún seguían viéndose cada semana. Ella no veía a nadie más. Él tuvo alguna que otra historia que le pareció más que un capricho, pero siempre volvía a ella. Eso quizá era una victoria dentro de la vida miserable que había decidido vivir.

Esa mañana se había despertado con el sonido del móvil al recibir un mensaje de texto. Era Manuel. Quería verla esa tarde. Hacía diez días que no sabía nada de él y ella le había dicho a su mejor amiga la tarde anterior que era mejor así. Que ya podía seguir adelante.

“OK.A 19 DNDE SIEMPRE.BSO”

Mensaje enviado.

Cande Pons

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29 marzo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. Me ha gustado, Cande. Describe muy bien ese proceso psicológico que nos lleva a mantener “relaciones tóxicas”, como se llamasn ahora. La tercera persona es acertada, la primera, que parecería más consustancial al argumento, no hubiera dado un resultado tan rico.

    Comentario por Antonio Vega | 5 abril 2009 | Responder

  2. Muchas gracias, Antonio. Casualmente he estado viendo tu blog hoy. Me gusta muchisimo, así que cualquier comentario tuyo es más que bienvenido.

    Comentario por cande pons | 5 abril 2009 | Responder


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