Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Puntualidad

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Marcos se mantenía lo más alejado posible de los hospitales. Su aversión por ellos, se debía sin dudas a ese olor a alcohol que los invade, y que él siempre relacionaba, acertadamente, con la muerte. Solía decir: “solo se debe acudir a ellos si se está muerto, o si falta poco para estarlo”. Pero ayer, cuando le comunicaron que debía ir al hospital a identificar a un cadáver, no tuvo otra alternativa.  Aunque no le facilitaron el nombre, se trataba de alguien a quien Marcos conocía muy bien.

Una vez  allí, acudió a la sala destinada a las autopsias. Hablo con el forense, que no le aportó información sobre la identidad del muerto, salvo el hecho, de que el cadáver aún no se encontraba allí, y que tardaría una media hora en llegar.

Marcos se sentó en una de las incomodas sillas de la sala. Y a los pocos minutos, empezó a sentirse indispuesto. A pesar del intenso frío del sistema de aire acondicionado, Marcos se secaba con frecuencia el sudor de su frente, con un pañuelo que ya no podía contener ni una sola gota más. Solo deseaba que llegase el muerto, terminar con los trámites, y regresar a su casa, donde disfrutaría de un sueño reparador. Pero cuando faltaban unos minutos para la supuesta llegada del cadáver, su situación empeoró.  La visión se le nubló, y no podía articular palabra. Necesitaba ayuda. Que un médico le observase. Trató de andar tambaleándose, pero no había logrado dar más de tres pasos, cuando se desplomó.

Alertado por el fuerte ruido que produjo al caer, el forense entró en la sala. Vio como Marcos yacía cadáver  en el suelo. El forense comprobó la hora, y quedo atónito por la puntualidad con la que había llegado el muerto.

 César Socorro

27 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La orden

 

Martín pensó que tenía que darse prisa o llegaría tarde a la estación. Pero esa noche estaba algo cansado. Se puso el abrigo y salió. Al llegar al portal se fijó en el suelo de la calle, estaba mojado y seguían cayendo unas gotas gruesas de aquel cielo oscuro. Pisó con cuidado los adoquines irregulares. Sabía donde pisar, no en vano todas las noches los contaba desde que salía hasta desembocar en otra calle larga y aun más oscura. Desde allí, y dando un rodeo, se llegaba a la estación del tren, que era su destino.

Al principio –de eso hacía muchos años- caminaba erguido. Vestía con elegancia su abrigo marrón –ahora su color era indefinido de tanto uso.- Caminaba con paso firme y elástico. Pero ya de aquel hombre quedaba poco, incluso su memoria había envejecido.

Sabía que tenía que recoger a alguien en esa estación. Su jefe de entonces –ya muerto- se lo había ordenado. Le había dado detalles de esa persona y le advirtió que no sabía el día de su llegada, que fuera todas las noches a esperarla.

Así lo hacía Martín. Con el paso del tiempo olvidó los detalles. Aquella noche hacía frío y la lluvia floja pero constante le empapaba su raído abrigo y se le metía en los huesos.

Se sentó en un banco de la estación abandonada. Dormitó con la cabeza inclinada. Al despertar no sabía dónde se encontraba, ni siquiera quién era.

Sara Godoy Santana.

27 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

DOS ESPECTADORES

 

Hace exactamente media hora el timbre del teléfono la devuelve a la realidad. Está tirada en el sofá, maldiciendo su dolor de cabeza y la voz siniestra sólo viene a darle el tiro de gracia. “A las nueve y cinco minutos sal a la calle y la verás caer. Dos espectadores, necesita sólo dos espectadores”.

El tono grave y burlón le es familiar. Pero, a pesar del ingente esfuerzo de la memoria no logra ponerle un rostro.”¿Quién eres? ¿Quién se va a caer? ¿Por qué…? La pregunta queda suspendida. Del otro lado de la línea alguien respira agitadamente.

Son ya las nueve en punto, ella quiere levantase, pero le pesan mucho las piernas y una cuerda invisible la ata al sofá. Cuando finalmente logra acercarse a la ventana, lo ve recostado sobre la farola y fumándose tranquilamente un cigarro.

 

21:04 hrs.

Bajo las escaleras con mucha dificultad. Parezco un niño que da sus primeros pasos. Me aferro al pasamanos, mientras hurgo en mi memoria buscando un pretexto para regresar a mi apartamento. El temblor se me enreda en las piernas y me hace parpadear nerviosamente. Sé que no debe continuar, me lo han advertido muchas veces, pero las promesas de él me engatusan, me envuelven en una especie de niebla atroz que me empaña los sentidos.

 

21:05 hrs.

El grito aterrador la saca violentamente de su ensoñación. Claudia termina de bajar los últimos peldaños y abre la puerta de la entrada. Entonces lo ve. Ha terminado de fumarse el cigarro y ahora masca desenfadadamente un chicle. Sus facciones están relajadas, pero la expresión de su rostro es desafiante. La voz del teléfono es ahora un mazazo en la nuca de ella. “Marcos”, dice muy bajito y contiene la respiración.

A unos tres metros de donde se encuentra él, flota una mujer joven en un charco de sangre. Los ojos de Claudia se abren desmesuradamente y aunque lo intentan no pueden dejar de mirar el sórdido espectáculo. Miedo, asco y su propio vómito la asfixian, o… ¿son acaso sus manos, las de Marcos? “Cabrón, déjame, vete a la mierda. Suéltame, coño…” Pero el reclamo se rinde exhausto, aplastado en el suelo, a treinta metros del balcón de la casa que ambos comparten.

 

21:06 hrs.

-¡Ay mi madre, dios mío, que la ha matado! –grita desesperada la vecina del último piso -que alguien llame a la policía, es Claudia.

Poco a poco los vecinos se van asomando a los balcones. Primero perplejos, luego incrédulos y a continuación las exclamaciones, sí, claro, ellos discutían, pero se llevaban bien; ay, Dios, sí es Claudia, pero la música estaba alta, tal vez eran risas, festejando algo…

La sorpresa y el horror están agazapados, dándose calor, y de repente se descubren, se miran fijamente, como midiendo cada uno la fuerza del otro, y se disponen a devorarse.

 

21.25 hrs.

El griterío se apaga y veo acercarse en cámara lenta las luces de una ambulancia. Hombres vestidos de verde saltan del vehículo y me toquetean, me hablan sin voz, preguntan cosas que no puedo escuchar, me tiran una manta encima y comienzan a conectarme a unos tubos. Tengo frío y mucho sueño. “Debí quedarme en casa, no debí contestar al teléfono, el timbre del portero, Marcos, cabrón, mamá, me muero”. Y mis párpados caen sin ovación en su último acto.

A pocos metros de mi cuerpo, una chica joven vomita descontroladamente. Apoya las manos contra la pared de un muro tatuado de graffiti. A su lado, un hombre como de unos treinta años intenta abrazarla, “no volverá a pasar, te lo prometo Claudia mi vida, no quiero hacerte daño, es que ya sabes lo celoso que soy”. Ella tiene el rostro descompuesto y tiembla. A pesar de sus escasas fuerzas, atina a darle un empujón y a quitárselo de encima. Él da un respingo y finalmente la deja en paz. “Vale, vuelvo más tarde, tenemos que hablar”, le espeta y se marcha rumiando su rabia. Ella, aliviada, se sienta en la acera, cierra fuertemente los ojos y se lleva instintivamente las manos a los oídos. El ruido ensordecedor de la sirena de la ambulancia se va apagando lentamente.

Belkys Rodríguez Blanco

26 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Los tres escalones

Maryluz, señora ya entrada en años, se dispone a coger el ascensor. Vive en el piso 13 de un edificio de veinte plantas. No es supersticiosa, así que el número de su piso no ha sido nunca un problema para ella. La vida que ha llevado con su marido ha sido normal, es decir, con estrecheces. Ahora él se encuentra aquejado de una lesión en uno de sus pies y apenas puede arrastrarlo, por lo que es ella quien ha de traer el sustento a casa.

Ha apretado en muchas ocasiones el botón rojo, pero el ascensor no acaba de llegar, así que, con pesar, toma el camino de las escaleras. Las baja despacio, aunque, a mitad del camino, mira el reloj y se apresura, pues el tiempo para llegar al trabajo se le está acabando. Al llegar a la planta baja, se atreve y salta los tres últimos escalones.

Algo mágico ocurrió en ese instante. Una luz muy intensa, parecida a un relámpago le inundó la vista. Cuando sus pies tocaron el suelo, su piel se había vuelto ligeramente más tersa, volvieron a crecerle dos dientes y dos muelas con los que el tiempo y la caries habían acabado, sus pechos recobraron turgencia y sus manos no mostraban tantas arrugas. Se quedó pasmada con el suceso, pero, aún sorprendida, continuó hacia su trabajo.

Por el camino, la gente que la conocía la saludaba con otros ojos. En el trabajo, sus compañeros la miraban de forma diferente: ellas, con envidia; ellos, con deseo. Pasó el día como pudo y, al salir, se dirigió a toda prisa a casa pensando en aquel salto. Entró al edificio, fue de nuevo a la escalera, se situó a la altura del tercer peldaño y saltó.

De nuevo una gran luz lo invadió todo y esta vez su cuerpo recuperó toda la juventud de los veinte años; su pelo recuperó el brillo y su dentadura recuperó todas sus piezas.

Emocionada, subió las escaleras lo más deprisa que pudo, pues el ascensor continuaba estropeado, llegó a la puerta de su casa y, a causa de los nervios, se le cayó el bolso al suelo. Mientras recogía sus cosas, su marido abrió la puerta, ya que había escuchado el alboroto que había ocasionado su esposa.

Cuando ella levantó su mirada hacia él, la sorpresa fue enorme y se quedó sin palabras. Ella le explicó lo que le había sucedido y lo animó a que lo siguiera. Él avanzaba escaleras abajo como buenamente podía. Se agarraba fuertemente al pasamanos, pero, aun así, su mujer, una joven vigorosa, le tendía su mano y él la tomaba. Casi al final, el hombre ya no podía más, estaba asfixiado. En la planta baja, el pobre hombre se quedó sin aire y se desvaneció ligeramente. Sus pies no aguantaron más y cayó rodando escaleras abajo. Justo al llegar al tercer escalón, se golpeó en la cabeza y murió.

Heriberto Arias Morales

22 abril 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , | 6 comentarios

TODO POR UN SUEÑO

Julia y Toni acaban de llegar de una fiesta, la del setenta cumpleaños de la madre de él. Como en todos los festejos familiares, él está borracho como una cuba. Ahora se acuestan, pero ella está enojada, por eso se da la vuelta. 

Toni se dormirá enseguida, al igual que Julia. Luego él comenzará a soñar con ella, los dos haciendo el amor. Pero, repentinamente, ella dejará de ser ella. La imagen de Julia le cederá el lugar a la madre de Toni, y el se verá ahí, haciendo el amor, igual que con Julia, su Julia. Se despertará agitado, llorando, con esa imagen espantosa en su retina y una voz, quizá la de su propia conciencia que le dice que “Eso está prohibido”. No le contará nada a Julia, tal vez por vergüenza. Le dirá que está todo bien, que ha sido sólo un sueño y que intente volver a dormirse.

Lo que no sabe Julia es que, a partir de ese momento, Toni jamás volverá a hacerle el amor. 

Fernando Mitolo

21 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El primogénito

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Finalmente, después de muchos años trabajando en secreto en la soledad de su laboratorio, el Doctor Esaú Rosales había conseguido crear el robot perfecto. Era consciente de que el ingenio que había creado no tenía parangón en el, hasta entonces, incipiente campo de la robótica. Sin embargo, ante la previsible conmoción que podría causar en el ámbito de la Ciencia en particular y, en general, en una sociedad extraordinariamente sensibilizada tras los desastres de la guerra en Europa, quería estar seguro de la fiabilidad de su creación antes de darla a conocer al mundo. Además, como científico, consideraba indispensable someter a su robot a un período de experimentación controlada. Es por ello que, para tal fin, y también, por qué no decirlo, a un rapto de vanidad, lo había ideado como una réplica exacta de sí mismo, y lo había instruido con paciencia y minuciosidad en las más diversas disciplinas del pensamiento, el arte y la ciencia, con la intención de hacerle pasar por un imaginario y largamente ausente hermano gemelo suyo.

Se decidió a presentarlo en sociedad coincidiendo con la celebración de una reunión diplomática en el Club Rotario de Barcelona, del cual era miembro. En previsión de que algo se escapase a su control o de que su artefacto, de alguna manera, llegase a constituir un peligro para los allí presentes, decidió llevar consigo un pequeño dispositivo que había fabricado a tal efecto, de manera que, accionando un pequeño interruptor, los circuitos cerebrales del robot se colapsarían provocando su inutilización permanente. Sin embargo, a pesar de sus temores iniciales, sus amigos quedaron fascinados desde el primer momento por el encanto y el saber estar del autómata, a quien el doctor presentó como su hermano Jacobo, poeta, viajero, comerciante y hombre, en definitiva, de rica y extravagante vida bohemia. El doctor Rosales pudo constatar, complacido, cómo nadie, ni siquiera los más avezados biólogos, psicólogos o ingenieros allí presentes, se apercibía del engaño. Animado por el éxito cosechado por Jacobo, y aprovechando los numerosos viajes que efectuaba  con fines académicos, lo llevó consigo a París, Londres, Nueva York, Roma, y tantos otros destinos idóneos para su enriquecimiento cultural y vital, en los cuales Jacobo hizo siempre gala de unas extraordinarias habilidades sociales, parejas, cuando menos, a las del mismo doctor. Todo parecía marchar a las mil maravillas. Los resultados del experimento superaban sus mejores expectativas, y cada vez se vislumbraba más cercano el día en que el doctor Rosales pudiera revelar al mundo su milagrosa creación.

Sin embargo, los acontecimientos comenzaron lentamente a tomar un cariz imprevisto. Por ejemplo, Jacobo se había integrado con tal éxito en la vida de su supuesto hermano Esaú, que en más de una ocasión llegó a ser invitado a algún acontecimiento del que el doctor fue, no obstante, relegado. Además, sus primeros escritos, que el doctor Rosales había presentado con timidez a diferentes editores de su confianza, comenzaban a cosechar un moderado éxito. El nombre de Jacobo Rosales empezaba a sonar con inusitada frecuencia en los corrillos de sociedad, y en especial en los de las jóvenes casamenteras. El doctor comenzó a sentir cierta envidia de su máquina. Ello era, por supuesto, ridículo, pues además de estar convencido de la inutilidad de dicho sentimiento, para su mentalidad científica carecía de toda lógica comparar sus aptitudes con las de una máquina, por mucha apariencia humana que esta tuviera. A veces se sorprendía a sí mismo acariciando la idea de apagar a Jacobo y dar el experimento por nunca realizado, pero de inmediato la desechaba por acientífica, consciente de estar dando pábulo a sus más despreciables pulsiones humanas. Incluso, trató de analizar con absoluto rigor científico la creciente simpatía que su prometida, Raquel, parecía sentir por Jacobo. Pero un día se le presentó la excusa perfecta para terminar con el experimento. Jacobo llegó más tarde de lo acostumbrado a casa, y además trayendo consigo un olor, un aroma a perfume femenino, que el doctor creyó reconocer como familiar. Ante los requerimientos del doctor por averiguar dónde había estado, Jacobo se negó a dar ningún tipo de explicación. Entonces el doctor bajó a su laboratorio, enfurecido, cogió el mando destinado a inutilizar el cerebro mecánico de Jacobo, y accionó el interruptor.

Cuando, días más tarde, sus conocidos comenzaron a extrañarse por la ausencia de su hermano, Jacobo les contó que el doctor había tenido que emprender un lejano viaje debido a sus estudios científicos, y que no sabía dar cuenta de la fecha estimada de su regreso.  

Pedro Hernando

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El pianista

 

Me siento. La observo como si fuese la primera vez. Me sirven la primera copa de la noche: vermouth, siempre comienzo con vermouth. La levanto dedicándole el trago. Disfruto del concierto. El saxofonista es realmente bueno y el acompañamiento vocal es un complemento perfecto. Termina la actuación, el estruendo de los aplausos invade la sala. Baja del escenario, se dirige hacia mí sin apartar la mirada. Traje rojo, labios rojos, la pasión reencarnada. El resto de la sala centra su atención en ella, es un efecto que suele provocar. La corista, mi corista… Me levanto, nos besamos, nos abrazamos, recuperamos a ritmo de piano las horas del exilio. Bailamos, más besos. Se sonríe. Toma el pañuelo de mi chaqueta y me libera del carmín que ahora debe de adornar mis labios. Debo de parecer un invertido.

Nos sentamos. La ginebra y la promesa de pasar unos días en un pequeño hotel de las afueras me hacen sentir el ser más feliz de esta condenada ciudad.

Entrelazamos nuestros dedos. Es preciosa. Su timbre de voz  arrancaría a un muerto de la  tumba. Hablamos, levanta su brazo. El saxofonista se acerca, ella nos presenta y él se sienta con nosotros. Es comedido, dice exactamente lo que tiene que decir, ni una palabra más.

Pedimos la tercera ronda de martinis y entramos en confianza. Habla de los grandes que han pasado por el club, sobre el lenguaje oculto de la música, la magia de la melodía. A la sexta ronda el rumor de las mesas colindantes pierde intensidad, la sala comienza a entrar en letargo dejando de fondo el rumor de las cuerdas percutidas de un piano.

El saxofonista, algo más liberado en sus palabras, comienza a contar una historia. Una historia que no sé si es cierta, pero que no olvidaré.

Michel fue un fuera de serie, experimentado maestro, talentoso pianista de jazz, un genio. Existía un rumor sobre su espectacular manera de tocar y digo existía porque desapareció. Sí, literalmente desapareció. Nadie se explica cómo alguien con sus limitaciones físicas podía tocar de esa manera. Te cuento: tenía la enfermedad esa de los huesos de cristal, el tipo estaba doblado sobre sí mismo, tanto que parecía perderse sobre su abdomen. Eso sí, tocaba el piano como los ángeles, o como un demonio… El rumor que circulaba era que había vendido su alma.

Una noche, con la sala a rebosar, sucedió el hecho inexplicable. La gente no se lo cree, lo toman como una leyenda.

En la primera hora de una magnífica actuación, la policía irrumpe en la sala. Acordonan la zona ante el revuelo. El tipo que está al mando se sienta en una de las mesas. Va de paisano, al parecer un tipo muy sagaz en lo suyo.

Así que imagina: mitad del concierto, el ambiente cargadísimo, espectacular, el gran Michel deleita con su arte, qué digo arte, lo siguiente al arte. Comienza a entrar la poli, veinte por lo menos. Se sitúan en los laterales de la sala mientras observan la actuación. A todo esto Michel como si nada y la banda acompañando. Una vez finaliza, viene la ovación. El poli al mando se acerca al escenario, solicita silencio y exige que nadie se mueva. Lo felicita y le lee sus derechos. Nadie sabe la causa, pero no puedo imaginar lo que ha podido hacer un tipo tan entrañable. Él acepta sin discusión, pero antes pide tocar una última pieza. El jefe de policía concede su petición y, con un chasquido de dedos, hace una indicación al resto. Comienzan a cercar el escenario. El público expectante sigue en silencio. Suenan las primeras notas, los primeros acordes repitiendo una escala, dicen, que de corte arábigo. Ya sabes, siempre se ha relacionado el arábigo con lo demoníaco. Y ahora viene lo mejor: tras unos cinco minutos los miembros de la banda comienzan a caer al suelo, luego los policías que lo cercan, el público, los camareros y el barman.

Pasa un tiempo indeterminado y despiertan, como si lo hicieran de un largo sueño: desubicados, desorientados. Buscan una explicación pero no la encuentran, todo sigue como antes, salvo que Michel y su piano han desaparecido.

Tras el relato, tomamos el último trago y nos despedimos. Pasamos por el guardarropa, coloco el abrigo a mi corista, despido al portero con un gesto pugilístico, sonríe y salimos.

No sé si la historia será cierta, lo que sí sé es que mi corista y yo desapareceremos unos días en ese pequeño hotel con piscina de las afueras.

Rayco Arbelo

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

El amor confeso

 

Hacía muchos días que no salía de su pluma ni una sola palabra. Ninguna idea brotaba de su cabeza. Algo le atormentaba día y noche, algo que no podía comprender.

Se encontraba en su escritorio y los últimos rayos de sol, le rozaban la piel, mientras intentaba concentrarse. Estaba acostumbrada a que las ideas surgieran de su cabeza sin ningún problema, pero no llegaba a comprender esa falta de concentración. O quizás sí podía saber cuál era el motivo y éste, por raro que le pareciera, tenía nombre de mujer. Era Julia la que había cambiado su vida, una tarde fría del mes de febrero. Acababa de llegar de su país y necesitaba un trabajo, y ella era un desastre con las tareas del hogar. Sólo hizo falta un buen amigo para unir estas dos almas.

Pensando en ella fue quedándose adormilada sobre el papel. Se despertó sobresaltada cuando pasaba el tren junto a su casa. Ya era y se encontraba muy agitada. Observó que el papel que antes estaba en blanco, ahora estaba escrito y comenzó a leer:

Julia tenía que haber llegado hace ya casi una hora y ni siquiera siento su perfume por la escalera. En cuanto llegue tengo que pedirle disculpas por lo que ocurrió la otra noche. Había bebido un poco y… No, no puede ser una excusa. Pero ella estaba tan guapa… Su piel olía a flores recién cortadas, su pelo caía sobre sus hombros desnudos… Sonreía cada vez que hablábamos y entendí que quizás era el momento. Pero no, me equivoqué. Cuando la intenté besar, su cara de sorpresa y espanto me demostró que no deseaba lo mismo que yo. Y huyó, se fue rápidamente sin mirarme, ni siquiera cerró la puerta.

Ya oigo sus llaves en la puerta. Ha venido, quizás me dé otra oportunidad. Pero no, me habla sin mirarme a la cara, su mirada me esquiva. Sus labios me dicen que no va a volver, que ha encontrado otro trabajo, que le pagan más. Eso es todo, el dinero.

Intento detenerla, le pido disculpas y le ruego que no se vaya. No volverá a pasar. Pero me empuja, me vuelve la cara, me rechaza. Se va, se va y no la puedo detener. De nuevo me deja sola  y no lo puedo permitir. El abrecartas que tengo sobre el escritorio, se vuelve mas oscuro cada vez que golpeo su cuerpo con él.

Cuando acabó de leer, el corazón le latía cada vez más fuerte. No, no podía ser verdad. No sería capaz de… Miró sus manos y sí, estaban llenas de sangre. Sobre la alfombra, el cuerpo de Julia yacía sin vida.

Elena Eggers.

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Huecos

Ese día saldrás temprano a buscarte la vida en la inmensa ciudad llena de huecos.

Caminarás con precaución, como sueles hacerlo desde que comprendiste el peligro que corres si pierdes el paso una sola milésima de segundo.

Al desembocar en la larguísima calle de Los Desamparados, una bocanada de aire caliente te chamuscará la mirada, perderás el ritmo, y te hundirás en un inmenso hueco que la sofocante humareda no te permitirá ver.

La ciudad cumplirá su cometido.

    Patricia Rojas de Leunda

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

EL DESTINO

 

¿Se encontraban en San Sebastián Ezequiel y Edurne que acababan de comenzar sus vacaciones en el país vasco para luego proseguir viaje por la costa hasta llegar a Francia?

¿Estaban encima de unas rocas esperando la llegada de las traineras y no querían perderse ese espectáculo?

¿Se estaban impacientando porque no veían a lo lejos ninguna embarcación, extrañándose porque nadie estaba esperando su paso por aquel lugar?

¿Comentó Edurne a su novio si se habrían despistado y no sería por aquella zona donde deberían pasar las embarcaciones, o se habrían equivocado de día?

¿Había leído Ezequiel ese día el diario confirmándole la fecha del evento y que ésa era la zona ideal para verlas pasar?

¿Hubo ese día en esa zona un fuerte oleaje con olas de más de seis metros que tuvo que encontrarlos desprevenidos?

¿Arrastró la enorme ola a Edurne y Ezequiel?

¿Al día siguiente comentaron los periódicos ese incidente? ¿Había alguna persona cerca que pudo ver desaparecer a Ezequiel y  Edurne?

¿Dijeron, asimismo, que en esa zona se iba a celebrar una carrera de traineras que se suspendió por desavenencias con unos remeros que competían en ella?

¿Es verdad que cerca del lugar de los hechos se encontró un coche aparcado matrícula de Segovia y que aún sigue en el mismo lugar?

Ana María Martín González

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Master and server

Vivirás.

Seguirás viviendo largos años sólo porque te lo he ordenado. Y cada vez que abras los ojos, verás mi rostro. Cada vez que los cierres, escucharás el ruido de tu revólver. Cada vez que seas incapaz de conciliar el sueño, notarás el peso del arma en tu mano, la resistencia del gatillo al apretarlo.

Cada día que sigas viviendo, me recordarás marcando mi frente con los dedos y luego cayendo por el acantilado. Te asomarás al abismo para buscar el punto donde, bajo la furia del mar, yazco.

Pero no has de reprochártelo. Fue tu elección.

Me dijiste que harías cualquier cosa por complacer mis deseos.

Nisa Arce

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

El chivatazo

 

-¡Coño, Javi, adelanta, que no voy a poder hacer ni una puñetera foto! –exclamé quitándome la última legaña del ojo.

-Relájate, tío, que no hace ni cinco minutos que salimos –me contestó él, tan relajado como de costumbre.

-Necesito fotos de los cuerpos en el agua –insistí– y, para cuando lleguemos… –dejé inacabada la frase al ver que habíamos llegado a la presa.

Aún no había Javi puesto el freno de mano, y ya estaba yo corriendo hacia el lugar del rescate con la cámara en una mano, el flash en la otra y la mochila mal colgada de un hombro.

Tras espetar un simple “¿Qué pasa, tíos?” a los miembros del operativo que permanecían en la orilla, solté la mochila, monté el flash y empecé a sacar fotos desde el lugar con mejor ángulo que pude encontrar tras la zona acordonada. Por suerte, los cuerpos seguían dentro de la presa. “A ver si ningún otro medio recibe el chivatazo a tiempo y consigo el puto aumento con esto” –pensé–, “Reportaje completo del rescate de dos conocidos empresarios locales”.

Tras grabar las declaraciones de los responsables de la Guardia Civil y de Cruz Roja encargados del rescate, Javi se acercó adonde yo estaba, a tiempo de ver juntos cómo llegaban los cadáveres a tierra.

-¡Denles la vuelta para hacer fotos de las caras! –pedí a los socorristas al ver que sacaban los cadáveres boca abajo de la embarcación.

-Enseguida, compañero –contestó el que tenía pinta de estar al mando.

Me preparé para disparar en ráfaga en cuanto empezaran a voltear los cuerpos, mientras Javi, aún soñoliento, también, miraba con expectación a mi lado.

En cuanto vi la cara del primero, me quedé paralizado, incapaz de hacer ni una sola foto.

Inmediatamente, los socorristas le dieron la vuelta al otro cuerpo, lo que no me ayudó a reaccionar. A pesar de la erosión por el tiempo que los cadáveres habían estado en el agua, no había duda: los cadáveres no eran de los famosos empresarios, sino los nuestros; ¡los cadáveres recién rescatados de la presa éramos nosotros, Javi y yo!

El corazón se me a puso a mil revoluciones o se me paró de golpe, no estoy seguro. Solo sentía un frío paralizante, vértigo y náuseas. Cuando logré reaccionar, miré a Javi que, también, me estaba mirando, incrédulos ambos de lo que veíamos sobre el suelo arcilloso. Ninguno entendió nada. ¿Cómo íbamos a estar muertos y vivos  a la vez?

Mónica Graña

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Un crimen contemporáneo

  Al parecer algunos de los tiros le acertaron de lleno en el corazón, los médicos manifestaron en un comunicado oficial que sus heridas eran mortales de necesidad. Además, según los expertos, no se dejó nada al azar, lo habían planeado todo hasta el mínimo detalle. Al día siguiente, los titulares de los periódicos publicaron en primera plana la luctuosa y sorprendente noticia. Por otra parte, el escándalo internacional era inaudito, numerosos jefes de estado hicieron públicamente llamamientos a la calma, al tiempo que condenaban enérgicamente el terrible crimen. Por si esto no fuera poco, durante aquellos días medio mundo permaneció atento al televisor esperando ansiosamente nuevos datos que aclararan el suceso; en cada ciudad, en cada pueblo, en el seno más íntimo de cada familia, no había tema de conversación que no terminara desembocando en lo mismo; la alarma y la incertidumbre eran generales. 

 No mucho tiempo después del suceso, con el país en estado de excepción, se convocó con carácter de urgencia al máximo tribunal, formado ad hoc por las personalidades militares y jurídicas  más prominentes. Según fuentes oficiales, era de importancia capital arrojar luz e investigar a fondo, puesto que el futuro de la nación y la paz social dependían de ello. No era para menos, teniendo en cuenta que por aquellos días estaba en mente de todos lo extraño del crimen y las implicaciones que comportaba. Lo cierto es que pasados los funerales de estado, las exequias, y los panegíricos, el difunto presidente de la República yacía a dos metros bajo tierra, y aún nadie había conseguido averiguar los auténticos motivos de su asesinato. Unos apuntaban al golpe de estado, mientras que otros hablaban de simple magnicidio, pero más allá de las opiniones y de las hipótesis que las mentes más preclaras exponían concienzudamente ante audiencias expectantes, sólo existía una persona en este mundo que sabía la verdad; se trataba del general de estado mayor Gerardo Yánez, a la sazón el ejecutor del crimen.

El general Yánez tenía un expediente intachable, su reputación era inmaculada, de una blancura refulgente, y además le unía al presidente de la República un vínculo de especial afecto; su acción, por lo tanto, era sencillamente inexplicable. Descartado el motivo de la rivalidad personal, el tribunal inquiría acerca de la posibilidad de que se tratara de un mero complot político. Quizás el acusado sólo fuera la pieza central de una trama que tuviera como fin producir un cambio violento del poder, pensaban; pero el general no soltaba prenda, negaba cualquier clase de complicidad e insistía, por más que lo interrogaran, en que no formaba parte de ninguna facción sediciosa del ejercito; él no había organizado nada, ni siquiera estaba en contra de la figura política que encarnaba el finado presidente. Sin embargo, los hechos, según opinaba la mayoría, hablaban por sí mismos. Un crimen horrendo, casi sacrílego, había sido perpetrado a plena luz del día y a la vista de todos. El general Yánez había sido visto empuñar un arma y disparar al presidente repetidas veces en medio del desfile anual que conmemoraba la histórica batalla de la independencia del país. Los testigos, a centenares, señalaban al general como el autor de los disparos, extremo que el mismo Yánez jamás se había esforzado por desmentir, y además subrayaban la calma y seguridad con que había encañonado y asesinado al presidente. Para complicar aun más las cosas, las circunstancias en las que había sido perpetrado el crimen, es decir, en el desfile más importante de la mayor fiesta nacional, suponían para el tribunal un enorme agravante que hacía del  mismo algo aún más abyecto, y no se comprendía cómo podía el acusado admitir con semejante tranquilidad su autoría.

Llegado el día del juicio, ante un tribunal que le observaba adustamente, el general se dispuso a responder a las preguntas de la comisión de investigación. Por todos era sabido cuál sería la naturaleza de las cuestiones, puesto que el suceso en sí mismo era diáfano. No había incertidumbre de ninguna clase acerca del qué, el quién, el cómo o el cuándo; sólo restaba el porqué. El acusado permanecía sentado, sumido en una calma que algunos definirían como budista, otros como estoica, y quizás los más escépticos como maquiavélica. Pero, en cualquier caso, su mirada no daba muestras de temor. Todo lo contrario; era mantenida en alto con firmeza.

Antes de comenzar el juicio, siguiendo el procedimiento habitual exigido por la ley, el general fue conminado a manifestar su inocencia o a reconocer su culpabilidad; y para sorpresa de todos los asistentes, el asesino, con voz clara, se declaró inocente. El fiscal, estupefacto y con tono irritado, se dirigió a él.

-Así que usted se declara inocente, ¿no es así? –le preguntó.

-Así es, señor –respondió.

-Pero usted ha reconocido en toda forma y manera, en varias ocasiones, ser el autor del crimen –interpuso el fiscal –. Usted ha reconocido que empuñó y apretó el gatillo del arma que acabó con la vida del Presidente. Además, una muchedumbre entera lo vio con sus propios ojos.

-No lo niego, señor –respondió con calma –, pero eso no quiere decir que no sea inocente.

-¡Usted, señor, se burla de este tribunal! –gritó el fiscal mientras lo señalaba con el dedo- Usted pretende hacer de este juicio una farsa, no sé con qué oscuros motivos: primero asesina el espíritu de la nación, y ahora pretende reírse de su sagrada justicia.

-Nada de eso, nada de eso, usted no me ha entendido –dijo atropelladamente el general, que súbitamente mostraba señales de apuro.

-¿Qué yo no le he entendido? Dígame, Sr. Yánez, ¿qué hay que entender, si los hechos se explican por sí solos? –dijo el fiscal con un gesto de condescendencia- Veamos, señor, ¿admite usted haber disparado el arma que mató al presidente en el desfile de las fuerzas armadas del día de la independencia?.

-¡Sí! –dijo el general con voz firme- Yo poseía el arma, yo estaba junto al presidente y le observaba dirigir el desfile mientras la acariciaba, sentía su tacto frío y seguro, su fuerza telúrica, pero –prosiguió el general con un tono de voz sedante, casi voluptuoso- yo no disparé, yo no le maté, nunca quise hacerlo.

-¡Usted ha perdido el juicio! –le espetó el fiscal- Y, si usted, que poseía el arma, no fue quien disparó, ¿quién puede haberlo hecho?

-Sobre ese asunto ya no estoy tan seguro –contestó-. Pienso que debería ser investigado,  son   necesarias pruebas empíricas- asumió el general-,  pero yo diría que fue el arma la que me disparó a mí en lugar de yo a ella.

El fiscal, fuera ya de sus casillas, concluyó:

–Es decir, que para usted no hubo intención, ni causalidad; ha sido casi como un acto del destino… ¡Está loco de remate!

Y el general, encogiéndose de hombros, contestó:

–No lo sé, no estoy seguro. Lo único que puedo decir, es que creo que soy un sujeto absolutamente contemporáneo.

Jabel Ramírez.   

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

La biblioteca trotante

Quiero contarte que han pasado muchos años desde que dejé de ser uno de esos niños de grandes ojos redondos y barriga panzuda. Pero sólo hace poco supe que aquel duende que nos sigue encantado con sus relatos se llama Luis Humberto Soriano, y es un sencillo maestro de primaría que siente una arrebatadora pasión por la literatura.
Cuando el llevar relatos de aldea en aldea le pareció poco, se propuso la tarea de formar una biblioteca con patas, grandes orejas y cola. Creó la Biblioburro.
Empezó su biblioteca trotante con dos resabidos asnos: Alfa y Beto, quienes, con sus alforjas rebosantes de volúmenes, cabalgan su sabiduría por estas calurosas tierras caribeñas.
Soriano, con su sombrero vueltiao y sus zapatos rotos, es el duende libro que cruza veredas y arroyos, y que ahora, con la ayuda de sus orejudos libreros, recorre los polvorientos caminos, desparramando textos por las ramas del Dividivi.
Con su biblioteca andante, alegra las penas de los adultos sin infancia, y llena de goce la vida de los niños de estos tiempos.

Patricia Rojas de Leunda

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Burbujas

 

Encendió la luz del pasillo y vio las sombras retirarse hacia la oscuridad. Dos segundos después, miraba directamente la bombilla que colgaba del techo, y cerró los ojos, con su recuerdo en la retina.

Buscó a tientas el interruptor de la luz, cerró la puerta tras de sí, y apoyó la espalda contra ella, aún con los ojos cerrados, buscando la burbuja que guardaba su pedacito de alma.

La encontró donde siempre. Escondida. Puede que algo más pequeña, pero igual de fuerte e igual de valiente. La saludó desde dentro hacia afuera, dándole un poco de todo lo bueno que le quedaba en aquella casa, empezando por la luz del pasillo, de la cocina, del salón, del dormitorio… de la luna, en la terraza, que luchaba por abrirse paso entre las nubes de tormenta.

En aquella terraza, que en invierno era fría e incómoda, y en verano una bendición maldita por la falta de intimidad, allí, se encendió un cigarro y saludó a las estrellas, que vencían la batalla comenzada por la luna, y a los árboles, cargados de agua.

Brindó como siempre su saludo a la noche, y aunque los recuerdos la martirizaban, permitió que le recordaran lo fuerte que era, porque al fin y al cabo, son como volutas de humo: en cuanto las ves, desaparecen.

Su burbuja no había sido un accidente, ni el fruto de una aventura fantástica; tampoco del devenir de los acontecimientos, que provocan el resultado impredecible e irremediable de un destino, predeterminado por las fuerzas creadoras de llamas en burbujas. En absoluto. Esa llama, esa burbuja, su fuerza, su energía, ese cambio, esas ganas de combatir fueron la coincidencia de absurdas decisiones y ridículos pasos.

Aquella casa en la que había vivido durante cinco años se había quedado llena de él; de su magia –de la blanca y de la negra-; de su esencia; de su vida y de su no vida; de sus encuentros y de sus desencuentros; de su marcha y de su vuelta. Aquella casa, en la que dejaría de vivir pronto, se había hecho fuerte en sus debilidades y débil en las batallas, cansada ya de la guerra.

Una guerra que ella había alimentado y envenenado. Es difícil determinar la situación en cuándos, cómos, dóndes, cuántos, porque uno nunca sabe cómo ha llegado a según qué punto de su vida. De repente, te preguntas dónde estás, por qué, desde cuándo.

Y la peor de todas, hasta cuándo.

Cande Pons

14 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

UN TRABAJO BIEN HECHO

                  

Se conocen en el orfanato y se vuelven a encontrar después de diez años. Marcos es ya un hombre que sabe bien lo que quiere. El otro, Samuel, es mucho más joven y fácil de manipular.

Marcos es un prestigioso abogado que pudo estudiar gracias a su familia adoptiva, y que, además, es aficionado al arte. Los ratos libres los pasa en los museos y exposiciones, pero con una predilección muy especial por las ilustraciones y acuarelas de gran valor artístico, como las de Rafael de Penagos.

Se saludan y comienzan a hablar y a contarse su vida. En un determinado momento, Marcos le ofrece un trabajo al amigo y éste lo atiende con sumo interés.

 Samuel escucha  las explicaciones examinando cada gesto del abogado y acepta rápidamente el ofrecimiento para visitar museos y exposiciones.

El negocio es prometedor.

 Muy pronto aprende a desenvolverse bien en ese ambiente.

El abogado le enseña poco a poco el valor de las ilustraciones y pinturas que aprende muy rápido. No sólo adquiere conocimientos sobre los precios de las obras, sino también la habilidad para poder robarlas. Tiene a un buen maestro. Estos cuadros son luego vendidos y se repartirán las ganancias. Hasta ese momento todo marcha sobre ruedas.

Cuando roba por primera vez, su vida cambia, ya no es dueño de sí mismo.

Los robos se realizan con maestría, sin dejar huella alguna y siempre es Samuel el que los comete  dentro del Museo.

Entra y sale sin que nadie lo note.

El abogado se mantiene al margen y se limita a recibir en su despacho la mercancía robada que después vende a los coleccionistas y marchantes a muy buen precio. Su estatus debe mantenerse intacto. Pero los repartos de las ganancias no son justos y Samuel decide cometer los robos por su cuenta. Quiere separarse y trabajar por cuenta propia. Pero ¿cómo informar al abogado de sus intenciones?

Hace ya mucho tiempo que esta idea le da vueltas en la cabeza, pero ¿de qué modo hacerlo? Ya no lo necesita; está  al tanto de la mercancía y de la colocación de la misma. Ya tiene  cierto prestigio dentro de ese mundo y todos los que lo conocen lo valoran y respetan.

El abogado debe desaparecer de la escena, pero ¿de qué forma?

No puede dejar huellas y esto lo medita largamente.

Samuel se inventa un viaje a Londres por razones de trabajo, que nunca realiza y desaparece por un tiempo de los ambientes artísticos.

Marcos sigue en la ciudad, frecuentando los museos.

La avaricia puede más que él y una noche se acerca al museo a robar. El amigo, que conoce su ambición, espía sus paseos nocturnos. Esa noche espera su salida del museo con la mercancía que seguramente traerá en la mano, lo aborda con mucho sigilo y lo mata sin mediar palabra.

Se llevaba, ni más ni menos, una acuarela de Rafael de Penagos  valorada en muchos miles de euros. Se aleja tranquilamente del escenario del crimen y entonces sí se va realmente a Londres a vender la obra. Ahora comienza su verdadera carrera de ladrón profesional y en solitario. Ya ha aprendido todo lo que debía aprender.

Blanca Brescia

14 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

La piel verde

antoniovega_lapielverde

 

Dios mío. Está ocurriendo otra vez. Pero ahora es peor: no hay donde ocultarse.

Todo tiene una naturaleza a su pesar. Es el sino de los objetos inertes y de los seres vivos. Es algo que existe dentro, muy dentro, en las profundidades de la misma cuestión de ser. Es nuestro carácter, nuestro destino, es, en definitiva, nosotros, más nosotros que la simple forma, la mera apariencia, voluble, mutable, finita, que no es más que la envoltura de nuestra naturaleza, inmutable, permanente, inevitable. Normalmente, uno y otra, ser y apariencia, concuerdan. Otras veces, por desgracia, no. De ahí, de ninguna otra causa, provienen todos los desequilibrios del universo. Así, hay soles con ánimo de estrellas, casas con personalidad de cárcel, lujurias con marchamo de virtudes, coches con espíritu asesino, flores con vocación de coronas fúnebres. Mi naturaleza es anfibia: soy un sapo.

La señora Ortega me dirige una mirada cariñosa y se interesa por mí: que si soy feliz con el puesto, que si he comprado piso, que si ya tengo novia. Con los ojos vidriosos por el whisky, el señor Ortega esboza una sonrisa malévola y da un codazo a Gutiérrez a su lado y le hace un comentario al oído.

En mi más corta edad me sabía renacuajo, distinto de los demás niños. Mis compañeros de clase y los chicos del barrio presentían mi viscosidad solitaria, mi alma húmeda y ansiosa de los rincones umbríos y frescos y me dejaban solo suspirando por todas las charcas del mundo. Papá y Mamá, hasta que fallecieron, Dios los tenga en su gloria, siempre lamentaron, nunca delante de mí, por supuesto, que su único hijo les saliera rana, como bien dice la expresión.

De mayor aprendí a ocultar mi verdadero yo, no haciéndome notar, rehuyendo las ocasiones en que podía ser descubierto, comiendo moscas en soledad. Pero ahora, al alcance de la mirada de estos rostros ebrios y jactanciosos, está saliendo a la superficie. Percibo cómo el tacto de mis dedos se vuelve pegajoso e intento evitar que las yemas que se están volviendo ventosas se adhieran al frágil mantel de papel.

Nunca tuve novia. Las chicas son muy intuitivas y en la primera cita adivinaban la idiosincrasia que yo trataba de esconder bajo un gesto ido y silencioso que no me delatara. Nunca volvían a responder a mis llamadas.

De los labios del señor Ortega cuelga un hilillo de saliva alcohólica que se balancea peligrosamente sobre su terno cuando habla a gritos a alguien al otro lado de la larga mesa. Cuando su esposa se lo hace notar discretamente, le responde con brusquedad, cuando celebra “su” cumpleaños con “sus” empleados quiere ser uno más, no seas aguafiestas, que siempre estás igual, incordio de mujer.

Noto latir la piel verde bajo esta forma humana seca e incómoda y cómo busca manifestarse y respirar con sus poros ahogados el aire del reservado en el restaurante. Me disculpo con embarazo y me dirijo al servicio al otro lado de la mesa llena de gritos y humo. Allí, tras cerrar el pestillo, me descubro la camisa a rayas y doy de beber a la piel de anfibio que lucha por salir. Mi rostro en el espejo es por momentos verde en el que unos enormes ojos giran 360º sin control. Golpes impacientes en la puerta. Es González, acompañado de la rubia Piluca. Que qué haces ahí, joder. Si tienes la ropa empapada. Tío más raro eres. Déjate de hacer el idiota. No lo molestes, sólo es tímido, dice la rubia Piluca y empuja a González dentro del baño masculino y cierran y ríen. ¿Tímido yo? Qué poco me conocen. Yo soy el amo de la charca. Mi croar es ley y suena como un trueno sobre el agua verdosa, los juncos de la orilla, el musgo de las piedras. Hasta las eléctricas libélulas temen acercarse a mi reino acuoso, so pena de perecer en mis terribles fauces ¿Tímido yo?

Dios mío. La muda debe de estar completando su curso: cuando aparezco, todos callan y me miran. El Sr. Ortega, enfundado en su terno azul podrido, clava sus ojillos compuestos de díptero en mí, donde me veo reflejado decenas, cientos de veces, viscoso, verde, poderoso. Desafiante, me reta con un penetrante zumbido provocador, que inicia un zumbido colectivo de regocijo. Como un disparo, mi lengua sale proyectada hacia la gran mosca jefe, que atrapo por el abdomen y levanto sin esfuerzo. Se debate y chilla impotente suspendida en medio de la sala, mientras me dejo embelesar por las irisaciones de su cuerpo azul metálico. Es un magnífico ejemplar, así que apenas presionando con mi lengua la parto en dos y la engullo de un bocado. Las demás moscas zumban aterrorizadas y, enloquecidas, chocan contra la mesa, las paredes, el techo, tratando inútilmente de huir. Va a ser un verdadero festín. Esta vez no puedo evitarlo. No quiero hacerlo. No voy a eludirlo. Soy un sapo. Esa es mi naturaleza.

Antonio Vega

14 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 16 comentarios

El vestido

Había abierto por tercera o cuarta vez el armario  y sacado el vestido, rojo fuego, había comentado la dependienta al traerlo en su percha, para observarlo con ojo crítico. Mientras se lo ponía por encima y se miraba en la luna del vestidor se dijo: es perfecto para la fiesta de esta noche. Simplemente perfecto. ¿Sexy? Sí, muy sexy, pero sofisticado y elegante.  Y tiene muy buena caída, parece una tela de agua sobre el cuerpo. El vestido justo para demostrarle a todos, incluido el imbécil de Manolo, que a mí no se me abandona, ¡a mí se me pierde! Como dicen los franceses debo “epatar” a mi ex y a la lobotomizada de la “Balones”. ¡Hay que ver qué bien pone los motes la salvaje de Pepi!  El primer día que me lo dijo me quedé de piedra. “Sí mujer, dijo al ver mi cara de palo, ¿no te has fijado que parecen dos balones inflados pegados a las amígdalas? Seguro que se ha operado. Vamos, que tu ex se ha comprado un par de tetas para su pitopausia”. Desde entonces, cada vez que hablamos de ella decimos la Balones, ¿para qué cambiar?  Seguro que esta noche se presenta con uno de esos vestidos vulgares, con el cretino de Manolo babeando detrás. Es penoso ver cómo un hombre que has creído inteligente durante años  pierde el oremus por un culito respingón  y tira por la borda un matrimonio de tanto tiempo. ¡Se cuenta y no se cree! Pepi diría que esto se veía venir, que los hombres son todos iguales y que yo a él lo tenía muy idealizado. No sé, es posible que sí.

Vuelve al espejo y al vestido: Creo que los pendientes largos, de perlas rosa son los ideales  pero no lo tengo tan claro con el collar a juego. Me parece demasiado ostentoso y vulgar, como la Balones.  Necesito algo que realce el vestido y, para mí, ese collar sólo sería  como un parapeto. ¡Bueh!  Ya lo pensaré cuando  me esté vistiendo. Los zapatos que compré esta tarde no están mal, pero… no sé… no sé… Quizás el tacón un poco alto. ¡Bah!, no importa. No pienso bailar en toda la noche, sino  encandilar un poco a Eduardo. Según Pepi,  me ha estado tirando los tejos desde hace años.  Dejarse querer no hace daño a nadie. ¡Para que vea el Imbécil que, desde que se fue, no estoy llorando por las esquinas y arrinconada en casa! Y, ahora que me acuerdo, tengo que llamarlo para que me dé, de una vez por todas, la llave de la casa de la playa. Y nada de tonterías, la sentencia es clara en este punto. Mejor hablo con el  abogado y que él  se lo comunique, por si Manolo se pone flamenco. ¡Dios mío! ¿Y qué tiene este vestido en el hombro? Parece una mancha de lápiz de labios. Mía no es, éste no es mi color. Cuando me lo probé tuve mucho cuidado con el maquillaje. ¡No me lo puedo creer! Siempre me tiene que pasar  algo… Y la estúpida de la dependienta no lo vio ¿O sí?  Y tampoco Pepi, me acuerdo que entonces estaba  dentro del probador.  Está claro, el lunes sin falta pienso ir y poner a caldo a la boutique entera, desde la limpiadora al dueño, ese mariquita revenido con cara de limón pocho. Levantaré los techos a gritos. ¡Se van a enterar éstos…!  ¿Qué puedo hacer? Y ahora, estos estúpidos lagrimones… Tengo que ir a esa fiesta, sí o sí. No puedo dejar de ir; no puedo darles motivos de risa… ¡Y, menos, de pena! ¡Lo que me faltaba es que el Imbécil y esa mononeuronal  de 25 años me compadecieran! Tengo que llamar a Pepi, me quedan dos horas para arreglar esto. Pepi siempre tiene recursos para todo. A ver, ¿cómo era? Emm… ¿era 77  ó 75? Cada vez que llamo tengo la misma duda. Un ring,… dos… tres… Pepi, por favor, contesta… Sí, Pepi,  soy  yo, Maribel. Necesito que me ayudes, tienes que ayudarme… ¿Que qué me pasa? Que me voy a morir de un ataque de nervios. ¡El vestido tiene en el hombro una mancha de  lápiz de labios!…  Qué vestido va ser, el que me compré contigo para la fiesta… Sí, el rojo… Sí,tiene una mancha… No, no es muy grande, pero se nota… ¿Con…? ¿Tú crees que con eso se puede quitar la mancha? ¿No es muy fuerte?…  ¿Y si acaba por estropearlo del todo…?  Ya sabes, tengo que ir… ¿Uno de tus vestidos? No, no creo que me quede bien… No, no estoy llorando… Aaah…tu hermana… ¿Y tendrá algún vestido que me venga bien…? ¿Así, del estilo del rojo…? ¡Tiene que tener alguno! Que no, que no estoy llorando… Voy para tu casa…  Que no estoy nerviosa… Sí, ya salgo para tu casa…  Sí, sí… con el vestido… Sí, con todo: zapatos, pendientes… Sí, sin gemidos ni lágrimas… Sí, tranquila, muy tranquila.

Rosana Echeverría Brescia

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | 3 comentarios

Extraños aparentes

Se cruzó con él la mañana de un caluroso domingo cuando, en busca de un poco de brisa fresca, deambulaba sin rumbo por la atestada avenida de la playa. Era un tipo de lo más corriente. Una de esas personas con las que puedes encontrarte todos los días sin que repares en ellas. Sin embargo, algo –si le preguntáramos no sabría respondernos qué– hizo que se fijara en él.

Al observarlo más detenidamente, amparado por la multitud, notó una especie de conexión entre ambos, como si el resto de su vida dependiera de lo que hiciera aquel desconocido. Por ello, pensó en seguir sus pasos, observar a dónde se dirigía y tratar de averiguar algo sobre él. Para hacerlo, no tuvo que desviarse de su itinerario habitual, ya que el extraño parecía seguir su mismo recorrido.

Asombrado, vio que aquel hombre giraba en la esquina de su calle y no sólo entraba en su edificio, sino que se dirigía hasta el apartamento en el que vivía, de alquiler, desde hacía casi dos años y abría la puerta con su propia llave.

Intrigado y bastante nervioso, tocó el timbre de su apartamento. Instantes después, el desconocido le abrió la puerta. Sin poderse contener, le dijo que llevaba toda la mañana siguiéndolo, hasta que lo había visto entrar en su apartamento y le preguntó quién era y qué clase de broma era aquélla.

Desconcertado, el desconocido le respondió que lo que le contaba era imposible. Le dijo que era un escritor que llevaba casi dos años viviendo en aquel apartamento y, además, aquella mañana no había salido de casa. Desde muy temprano había estado trabajando en una historia en la que dos tipos corrientes se cruzaban mientras paseaban por la playa y uno de ellos, presa de una extraña atracción, se veía obligado a seguir al otro hasta su casa.

Ruymán J. Jiménez.

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

Premonición

 

Llaman a la puerta. Una extraña sensación de alerta sacude mi cuerpo. El corazón grita y en ese instante siento la necesidad de huir. Al girar el pomo confirmo la sospecha.

Dos hombres, uno gordo y otro con sombrero, se identifican y presentan.

¿Cómo me habrán encontrado?

Les invito a pasar, malditos cerdos. Los sigo con la mirada sin perder detalle. Se sientan y comienzan el proceso.

“Nada puede salir mal, todo está controlado” repito mentalmente las palabras con las que mi socio terminó de convencerme. Confío en él como en mí mismo.

El tipo gordo saca un cigarro y se lo lleva a la boca. Pregunta por cifras, cuentas bancarias y un asesinato.

Alguien debe haberles puesto al corriente, pero ¿quién? Sólo lo sabe una persona y el chivatazo es simplemente imposible.

El gordo enciende el cigarro.

Esa lengua de fuego que expulsa el mechero… Algo se activa en mí. Comienzo a recordar la pesadilla y los terrores nocturnos de los últimos días.

El del sombrero enseña unos papeles.

Es la primera noche, estoy eufórico. Tomo algunos tragos, veo algo de televisión y me acuesto. Despierto en plena madrugada entre el sudor y los gritos. Aquí comienza el calvario. No consigo pegar ojo y recuerdo fragmentos a modo de fotogramas: la noche, un bosque, cipreses, un estruendo.

El gordo intenta hacerse el simpático. Asegura tener pruebas para condenarme a perpetua.

En noches sucesivas vuelvo a soñar. Ahora comienzo a recordar con más detalle. Atravieso el bosque de cipreses y nuevamente escucho el estruendo. Camino apresurado hacia el origen. Cuando casi llego a mi destino, una enorme tarántula se cruza en mi camino. Se apoya sobre sus  patas, se pone en pie y agita sus apéndices delanteros. La contemplo, me provoca repulsión.

El del sombrero dice que me la han jugado.

Al llegar encuentro un cuerpo inerte de espaldas. Lo volteo. Lleva una máscara blanca con una franja roja que la recorre verticalmente. Le quito la máscara. Contemplo con horror que el ser inerte que yace ante mí soy yo. El murmullo del viento acompaña unos pasos que terminan en mi espalda. Al darme la vuelta contemplo una figura familiar, empuña un revólver. Hijo de puta.

El gordo dice que por unos miles todo estará solucionado. Acerca un talonario. Acompaña la acción con esa estúpida sonrisa de cerdo que me gustaría borrarle. Extiendo el cheque. Se despiden y aconsejan que me largue de la ciudad. Al verlos atravesar el umbral comienzo a cimentar los pilares de mi yo futuro: no confiar en nadie, prestar más atención a las señales, matar a mi hermano.

Rayco Arbelo

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Insostenible situación

Piensa dejarla, yo lo sé, él me lo contó. Sin duda es la mujer de su vida y bien sabe que la situación no es sostenible. Lo tiene decidido, no sabe cómo ni cuándo pero lo hará.

Ella despierta temprano, lo acaricia con ternura maternal mientras continúa dormido. Desayuna a su lado junto al ordenador. Consulta el correo, las noticias, toma café, el estado meteorológico y de carreteras. Vuelve sobre su piel, lo acaricia de manera descendente, lo besa en la frente y pone rumbo al trabajo.

Él pasa casi todas las noches en vela acompañado de su inseparable Cutty Shark. Termina de escribir y la mañana, ad infinitum, comienza a desperezar la ciudad. A veces contempla el claroscuro que se forma entre los recovecos de las edificaciones cercanas. La melodía de algún pájaro madrugador suele acompañar el último vistazo. Corre las cortinas dando por finalizado el alboreo. Con delicadeza se recuesta a su lado, la besa en el cuello y antes de cerrar los ojos pierde noción de toda existencia. A veces, cuando ella despierta, se desvela. Le agrada el sentimiento de aparente ausencia mientras ella, ingenua, cree que duerme.

Él me lo ha contado. En ocasiones despierta a mediodía y fantasea con la idea de que ella no forma parte de su vida. Acto seguido suele sentir una sensación de vacío, más parecida a la aflicción que a la tristeza. Entonces es cuando intenta luchar contra sí mismo. Se acerca a la ventana y contempla ante sus ojos la creación. La luz convierte el paisaje en algo totalmente diferente. La calidez de la primavera lo embriaga y de súbito recupera las ganas de vivir, de vivir a su lado. Mismo ritual, para mismas sensaciones. Se viste apresurado como si su pensamiento le llevara la delantera y temiera que ella se enterase de lo que hace nada ha pensando.

Terminará poniéndose su gorra roja y saliendo disparado hacia el ascensor. Llegará hasta la cafetería de siempre, pedirá un expreso. No se desperezará del todo; hecho que no le impedirá correr hacia la parada, tomar la guagua y llegar al hospital.

Llegará a su destino, recorrerá algunas calles, bajará una empinada pendiente y contemplará el mar, sin aminorar la marcha. Atravesará la puerta del hospital, comprará flores y tomará el ascensor, que parará en todas las plantas hasta llegar a la unidad de hematología.

La busca, pregunta por ella, espera y al poco sale envuelta en ese blanco celestial. Le entrega el ramo de crisantemos a la vez que pregunta si comerán juntos. Ella sonríe, él la abraza y no puede contener sus lágrimas. Ella sonríe y las seca a lo que añade: ¿Quién te ha colgado el mar de las pestañas?, el mismo verso que él utilizó el día en que se conocieron. Ella vuelve sobre sus pasos, regresa, ponen dirección al almuerzo.

A pesar de todo piensa dejarla, yo lo sé, él lo escribió en el blanco de mis hojas.

Rayco Arbelo

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Mensajes emergentes

-¡Tío, tío, menudo bombazo! Adivina a quiénes me he encontrado juntos en el baño de abajo.

-¿A quiénes?

-A don Javier y a la malencarada.

-¿Y?

-¿Cómo que y? Fotocopias no hacían…

-Venga ya, otra de tus coñas, ¿no?

-Que coña ni coña. Entro al baño, la puerta del váter está cerrada, veo que tengo el nudo de la corbata flojo, aprovecho para ajustármelo y empiezo a oír ruidos raros, como de mucho movimiento. Me descojono pensando que será la gorda subiéndose la faja, y salen aquellos dos “coloraos” y medio sudorosos.

-No me jodas, qué fuerte, tío. Pero, si el jefe debe de tener cien años.

-Cien años y un kilo de viagra pero allí estaban y no veas las sonrisitas antes de verme.

-¿Y, qué hiciste?

-¿Qué hice? Coger el móvil como si me vibrara y salir del baño disimulando como pude.

-Menudo corte.

-Ya te digo. Pero, colega, ¿cómo se lía con el cáncamo ése? Si esa tía no vale ni para fregar el suelo con su cara, y, encima, la mala leche que tiene…

-Ésas son las mejores, ya sabes. Anda que el  viejo no puede elegir, con la pasta que tiene.

-Chacho, no vayas a contar nada, que se me cae el pelo.

-Tranquilo, tío, ya sabes que conmigo no tienes problema.

-Ya, por eso te lo he contado; por eso y porque, si no lo cuento, reviento, ja, ja. Espera, Jorge, que me llaman.

-Sr. Domínguez, venga a mi despacho cuando pueda, por favor.

-Enseguida, don Javier.

Mónica Graña

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Receta para amas de casa aburridas

Querida amiga: ¡muy buena mañana! Aquí empieza… (suenan tambores, o en su defecto valdrían también troncos gruesos) su esperado espacio semanal.

Como cada viernes, le presentaremos, y en sólo veinte minutos, la mejor receta. Ya sabe, siempre facilitadas por las ancianas de nuestra comunidad, y con el patrocinio de “Menhires Mortuorios: El Más Allá”.  

Recuerde que, a falta de luz natural en nuestras cuevas, ha de preparar un buen fuego. Que debe tener a mano todos los instrumentos que pudiera necesitar (tales como punzones, vasijas y otros cuencos o suficiente leña). Y no olvide colocarse una vestimenta adecuada.

Los ingredientes para el menú de hoy son: 400 mililitros de sangre cuajada (a ser posible fresca), 200 gramos de arena, polen al gusto, barro en porciones, agua, hojitas varias de variados tamaños y tipos, piedras y semillas, algún bichito… Pero recuerde nuestro lema: “Ante todo CREATIVIDAD, todo lo que se le ocurra y más.” 

Tiempo: el que haga falta.

Dificultad: muy fácil.

Raciones: indefinidas…

***

Dejé la piedra en su sitio y me eché a caminar. Pero me pareció que, aun habiéndome alejado, aquel eco seguía resonando. Para todos, para nadie, para mí.  Cuando me incorporé al grupo, el guía desplegaba, ante unos interlocutores boquiabiertos, un sinfín de teorías sobre la funcionalidad del arte rupestre, según diversas escuelas de antropología y universidades de prestigio internacional. Sonreí recordando aquella vocecita. Tal vez, simplemente, sólo eran los juegos de invierno de un puñado de mujeres ya algo lejanas a nosotros. Repitiendo quizá, quién sabe desde cuándo, la fórmula más vieja y sencilla. Y además, aplicable a todo.       

Nayra Pérez Hernández

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios