Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Burbujas

 

Encendió la luz del pasillo y vio las sombras retirarse hacia la oscuridad. Dos segundos después, miraba directamente la bombilla que colgaba del techo, y cerró los ojos, con su recuerdo en la retina.

Buscó a tientas el interruptor de la luz, cerró la puerta tras de sí, y apoyó la espalda contra ella, aún con los ojos cerrados, buscando la burbuja que guardaba su pedacito de alma.

La encontró donde siempre. Escondida. Puede que algo más pequeña, pero igual de fuerte e igual de valiente. La saludó desde dentro hacia afuera, dándole un poco de todo lo bueno que le quedaba en aquella casa, empezando por la luz del pasillo, de la cocina, del salón, del dormitorio… de la luna, en la terraza, que luchaba por abrirse paso entre las nubes de tormenta.

En aquella terraza, que en invierno era fría e incómoda, y en verano una bendición maldita por la falta de intimidad, allí, se encendió un cigarro y saludó a las estrellas, que vencían la batalla comenzada por la luna, y a los árboles, cargados de agua.

Brindó como siempre su saludo a la noche, y aunque los recuerdos la martirizaban, permitió que le recordaran lo fuerte que era, porque al fin y al cabo, son como volutas de humo: en cuanto las ves, desaparecen.

Su burbuja no había sido un accidente, ni el fruto de una aventura fantástica; tampoco del devenir de los acontecimientos, que provocan el resultado impredecible e irremediable de un destino, predeterminado por las fuerzas creadoras de llamas en burbujas. En absoluto. Esa llama, esa burbuja, su fuerza, su energía, ese cambio, esas ganas de combatir fueron la coincidencia de absurdas decisiones y ridículos pasos.

Aquella casa en la que había vivido durante cinco años se había quedado llena de él; de su magia –de la blanca y de la negra-; de su esencia; de su vida y de su no vida; de sus encuentros y de sus desencuentros; de su marcha y de su vuelta. Aquella casa, en la que dejaría de vivir pronto, se había hecho fuerte en sus debilidades y débil en las batallas, cansada ya de la guerra.

Una guerra que ella había alimentado y envenenado. Es difícil determinar la situación en cuándos, cómos, dóndes, cuántos, porque uno nunca sabe cómo ha llegado a según qué punto de su vida. De repente, te preguntas dónde estás, por qué, desde cuándo.

Y la peor de todas, hasta cuándo.

Cande Pons

14 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

UN TRABAJO BIEN HECHO

                  

Se conocen en el orfanato y se vuelven a encontrar después de diez años. Marcos es ya un hombre que sabe bien lo que quiere. El otro, Samuel, es mucho más joven y fácil de manipular.

Marcos es un prestigioso abogado que pudo estudiar gracias a su familia adoptiva, y que, además, es aficionado al arte. Los ratos libres los pasa en los museos y exposiciones, pero con una predilección muy especial por las ilustraciones y acuarelas de gran valor artístico, como las de Rafael de Penagos.

Se saludan y comienzan a hablar y a contarse su vida. En un determinado momento, Marcos le ofrece un trabajo al amigo y éste lo atiende con sumo interés.

 Samuel escucha  las explicaciones examinando cada gesto del abogado y acepta rápidamente el ofrecimiento para visitar museos y exposiciones.

El negocio es prometedor.

 Muy pronto aprende a desenvolverse bien en ese ambiente.

El abogado le enseña poco a poco el valor de las ilustraciones y pinturas que aprende muy rápido. No sólo adquiere conocimientos sobre los precios de las obras, sino también la habilidad para poder robarlas. Tiene a un buen maestro. Estos cuadros son luego vendidos y se repartirán las ganancias. Hasta ese momento todo marcha sobre ruedas.

Cuando roba por primera vez, su vida cambia, ya no es dueño de sí mismo.

Los robos se realizan con maestría, sin dejar huella alguna y siempre es Samuel el que los comete  dentro del Museo.

Entra y sale sin que nadie lo note.

El abogado se mantiene al margen y se limita a recibir en su despacho la mercancía robada que después vende a los coleccionistas y marchantes a muy buen precio. Su estatus debe mantenerse intacto. Pero los repartos de las ganancias no son justos y Samuel decide cometer los robos por su cuenta. Quiere separarse y trabajar por cuenta propia. Pero ¿cómo informar al abogado de sus intenciones?

Hace ya mucho tiempo que esta idea le da vueltas en la cabeza, pero ¿de qué modo hacerlo? Ya no lo necesita; está  al tanto de la mercancía y de la colocación de la misma. Ya tiene  cierto prestigio dentro de ese mundo y todos los que lo conocen lo valoran y respetan.

El abogado debe desaparecer de la escena, pero ¿de qué forma?

No puede dejar huellas y esto lo medita largamente.

Samuel se inventa un viaje a Londres por razones de trabajo, que nunca realiza y desaparece por un tiempo de los ambientes artísticos.

Marcos sigue en la ciudad, frecuentando los museos.

La avaricia puede más que él y una noche se acerca al museo a robar. El amigo, que conoce su ambición, espía sus paseos nocturnos. Esa noche espera su salida del museo con la mercancía que seguramente traerá en la mano, lo aborda con mucho sigilo y lo mata sin mediar palabra.

Se llevaba, ni más ni menos, una acuarela de Rafael de Penagos  valorada en muchos miles de euros. Se aleja tranquilamente del escenario del crimen y entonces sí se va realmente a Londres a vender la obra. Ahora comienza su verdadera carrera de ladrón profesional y en solitario. Ya ha aprendido todo lo que debía aprender.

Blanca Brescia

14 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

La piel verde

antoniovega_lapielverde

 

Dios mío. Está ocurriendo otra vez. Pero ahora es peor: no hay donde ocultarse.

Todo tiene una naturaleza a su pesar. Es el sino de los objetos inertes y de los seres vivos. Es algo que existe dentro, muy dentro, en las profundidades de la misma cuestión de ser. Es nuestro carácter, nuestro destino, es, en definitiva, nosotros, más nosotros que la simple forma, la mera apariencia, voluble, mutable, finita, que no es más que la envoltura de nuestra naturaleza, inmutable, permanente, inevitable. Normalmente, uno y otra, ser y apariencia, concuerdan. Otras veces, por desgracia, no. De ahí, de ninguna otra causa, provienen todos los desequilibrios del universo. Así, hay soles con ánimo de estrellas, casas con personalidad de cárcel, lujurias con marchamo de virtudes, coches con espíritu asesino, flores con vocación de coronas fúnebres. Mi naturaleza es anfibia: soy un sapo.

La señora Ortega me dirige una mirada cariñosa y se interesa por mí: que si soy feliz con el puesto, que si he comprado piso, que si ya tengo novia. Con los ojos vidriosos por el whisky, el señor Ortega esboza una sonrisa malévola y da un codazo a Gutiérrez a su lado y le hace un comentario al oído.

En mi más corta edad me sabía renacuajo, distinto de los demás niños. Mis compañeros de clase y los chicos del barrio presentían mi viscosidad solitaria, mi alma húmeda y ansiosa de los rincones umbríos y frescos y me dejaban solo suspirando por todas las charcas del mundo. Papá y Mamá, hasta que fallecieron, Dios los tenga en su gloria, siempre lamentaron, nunca delante de mí, por supuesto, que su único hijo les saliera rana, como bien dice la expresión.

De mayor aprendí a ocultar mi verdadero yo, no haciéndome notar, rehuyendo las ocasiones en que podía ser descubierto, comiendo moscas en soledad. Pero ahora, al alcance de la mirada de estos rostros ebrios y jactanciosos, está saliendo a la superficie. Percibo cómo el tacto de mis dedos se vuelve pegajoso e intento evitar que las yemas que se están volviendo ventosas se adhieran al frágil mantel de papel.

Nunca tuve novia. Las chicas son muy intuitivas y en la primera cita adivinaban la idiosincrasia que yo trataba de esconder bajo un gesto ido y silencioso que no me delatara. Nunca volvían a responder a mis llamadas.

De los labios del señor Ortega cuelga un hilillo de saliva alcohólica que se balancea peligrosamente sobre su terno cuando habla a gritos a alguien al otro lado de la larga mesa. Cuando su esposa se lo hace notar discretamente, le responde con brusquedad, cuando celebra “su” cumpleaños con “sus” empleados quiere ser uno más, no seas aguafiestas, que siempre estás igual, incordio de mujer.

Noto latir la piel verde bajo esta forma humana seca e incómoda y cómo busca manifestarse y respirar con sus poros ahogados el aire del reservado en el restaurante. Me disculpo con embarazo y me dirijo al servicio al otro lado de la mesa llena de gritos y humo. Allí, tras cerrar el pestillo, me descubro la camisa a rayas y doy de beber a la piel de anfibio que lucha por salir. Mi rostro en el espejo es por momentos verde en el que unos enormes ojos giran 360º sin control. Golpes impacientes en la puerta. Es González, acompañado de la rubia Piluca. Que qué haces ahí, joder. Si tienes la ropa empapada. Tío más raro eres. Déjate de hacer el idiota. No lo molestes, sólo es tímido, dice la rubia Piluca y empuja a González dentro del baño masculino y cierran y ríen. ¿Tímido yo? Qué poco me conocen. Yo soy el amo de la charca. Mi croar es ley y suena como un trueno sobre el agua verdosa, los juncos de la orilla, el musgo de las piedras. Hasta las eléctricas libélulas temen acercarse a mi reino acuoso, so pena de perecer en mis terribles fauces ¿Tímido yo?

Dios mío. La muda debe de estar completando su curso: cuando aparezco, todos callan y me miran. El Sr. Ortega, enfundado en su terno azul podrido, clava sus ojillos compuestos de díptero en mí, donde me veo reflejado decenas, cientos de veces, viscoso, verde, poderoso. Desafiante, me reta con un penetrante zumbido provocador, que inicia un zumbido colectivo de regocijo. Como un disparo, mi lengua sale proyectada hacia la gran mosca jefe, que atrapo por el abdomen y levanto sin esfuerzo. Se debate y chilla impotente suspendida en medio de la sala, mientras me dejo embelesar por las irisaciones de su cuerpo azul metálico. Es un magnífico ejemplar, así que apenas presionando con mi lengua la parto en dos y la engullo de un bocado. Las demás moscas zumban aterrorizadas y, enloquecidas, chocan contra la mesa, las paredes, el techo, tratando inútilmente de huir. Va a ser un verdadero festín. Esta vez no puedo evitarlo. No quiero hacerlo. No voy a eludirlo. Soy un sapo. Esa es mi naturaleza.

Antonio Vega

14 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 16 comentarios