Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El primogénito

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Finalmente, después de muchos años trabajando en secreto en la soledad de su laboratorio, el Doctor Esaú Rosales había conseguido crear el robot perfecto. Era consciente de que el ingenio que había creado no tenía parangón en el, hasta entonces, incipiente campo de la robótica. Sin embargo, ante la previsible conmoción que podría causar en el ámbito de la Ciencia en particular y, en general, en una sociedad extraordinariamente sensibilizada tras los desastres de la guerra en Europa, quería estar seguro de la fiabilidad de su creación antes de darla a conocer al mundo. Además, como científico, consideraba indispensable someter a su robot a un período de experimentación controlada. Es por ello que, para tal fin, y también, por qué no decirlo, a un rapto de vanidad, lo había ideado como una réplica exacta de sí mismo, y lo había instruido con paciencia y minuciosidad en las más diversas disciplinas del pensamiento, el arte y la ciencia, con la intención de hacerle pasar por un imaginario y largamente ausente hermano gemelo suyo.

Se decidió a presentarlo en sociedad coincidiendo con la celebración de una reunión diplomática en el Club Rotario de Barcelona, del cual era miembro. En previsión de que algo se escapase a su control o de que su artefacto, de alguna manera, llegase a constituir un peligro para los allí presentes, decidió llevar consigo un pequeño dispositivo que había fabricado a tal efecto, de manera que, accionando un pequeño interruptor, los circuitos cerebrales del robot se colapsarían provocando su inutilización permanente. Sin embargo, a pesar de sus temores iniciales, sus amigos quedaron fascinados desde el primer momento por el encanto y el saber estar del autómata, a quien el doctor presentó como su hermano Jacobo, poeta, viajero, comerciante y hombre, en definitiva, de rica y extravagante vida bohemia. El doctor Rosales pudo constatar, complacido, cómo nadie, ni siquiera los más avezados biólogos, psicólogos o ingenieros allí presentes, se apercibía del engaño. Animado por el éxito cosechado por Jacobo, y aprovechando los numerosos viajes que efectuaba  con fines académicos, lo llevó consigo a París, Londres, Nueva York, Roma, y tantos otros destinos idóneos para su enriquecimiento cultural y vital, en los cuales Jacobo hizo siempre gala de unas extraordinarias habilidades sociales, parejas, cuando menos, a las del mismo doctor. Todo parecía marchar a las mil maravillas. Los resultados del experimento superaban sus mejores expectativas, y cada vez se vislumbraba más cercano el día en que el doctor Rosales pudiera revelar al mundo su milagrosa creación.

Sin embargo, los acontecimientos comenzaron lentamente a tomar un cariz imprevisto. Por ejemplo, Jacobo se había integrado con tal éxito en la vida de su supuesto hermano Esaú, que en más de una ocasión llegó a ser invitado a algún acontecimiento del que el doctor fue, no obstante, relegado. Además, sus primeros escritos, que el doctor Rosales había presentado con timidez a diferentes editores de su confianza, comenzaban a cosechar un moderado éxito. El nombre de Jacobo Rosales empezaba a sonar con inusitada frecuencia en los corrillos de sociedad, y en especial en los de las jóvenes casamenteras. El doctor comenzó a sentir cierta envidia de su máquina. Ello era, por supuesto, ridículo, pues además de estar convencido de la inutilidad de dicho sentimiento, para su mentalidad científica carecía de toda lógica comparar sus aptitudes con las de una máquina, por mucha apariencia humana que esta tuviera. A veces se sorprendía a sí mismo acariciando la idea de apagar a Jacobo y dar el experimento por nunca realizado, pero de inmediato la desechaba por acientífica, consciente de estar dando pábulo a sus más despreciables pulsiones humanas. Incluso, trató de analizar con absoluto rigor científico la creciente simpatía que su prometida, Raquel, parecía sentir por Jacobo. Pero un día se le presentó la excusa perfecta para terminar con el experimento. Jacobo llegó más tarde de lo acostumbrado a casa, y además trayendo consigo un olor, un aroma a perfume femenino, que el doctor creyó reconocer como familiar. Ante los requerimientos del doctor por averiguar dónde había estado, Jacobo se negó a dar ningún tipo de explicación. Entonces el doctor bajó a su laboratorio, enfurecido, cogió el mando destinado a inutilizar el cerebro mecánico de Jacobo, y accionó el interruptor.

Cuando, días más tarde, sus conocidos comenzaron a extrañarse por la ausencia de su hermano, Jacobo les contó que el doctor había tenido que emprender un lejano viaje debido a sus estudios científicos, y que no sabía dar cuenta de la fecha estimada de su regreso.  

Pedro Hernando

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20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El pianista

 

Me siento. La observo como si fuese la primera vez. Me sirven la primera copa de la noche: vermouth, siempre comienzo con vermouth. La levanto dedicándole el trago. Disfruto del concierto. El saxofonista es realmente bueno y el acompañamiento vocal es un complemento perfecto. Termina la actuación, el estruendo de los aplausos invade la sala. Baja del escenario, se dirige hacia mí sin apartar la mirada. Traje rojo, labios rojos, la pasión reencarnada. El resto de la sala centra su atención en ella, es un efecto que suele provocar. La corista, mi corista… Me levanto, nos besamos, nos abrazamos, recuperamos a ritmo de piano las horas del exilio. Bailamos, más besos. Se sonríe. Toma el pañuelo de mi chaqueta y me libera del carmín que ahora debe de adornar mis labios. Debo de parecer un invertido.

Nos sentamos. La ginebra y la promesa de pasar unos días en un pequeño hotel de las afueras me hacen sentir el ser más feliz de esta condenada ciudad.

Entrelazamos nuestros dedos. Es preciosa. Su timbre de voz  arrancaría a un muerto de la  tumba. Hablamos, levanta su brazo. El saxofonista se acerca, ella nos presenta y él se sienta con nosotros. Es comedido, dice exactamente lo que tiene que decir, ni una palabra más.

Pedimos la tercera ronda de martinis y entramos en confianza. Habla de los grandes que han pasado por el club, sobre el lenguaje oculto de la música, la magia de la melodía. A la sexta ronda el rumor de las mesas colindantes pierde intensidad, la sala comienza a entrar en letargo dejando de fondo el rumor de las cuerdas percutidas de un piano.

El saxofonista, algo más liberado en sus palabras, comienza a contar una historia. Una historia que no sé si es cierta, pero que no olvidaré.

Michel fue un fuera de serie, experimentado maestro, talentoso pianista de jazz, un genio. Existía un rumor sobre su espectacular manera de tocar y digo existía porque desapareció. Sí, literalmente desapareció. Nadie se explica cómo alguien con sus limitaciones físicas podía tocar de esa manera. Te cuento: tenía la enfermedad esa de los huesos de cristal, el tipo estaba doblado sobre sí mismo, tanto que parecía perderse sobre su abdomen. Eso sí, tocaba el piano como los ángeles, o como un demonio… El rumor que circulaba era que había vendido su alma.

Una noche, con la sala a rebosar, sucedió el hecho inexplicable. La gente no se lo cree, lo toman como una leyenda.

En la primera hora de una magnífica actuación, la policía irrumpe en la sala. Acordonan la zona ante el revuelo. El tipo que está al mando se sienta en una de las mesas. Va de paisano, al parecer un tipo muy sagaz en lo suyo.

Así que imagina: mitad del concierto, el ambiente cargadísimo, espectacular, el gran Michel deleita con su arte, qué digo arte, lo siguiente al arte. Comienza a entrar la poli, veinte por lo menos. Se sitúan en los laterales de la sala mientras observan la actuación. A todo esto Michel como si nada y la banda acompañando. Una vez finaliza, viene la ovación. El poli al mando se acerca al escenario, solicita silencio y exige que nadie se mueva. Lo felicita y le lee sus derechos. Nadie sabe la causa, pero no puedo imaginar lo que ha podido hacer un tipo tan entrañable. Él acepta sin discusión, pero antes pide tocar una última pieza. El jefe de policía concede su petición y, con un chasquido de dedos, hace una indicación al resto. Comienzan a cercar el escenario. El público expectante sigue en silencio. Suenan las primeras notas, los primeros acordes repitiendo una escala, dicen, que de corte arábigo. Ya sabes, siempre se ha relacionado el arábigo con lo demoníaco. Y ahora viene lo mejor: tras unos cinco minutos los miembros de la banda comienzan a caer al suelo, luego los policías que lo cercan, el público, los camareros y el barman.

Pasa un tiempo indeterminado y despiertan, como si lo hicieran de un largo sueño: desubicados, desorientados. Buscan una explicación pero no la encuentran, todo sigue como antes, salvo que Michel y su piano han desaparecido.

Tras el relato, tomamos el último trago y nos despedimos. Pasamos por el guardarropa, coloco el abrigo a mi corista, despido al portero con un gesto pugilístico, sonríe y salimos.

No sé si la historia será cierta, lo que sí sé es que mi corista y yo desapareceremos unos días en ese pequeño hotel con piscina de las afueras.

Rayco Arbelo

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

El amor confeso

 

Hacía muchos días que no salía de su pluma ni una sola palabra. Ninguna idea brotaba de su cabeza. Algo le atormentaba día y noche, algo que no podía comprender.

Se encontraba en su escritorio y los últimos rayos de sol, le rozaban la piel, mientras intentaba concentrarse. Estaba acostumbrada a que las ideas surgieran de su cabeza sin ningún problema, pero no llegaba a comprender esa falta de concentración. O quizás sí podía saber cuál era el motivo y éste, por raro que le pareciera, tenía nombre de mujer. Era Julia la que había cambiado su vida, una tarde fría del mes de febrero. Acababa de llegar de su país y necesitaba un trabajo, y ella era un desastre con las tareas del hogar. Sólo hizo falta un buen amigo para unir estas dos almas.

Pensando en ella fue quedándose adormilada sobre el papel. Se despertó sobresaltada cuando pasaba el tren junto a su casa. Ya era y se encontraba muy agitada. Observó que el papel que antes estaba en blanco, ahora estaba escrito y comenzó a leer:

Julia tenía que haber llegado hace ya casi una hora y ni siquiera siento su perfume por la escalera. En cuanto llegue tengo que pedirle disculpas por lo que ocurrió la otra noche. Había bebido un poco y… No, no puede ser una excusa. Pero ella estaba tan guapa… Su piel olía a flores recién cortadas, su pelo caía sobre sus hombros desnudos… Sonreía cada vez que hablábamos y entendí que quizás era el momento. Pero no, me equivoqué. Cuando la intenté besar, su cara de sorpresa y espanto me demostró que no deseaba lo mismo que yo. Y huyó, se fue rápidamente sin mirarme, ni siquiera cerró la puerta.

Ya oigo sus llaves en la puerta. Ha venido, quizás me dé otra oportunidad. Pero no, me habla sin mirarme a la cara, su mirada me esquiva. Sus labios me dicen que no va a volver, que ha encontrado otro trabajo, que le pagan más. Eso es todo, el dinero.

Intento detenerla, le pido disculpas y le ruego que no se vaya. No volverá a pasar. Pero me empuja, me vuelve la cara, me rechaza. Se va, se va y no la puedo detener. De nuevo me deja sola  y no lo puedo permitir. El abrecartas que tengo sobre el escritorio, se vuelve mas oscuro cada vez que golpeo su cuerpo con él.

Cuando acabó de leer, el corazón le latía cada vez más fuerte. No, no podía ser verdad. No sería capaz de… Miró sus manos y sí, estaban llenas de sangre. Sobre la alfombra, el cuerpo de Julia yacía sin vida.

Elena Eggers.

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Huecos

Ese día saldrás temprano a buscarte la vida en la inmensa ciudad llena de huecos.

Caminarás con precaución, como sueles hacerlo desde que comprendiste el peligro que corres si pierdes el paso una sola milésima de segundo.

Al desembocar en la larguísima calle de Los Desamparados, una bocanada de aire caliente te chamuscará la mirada, perderás el ritmo, y te hundirás en un inmenso hueco que la sofocante humareda no te permitirá ver.

La ciudad cumplirá su cometido.

    Patricia Rojas de Leunda

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

EL DESTINO

 

¿Se encontraban en San Sebastián Ezequiel y Edurne que acababan de comenzar sus vacaciones en el país vasco para luego proseguir viaje por la costa hasta llegar a Francia?

¿Estaban encima de unas rocas esperando la llegada de las traineras y no querían perderse ese espectáculo?

¿Se estaban impacientando porque no veían a lo lejos ninguna embarcación, extrañándose porque nadie estaba esperando su paso por aquel lugar?

¿Comentó Edurne a su novio si se habrían despistado y no sería por aquella zona donde deberían pasar las embarcaciones, o se habrían equivocado de día?

¿Había leído Ezequiel ese día el diario confirmándole la fecha del evento y que ésa era la zona ideal para verlas pasar?

¿Hubo ese día en esa zona un fuerte oleaje con olas de más de seis metros que tuvo que encontrarlos desprevenidos?

¿Arrastró la enorme ola a Edurne y Ezequiel?

¿Al día siguiente comentaron los periódicos ese incidente? ¿Había alguna persona cerca que pudo ver desaparecer a Ezequiel y  Edurne?

¿Dijeron, asimismo, que en esa zona se iba a celebrar una carrera de traineras que se suspendió por desavenencias con unos remeros que competían en ella?

¿Es verdad que cerca del lugar de los hechos se encontró un coche aparcado matrícula de Segovia y que aún sigue en el mismo lugar?

Ana María Martín González

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Master and server

Vivirás.

Seguirás viviendo largos años sólo porque te lo he ordenado. Y cada vez que abras los ojos, verás mi rostro. Cada vez que los cierres, escucharás el ruido de tu revólver. Cada vez que seas incapaz de conciliar el sueño, notarás el peso del arma en tu mano, la resistencia del gatillo al apretarlo.

Cada día que sigas viviendo, me recordarás marcando mi frente con los dedos y luego cayendo por el acantilado. Te asomarás al abismo para buscar el punto donde, bajo la furia del mar, yazco.

Pero no has de reprochártelo. Fue tu elección.

Me dijiste que harías cualquier cosa por complacer mis deseos.

Nisa Arce

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

El chivatazo

 

-¡Coño, Javi, adelanta, que no voy a poder hacer ni una puñetera foto! –exclamé quitándome la última legaña del ojo.

-Relájate, tío, que no hace ni cinco minutos que salimos –me contestó él, tan relajado como de costumbre.

-Necesito fotos de los cuerpos en el agua –insistí– y, para cuando lleguemos… –dejé inacabada la frase al ver que habíamos llegado a la presa.

Aún no había Javi puesto el freno de mano, y ya estaba yo corriendo hacia el lugar del rescate con la cámara en una mano, el flash en la otra y la mochila mal colgada de un hombro.

Tras espetar un simple “¿Qué pasa, tíos?” a los miembros del operativo que permanecían en la orilla, solté la mochila, monté el flash y empecé a sacar fotos desde el lugar con mejor ángulo que pude encontrar tras la zona acordonada. Por suerte, los cuerpos seguían dentro de la presa. “A ver si ningún otro medio recibe el chivatazo a tiempo y consigo el puto aumento con esto” –pensé–, “Reportaje completo del rescate de dos conocidos empresarios locales”.

Tras grabar las declaraciones de los responsables de la Guardia Civil y de Cruz Roja encargados del rescate, Javi se acercó adonde yo estaba, a tiempo de ver juntos cómo llegaban los cadáveres a tierra.

-¡Denles la vuelta para hacer fotos de las caras! –pedí a los socorristas al ver que sacaban los cadáveres boca abajo de la embarcación.

-Enseguida, compañero –contestó el que tenía pinta de estar al mando.

Me preparé para disparar en ráfaga en cuanto empezaran a voltear los cuerpos, mientras Javi, aún soñoliento, también, miraba con expectación a mi lado.

En cuanto vi la cara del primero, me quedé paralizado, incapaz de hacer ni una sola foto.

Inmediatamente, los socorristas le dieron la vuelta al otro cuerpo, lo que no me ayudó a reaccionar. A pesar de la erosión por el tiempo que los cadáveres habían estado en el agua, no había duda: los cadáveres no eran de los famosos empresarios, sino los nuestros; ¡los cadáveres recién rescatados de la presa éramos nosotros, Javi y yo!

El corazón se me a puso a mil revoluciones o se me paró de golpe, no estoy seguro. Solo sentía un frío paralizante, vértigo y náuseas. Cuando logré reaccionar, miré a Javi que, también, me estaba mirando, incrédulos ambos de lo que veíamos sobre el suelo arcilloso. Ninguno entendió nada. ¿Cómo íbamos a estar muertos y vivos  a la vez?

Mónica Graña

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Un crimen contemporáneo

  Al parecer algunos de los tiros le acertaron de lleno en el corazón, los médicos manifestaron en un comunicado oficial que sus heridas eran mortales de necesidad. Además, según los expertos, no se dejó nada al azar, lo habían planeado todo hasta el mínimo detalle. Al día siguiente, los titulares de los periódicos publicaron en primera plana la luctuosa y sorprendente noticia. Por otra parte, el escándalo internacional era inaudito, numerosos jefes de estado hicieron públicamente llamamientos a la calma, al tiempo que condenaban enérgicamente el terrible crimen. Por si esto no fuera poco, durante aquellos días medio mundo permaneció atento al televisor esperando ansiosamente nuevos datos que aclararan el suceso; en cada ciudad, en cada pueblo, en el seno más íntimo de cada familia, no había tema de conversación que no terminara desembocando en lo mismo; la alarma y la incertidumbre eran generales. 

 No mucho tiempo después del suceso, con el país en estado de excepción, se convocó con carácter de urgencia al máximo tribunal, formado ad hoc por las personalidades militares y jurídicas  más prominentes. Según fuentes oficiales, era de importancia capital arrojar luz e investigar a fondo, puesto que el futuro de la nación y la paz social dependían de ello. No era para menos, teniendo en cuenta que por aquellos días estaba en mente de todos lo extraño del crimen y las implicaciones que comportaba. Lo cierto es que pasados los funerales de estado, las exequias, y los panegíricos, el difunto presidente de la República yacía a dos metros bajo tierra, y aún nadie había conseguido averiguar los auténticos motivos de su asesinato. Unos apuntaban al golpe de estado, mientras que otros hablaban de simple magnicidio, pero más allá de las opiniones y de las hipótesis que las mentes más preclaras exponían concienzudamente ante audiencias expectantes, sólo existía una persona en este mundo que sabía la verdad; se trataba del general de estado mayor Gerardo Yánez, a la sazón el ejecutor del crimen.

El general Yánez tenía un expediente intachable, su reputación era inmaculada, de una blancura refulgente, y además le unía al presidente de la República un vínculo de especial afecto; su acción, por lo tanto, era sencillamente inexplicable. Descartado el motivo de la rivalidad personal, el tribunal inquiría acerca de la posibilidad de que se tratara de un mero complot político. Quizás el acusado sólo fuera la pieza central de una trama que tuviera como fin producir un cambio violento del poder, pensaban; pero el general no soltaba prenda, negaba cualquier clase de complicidad e insistía, por más que lo interrogaran, en que no formaba parte de ninguna facción sediciosa del ejercito; él no había organizado nada, ni siquiera estaba en contra de la figura política que encarnaba el finado presidente. Sin embargo, los hechos, según opinaba la mayoría, hablaban por sí mismos. Un crimen horrendo, casi sacrílego, había sido perpetrado a plena luz del día y a la vista de todos. El general Yánez había sido visto empuñar un arma y disparar al presidente repetidas veces en medio del desfile anual que conmemoraba la histórica batalla de la independencia del país. Los testigos, a centenares, señalaban al general como el autor de los disparos, extremo que el mismo Yánez jamás se había esforzado por desmentir, y además subrayaban la calma y seguridad con que había encañonado y asesinado al presidente. Para complicar aun más las cosas, las circunstancias en las que había sido perpetrado el crimen, es decir, en el desfile más importante de la mayor fiesta nacional, suponían para el tribunal un enorme agravante que hacía del  mismo algo aún más abyecto, y no se comprendía cómo podía el acusado admitir con semejante tranquilidad su autoría.

Llegado el día del juicio, ante un tribunal que le observaba adustamente, el general se dispuso a responder a las preguntas de la comisión de investigación. Por todos era sabido cuál sería la naturaleza de las cuestiones, puesto que el suceso en sí mismo era diáfano. No había incertidumbre de ninguna clase acerca del qué, el quién, el cómo o el cuándo; sólo restaba el porqué. El acusado permanecía sentado, sumido en una calma que algunos definirían como budista, otros como estoica, y quizás los más escépticos como maquiavélica. Pero, en cualquier caso, su mirada no daba muestras de temor. Todo lo contrario; era mantenida en alto con firmeza.

Antes de comenzar el juicio, siguiendo el procedimiento habitual exigido por la ley, el general fue conminado a manifestar su inocencia o a reconocer su culpabilidad; y para sorpresa de todos los asistentes, el asesino, con voz clara, se declaró inocente. El fiscal, estupefacto y con tono irritado, se dirigió a él.

-Así que usted se declara inocente, ¿no es así? –le preguntó.

-Así es, señor –respondió.

-Pero usted ha reconocido en toda forma y manera, en varias ocasiones, ser el autor del crimen –interpuso el fiscal –. Usted ha reconocido que empuñó y apretó el gatillo del arma que acabó con la vida del Presidente. Además, una muchedumbre entera lo vio con sus propios ojos.

-No lo niego, señor –respondió con calma –, pero eso no quiere decir que no sea inocente.

-¡Usted, señor, se burla de este tribunal! –gritó el fiscal mientras lo señalaba con el dedo- Usted pretende hacer de este juicio una farsa, no sé con qué oscuros motivos: primero asesina el espíritu de la nación, y ahora pretende reírse de su sagrada justicia.

-Nada de eso, nada de eso, usted no me ha entendido –dijo atropelladamente el general, que súbitamente mostraba señales de apuro.

-¿Qué yo no le he entendido? Dígame, Sr. Yánez, ¿qué hay que entender, si los hechos se explican por sí solos? –dijo el fiscal con un gesto de condescendencia- Veamos, señor, ¿admite usted haber disparado el arma que mató al presidente en el desfile de las fuerzas armadas del día de la independencia?.

-¡Sí! –dijo el general con voz firme- Yo poseía el arma, yo estaba junto al presidente y le observaba dirigir el desfile mientras la acariciaba, sentía su tacto frío y seguro, su fuerza telúrica, pero –prosiguió el general con un tono de voz sedante, casi voluptuoso- yo no disparé, yo no le maté, nunca quise hacerlo.

-¡Usted ha perdido el juicio! –le espetó el fiscal- Y, si usted, que poseía el arma, no fue quien disparó, ¿quién puede haberlo hecho?

-Sobre ese asunto ya no estoy tan seguro –contestó-. Pienso que debería ser investigado,  son   necesarias pruebas empíricas- asumió el general-,  pero yo diría que fue el arma la que me disparó a mí en lugar de yo a ella.

El fiscal, fuera ya de sus casillas, concluyó:

–Es decir, que para usted no hubo intención, ni causalidad; ha sido casi como un acto del destino… ¡Está loco de remate!

Y el general, encogiéndose de hombros, contestó:

–No lo sé, no estoy seguro. Lo único que puedo decir, es que creo que soy un sujeto absolutamente contemporáneo.

Jabel Ramírez.   

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

La biblioteca trotante

Quiero contarte que han pasado muchos años desde que dejé de ser uno de esos niños de grandes ojos redondos y barriga panzuda. Pero sólo hace poco supe que aquel duende que nos sigue encantado con sus relatos se llama Luis Humberto Soriano, y es un sencillo maestro de primaría que siente una arrebatadora pasión por la literatura.
Cuando el llevar relatos de aldea en aldea le pareció poco, se propuso la tarea de formar una biblioteca con patas, grandes orejas y cola. Creó la Biblioburro.
Empezó su biblioteca trotante con dos resabidos asnos: Alfa y Beto, quienes, con sus alforjas rebosantes de volúmenes, cabalgan su sabiduría por estas calurosas tierras caribeñas.
Soriano, con su sombrero vueltiao y sus zapatos rotos, es el duende libro que cruza veredas y arroyos, y que ahora, con la ayuda de sus orejudos libreros, recorre los polvorientos caminos, desparramando textos por las ramas del Dividivi.
Con su biblioteca andante, alegra las penas de los adultos sin infancia, y llena de goce la vida de los niños de estos tiempos.

Patricia Rojas de Leunda

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios