Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El amor confeso

 

Hacía muchos días que no salía de su pluma ni una sola palabra. Ninguna idea brotaba de su cabeza. Algo le atormentaba día y noche, algo que no podía comprender.

Se encontraba en su escritorio y los últimos rayos de sol, le rozaban la piel, mientras intentaba concentrarse. Estaba acostumbrada a que las ideas surgieran de su cabeza sin ningún problema, pero no llegaba a comprender esa falta de concentración. O quizás sí podía saber cuál era el motivo y éste, por raro que le pareciera, tenía nombre de mujer. Era Julia la que había cambiado su vida, una tarde fría del mes de febrero. Acababa de llegar de su país y necesitaba un trabajo, y ella era un desastre con las tareas del hogar. Sólo hizo falta un buen amigo para unir estas dos almas.

Pensando en ella fue quedándose adormilada sobre el papel. Se despertó sobresaltada cuando pasaba el tren junto a su casa. Ya era y se encontraba muy agitada. Observó que el papel que antes estaba en blanco, ahora estaba escrito y comenzó a leer:

Julia tenía que haber llegado hace ya casi una hora y ni siquiera siento su perfume por la escalera. En cuanto llegue tengo que pedirle disculpas por lo que ocurrió la otra noche. Había bebido un poco y… No, no puede ser una excusa. Pero ella estaba tan guapa… Su piel olía a flores recién cortadas, su pelo caía sobre sus hombros desnudos… Sonreía cada vez que hablábamos y entendí que quizás era el momento. Pero no, me equivoqué. Cuando la intenté besar, su cara de sorpresa y espanto me demostró que no deseaba lo mismo que yo. Y huyó, se fue rápidamente sin mirarme, ni siquiera cerró la puerta.

Ya oigo sus llaves en la puerta. Ha venido, quizás me dé otra oportunidad. Pero no, me habla sin mirarme a la cara, su mirada me esquiva. Sus labios me dicen que no va a volver, que ha encontrado otro trabajo, que le pagan más. Eso es todo, el dinero.

Intento detenerla, le pido disculpas y le ruego que no se vaya. No volverá a pasar. Pero me empuja, me vuelve la cara, me rechaza. Se va, se va y no la puedo detener. De nuevo me deja sola  y no lo puedo permitir. El abrecartas que tengo sobre el escritorio, se vuelve mas oscuro cada vez que golpeo su cuerpo con él.

Cuando acabó de leer, el corazón le latía cada vez más fuerte. No, no podía ser verdad. No sería capaz de… Miró sus manos y sí, estaban llenas de sangre. Sobre la alfombra, el cuerpo de Julia yacía sin vida.

Elena Eggers.

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20 abril 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

1 comentario »

  1. Una buena base de partida, un mejor desarrollo, un estilo de los cercanos a mi gusto, un desenlace sin presentir…Un placer leer un relato como este. (Cuando sea mayor yo quiero escribir cosas así, aunque tenga que viajar hasta Lesbos).

    Comentario por Andres S.S. | 4 mayo 2009 | Responder


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