Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El pianista

 

Me siento. La observo como si fuese la primera vez. Me sirven la primera copa de la noche: vermouth, siempre comienzo con vermouth. La levanto dedicándole el trago. Disfruto del concierto. El saxofonista es realmente bueno y el acompañamiento vocal es un complemento perfecto. Termina la actuación, el estruendo de los aplausos invade la sala. Baja del escenario, se dirige hacia mí sin apartar la mirada. Traje rojo, labios rojos, la pasión reencarnada. El resto de la sala centra su atención en ella, es un efecto que suele provocar. La corista, mi corista… Me levanto, nos besamos, nos abrazamos, recuperamos a ritmo de piano las horas del exilio. Bailamos, más besos. Se sonríe. Toma el pañuelo de mi chaqueta y me libera del carmín que ahora debe de adornar mis labios. Debo de parecer un invertido.

Nos sentamos. La ginebra y la promesa de pasar unos días en un pequeño hotel de las afueras me hacen sentir el ser más feliz de esta condenada ciudad.

Entrelazamos nuestros dedos. Es preciosa. Su timbre de voz  arrancaría a un muerto de la  tumba. Hablamos, levanta su brazo. El saxofonista se acerca, ella nos presenta y él se sienta con nosotros. Es comedido, dice exactamente lo que tiene que decir, ni una palabra más.

Pedimos la tercera ronda de martinis y entramos en confianza. Habla de los grandes que han pasado por el club, sobre el lenguaje oculto de la música, la magia de la melodía. A la sexta ronda el rumor de las mesas colindantes pierde intensidad, la sala comienza a entrar en letargo dejando de fondo el rumor de las cuerdas percutidas de un piano.

El saxofonista, algo más liberado en sus palabras, comienza a contar una historia. Una historia que no sé si es cierta, pero que no olvidaré.

Michel fue un fuera de serie, experimentado maestro, talentoso pianista de jazz, un genio. Existía un rumor sobre su espectacular manera de tocar y digo existía porque desapareció. Sí, literalmente desapareció. Nadie se explica cómo alguien con sus limitaciones físicas podía tocar de esa manera. Te cuento: tenía la enfermedad esa de los huesos de cristal, el tipo estaba doblado sobre sí mismo, tanto que parecía perderse sobre su abdomen. Eso sí, tocaba el piano como los ángeles, o como un demonio… El rumor que circulaba era que había vendido su alma.

Una noche, con la sala a rebosar, sucedió el hecho inexplicable. La gente no se lo cree, lo toman como una leyenda.

En la primera hora de una magnífica actuación, la policía irrumpe en la sala. Acordonan la zona ante el revuelo. El tipo que está al mando se sienta en una de las mesas. Va de paisano, al parecer un tipo muy sagaz en lo suyo.

Así que imagina: mitad del concierto, el ambiente cargadísimo, espectacular, el gran Michel deleita con su arte, qué digo arte, lo siguiente al arte. Comienza a entrar la poli, veinte por lo menos. Se sitúan en los laterales de la sala mientras observan la actuación. A todo esto Michel como si nada y la banda acompañando. Una vez finaliza, viene la ovación. El poli al mando se acerca al escenario, solicita silencio y exige que nadie se mueva. Lo felicita y le lee sus derechos. Nadie sabe la causa, pero no puedo imaginar lo que ha podido hacer un tipo tan entrañable. Él acepta sin discusión, pero antes pide tocar una última pieza. El jefe de policía concede su petición y, con un chasquido de dedos, hace una indicación al resto. Comienzan a cercar el escenario. El público expectante sigue en silencio. Suenan las primeras notas, los primeros acordes repitiendo una escala, dicen, que de corte arábigo. Ya sabes, siempre se ha relacionado el arábigo con lo demoníaco. Y ahora viene lo mejor: tras unos cinco minutos los miembros de la banda comienzan a caer al suelo, luego los policías que lo cercan, el público, los camareros y el barman.

Pasa un tiempo indeterminado y despiertan, como si lo hicieran de un largo sueño: desubicados, desorientados. Buscan una explicación pero no la encuentran, todo sigue como antes, salvo que Michel y su piano han desaparecido.

Tras el relato, tomamos el último trago y nos despedimos. Pasamos por el guardarropa, coloco el abrigo a mi corista, despido al portero con un gesto pugilístico, sonríe y salimos.

No sé si la historia será cierta, lo que sí sé es que mi corista y yo desapareceremos unos días en ese pequeño hotel con piscina de las afueras.

Rayco Arbelo

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20 abril 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

4 comentarios »

  1. Muy bueno, tío. La atmósfera de género negro clásico está muy lograda, y, sobre todo en el arranque, es muy dinámico, tiene un tono a lo “Sin City” que te introduce en el relato como un tiro. Sin embargo, respecto a ese elemento de la enfermedad de huesos de cristal, no sé si es del todo necesario. Me explico: creo que la historia no cambiaría sustancialmente si el tipo tuviese igualmente una pésima salud pero una enfermedad más corriente, como cáncer o tuberculosis. O, si me apuras, algún tipo de enfermedad degenerativa. Sin embargo, esta enfermedad de los husos de cristal es tan, tan poco común, que introduces un elemento muy llamativo, por lo improbable, en la trama, y luego no le das continuidad, no afecta en nada al devenir de la historia. Otra cosa sería si el tipo, por ejemplo, se rompiese los dedos tocando el piano o algo así, entonces esa enfermedad tan infrecuente adquiriría sentido dentro de la historia. No sé, me parece que supone más un elemento de distracción que un aporte fundamental al relato. En todo caso es el único pequeño fleco que le veo sobresalir a un, por lo demás, estupendo cuento, cuya lectura he disfrutado, de verdad, mucho.

    Comentario por Kepa Hernando | 21 abril 2009 | Responder

  2. Buen relato…. ¿Martini seco?

    Comentario por Tristán | 21 abril 2009 | Responder

  3. Me gusta el estilo usado para escribir este relato. Muy buena la idea base. Las muñecas rusas un poco perdidas. Me lié un poco con la entrada de los “maderos”…el tipo que estaba al mando… el poli al mando…se sentó….se dirigió al escenario…Mientras me deslío del gordiano pienso que disfruté con la lectura de este buen trabajo.

    Comentario por Andres S.S. | 4 mayo 2009 | Responder

  4. Muy buen relato que “dice exactemente lo que tiene que decir”, y de la forma como debe decirlo.

    Comentario por Patricia Rojas | 5 mayo 2009 | Responder


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