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Taller de cuentos

El primogénito

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Finalmente, después de muchos años trabajando en secreto en la soledad de su laboratorio, el Doctor Esaú Rosales había conseguido crear el robot perfecto. Era consciente de que el ingenio que había creado no tenía parangón en el, hasta entonces, incipiente campo de la robótica. Sin embargo, ante la previsible conmoción que podría causar en el ámbito de la Ciencia en particular y, en general, en una sociedad extraordinariamente sensibilizada tras los desastres de la guerra en Europa, quería estar seguro de la fiabilidad de su creación antes de darla a conocer al mundo. Además, como científico, consideraba indispensable someter a su robot a un período de experimentación controlada. Es por ello que, para tal fin, y también, por qué no decirlo, a un rapto de vanidad, lo había ideado como una réplica exacta de sí mismo, y lo había instruido con paciencia y minuciosidad en las más diversas disciplinas del pensamiento, el arte y la ciencia, con la intención de hacerle pasar por un imaginario y largamente ausente hermano gemelo suyo.

Se decidió a presentarlo en sociedad coincidiendo con la celebración de una reunión diplomática en el Club Rotario de Barcelona, del cual era miembro. En previsión de que algo se escapase a su control o de que su artefacto, de alguna manera, llegase a constituir un peligro para los allí presentes, decidió llevar consigo un pequeño dispositivo que había fabricado a tal efecto, de manera que, accionando un pequeño interruptor, los circuitos cerebrales del robot se colapsarían provocando su inutilización permanente. Sin embargo, a pesar de sus temores iniciales, sus amigos quedaron fascinados desde el primer momento por el encanto y el saber estar del autómata, a quien el doctor presentó como su hermano Jacobo, poeta, viajero, comerciante y hombre, en definitiva, de rica y extravagante vida bohemia. El doctor Rosales pudo constatar, complacido, cómo nadie, ni siquiera los más avezados biólogos, psicólogos o ingenieros allí presentes, se apercibía del engaño. Animado por el éxito cosechado por Jacobo, y aprovechando los numerosos viajes que efectuaba  con fines académicos, lo llevó consigo a París, Londres, Nueva York, Roma, y tantos otros destinos idóneos para su enriquecimiento cultural y vital, en los cuales Jacobo hizo siempre gala de unas extraordinarias habilidades sociales, parejas, cuando menos, a las del mismo doctor. Todo parecía marchar a las mil maravillas. Los resultados del experimento superaban sus mejores expectativas, y cada vez se vislumbraba más cercano el día en que el doctor Rosales pudiera revelar al mundo su milagrosa creación.

Sin embargo, los acontecimientos comenzaron lentamente a tomar un cariz imprevisto. Por ejemplo, Jacobo se había integrado con tal éxito en la vida de su supuesto hermano Esaú, que en más de una ocasión llegó a ser invitado a algún acontecimiento del que el doctor fue, no obstante, relegado. Además, sus primeros escritos, que el doctor Rosales había presentado con timidez a diferentes editores de su confianza, comenzaban a cosechar un moderado éxito. El nombre de Jacobo Rosales empezaba a sonar con inusitada frecuencia en los corrillos de sociedad, y en especial en los de las jóvenes casamenteras. El doctor comenzó a sentir cierta envidia de su máquina. Ello era, por supuesto, ridículo, pues además de estar convencido de la inutilidad de dicho sentimiento, para su mentalidad científica carecía de toda lógica comparar sus aptitudes con las de una máquina, por mucha apariencia humana que esta tuviera. A veces se sorprendía a sí mismo acariciando la idea de apagar a Jacobo y dar el experimento por nunca realizado, pero de inmediato la desechaba por acientífica, consciente de estar dando pábulo a sus más despreciables pulsiones humanas. Incluso, trató de analizar con absoluto rigor científico la creciente simpatía que su prometida, Raquel, parecía sentir por Jacobo. Pero un día se le presentó la excusa perfecta para terminar con el experimento. Jacobo llegó más tarde de lo acostumbrado a casa, y además trayendo consigo un olor, un aroma a perfume femenino, que el doctor creyó reconocer como familiar. Ante los requerimientos del doctor por averiguar dónde había estado, Jacobo se negó a dar ningún tipo de explicación. Entonces el doctor bajó a su laboratorio, enfurecido, cogió el mando destinado a inutilizar el cerebro mecánico de Jacobo, y accionó el interruptor.

Cuando, días más tarde, sus conocidos comenzaron a extrañarse por la ausencia de su hermano, Jacobo les contó que el doctor había tenido que emprender un lejano viaje debido a sus estudios científicos, y que no sabía dar cuenta de la fecha estimada de su regreso.  

Pedro Hernando

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20 abril 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. El relato me ha fascinado. El interruptor a jugado muy bien su cometido; tremendo como objeto mágico. Y el final te ha quedado bordado. Saludos.

    Comentario por César Socorro | 21 abril 2009 | Responder

  2. La cuestión de la jodienda… no tiene enmienda.
    Me encanta la idea de la cual parte este relato. La señora o señorita Shelley sería de la misma opinión.
    Aunque el estilo usado no entra en mis preferidos está muy logrado.

    Comentario por Andres S.S. | 4 mayo 2009 | Responder


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