Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Un crimen contemporáneo

  Al parecer algunos de los tiros le acertaron de lleno en el corazón, los médicos manifestaron en un comunicado oficial que sus heridas eran mortales de necesidad. Además, según los expertos, no se dejó nada al azar, lo habían planeado todo hasta el mínimo detalle. Al día siguiente, los titulares de los periódicos publicaron en primera plana la luctuosa y sorprendente noticia. Por otra parte, el escándalo internacional era inaudito, numerosos jefes de estado hicieron públicamente llamamientos a la calma, al tiempo que condenaban enérgicamente el terrible crimen. Por si esto no fuera poco, durante aquellos días medio mundo permaneció atento al televisor esperando ansiosamente nuevos datos que aclararan el suceso; en cada ciudad, en cada pueblo, en el seno más íntimo de cada familia, no había tema de conversación que no terminara desembocando en lo mismo; la alarma y la incertidumbre eran generales. 

 No mucho tiempo después del suceso, con el país en estado de excepción, se convocó con carácter de urgencia al máximo tribunal, formado ad hoc por las personalidades militares y jurídicas  más prominentes. Según fuentes oficiales, era de importancia capital arrojar luz e investigar a fondo, puesto que el futuro de la nación y la paz social dependían de ello. No era para menos, teniendo en cuenta que por aquellos días estaba en mente de todos lo extraño del crimen y las implicaciones que comportaba. Lo cierto es que pasados los funerales de estado, las exequias, y los panegíricos, el difunto presidente de la República yacía a dos metros bajo tierra, y aún nadie había conseguido averiguar los auténticos motivos de su asesinato. Unos apuntaban al golpe de estado, mientras que otros hablaban de simple magnicidio, pero más allá de las opiniones y de las hipótesis que las mentes más preclaras exponían concienzudamente ante audiencias expectantes, sólo existía una persona en este mundo que sabía la verdad; se trataba del general de estado mayor Gerardo Yánez, a la sazón el ejecutor del crimen.

El general Yánez tenía un expediente intachable, su reputación era inmaculada, de una blancura refulgente, y además le unía al presidente de la República un vínculo de especial afecto; su acción, por lo tanto, era sencillamente inexplicable. Descartado el motivo de la rivalidad personal, el tribunal inquiría acerca de la posibilidad de que se tratara de un mero complot político. Quizás el acusado sólo fuera la pieza central de una trama que tuviera como fin producir un cambio violento del poder, pensaban; pero el general no soltaba prenda, negaba cualquier clase de complicidad e insistía, por más que lo interrogaran, en que no formaba parte de ninguna facción sediciosa del ejercito; él no había organizado nada, ni siquiera estaba en contra de la figura política que encarnaba el finado presidente. Sin embargo, los hechos, según opinaba la mayoría, hablaban por sí mismos. Un crimen horrendo, casi sacrílego, había sido perpetrado a plena luz del día y a la vista de todos. El general Yánez había sido visto empuñar un arma y disparar al presidente repetidas veces en medio del desfile anual que conmemoraba la histórica batalla de la independencia del país. Los testigos, a centenares, señalaban al general como el autor de los disparos, extremo que el mismo Yánez jamás se había esforzado por desmentir, y además subrayaban la calma y seguridad con que había encañonado y asesinado al presidente. Para complicar aun más las cosas, las circunstancias en las que había sido perpetrado el crimen, es decir, en el desfile más importante de la mayor fiesta nacional, suponían para el tribunal un enorme agravante que hacía del  mismo algo aún más abyecto, y no se comprendía cómo podía el acusado admitir con semejante tranquilidad su autoría.

Llegado el día del juicio, ante un tribunal que le observaba adustamente, el general se dispuso a responder a las preguntas de la comisión de investigación. Por todos era sabido cuál sería la naturaleza de las cuestiones, puesto que el suceso en sí mismo era diáfano. No había incertidumbre de ninguna clase acerca del qué, el quién, el cómo o el cuándo; sólo restaba el porqué. El acusado permanecía sentado, sumido en una calma que algunos definirían como budista, otros como estoica, y quizás los más escépticos como maquiavélica. Pero, en cualquier caso, su mirada no daba muestras de temor. Todo lo contrario; era mantenida en alto con firmeza.

Antes de comenzar el juicio, siguiendo el procedimiento habitual exigido por la ley, el general fue conminado a manifestar su inocencia o a reconocer su culpabilidad; y para sorpresa de todos los asistentes, el asesino, con voz clara, se declaró inocente. El fiscal, estupefacto y con tono irritado, se dirigió a él.

-Así que usted se declara inocente, ¿no es así? –le preguntó.

-Así es, señor –respondió.

-Pero usted ha reconocido en toda forma y manera, en varias ocasiones, ser el autor del crimen –interpuso el fiscal –. Usted ha reconocido que empuñó y apretó el gatillo del arma que acabó con la vida del Presidente. Además, una muchedumbre entera lo vio con sus propios ojos.

-No lo niego, señor –respondió con calma –, pero eso no quiere decir que no sea inocente.

-¡Usted, señor, se burla de este tribunal! –gritó el fiscal mientras lo señalaba con el dedo- Usted pretende hacer de este juicio una farsa, no sé con qué oscuros motivos: primero asesina el espíritu de la nación, y ahora pretende reírse de su sagrada justicia.

-Nada de eso, nada de eso, usted no me ha entendido –dijo atropelladamente el general, que súbitamente mostraba señales de apuro.

-¿Qué yo no le he entendido? Dígame, Sr. Yánez, ¿qué hay que entender, si los hechos se explican por sí solos? –dijo el fiscal con un gesto de condescendencia- Veamos, señor, ¿admite usted haber disparado el arma que mató al presidente en el desfile de las fuerzas armadas del día de la independencia?.

-¡Sí! –dijo el general con voz firme- Yo poseía el arma, yo estaba junto al presidente y le observaba dirigir el desfile mientras la acariciaba, sentía su tacto frío y seguro, su fuerza telúrica, pero –prosiguió el general con un tono de voz sedante, casi voluptuoso- yo no disparé, yo no le maté, nunca quise hacerlo.

-¡Usted ha perdido el juicio! –le espetó el fiscal- Y, si usted, que poseía el arma, no fue quien disparó, ¿quién puede haberlo hecho?

-Sobre ese asunto ya no estoy tan seguro –contestó-. Pienso que debería ser investigado,  son   necesarias pruebas empíricas- asumió el general-,  pero yo diría que fue el arma la que me disparó a mí en lugar de yo a ella.

El fiscal, fuera ya de sus casillas, concluyó:

–Es decir, que para usted no hubo intención, ni causalidad; ha sido casi como un acto del destino… ¡Está loco de remate!

Y el general, encogiéndose de hombros, contestó:

–No lo sé, no estoy seguro. Lo único que puedo decir, es que creo que soy un sujeto absolutamente contemporáneo.

Jabel Ramírez.   

Anuncios

20 abril 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

1 comentario »

  1. Muy bien narrado, y con un final, a mi modo de ver, brillante (sonrío mientras esto escribo). Una exposición clara y precisa de los hechos, un desarrollo bien medido, un magnífico uso de los diálogos y hasta una posible e interesante lectura política… Me ha encantado. Enhorabuena.

    Comentario por Kepa Hernando | 21 abril 2009 | Responder


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: