Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Los tres escalones

Maryluz, señora ya entrada en años, se dispone a coger el ascensor. Vive en el piso 13 de un edificio de veinte plantas. No es supersticiosa, así que el número de su piso no ha sido nunca un problema para ella. La vida que ha llevado con su marido ha sido normal, es decir, con estrecheces. Ahora él se encuentra aquejado de una lesión en uno de sus pies y apenas puede arrastrarlo, por lo que es ella quien ha de traer el sustento a casa.

Ha apretado en muchas ocasiones el botón rojo, pero el ascensor no acaba de llegar, así que, con pesar, toma el camino de las escaleras. Las baja despacio, aunque, a mitad del camino, mira el reloj y se apresura, pues el tiempo para llegar al trabajo se le está acabando. Al llegar a la planta baja, se atreve y salta los tres últimos escalones.

Algo mágico ocurrió en ese instante. Una luz muy intensa, parecida a un relámpago le inundó la vista. Cuando sus pies tocaron el suelo, su piel se había vuelto ligeramente más tersa, volvieron a crecerle dos dientes y dos muelas con los que el tiempo y la caries habían acabado, sus pechos recobraron turgencia y sus manos no mostraban tantas arrugas. Se quedó pasmada con el suceso, pero, aún sorprendida, continuó hacia su trabajo.

Por el camino, la gente que la conocía la saludaba con otros ojos. En el trabajo, sus compañeros la miraban de forma diferente: ellas, con envidia; ellos, con deseo. Pasó el día como pudo y, al salir, se dirigió a toda prisa a casa pensando en aquel salto. Entró al edificio, fue de nuevo a la escalera, se situó a la altura del tercer peldaño y saltó.

De nuevo una gran luz lo invadió todo y esta vez su cuerpo recuperó toda la juventud de los veinte años; su pelo recuperó el brillo y su dentadura recuperó todas sus piezas.

Emocionada, subió las escaleras lo más deprisa que pudo, pues el ascensor continuaba estropeado, llegó a la puerta de su casa y, a causa de los nervios, se le cayó el bolso al suelo. Mientras recogía sus cosas, su marido abrió la puerta, ya que había escuchado el alboroto que había ocasionado su esposa.

Cuando ella levantó su mirada hacia él, la sorpresa fue enorme y se quedó sin palabras. Ella le explicó lo que le había sucedido y lo animó a que lo siguiera. Él avanzaba escaleras abajo como buenamente podía. Se agarraba fuertemente al pasamanos, pero, aun así, su mujer, una joven vigorosa, le tendía su mano y él la tomaba. Casi al final, el hombre ya no podía más, estaba asfixiado. En la planta baja, el pobre hombre se quedó sin aire y se desvaneció ligeramente. Sus pies no aguantaron más y cayó rodando escaleras abajo. Justo al llegar al tercer escalón, se golpeó en la cabeza y murió.

Heriberto Arias Morales

22 abril 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , | 6 comentarios