Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Puntualidad

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Marcos se mantenía lo más alejado posible de los hospitales. Su aversión por ellos, se debía sin dudas a ese olor a alcohol que los invade, y que él siempre relacionaba, acertadamente, con la muerte. Solía decir: “solo se debe acudir a ellos si se está muerto, o si falta poco para estarlo”. Pero ayer, cuando le comunicaron que debía ir al hospital a identificar a un cadáver, no tuvo otra alternativa.  Aunque no le facilitaron el nombre, se trataba de alguien a quien Marcos conocía muy bien.

Una vez  allí, acudió a la sala destinada a las autopsias. Hablo con el forense, que no le aportó información sobre la identidad del muerto, salvo el hecho, de que el cadáver aún no se encontraba allí, y que tardaría una media hora en llegar.

Marcos se sentó en una de las incomodas sillas de la sala. Y a los pocos minutos, empezó a sentirse indispuesto. A pesar del intenso frío del sistema de aire acondicionado, Marcos se secaba con frecuencia el sudor de su frente, con un pañuelo que ya no podía contener ni una sola gota más. Solo deseaba que llegase el muerto, terminar con los trámites, y regresar a su casa, donde disfrutaría de un sueño reparador. Pero cuando faltaban unos minutos para la supuesta llegada del cadáver, su situación empeoró.  La visión se le nubló, y no podía articular palabra. Necesitaba ayuda. Que un médico le observase. Trató de andar tambaleándose, pero no había logrado dar más de tres pasos, cuando se desplomó.

Alertado por el fuerte ruido que produjo al caer, el forense entró en la sala. Vio como Marcos yacía cadáver  en el suelo. El forense comprobó la hora, y quedo atónito por la puntualidad con la que había llegado el muerto.

 César Socorro

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27 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La orden

 

Martín pensó que tenía que darse prisa o llegaría tarde a la estación. Pero esa noche estaba algo cansado. Se puso el abrigo y salió. Al llegar al portal se fijó en el suelo de la calle, estaba mojado y seguían cayendo unas gotas gruesas de aquel cielo oscuro. Pisó con cuidado los adoquines irregulares. Sabía donde pisar, no en vano todas las noches los contaba desde que salía hasta desembocar en otra calle larga y aun más oscura. Desde allí, y dando un rodeo, se llegaba a la estación del tren, que era su destino.

Al principio –de eso hacía muchos años- caminaba erguido. Vestía con elegancia su abrigo marrón –ahora su color era indefinido de tanto uso.- Caminaba con paso firme y elástico. Pero ya de aquel hombre quedaba poco, incluso su memoria había envejecido.

Sabía que tenía que recoger a alguien en esa estación. Su jefe de entonces –ya muerto- se lo había ordenado. Le había dado detalles de esa persona y le advirtió que no sabía el día de su llegada, que fuera todas las noches a esperarla.

Así lo hacía Martín. Con el paso del tiempo olvidó los detalles. Aquella noche hacía frío y la lluvia floja pero constante le empapaba su raído abrigo y se le metía en los huesos.

Se sentó en un banco de la estación abandonada. Dormitó con la cabeza inclinada. Al despertar no sabía dónde se encontraba, ni siquiera quién era.

Sara Godoy Santana.

27 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario