Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Noche incendiada

Es difícil relatar los extraños sucesos que vivimos aquellos días de enero. A buscar explicaciones ni me atrevo. Nadie supo decir exactamente cuándo. Lo cierto es que desapareció, sin darnos cuenta. Y entonces, como coranzoncitos agotados de bichos moribundos, las linternas empezaron a palpitar dentro de todas las guanteras y portabultos de todos los coches de la ciudad. A las que muy pronto se unieron, como ojos ciegos, desde gabetas y cajones, cuanto quinqué y lamparilla guardaba en sus casas la gente para salvar cualquier noche de apagón.     

Pudimos ser conscientes aquel domingo, cuando, tras la misa, por más que se empeñaran los monaguillos, volvían a encenderse una y otra vez los cirios sagrados. El viejo cura preguntaba gritando quién andaba tras aquella broma. Pero no relacionamos ambos sucesos, quizá porque nadie la vio nunca en la iglesia.

Luego les tocó a las profanas. En el cumpleaños de la dulce Inés, rodeada de todos sus compañeros de clase, las velitas de colores de la tarta compusieron una macabra melodía en La mayor sobre la nata y el derretido chocolate. Las mamás asustadas contemplaron la escena, aliviadas sólo porque sus pequeños sentían envidia y no miedo, imaginando que la niña podría pedir cuantos deseos quisiera aquella tarde. Pero tampoco nos dimos cuenta entonces. Tal vez porque no había noticia de que tuviese hijos y, por tanto, nunca fue vista en fiestas como aquélla.  

Se hizo evidente que ocurría algo extraño cuando los móviles no se apagaron más. El off no respondía, pero tampoco dejaban de brillar cuando a los aparatos se les quitaba la batería. Lo que en principio fue curioso, empezó a ser molesto. En el cine o el teatro, desde el bolsillo del pantalón de ellos, o desde el fondo de los bolsos de señoras y señoritas, los pequeños teléfonos parecían asomarse de modo permanente. Pero nadie la echó de menos allí. Pues aunque ella siempre tuvo espíritu artístico, y hasta estrafalario, se reía de los que intentaban encerrar las cosas lindas en un local, algo tan ridículo acaso como guardar la primavera en un jardín o en un marco. Y ciertamente bailaba y cantaba,  mucho, pero siempre sin techo, al viento. 

Lo de los faros de los vehículos y las luces de obras, por no hablar de unos semáforos enloquecidos, vino a confirmar nuestras sospechas de que aquellos primeros sucesos deslavazados eran graves. Pero el terror se apoderó de todos  cuando las farolas de todas las calles y avenidas y los focos de plazas y estadios siguieron alumbrando las 24 horas en su máxima potencia. Incluso el “Gremio de ladrones y aficionados al bien ajeno” (GLABA) lanzó un comunicado pidiendo solidaridad y ayudas familiares por no poder trabajar en condiciones dignas en ningún turno. Quizá entonces alguien se preguntara por ella, o nombrara por casualidad su nombre, que ni sabíamos realmente si era el suyo verdadero.

En los días sucesivos el alcalde declaró el estado de sitio. Prohibió a toda la población salir a la calle, bajo ningún concepto, so pena de multas y otras sanciones no menos importantes. E informó con detalle al Cabildo y al Gobierno Central, a la Unión Macaronésica del Norte y a la ONU, de un sol extraño y eterno que a medianoche azotaba la ciudad, solicitando de paso los auxilios oficiales pertinentes. 

El pánico desatado empezó cuando las luces de las casas y portales ya quedaron encendidas día y noche. Si bebés, mascotas y ancianos estaban inquietos y sumamente alterables, el resto andaba desvelado e irascible por esa rara luz perpetua. El cansancio se apoderaba de cuerpos y el nerviosismo de almas. La situación era insoportable. Unos intentaron desenroscar las bombillas, otros romperlas a escobazos, hasta hubo quienes arrancaron los cables de la instalación eléctrica  levantando baldosas y desencajando molduras, pero todo resultó inútil.

No sabría decir a ciencia cierta quién, cómo o por qué se percató de ello. Sólo sé que el rumor llegó buscándome casi a mí personalmente a la redacción, en donde yo me había refugiado. Y aun loca e infundada, aquella pequeña pista me inquietó desde el primer momento, removiéndome las entrañas, sacándome a empujones de allí, casi mi casa, donde desde hace tres décadas intento explicar sesuda y racionalmente cuanto acontecimiento pasa en esta jaula de asfalto en que nos ahogamos. No tengo otra existencia, lo confieso, fuera de ese cubículo.

Y salí a la noche encendida. Dicen que el deseo es más fuerte que cualquier miedo; y yo lo estaba comprobando. Quería saber. Así que, tal vez por primera vez en mi vida, me dejaba arrastrar hacia no sabía qué. Conduje sólo unos minutos por el que podría ser el escenario del fin del mundo. Allí estaba. Era cierto. Un punto, uno sólo en la desordenada madeja de construcciones que hilvanaba el plano urbano, permanecía no iluminado.

Sobre aquel banco de madera arañado por el salitre, pintarrajeado y lleno de escupitajos resecos, pero que aún guardaba la huella de su pequeño cuerpo, una vieja farola, descascarada, dormía. Entonces me pareció verla. Allí, en el parque del barrio, en la casa de juegos de los niños que fuimos, donde poco después robábamos los primeros besos consentidos… estuvo ella, como un árbol bello y silencioso, desde siempre. Leyendo periódicos atrasados, hablando a todos y a nadie, riñendo a sus gatos o peinándoles sus bigotes, alejándose por la acera en una danza improvisada… 

Me desperté tirado en la hierba húmeda, sintiendo un extraño aire, muy caliente para decir en enero, como una caricia casi. De golpe, todas las luces, precipitándose de no sé de qué cielo, se fundieron al fin. Y al tiempo que los gritos de los insomnes estallaron en la oscuridad más que nunca deseada, aquella farola abrió los ojos, tímida, quedando encendida para siempre.

Y es que Velia brillaba en todos nosotros, aunque no lo supiéramos. Dicen que no hay mayor ceguera que la de quien no quiere ver. 

 Nayra Pérez Hernández

25 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Los adentros de la isla

losadentrosdelaisla

Cuando me siento perdida, me busco la sombra desandando la isla, inaugurándola con mis ojos nuevos cada vez, tras cada pérdida. Al subir al coche nunca sé cuánto tiempo tardaré en recorrer sus aristas y pliegues. Esos días conduzco con la única certeza de que no pararé hasta encontrarme. La isla es pequeña, y casi redonda. No conoce principio. No tiene fin. Se asoma o se esconde como un sol aún niño que bailara torpemente con el mar.

Rítmicamente las olas corren a besarme los dedos desnudos. Para alejarse luego. A veces con tal violencia, que llego a pensar que se llevarán alguno enredado en la espuma. Y me los cuento. Uno, dos, tres… veinte, entre los callaos.  Y así, como ellos, los pequeños callaos que me sostienen, pienso, es mi vida. Soy yo misma. Cada vez más pequeña. Cada vez más ajada. Siempre moldeada por otras manos.

 La familia. La escuela. Ser la única chica. El mundo de arriba. El mundo de abajo. Ennoviarse casi niña por salir. Dormir con un extraño. El trabajo como cadena. La bebida. Las palizas. Los gritos que se tragan. Aguanta, Nuria, que esto es un pueblo. Los niños deseados. La espera inútil. Las envidias. La indiferencia. La soledad que mata. La fuerza que mengua. Los años que pasan. La enfermedad que amarra… Y esta isla. Espiral. Camino cerrado. Y entonces pienso que he de entregarme al mar, atragantarme de él, fundirme con él, perderme en él.  Porque yo quiero. Por una vez. Para siempre… Pero quizá ya es demasiado tarde. Y nunca me atrevo.

Entonces no me queda otra alternativa que el sueño. Crearlo. Construirlo. Y creérmelo. Porque no hay más salida. Aquí no hay otra vida posible para mí. Y lo llamo a gritos, revolcándome enloquecida en la arena. El sueño simple de ser otra. Una isla. Y no más un callao. Pensar que yo misma me puedo hacer desde abajo, desde dentro. Que cabalgo los mares. Y entonces hasta llego a sentir el ardiente magma respirando en mis entrañas, empujando por brotar. Y que soy también todo lo que no se ve. Las cuevas húmedas y las más oscuras oquedades. La fauna extraña y las plantas desconocidas… Creer que habitan en mí todos los secretos del reverso de la isla. Hasta los que ni alcanzo a imaginar. Y presiento mi nombre verdadero. Y me acaricio el cuerpo para conocer mis fronteras de agua…      

De repente esa luz salta. Parpadea avisando de que la gasolina se agotará en breve. No sé cuántas horas han pasado. La asistenta estará a punto de marcharse, seguro. Debo regresar. Al pueblo, a la casa, a la nada cotidiana. Pero sé que al menos, por un instante, llegué a ser isla, la pequeña ínsula que acaso adentro ya soy.   

Nayra Pérez Hernández

19 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 7 comentarios

T.T.T

Mi aspecto se ha vuelto extraño. La gente no puede reconocerme y, lo que es más aberrante, yo mismo he perdido las señas de mi propia identidad.

Me gustaría contarles la historia de mis transformaciones, las T.T.T o, lo que es lo mismo, las 3 T.

La Primera fue muy lenta, al punto de, prácticamente, no darme cuenta.

Siempre fui una persona rara y una de mis características era la intensa y fluida vida interior en relación con mi cuerpo. De pronto, un día advertí que ese reverbero mental se me había ido totalmente de las manos. Acababa de desencadenarse en mí un proceso extraño, sumamente curioso, artesanal casi.

Comencé con la recolección y colección de todo tipo de cosas y objetos referidos al ambiente de la medicina. De a poco, eso derivó en una carrera irrefrenable por otros territorios, y empezaron a desfilar manadas enteras de profesionales alternativos y afines a lo corpóreo.

La prueba más evidente estaba formada por una cantidad de indicaciones, orales y escritas, medicamentosas o de ejercicios mentales, que éstos me recetaban para paliar los efectos de mi tormenta corporal. Me dispuse a guardar toda esa documentación. Pero, al tiempo, caí en la cuenta de que tenía que pasar a la acción, así que decidí agregar toda esa parafernalia al conjunto de mi anatomía. Lo hacía a través de alfileres, chinches, clips y toda clase de herramientas que unieran dichos elementos a mi cuerpo, o bien eligiendo partes escondidas de mi anatomía o, por el contrario, tapando las zonas en las que esos elementos quedaban visibles. Con esos pequeños recaudos, nadie advertía nada. El problema era el calor.

Cada día colocaba uno, o a lo sumo dos. El punto es que, en determinado momento del proceso, los uno o dos pasaron a ser treinta o cuarenta, cien o ciento cincuenta. Me convertí en un collage ambulante, atiborrado de cosas completamente externas a mí. ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Ahora que digo externas caigo en la cuenta de que de externas no tenían nada, si eran parte de mi cuerpo!

Cajas de medicamentos, algunas llenas, algunas vacías, otras con su receta correspondiente, direcciones de centros médicos y hospitales, también señas de algunas instituciones de terapias alternativas. Además, el nombre y la dirección de una médica o psicóloga, no recuerdo bien, que trabajaba la terapia cromática,  fisioterapeutas y masajistas, curanderos, en fin, un poco de todo. Todo encima. Y cajas, eso nunca faltaba, cajas y cajas de medicamentos, alopáticos, homeopáticos, todo muy ordenado, intentando no superponer nada con nada, y prendido eficazmente con pequeños imperdibles y otros atrezzos alrededor de todo mi cuerpo.

Mi vida diaria comenzó a complicarse. Vestirme era una odisea, desvestirme, ni hablar. ¡Los armarios no daban abasto para acoger tanta ropa y tanto complemento!

Entonces, ideé un método para optimizar ese trabajo, racionalizando al máximo lo que debía llevar encima. 

No obstante, eso era como tapar agujeros, necesitaba un cambio radical, otra transformación, una especie de cirugía simbólica donde yo fuera mi propio cirujano.

Comencé separando todo el material. Noches sin dormir, la casa revuelta, llena de papeles y cajitas, cosas por todos lados. Pero hacía falta algo para ordenar y catalogar ese caos. En principio, cajas, de las grandes, esas de mudanza, aunque no tan profundas, sino, preferentemente, bajas. Luego rotuladores, para ir marcando y señalizando todo el material. Cintas de cuero, duras, resistentes, con hebillas y bolsillos adosados, como una especie de cinturones, pero más anchos. Recopilé varios, esos viejos que la gente ya no usaba, de la calle, de las zapaterías, cosas que iban a  tirar. A mí me servirían.

Y por último, material de costura, de marroquinería, burdo, con remaches, tachas, chinches y esas cosas.

El proceso me llevo unos cinco meses aproximadamente. Un agobio exasperante. Al cabo de ese tiempo ya tenía armados los lotes,  formados por diferentes cajas que contenían todo mi arsenal. El próximo paso era armar los cinturones, diseñarles una especie de bolsillos y espacios para proteger algunas de las cosas, hacerles agujeros extras y argollas para colgar.

Los terminé una noche, los cinturones, unos quince, aproximadamente. Había llegado el momento de equiparlos y de meter en ellos todo lo separado en los lotes.

¡Qué alegría sentí al usarlos por primera vez! Cada día estrenaba uno distinto, según lo que necesitara, según mi agenda. Ya no iba empapelado de la cabeza a los pies, ya no parecía una cartelera.

Sin embargo, la cosa cambió rápidamente. Se me impuso una idea: ¿Y si la “cirugía simbo-estética” a la que me había auto-sometido, acababa de convertirme en otra cosa? ¿Y si ahora, en vez de señalarme como un excéntrico, me llamaban terrorista?

Empecé a creer en esa posibilidad. Me asustaba pensar que pudieran decir que mis cinturones escondían bombas. ¿Qué había pasado? ¿Qué había salido mal?

Empezó un nuevo suplicio: no sabía ya qué era, mi imagen me había tragado.

Necesitaba por tanto otro cambio, urgente. La Tercera T debía dar comienzo.

Esta vez opté por ser más simple, así que me armé de valor, me fui a una casa de telas y compré kilos y kilos, coloreadas y lisas, floreadas, estampadas, claras y oscuras, pesadas y livianas, de todo, para todas las estaciones del año. Llegué a casa y empecé. Decidí cubrirme, taparme, esconderme y ocultar todo aquello que, de ser visible, pudiera convertirme en un terrorista. 

Fernando Adrian Mitolo

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

El hombre de su vida

Desde la primera mirada, lo presintió: sólo le traería complicaciones, pero nada la disuadió de que era el hombre de su vida.
Decidida, como siempre, a conseguir cuanto se proponía, tuvo que ser mil mujeres en una. Cada día algo nuevo, distinto, sorprendente, sugestivo, mágico, una nueva historia —cual Sherezade amateur— porque él era tan complejo que una sola le sabría a poco.
Así, se vio inmersa entre múltiples personalidades. Iba de la alegría al llanto. De la sexy y explosiva a la púdica y cándida. De la dómine a la aprendiza. De la culta a la profana. De la rica a la pobre. De la triunfadora a la frustrada. De la optimista a la pesimista. De la sociable a la asceta. De la desconocida a la celebérrima. De la cuerda a la loca. De la guapa a la fea. De la joven a la vieja. De la gruesa a la enjuta. De la centrada a la mayor despistada.
Cada día una. Cada noche otra.
Acabó perdida. Primero dejó el trabajo, luego la comida, más tarde su aseo. En tan lamentable estado se inventó ser una vagabunda.
Pero él nunca la vio en ninguna de aquellas mujeres, seguía fantaseando con otra. Una mujer madura con cara y ojos de niña (en los cuales creía leer: dame amor) que un día le vendió un poco de autenticidad. Quizás cuando más falta le hacía.
Sigue también un poco perdido, abrigando esperanzas con la cobija de la monotonía.
Hoy le pareció volver a verlo en aquel señor tan triste que se acercó a ella. Sus miradas se cruzaron y, por un segundo, creyó que le decía algo, pero sólo fue el ruido de la limosna en el cacharro.

Maite Figueira

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Desencuentro

Será nuestro primero amanecer juntos, aunque ella no lo sabe. Hace nada la he visto atravesar el pasillo de este 757-800 destino Madrid. No se ha percatado de mi presencia. Al principio dudé, pero el margen de error es reducido. La posibilidad, de equivocarme, es tan remota como la que tiene este trasto de no aterrizar en el aeropuerto de Barajas.

¿Adónde irá? Ha atravesado todo el estrecho pasillo desde la entrada delantera asiento 1A pasado por este 22A hasta… No sé, calculo que el 27A o tal vez 29A. No soy capaz de hacer un gesto para mirar. Me pregunto quién es el tipo al que ha dedicado una sonrisa antes de proseguir su camino hacia la sección de cola.

El azafato se da un aire a Nacho Vegas y el día, parece, comienza a clarear. Apaguen teléfonos, respaldos en vertical, cinturones… Este aneurisma… Lo que antes era firme ahora se torna movimiento, marcha atrás, ahora velocidad de paseo hasta llegar a la pista de despegue. El oeste queda al lado contrario, por lo que nuestro primer amanecer será un tanto peculiar. El aparato se dirige decidido hacia la huida, rugen las turbinas, se despliegan los alerones y el vídeo de marras: dos salidas en la parte delantera, dos sobre las alas y dos en la trasera. En esa parte trasera donde ella, mi amor a destiempo, se encuentra. El rugido da paso a la velocidad, el despegue y el cosquilleo en el vientre. Directo a las nubes, ascendemos y al rato ya podemos liberarnos de los cinturones de seguridad.

Recuerdo hace dos años y poco cuando contemplábamos la tarde desde lo alto. Las montañas son un reflejo de lo que sentimos, las nubes un océano por descubrir juntos. Sí, juntos porque decidimos que lo estaríamos algún día. Quedan tres años para ese día, decidimos que no era nuestro momento. Pienso en el instante en que te dije: “me gustaría besarte, pero no lo haré”. Y cuando marchábamos y de pie, con las montañas de testigo, te besé sin permisos, ni aduanas y tú me besaste y de vuelta bajando la ladera no nos dábamos a otra tarea que no fuera la de besarnos y la noche y no conseguimos encontrar el camino de vuelta y las tuneras dan buena cuenta de nuestra sensible piel y me odias con cariño por mi mala orientación y nuestro último beso antes de que la noche comience su reinado y volvemos a ser ese nosotros mismos que el resto espera.

Ya es de día y así pasa nuestro primer amanecer sin que te percates de mi presencia a siete u ocho asientos por delante de ti. La azafata y Nacho Vegas empujan el carrito, entonces vuelvo a preguntarme: ¿Para qué has venido? ¿Quién es el tipo que te acompaña? Madrid me parece una putada de ciudad para estar solo. El aneurisma me sobreviene, el cuerpo me pesa. ¿Por qué él? ¿Dónde irán? ¿Dormirán juntos? ¿Pensará en mí cuando él la bese e intente ejercer de amante?

No tengo idea de cuánto llevaremos de vuelo, debemos encontrarnos en algún punto sobrevolando el Atlántico, tal vez a media hora de Andalucía. Cierro la maldita persiana de mi ventanilla, la luz me molesta. Su calidez se ha tornado sordidez. A ella le espera el amor mientras a mí las estaciones de metro, el tren, la conferencia, alguna cerveza con los mismos tipos de siempre y sus míseras anécdotas. No deseo para mí esa soledad de habitaciones de hotel en ciudad ajena, ni la soledad del minibar, ni la aflicción a las dos de la mañana tras los martinis y gin tonic…

La señora que ocupa el 22B saca un espejo, se mira, se retoca. Le pido sin pensarlo, no sin cierto reparo, si es tan amable de prestarme su espejo. Accede y convierto el vidrio-reflectante en retrovisor. Disimulo, una, dos, tres…. Filas hacia atrás y la diviso. El tipo es mucho mayor que ella. Creo que él apoya su cabeza en su hombro aunque no estoy seguro, esto de los espejos no se me da bien y no suelo conducir. El carnet lo saqué por una apuesta. Ahí está, creo que lee algo, está preciosa con ese pelo lacio que la dota de un aire egipcio. Devuelvo el espejo acompañado de un “gracias” y vuelvo a levantar la persiana. La luz me incordia, no tanto como si me encontrara en el asiento F, ni como antes. Los pasajeros atraviesan el pasillo de un lado a otro como si intentasen encontrar algo más que un baño. Ahora el pánico comienza a apoderarse de mí desde dentro. ¿Qué haré cuando, de manera inevitable, nos veamos en la sala de recogida de equipaje? ¿Me presentará a su amante? ¿Compartirán maleta? Intentaré que no me vea. Tras el aterrizaje iré al baño, esperaré un tiempo prudencial y luego recogeré mi maleta, sacaré mi teléfono móvil, lo encenderé, marcaré el PIN y buscaré el nombre de Juan Antonio con el fin de que me rescate de esta maldita duda. Le preguntaré, a mi buen amigo, por qué su hermana está a miles de kilómetros con un tipo del que no he oído hablar.

Rayco Arbelo

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Ojos Verdes

Los acordes de “Ojos verdes” me transportaron a la casa azul y al olor a miedo. En ese momento vivíamos con el tercer marido de mamá, un tipo de fuertes músculos y piel aceitunada.

Los jueves regresaba a casa temprano, se servía un 100 Pipers acompañado de acordes de coplas. Mi madre y yo sabíamos que antes de “Ojos verdes” se desnudaría para luego llamarnos y comenzar el juego del “papi”. Ese día mi estómago se estremecía al abrir mis ojos y mi cuerpo temblaba a la espera de las cinco en punto. Sus manos tocaban todo mi cuerpo y cada día me quitaba una prenda más. Mi madre era reclamada al espectáculo en el papel de madame. Llegaba con el traje de piel de leopardo, medias de rejilla y tacones de aguja. Los labios carmín y el rimel no ocultaban el terror de su rostro.

Me acerqué al espejo, me lavé la cara y me repetí la frase que mi terapeuta me recuerda “tus hermosos ojos verdes”

El olor del aliento se mantenía semana tras semana, sin poder desprenderme jamás. Al terminar, me duchaba, con ayuda de un guante de crin, me restregaba hasta la sangre pero el olor permanecía en mi olfato físico y mental.

Ahora, cuando el olor se hace muy intenso, esparzo por la habitación la fragancia de lavanda que año tras año me regala mamá.

El primer jueves de la primavera de 2005, su cuerpo vibraba lleno de deseo y excitación. Su mirada lasciva y el rictus de su boca me avisaron que hoy era el día.

Fui yo quien llamó a la policía, su cuerpo desnudo y su miembro erecto cayeron al suelo, en ese instante la sonrisa se dibujó en la cara de mamá.

Mañana en la hora de terapia, en el módulo III, comunicaré que “Quiero, Acepto y Agradezco Mis Hermosos Ojos Verdes”.

Delia Martín Curbelo

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El encuentro

-¿Te gusta así? –dijo ella.

-Sí, poco a poco. Sin prisas como si el mundo se detuviera y sólo permaneciéramos los dos en él.

Compartían la cama de una habitación en una gran ciudad. Se habían conocido tres semanas antes.

-Es como una explosión seguida de una brisa marina que te besa, que te acaricia, que te llena, que te vacía, continuó ella. Me encuentro en los mundos de Yuppi.

-Ja, Ja, Ja, eso es bueno -dijo él.

-Sí, es  una sensación placentera. Es estar llena de ti.

-Yo también me siento lleno y feliz, por ti y por mí.

-Esta sensación de plenitud, de sentir al otro fundiéndose contigo es indescriptible.

-Sí, te da seguridad y confianza en el otro, en ti mismo.

-Es una completa comunicación. Sin palabras, sólo con caricias, con besos, con abrazos, con esa sensación de que eres única. Qué bueno sentir el ahora, sin ataduras, sin límites.

Ella sabía que la relación la compartía con otra persona. Pero un asalto rápido al pensamiento le hizo preguntar: “¿Crees en la pareja estable?”.

-Ahora hay un círculo grande, respondió él, poco a poco se irá cerrando si las cosas fluyen. Es como un árbol lleno de frutas. Al principio vas cogiendo las más maduras, luego las verdes. Cuando el tiempo transcurre, eliges una verde y sientes que debe madurar contigo. Solos la fruta y tú.

Continuaron con los cuerpos entrelazados, compartiendo besos, caricias, abrazos….

Loly Castro García

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Doña Ramona rezando la novena

 GonzaloBerzosa_DoñaRamonaRezandolaNovena

-Dios te salve María, llena eres de gracia,

“Esta noche pongo garbanzos en remojo”

 -el Señor es contigo.

“con bien de sal”

-Bendita tú eres entre todas las mujeres

“que viene mi hijo Pedro a comer y le gustan saladitos”

-y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

“y a Pedrito, el pequeño, le encantan los garbanzos”

-Santa María, madre de Dios,

“y a Marieta, la mayor… es su plato favorito”

-ruega por nosotros, pecadores

“¡aunque a la arpía de mi nuera no le gustan!”

 -ahora y en la hora de nuestra muerte.

“pues si a esa no le gustan los garbanzos, ¡que se joda!”

 -Amén.

Gonzalo Berzosa

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

Evocaciones

Evocaciones

…tengo que moverme… así que empiezo a moverme… arriba y abajo… un ritmo lento… “Mañana no puedo olvidarme de hablar con el jefe. Debo solucionar el malentendido de hoy”… Poco a poco aumento el ritmo de mis movimientos… a la vez que profundizo un poco más… “Yo no dije eso. Él debe saber que no son mías ese tipo de palabras. Ya sé que soy un poco bocas, pero de ahí a esos comentarios hay un mundo”… mantengo la frecuencia… unas inspiraciones más profundas… ¿por qué no un par de suspiros?… suspiro… cierro los ojos… otro suspiro… en estos momentos todo ayuda a la puesta en escena…. “¿Cómo yo que siempre estoy bien dispuesto voy a discutir su autoridad? Él tiene que entenderlo. El enchufe de la lámpara de nuevo está suelto, debo colocarlo otra vez”… Creo que ha llegado el momento de incrementar mis “sube y baja”… otro suspiro…. un poco más agónico que los anteriores… para variar con algunos empujones…. “Seguro que han sido los de la 2ª Sección, que quieren mi cabeza. ¡Qué tácticas más perras! Tengo que volver a ponerlos a todos en su sitio. No puedo perder más puntos. ¿El destornillador de estrella? No tengo ni idea de donde está. ¿La última vez que lo usé? ¿O el enchufe lleva tornillos normales?”… un cambio de posición acompaña a mi último ritmo… el desbocado… más suspiros… algún gruñido casi animal… observo… debo continuar todavía… mantener esta frecuencia… “No. Son de estrella los malditos tornillos y además de los pequeñitos. Pues si no encuentro el destornillador…”

-¿El destornillador de estrella? ¿Tú te crees que son momentos para preguntarme por el destornillador de estrella? Cariño, eres un cabrón. ¿Qué estarás pensando? Paso de ti. Me voy a dar una ducha y a dormir al salón. Quédate aquí con tus destornilladores. A veces eres muy raro. Chao.

Andrés  Sánchez Sanz

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | Deja un comentario

La cita

lacitamaitefigueira

Usted fue hasta aquella cafetería. Había recibido aquel mensaje donde ella le decía: “Tenemos que hablar es urgente”.

Y ahora usted, ahí sentado, delante de ella, después de pedir un expreso y un cortado con una nube de leche, se dispone a escucharla. Sin atreverse a interrumpirla.

-Sabes que no soy tonta, sé, lo sé perfectamente, que me he enamorado y sólo el hecho me basta. No sentía algo así, hace tanto… Ni siquiera estoy segura de si alguna vez lo sentí. Cuando estoy contigo no me duele nada, soy feliz, tan feliz. Si no estamos juntos me duele todo, estoy triste y de mal humor. Veo la realidad, ya te digo, no soy tonta. Sé que tú no estás enamorado, ni siquiera un poquito. ¿Que te hago compañía? Seguramente. También sé que si ella te dice ven, lo dejas todo y te vas. Sé todo esto y mucho más ¿Que no soy la única? Claro. De pronto no soporto mi trabajo, ni mi vida, ni… ¡Qué día tan raro! De repente lo único que deseo es poder escapar de ti. Dejar de sentir esta tristeza, volver a mi vacío. No, no me digas nada por favor. Me voy, me voy.

Usted se quedó con las ganas de decirle tantas cosas, si acaso una. Usted quiso seguirla, pero se quedó allí. La vio desaparecer al doblar la esquina. Y ahora mira la taza de café intacta, ve como la espumilla de la leche ha dibujado caprichosamente un corazón.

Maite Figueira

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | 4 comentarios

Retrospección

Deja, de manera capitalista, las monedas sobre la bandeja que siempre está situada sobre la barra. Se despide del camarero y, al dar la vuelta sobre sí mismo, siente un leve cosquilleo. Leve cosquilleo que por un momento se convierte en pinchazo. Lleva su mano derecha a su costado izquierdo, a la altura del apéndice. Anda uno, dos, tres pasos y nota el bulto que yace en dicha zona. Palpa, ahora con la mano directamente sobre la desnudez de su piel notando ese bulto de tacto incómodo. Al levantar la camiseta azul, tal como prevé, contempla ese algo que no le pertenece; inmóvil, adherido al blanco de su piel.

         De súbito le asalta el recuerdo del argumento de un relato que leyó hace años. No consigue acertar el nombre del autor. La plasticidad del texto es escalofriante, aún se estremece al recordarlo. Ahora mismo le acongoja. Lo recuerda como si visionara una película. Dos hermanos salen de caza. Al regresar uno de ellos descubre que lleva algo clavado en el brazo, algo extremadamente desagradable. El hermano le aconseja que no se lo quite, que se puede infectar, que se eche alcohol y no lo arranque de cuajo. Pero no le hace caso. En días sucesivos la herida se le infecta, hecho al que no dará importancia. No va al doctor y no hace nada por curarse. La herida toma el tamaño de una pelota de ping-pong. La infección crece y la pelota de ping- pong toma el tamaño de una bola de billar, que explotará en un mar de pus. El hermano insiste durante todo el relato en que asista a la consulta. Lo siguiente: la fiebre alta y las punzadas. Mientras, sigue sin querer recibir asistencia médica. Contra su voluntad, el hermano, llama al médico. Le receta antibióticos y le da hora para asistir a la consulta, con la intención de drenar la herida.

         En días sucesivos se las ingenia para fingir que toma los antibióticos. La herida toma un tono violeta y comienza a extenderse lentamente. El brazo se le gangrena, tienen que amputar, pero se niega. La infección se extiende por todo el tronco y resto de extremidades. Ahora todo su cuerpo es inservible, salvo la cabeza. Antes de morir, su hermano le pregunta la razón de tal decisión, él responde: “porque sí”. 

         Tras la lacerante avalancha de imágenes y el recuerdo de tan desagradable argumento, se quita con extremo cuidado el ser adherido a su piel. Trata de que sea una acción limpia, como el descorche de una botella de vino. Cree que no ha quedado nada dentro, ni cabeza, ni patas. Eso espera. El día es soleado, silba una canción, vuelve a casa.

Rayco Arbelo

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Burro

El reloj de la cocina señala las cinco menos cuarto, Pablo debe de estar  a punto de llegar. Todavía da tiempo a un cigarro y a un cafecito. No debería, ni lo uno ni lo otro, pero, qué leches, aún es joven para ser una abuela, al igual que lo fue, en su momento, para ser madre.

Es curioso, pero durante años Maite no había vuelto a pensar en Amparito, y sin embargo, desde hace unos días, piensa en ella de manera recurrente. Recuerda con extrema viveza una tarde en concreto. Estaba jugando junto a Rebeca, Guille, Simón, y Sandra, la “Cuatro ojos” en el enorme descampado que había entre su bloque de viviendas y la Cárcel de Carabanchel, una amplia explanada sembrada de arbustos bajos y malas hierbas, recorrida por irregulares senderitos de arena y piedra a cuya vera crecían amapolas silvestres. A lo lejos se divisaba la pequeña ermita que velaba el cementerio, junto a la cual los gitanos anclaban sus puestos de venta de flores. Pese a lo que pueda pensarse, no era un lugar sombrío, al menos para ellos, sino, muy al contrario, un vergel luminoso que en los días de sol rezumaba vida en cada brizna de hierba movida por la brisa, en cada abejorro danzando al son de su desidia, en cada neumático reseco dado por muerto años ha. Llevaban un rato jugando al dola cuando vieron aparecer por detrás de un promontorio a Amparito, sola. Eso era muy raro, porque Amparito jamás salía de casa si no era en compañía de su madre o de su abuela. En esa época no se utilizaba, por lo menos en el entorno de ellos, el término “Síndrome de Down”. Amparito simplemente era tonta, retrasada, o subnormal, dependiendo del interlocutor al que uno se dirigiese. Parecía confusa y desconcertada. Iba vestida como una muñeca pepona, con un vestido rosa estampado de flores verde arlequín que le llegaba a la altura de las rodillas y que ya en esa época parecía añejo y cursi, y sobre el cual su redondeada cabeza parecía haber sido implantada como un corcho a una botella. Calzaba unos zapatos negros de charol que a duras penas parecían poder comprimir sus pies, y unos largos calcetines blancos que debieran haber permanecido firmes pero que yacían desmayados cómicamente sobre sus zapatos, dejando adivinar un océano de arañazos y viejos moretones sobre la palidez de sus piernas. Tras una rápida consulta entre ellos, empezaron a llamarla, todos al mismo tiempo. La novedosa presencia allí de Amparito sin la compañía de su madre les hacía  augurar, de un modo vago que tan sólo intuían en parte, un tipo de diversión diferente para esa tarde. Amparito les miraba sin saber qué hacer, hasta que, ante su insistencia, se acercó a trompicones al grupo. La saludaron con fingida alegría y afecto, mientras Amparito, confusa, trataba de sonreír, aunque un leve atisbo de desconfianza opacaba sus ojillos rasgados. Le dijeron que estaban jugando a la dola y la invitaron a participar. Ella dijo que no sabía, y ellos dijeron que no importaba, que era muy fácil. Le explicaron las reglas, que eran, efectivamente, muy sencillas. Uno, el más rápido y avispado, decía:

 -¡China tengo!

El resto se numeraba en función de su rapidez y se establecía un orden. El primero, el que tenía la china, se la escondía en una de sus manos y luego le mostraba al segundo los dos puños cerrados. Este tenía, entonces, que elegir entre uno y otro. Si señalaba la mano vacía sería el primero en participar en el juego y si, por el contrario, indicaba la mano que contenía la china, el primero sería el otro. Entonces, por orden, todos iban teniendo su oportunidad de escoger.  El que acertaba la mano vacía se libraba del juego, y al que le tocaba la china seguía participando. El primero en librarse de la china elegía la modalidad del castigo que se infligía al perdedor, que era quien se quedase finalmente sólo con la china. Dicho castigo podía aplicarse de muchas formas distintas, pero las más usuales eran quedársela al escondite, ir a robar una barra de pan o unas magdalenas a la panadería, o ser saltado por encima en hilera –el popular burro -.

Maite recuerda, mientras remueve el café con la cucharilla y se enciende el cigarro, que ella fue la primera en llevar la china y que eligió el burro. Todos, anticipando sin necesidad de hablar el desenlace del juego, celebraron la ocurrencia, menos Amparito, que no entendía nada. La voluminosa anatomía de Amparito hacía de ella un sugestivo obstáculo que saltar. Así, comenzaron a jugar, y uno y otro fueron pasando por el trámite, con Amparito en último lugar. Unos elegían la china y otros se iban librando, mientras Amparito, en apariencia de manera casual, siempre elegía la mano errónea. Finalmente, tras una improvisada coreografía de guiños, risitas, sobreentendidos y gestos poco disimulados, Amparito se quedó sola con la china. Entonces Simón le explicó que había perdido y que ahora debía agacharse hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, para que todos saltasen, uno a uno, por encima de ella. Amparito sonreía nerviosa y azorada, y decía:

-No sé.

Simón y Guille le hicieron una demostración práctica, pero ella seguía sin decidirse, mientras trataba de no olvidar sonreír. Poco a poco, a base de engañifas y zalamerías, la fueron convenciendo. Entonces Rebeca la colocó en el lugar apropiado y se dispusieron en fila detrás de ella para saltar. Guille iba el primero. Saltó con energía, pero Amparito, atenazada por los nervios, elevó un poco el tronco cuando sintió el contacto de Guille, y recibió un pequeño empellón en la cabeza con la entrepierna de este. Eso, probablemente, la puso aun más nerviosa, y cuando Maite, que iba en segundo lugar, trató de saltarla nuevamente, a Amparito le fallaron las piernas y cayeron las dos al suelo aparatosamente. Maite se incorporó con presteza sumando sus risas a las de sus compañeros, pero Amparito se quedó sentada en el suelo, mirando sus despellejadas rodillas, pálida, a punto de llorar. Rebeca y Sandra la ayudaron rápidamente a incorporarse; en parte, sí, por sincera compasión, pero más por intentar que la fiesta no se aguase antes de tiempo. La convencieron de que no pasaba nada, de que esta vez saldría mejor, la chantajearon planteando maliciosamente si no se trataría de que no quería jugar con ellos, y ella, confundida y amedrentada, accedió a agacharse otra vez, dirigiendo hacia atrás tímidas miradas de soslayo, como un cervatillo asustado.  Esta vez le tocaba saltar a Simón. Tomó carrerilla, echó a correr hacia Amparito y saltó, y justo cuando sus manos se apoyaban en el rotundo trasero para tomar impulso, se escuchó alto y claro un sonido parecido al que haría al abrirse un grifo que llevase cerrado mucho tiempo, como una especie de trompeteo acuoso, que salía de debajo de las faldas de Amparito. Todos, incluido Simón, que había efectuado su salto con éxito, permanecieron mirándose unos a otros durante unos instantes, incrédulos, estupefactos por lo que acababa de ocurrir, hasta que la primera carcajada contagió a otra, y esta a otra, y terminaron todos tronchándose literalmente por la risa, contorsionados y hasta por los suelos en algún caso, durante lo que parecieron unos eternos minutos de puro y limpio alborozo, mientras un olor nauseabundo y culpable, cuyo epicentro era Amparito, se deslizaba entre ellos al capricho del viento. Amparito permanecía callada, inmóvil, mirando a lo lejos con expresión neutra. Poco a poco se fueron serenando, y entonces Rebeca se acercó a Amparito y le preguntó si le había pasado algo, mientras dirigía a los otros, que trataban de disimular sin mucho empeño la risa, miradas de impostado reproche.

-¿Qué te ha pasado, Amparito? –le preguntó cariñosamente-. ¿Estás bien?

Y Amparito, evitándola con la mirada, no contestaba.

-¿Qué te ha pasado? –insistió Rebeca -¿Te has hecho caca?

-Caca –dijo Amparito con un hilillo casi inaudible de voz.

-¿Qué dices? ¿Caca? ¿Sí? ¿Te has hecho caca?

Mecho caca –respondió Amparito en un tono más alto.

-Bueno, no te preocupes –prosiguió Rebeca, asumiendo un momentáneo y deliberado papel maternal-. No pasa nada. Lo que tienes que hacer es quitarte las bragas, que las tendrás sucias.

Maite recuerda que en ese momento sintió sincera lástima por Amparito, pero una especie de sentido de pertenencia tribal y, sobre todo, la inconsciente aversión que le producía la idea de que, siquiera remotamente, se la pudiera asociar o vincular emocionalmente con Amparito -como si tomar partido significase equipararse a ella, abandonar su equipo para enrolarse en el de Amparito, en el de los tontos, los sucios, los retrasados-, e impidió que sopesase con seriedad la idea de actuar de una manera distinta.  Algo en su interior le advertía que aquello no estaba bien, pero ¿qué era “aquello”? Además, ¿quién quería ponerse a pensar en ese momento? Así que, como los demás, insistió con estudiada delicadeza para que Amparito se quitase las bragas. Amparito, rodeada y desorientada, empezó a bajárselas, entre las veladas exclamaciones de repugnancia de la concurrencia. Permaneció unos momentos con las bragas y su gran mancha delatora entre los pies, tratando de entender lo que sucedía, mientras los demás la instaban a continuar. Se agachó para quitarse la prenda, pero su precario equilibrio y la escasa flexibilidad y coordinación de su orondo corpachón le impedían hacerlo de ese modo, por lo que se sentó en medio del camino, sobre su falda, y se las sacó. Entonces, sentada sobre la tierra, con las piernas abiertas, estiró el brazo con el que sostenía las bragas, como ofreciéndoselas a los otros.

-¡Aaaagh! ¡Qué asco!

-¡Suelta eso, cochina!

-¡Cuidado, no la toquéis! –exclamaron, entre otras cosas.

Entonces, Guille cogió del suelo la rama desgajada de un almendro y, apuntando con ella en dirección a Amparito, le dijo que colgase las bragas de su punta. Una vez dispuso del desagradable trofeo en el extremo de la rama, empezó a amenazar y a perseguir, entre risas, a los demás con él. Amparito, mientras, permanecía en la misma posición sedente, catatónica.

Entonces se escuchó, en la distancia, una voz desgarrada llamando a Amparito, que giró la cabeza en esa dirección. Maite y los demás se miraron entre sí con súbita preocupación. De repente, en cuestión de un instante, un ilusorio espejo de juego y despreocupación eternos se había hecho añicos, y tras sus restos se adivinaban la sombría amenaza de la reprimenda y el castigo, y la amarga conciencia de haber obrado mal. Guille arrojó detrás de un matojo la rama de la que colgaban las desventuradas bragas de Amparito, pero luego se lo pensó mejor, las recogió con sumo cuidado y se las ofreció de nuevo a su propietaria, quien, tras dudar unos instantes, las cogió sin ningún tipo de remilgo. La voz, femenina, seguía llamando a Amparito con insistencia, cada vez más cerca. Por un momento Maite, como seguramente los demás, pensó en echar a correr, pero intuía inconscientemente que, de algún modo, eso conferiría una dimensión de superior vileza a sus actos, así que permaneció allí con los otros, en silencio, mientras la voz aumentaba su proximidad. Amparito, entonces, reaccionó al fin y respondió con voz queda a la llamada de su madre:

-¡Mami! ¡Mami!

No quedaba otra opción, en esa tesitura, que tratar de borrar como se pudiera las huellas del crimen e intentar aparentar normalidad. La “Cuatro ojos” se subió al promontorio por el que había aparecido Amparito y, moviendo los brazos, llamó la atención de la madre. Esta apareció, al cabo de unos instantes, sin resuello, con los ojos fuera de las órbitas. Durante unos instantes cargados de tensión su mirada recorrió la escena de una punta a otra, tratando de comprender y de asimilar lo que había ocurrido allí. Vio a su hija en el suelo, sonriente, con la cara tiznada y las rodillas en carne viva, sentada sobre sus propias heces en medio del camino, sosteniendo con dedos manchados unas bragas sucias, y a un grupo de niños que la miraban entre sorprendidos y asustados, con la culpabilidad reflejada sus rostros. Maite jamás olvidaría la mirada de pena y desprecio infinitos que les dirigió entonces. Cogió de la mano a su hija y la ayudó cariñosamente a incorporarse.

-¿Estás bien, tesoro? Tenemos que irnos a casa, despídete –dijo, remarcando cuidadosamente las palabras sin dejar de mirarles fijamente- de tus amiguitos.

Entonces cogió las bragas, que estaban a los pies de Amparito, y las lanzó con todo el desdén del que fue capaz en medio del círculo imaginario que formaban Maite y sus amigos, con los ojos enrojecidos centelleando de furia sorda.  Tras esto, dio media vuelta y se fue alejando con su hija, agarradas de la mano.

Con qué amargura, con qué deje de asco pronunció esas últimas palabras. El recuerdo de aquellas palabras, y sobre todo de esa mirada como de diosa colérica se clavó en el pecho de Maite y permaneció ardiendo en él durante mucho, mucho tiempo. En adelante, cada vez que se cruzó con Amparito y su madre, sentía cómo una especie de calor blando y embarazoso le subía por la boca del estómago directamente hasta las sienes, y era incapaz de mirarlas directamente a los ojos. Un tiempo después, Maite y su familia se mudaron de casa, y nunca más volvió a saber ni a pensar de Amparito. Por lo menos hasta hace unos pocos días. Es curioso.

Se da cuenta de que el cigarrillo ya está casi consumido, y, casi al mismo tiempo que lo apaga, como si ambos hechos se hubiesen sincronizado adrede, ve aparecer a través de la ventana el microbús del Centro. El vehículo se detiene y Pablo baja acompañado de la cuidadora. Parece que viene contento, está cantando. Saca la botella de coñac de un estante superior de la cocina y, mientras les ve acercarse por el camino de entrada, se sirve un culín de licor en la misma taza que ha usado para el café. El día aún no ha terminado.

Kepa Hernando

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Mazurca para un muerto

Delacroix: "Chopin"

Delacroix: "Chopin"

La última frase del maestro fue realmente misteriosa. Como yo, todos revoloteaban desde hacía días alrededor de su lecho. Cuando se supo la noticia, corrimos a su casa a las afueras de París, intentando llegar primero para ganar el mejor puesto junto a él. Y es que, a pesar de su extrema debilidad, sospechábamos que trabajó aquel verano en algunos borradores de la que seguro sería su última pieza.

¿En qué carpeta aguardaba la obra a ser despertada del sueño creador? ¿Se trataba de aquella mazurca, creo que en Fa menor, que escuchamos la última vez que lo vimos sentado ante su piano? ¿Y el nombre? Si tan sólo supiera el nombre, sin duda me sería más fácil localizarla en su estudio atestado de papeles y corcheas.

De repente hizo una señal y todos callamos. Con un ademán parecía invitarnos a que nos acercáramos. Nos fue llamando uno a uno para hacernos casi una confesión. Yo quedé el último. Era más que conocida su debilidad para conmigo. Seguro que me revelaría dónde la había guardado, lo que me convertiría a mí, su discípulo amado, en el  único heredero de su legado.   

Entonces, abriendo los labios, me dijo: “Júrame que harás que me abran, para que no me entierren vivo”. Con los años comprendí que él sabía que sus piezas serían ejecutadas eternamente. Y eso ya era suficiente condena para un hombre. 

Nayra Pérez Hernández

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | Deja un comentario