Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La carretera

antoniovega_lacarretera

La línea negra ya no serpentea para mí hasta el horizonte. Desde hace veinte años, cuando mi corazón dejó de latir definitivamente, sólo es un dibujo en el paisaje caliente que termina en las montañas azules, al otro lado de esta cárcel a cielo abierto.

Cuatro y media. Hay que prepararse para la visita diaria a Mamá Doc. Viejos muebles gastados, quemaduras de cigarrillo en la alfombra, el pequeño televisor sobre el aparador. El encargado del motel se lleva la mano a la visera de la gorra de los Yankees saludándome. El grifo del fregadero sigue goteando. Luego le echo un vistazo, me responde. Parece oler el aire durante unos segundos, regaña los ojos deslumbrado por el sol y se aleja hacia la oficina con su andar indolente. Un camión pasa raudo frente al área de servicio arrastrando una nube de polvo rojo y me quedo mirándolo hasta que se convierte en un punto brillante. Debía de llevar carne de las grandes llanuras hasta Arizona. Atravieso el aparcamiento repleto de las flamantes cabalgaduras de motoristas de fin de semana con matrícula del estado. “Soy el amo de la carretera” pone en el tanque de una Harley negra. Yo lo fui durante mucho tiempo, y de verdad.

 El reloj de Budweiser de la cafetería apunta a las cinco menos cinco. Una muchedumbre de médicos, abogados y analistas financieros disfrazados de Ángeles del Infierno se hablan a gritos a través del local y beben cerveza de importación. Me siento en la mesa del fondo junto a los baños. Más allá del reflejo en la ventana de mi rostro de vaquero cansado, en el descampado el sol y la herrumbre siguen carcomiendo mi viejo Buick desdentado.

 En el cristal de la ventana aparece la imagen de Mamá Doc. Las cinco en punto. Siempre puntual como desde hace veinte años. Me giro hacia ella y me sonríe embutida en su uniforme blanco de camarera. Piel tersa y morena, sonrisa juvenil, cabello de rizos prietos, no ha cambiado un ápice durante todo este tiempo. Desde la primera vez que llegué a este lugar perdido en medio del desierto. Desde aquel estúpido duelo con el macarra rubio del Ford en que mi pecho quedó aplastado contra el volante del coche boca arriba a un lado de la cuneta. Desde que el azar me encontró con la muerte y con mi salvadora a un tiempo.

Como cada día, Mamá Doc me tiende el vaso con el líquido verde que me permitirá seguir arrastrándome sobre este mundo veinticuatro horas más. Tras un grito del cocinero, me vuelve a sonreír y se da la vuelta a seguir sirviendo a aquellos tipos con pañuelos de colores en la cabeza.

 En la lejanía el calor hace reverberar la línea del horizonte. No hay una sola nube en el cielo.

Antonio Vega

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4 mayo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

5 comentarios »

  1. Espléndido relato de acompasados sentimientos, narrado entre nostálgicas horas coloreadas de lejanias.

    Comentario por Patricia Rojas | 4 mayo 2009 | Responder

  2. Pense en Carver al leerlo. Tal vez por el ambiente que sentí. Buen relato y bien escrito a mi parecer…y de extensión ¡¡perfecta¡¡¡

    Comentario por Andres S.S. | 4 mayo 2009 | Responder

  3. Totalmente de acuerdo. Lo leí hace tiempo ya, y ahora me parece casi más excelente. La información precisa, la extensión perfecta, los adjetivos indispensables, el principio, inmejorable. Difícil evocar tanto con tan poco. Un cuentazo.

    Comentario por Kepa Hernando | 4 mayo 2009 | Responder

  4. Gracias, chicos. Pero, ya que nadie hace críticas negativas, me las hago yo jeje. No me terminan de convencer algunas cosas. Sigo teniendo la sensación de que al final se da uns explicación de manera atropellada. Otra, creo que el relato habría ganado si eliminara la parte fantástica del argumento, aunque, claro, ya sería otro cuento. Pero sería intersante ver si se sostiene (mejor, si yo podría sostenerla) una historia basada únicamente en elementos “on the road”, sólo los referidos a la carretera, los coches, los moteles, los bares, las camareras (me encanta toda esa iconografía made in usa). Bueno, a ver si retomo el tema otra vez. Gracias, chicos.

    Comentario por Antonio Vega | 4 mayo 2009 | Responder

  5. Puede ser, ahora que lo dices, que la explicación del accidente sea un poco atropellada (quizá esta frase: “en que mi pecho quedó aplastado contra el volante del coche boca arriba a un lado de la cuneta”), pero personalmente me gusta así, escueta. Y en cuanto a lo del elemento mágico, creo que sí podría funcionar sin él, pero le da un toque irreal y alucinatorio a lo David Linch que casa muy bien con el ambiente que describes. Sin él sería, como tú dices, otro cuento.

    Comentario por Kepa Hernando | 5 mayo 2009 | Responder


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