Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Recuerdo cuando

Hacía frío y caminaba con paso rápido. Al doblar una esquina, una melodía hizo que me detuviera y prestara atención. Era un bandoneón que tocaba un viejo tango, y mis pensamientos volaron hacia mi tierra, mi familia y todo lo que había dejado en ella. Como una fotografía, pasó por mi mente el momento de la despedida y lo recordé con tristeza.

Era invierno. La mañana era brumosa y hacía mucho frío. Frío acentuado por nuestra situación; frío que contrastaba con el calor de la estufa que chisporroteaba con entusiasmo, como alegrándose de nuestra partida. Nos preparábamos para una aventura ilusionante. Estábamos muy nerviosos, pues era la primera vez que hacíamos un viaje en avión y rumbo a aquel país que sólo conocíamos a través de los libros de Geografía y por otros viajeros que a su regreso nos contaban sus impresiones.

Era el mismo nerviosismo que sentimos cuando hemos hecho, algo que no queremos que se sepa.

En el salón hablaban desordenadamente los amigos y familiares que venían a despedirnos. Un poco más alejados, buscábamos cosas, contábamos los bultos y maletas. Los niños corrían de un lado para otro, ajenos a todo.

En un instante sentí una súbita pena y me alejé a un rincón de la casa para llorar. Dejábamos familiares y amigos y una abuela que ya tenía 83 años. El fuego de la chimenea seguía chisporroteando pero un frío intenso y extraño penetraba en mi piel y calaba mis huesos. La despedida fue muy triste.

Cuando ya estuvimos dentro del avión todo se calmó… Nadie hablaba, sólo nuestras miradas se cruzaban con ansiedad, como queriendo adivinar algo de nuestro futuro, de lo que íbamos a encontrar en estas tierras tan lejanas.

Nos preocupaba el lugar, la gente, las costumbres, la enseñanza, las comidas; todo era nuevo para nosotros. Al fin, el sueño nos venció y caímos rendidos en brazos de Morfeo.

Fueron doce interminables horas dentro de ese tubo de metal, suspendido en el aire, sintiendo cada ruido con mucha inquietud.

Por fin llegamos a nuestro tan ansiado destino. Al bajar del avión y pisar tierra sonreímos confiados, apretados uno contra otro. Pronto recobramos la serenidad.

La visión que teníamos delante, creaba una curiosa sensación, mezcla de temor y admiración.

Había llovido la noche anterior y pequeños charcos surgían sobre el pavimento del aeropuerto. La mañana era luminosa, como todas las mañanas primaverales. Presagio de un buen futuro. Hoy, después de tantos años, recuerdo esos momentos con tristeza y vuelven a mí cada vez que algo, como la música, los aviva. Sin darme cuenta el bandoneón había dejado de sonar y yo aún permanecía de pie, frente al bar, recordando.

Blanca Brescia

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7 mayo 2009 - Posted by | Cuentos, General

4 comentarios »

  1. Muy bien, Blanquita. Me gustan las descripciones. Estás mejorando. Enhorabuena.

    Comentario por Antonio Vega | 7 mayo 2009 | Responder

  2. Como alguien que también dejó su tierra un día, te doy las gracias por este relato.Es muy entrañable, no sabes cuánto.Me ha emocionado mucho. Adelante compañera!!

    Comentario por Belkys | 7 mayo 2009 | Responder

  3. ¡Genial, Blanca.com! No le quito ni un punto ni una coma. ¡Perfecto!

    Comentario por Ana María | 8 mayo 2009 | Responder

  4. Querida
    Buen relato melancólicamente acompasado. Pero vos,Adormécete entre milongas y no en Morfeo que es un tipo muy feo. Ja,ja,ja.

    Comentario por Patricia Rojas | 11 mayo 2009 | Responder


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