Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Gotas de vino agrio

Gota de vino

La primera vez, la afilada hoja de metal me acarició la cara. La segunda, y alguna de las sucesivas, me hicieron sangrar. De mi rostro ahora resbalan gotas de sangre que tiñen el inmaculado lavabo, confiriéndole un aspecto grotesco. Las heridas no  me producen dolor.  ¿Será que me estoy haciendo inmune a ellas?  Cada afeitado es el mismo ritual de cortes, y más cortes. Siempre me ha ocurrido así, a mi padre le sucedió igual y tal vez a su papá también.  Lo cierto es que cada vez que veo brotar sangre, me acuerdo de él.

En este momento me viene a la memoria aquella ocasión en la que me envió a vender sus cerdos a las afueras de la ciudad, pues yo le había convencido de que si los vendíamos allí, él vería más dinero; una de las pocas cosas por las que le estoy agradecido, es que este fue el comienzo de una exitosa carrera de negocios. Fue el primer acuerdo que cerré con éxito, y para celebrarlo acudí a un bar donde derroché casi todo el dinero. Desde ese momento, su trato fue diferente. Frecuentemente aludía  a  que era mejor hacer negocios aquí,  aunque con menos ganancias económicas, que uno cerrado con éxito por mí allá, donde  él no vería nada. Pero de esto hace ya mucho tiempo. Él  murió hace apenas un año; aunque para mí parecen haber pasado más de diez.

No quiero terminar como él, renuncio a ello. Pero cada gota de sangre que recorre mi semblante, me evoca su imagen. Cada día al mirarme en el espejo, contemplo aterrado cómo me asemejo más a él. Cuando deambulo por las calles de  nuestro antiguo barrio, todo  aquel que le conoció, ve en mí a su espectro. Esta es una lacra que deseo quitarme; del mismo modo que me deshice de él.

¿Serán los cortes un vaticinio de cómo va a terminar mi existencia? O ¿Serán un castigo por cómo actué con mi padre? Arrincono la idea de acabar como él, un cuerpo mutilado hediendo a vino agrio, recostado sobre una fría y silenciosa mesa en un depósito de cadáveres; una estampa que aún persiste en mi cabeza. Los férreos golpes que mi padre descargó sobre mí, ahogando sus borracheras, por fin obtuvieron su castigo cuando el camión de la basura no logró esquivarlo.

 César Socorro

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8 mayo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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