Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Burro

El reloj de la cocina señala las cinco menos cuarto, Pablo debe de estar  a punto de llegar. Todavía da tiempo a un cigarro y a un cafecito. No debería, ni lo uno ni lo otro, pero, qué leches, aún es joven para ser una abuela, al igual que lo fue, en su momento, para ser madre.

Es curioso, pero durante años Maite no había vuelto a pensar en Amparito, y sin embargo, desde hace unos días, piensa en ella de manera recurrente. Recuerda con extrema viveza una tarde en concreto. Estaba jugando junto a Rebeca, Guille, Simón, y Sandra, la “Cuatro ojos” en el enorme descampado que había entre su bloque de viviendas y la Cárcel de Carabanchel, una amplia explanada sembrada de arbustos bajos y malas hierbas, recorrida por irregulares senderitos de arena y piedra a cuya vera crecían amapolas silvestres. A lo lejos se divisaba la pequeña ermita que velaba el cementerio, junto a la cual los gitanos anclaban sus puestos de venta de flores. Pese a lo que pueda pensarse, no era un lugar sombrío, al menos para ellos, sino, muy al contrario, un vergel luminoso que en los días de sol rezumaba vida en cada brizna de hierba movida por la brisa, en cada abejorro danzando al son de su desidia, en cada neumático reseco dado por muerto años ha. Llevaban un rato jugando al dola cuando vieron aparecer por detrás de un promontorio a Amparito, sola. Eso era muy raro, porque Amparito jamás salía de casa si no era en compañía de su madre o de su abuela. En esa época no se utilizaba, por lo menos en el entorno de ellos, el término “Síndrome de Down”. Amparito simplemente era tonta, retrasada, o subnormal, dependiendo del interlocutor al que uno se dirigiese. Parecía confusa y desconcertada. Iba vestida como una muñeca pepona, con un vestido rosa estampado de flores verde arlequín que le llegaba a la altura de las rodillas y que ya en esa época parecía añejo y cursi, y sobre el cual su redondeada cabeza parecía haber sido implantada como un corcho a una botella. Calzaba unos zapatos negros de charol que a duras penas parecían poder comprimir sus pies, y unos largos calcetines blancos que debieran haber permanecido firmes pero que yacían desmayados cómicamente sobre sus zapatos, dejando adivinar un océano de arañazos y viejos moretones sobre la palidez de sus piernas. Tras una rápida consulta entre ellos, empezaron a llamarla, todos al mismo tiempo. La novedosa presencia allí de Amparito sin la compañía de su madre les hacía  augurar, de un modo vago que tan sólo intuían en parte, un tipo de diversión diferente para esa tarde. Amparito les miraba sin saber qué hacer, hasta que, ante su insistencia, se acercó a trompicones al grupo. La saludaron con fingida alegría y afecto, mientras Amparito, confusa, trataba de sonreír, aunque un leve atisbo de desconfianza opacaba sus ojillos rasgados. Le dijeron que estaban jugando a la dola y la invitaron a participar. Ella dijo que no sabía, y ellos dijeron que no importaba, que era muy fácil. Le explicaron las reglas, que eran, efectivamente, muy sencillas. Uno, el más rápido y avispado, decía:

 -¡China tengo!

El resto se numeraba en función de su rapidez y se establecía un orden. El primero, el que tenía la china, se la escondía en una de sus manos y luego le mostraba al segundo los dos puños cerrados. Este tenía, entonces, que elegir entre uno y otro. Si señalaba la mano vacía sería el primero en participar en el juego y si, por el contrario, indicaba la mano que contenía la china, el primero sería el otro. Entonces, por orden, todos iban teniendo su oportunidad de escoger.  El que acertaba la mano vacía se libraba del juego, y al que le tocaba la china seguía participando. El primero en librarse de la china elegía la modalidad del castigo que se infligía al perdedor, que era quien se quedase finalmente sólo con la china. Dicho castigo podía aplicarse de muchas formas distintas, pero las más usuales eran quedársela al escondite, ir a robar una barra de pan o unas magdalenas a la panadería, o ser saltado por encima en hilera –el popular burro -.

Maite recuerda, mientras remueve el café con la cucharilla y se enciende el cigarro, que ella fue la primera en llevar la china y que eligió el burro. Todos, anticipando sin necesidad de hablar el desenlace del juego, celebraron la ocurrencia, menos Amparito, que no entendía nada. La voluminosa anatomía de Amparito hacía de ella un sugestivo obstáculo que saltar. Así, comenzaron a jugar, y uno y otro fueron pasando por el trámite, con Amparito en último lugar. Unos elegían la china y otros se iban librando, mientras Amparito, en apariencia de manera casual, siempre elegía la mano errónea. Finalmente, tras una improvisada coreografía de guiños, risitas, sobreentendidos y gestos poco disimulados, Amparito se quedó sola con la china. Entonces Simón le explicó que había perdido y que ahora debía agacharse hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, para que todos saltasen, uno a uno, por encima de ella. Amparito sonreía nerviosa y azorada, y decía:

-No sé.

Simón y Guille le hicieron una demostración práctica, pero ella seguía sin decidirse, mientras trataba de no olvidar sonreír. Poco a poco, a base de engañifas y zalamerías, la fueron convenciendo. Entonces Rebeca la colocó en el lugar apropiado y se dispusieron en fila detrás de ella para saltar. Guille iba el primero. Saltó con energía, pero Amparito, atenazada por los nervios, elevó un poco el tronco cuando sintió el contacto de Guille, y recibió un pequeño empellón en la cabeza con la entrepierna de este. Eso, probablemente, la puso aun más nerviosa, y cuando Maite, que iba en segundo lugar, trató de saltarla nuevamente, a Amparito le fallaron las piernas y cayeron las dos al suelo aparatosamente. Maite se incorporó con presteza sumando sus risas a las de sus compañeros, pero Amparito se quedó sentada en el suelo, mirando sus despellejadas rodillas, pálida, a punto de llorar. Rebeca y Sandra la ayudaron rápidamente a incorporarse; en parte, sí, por sincera compasión, pero más por intentar que la fiesta no se aguase antes de tiempo. La convencieron de que no pasaba nada, de que esta vez saldría mejor, la chantajearon planteando maliciosamente si no se trataría de que no quería jugar con ellos, y ella, confundida y amedrentada, accedió a agacharse otra vez, dirigiendo hacia atrás tímidas miradas de soslayo, como un cervatillo asustado.  Esta vez le tocaba saltar a Simón. Tomó carrerilla, echó a correr hacia Amparito y saltó, y justo cuando sus manos se apoyaban en el rotundo trasero para tomar impulso, se escuchó alto y claro un sonido parecido al que haría al abrirse un grifo que llevase cerrado mucho tiempo, como una especie de trompeteo acuoso, que salía de debajo de las faldas de Amparito. Todos, incluido Simón, que había efectuado su salto con éxito, permanecieron mirándose unos a otros durante unos instantes, incrédulos, estupefactos por lo que acababa de ocurrir, hasta que la primera carcajada contagió a otra, y esta a otra, y terminaron todos tronchándose literalmente por la risa, contorsionados y hasta por los suelos en algún caso, durante lo que parecieron unos eternos minutos de puro y limpio alborozo, mientras un olor nauseabundo y culpable, cuyo epicentro era Amparito, se deslizaba entre ellos al capricho del viento. Amparito permanecía callada, inmóvil, mirando a lo lejos con expresión neutra. Poco a poco se fueron serenando, y entonces Rebeca se acercó a Amparito y le preguntó si le había pasado algo, mientras dirigía a los otros, que trataban de disimular sin mucho empeño la risa, miradas de impostado reproche.

-¿Qué te ha pasado, Amparito? –le preguntó cariñosamente-. ¿Estás bien?

Y Amparito, evitándola con la mirada, no contestaba.

-¿Qué te ha pasado? –insistió Rebeca -¿Te has hecho caca?

-Caca –dijo Amparito con un hilillo casi inaudible de voz.

-¿Qué dices? ¿Caca? ¿Sí? ¿Te has hecho caca?

Mecho caca –respondió Amparito en un tono más alto.

-Bueno, no te preocupes –prosiguió Rebeca, asumiendo un momentáneo y deliberado papel maternal-. No pasa nada. Lo que tienes que hacer es quitarte las bragas, que las tendrás sucias.

Maite recuerda que en ese momento sintió sincera lástima por Amparito, pero una especie de sentido de pertenencia tribal y, sobre todo, la inconsciente aversión que le producía la idea de que, siquiera remotamente, se la pudiera asociar o vincular emocionalmente con Amparito -como si tomar partido significase equipararse a ella, abandonar su equipo para enrolarse en el de Amparito, en el de los tontos, los sucios, los retrasados-, e impidió que sopesase con seriedad la idea de actuar de una manera distinta.  Algo en su interior le advertía que aquello no estaba bien, pero ¿qué era “aquello”? Además, ¿quién quería ponerse a pensar en ese momento? Así que, como los demás, insistió con estudiada delicadeza para que Amparito se quitase las bragas. Amparito, rodeada y desorientada, empezó a bajárselas, entre las veladas exclamaciones de repugnancia de la concurrencia. Permaneció unos momentos con las bragas y su gran mancha delatora entre los pies, tratando de entender lo que sucedía, mientras los demás la instaban a continuar. Se agachó para quitarse la prenda, pero su precario equilibrio y la escasa flexibilidad y coordinación de su orondo corpachón le impedían hacerlo de ese modo, por lo que se sentó en medio del camino, sobre su falda, y se las sacó. Entonces, sentada sobre la tierra, con las piernas abiertas, estiró el brazo con el que sostenía las bragas, como ofreciéndoselas a los otros.

-¡Aaaagh! ¡Qué asco!

-¡Suelta eso, cochina!

-¡Cuidado, no la toquéis! –exclamaron, entre otras cosas.

Entonces, Guille cogió del suelo la rama desgajada de un almendro y, apuntando con ella en dirección a Amparito, le dijo que colgase las bragas de su punta. Una vez dispuso del desagradable trofeo en el extremo de la rama, empezó a amenazar y a perseguir, entre risas, a los demás con él. Amparito, mientras, permanecía en la misma posición sedente, catatónica.

Entonces se escuchó, en la distancia, una voz desgarrada llamando a Amparito, que giró la cabeza en esa dirección. Maite y los demás se miraron entre sí con súbita preocupación. De repente, en cuestión de un instante, un ilusorio espejo de juego y despreocupación eternos se había hecho añicos, y tras sus restos se adivinaban la sombría amenaza de la reprimenda y el castigo, y la amarga conciencia de haber obrado mal. Guille arrojó detrás de un matojo la rama de la que colgaban las desventuradas bragas de Amparito, pero luego se lo pensó mejor, las recogió con sumo cuidado y se las ofreció de nuevo a su propietaria, quien, tras dudar unos instantes, las cogió sin ningún tipo de remilgo. La voz, femenina, seguía llamando a Amparito con insistencia, cada vez más cerca. Por un momento Maite, como seguramente los demás, pensó en echar a correr, pero intuía inconscientemente que, de algún modo, eso conferiría una dimensión de superior vileza a sus actos, así que permaneció allí con los otros, en silencio, mientras la voz aumentaba su proximidad. Amparito, entonces, reaccionó al fin y respondió con voz queda a la llamada de su madre:

-¡Mami! ¡Mami!

No quedaba otra opción, en esa tesitura, que tratar de borrar como se pudiera las huellas del crimen e intentar aparentar normalidad. La “Cuatro ojos” se subió al promontorio por el que había aparecido Amparito y, moviendo los brazos, llamó la atención de la madre. Esta apareció, al cabo de unos instantes, sin resuello, con los ojos fuera de las órbitas. Durante unos instantes cargados de tensión su mirada recorrió la escena de una punta a otra, tratando de comprender y de asimilar lo que había ocurrido allí. Vio a su hija en el suelo, sonriente, con la cara tiznada y las rodillas en carne viva, sentada sobre sus propias heces en medio del camino, sosteniendo con dedos manchados unas bragas sucias, y a un grupo de niños que la miraban entre sorprendidos y asustados, con la culpabilidad reflejada sus rostros. Maite jamás olvidaría la mirada de pena y desprecio infinitos que les dirigió entonces. Cogió de la mano a su hija y la ayudó cariñosamente a incorporarse.

-¿Estás bien, tesoro? Tenemos que irnos a casa, despídete –dijo, remarcando cuidadosamente las palabras sin dejar de mirarles fijamente- de tus amiguitos.

Entonces cogió las bragas, que estaban a los pies de Amparito, y las lanzó con todo el desdén del que fue capaz en medio del círculo imaginario que formaban Maite y sus amigos, con los ojos enrojecidos centelleando de furia sorda.  Tras esto, dio media vuelta y se fue alejando con su hija, agarradas de la mano.

Con qué amargura, con qué deje de asco pronunció esas últimas palabras. El recuerdo de aquellas palabras, y sobre todo de esa mirada como de diosa colérica se clavó en el pecho de Maite y permaneció ardiendo en él durante mucho, mucho tiempo. En adelante, cada vez que se cruzó con Amparito y su madre, sentía cómo una especie de calor blando y embarazoso le subía por la boca del estómago directamente hasta las sienes, y era incapaz de mirarlas directamente a los ojos. Un tiempo después, Maite y su familia se mudaron de casa, y nunca más volvió a saber ni a pensar de Amparito. Por lo menos hasta hace unos pocos días. Es curioso.

Se da cuenta de que el cigarrillo ya está casi consumido, y, casi al mismo tiempo que lo apaga, como si ambos hechos se hubiesen sincronizado adrede, ve aparecer a través de la ventana el microbús del Centro. El vehículo se detiene y Pablo baja acompañado de la cuidadora. Parece que viene contento, está cantando. Saca la botella de coñac de un estante superior de la cocina y, mientras les ve acercarse por el camino de entrada, se sirve un culín de licor en la misma taza que ha usado para el café. El día aún no ha terminado.

Kepa Hernando

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17 mayo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. Me gustó mucho, Kepa.

    Comentario por Nayra | 22 mayo 2009 | Responder

  2. Sí, Kepa, como ya te dije en tu blog, has sabido explotar una idea en apariencia tan sencilla. Muy acertado el tratamiento sicológico de los niños, tan crueles y tan inocentes.

    Comentario por Antonio Vega | 22 mayo 2009 | Responder


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