Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Retrospección

Deja, de manera capitalista, las monedas sobre la bandeja que siempre está situada sobre la barra. Se despide del camarero y, al dar la vuelta sobre sí mismo, siente un leve cosquilleo. Leve cosquilleo que por un momento se convierte en pinchazo. Lleva su mano derecha a su costado izquierdo, a la altura del apéndice. Anda uno, dos, tres pasos y nota el bulto que yace en dicha zona. Palpa, ahora con la mano directamente sobre la desnudez de su piel notando ese bulto de tacto incómodo. Al levantar la camiseta azul, tal como prevé, contempla ese algo que no le pertenece; inmóvil, adherido al blanco de su piel.

         De súbito le asalta el recuerdo del argumento de un relato que leyó hace años. No consigue acertar el nombre del autor. La plasticidad del texto es escalofriante, aún se estremece al recordarlo. Ahora mismo le acongoja. Lo recuerda como si visionara una película. Dos hermanos salen de caza. Al regresar uno de ellos descubre que lleva algo clavado en el brazo, algo extremadamente desagradable. El hermano le aconseja que no se lo quite, que se puede infectar, que se eche alcohol y no lo arranque de cuajo. Pero no le hace caso. En días sucesivos la herida se le infecta, hecho al que no dará importancia. No va al doctor y no hace nada por curarse. La herida toma el tamaño de una pelota de ping-pong. La infección crece y la pelota de ping- pong toma el tamaño de una bola de billar, que explotará en un mar de pus. El hermano insiste durante todo el relato en que asista a la consulta. Lo siguiente: la fiebre alta y las punzadas. Mientras, sigue sin querer recibir asistencia médica. Contra su voluntad, el hermano, llama al médico. Le receta antibióticos y le da hora para asistir a la consulta, con la intención de drenar la herida.

         En días sucesivos se las ingenia para fingir que toma los antibióticos. La herida toma un tono violeta y comienza a extenderse lentamente. El brazo se le gangrena, tienen que amputar, pero se niega. La infección se extiende por todo el tronco y resto de extremidades. Ahora todo su cuerpo es inservible, salvo la cabeza. Antes de morir, su hermano le pregunta la razón de tal decisión, él responde: “porque sí”. 

         Tras la lacerante avalancha de imágenes y el recuerdo de tan desagradable argumento, se quita con extremo cuidado el ser adherido a su piel. Trata de que sea una acción limpia, como el descorche de una botella de vino. Cree que no ha quedado nada dentro, ni cabeza, ni patas. Eso espera. El día es soleado, silba una canción, vuelve a casa.

Rayco Arbelo

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17 mayo 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. Me ha parecido maravillosa la forma en la que insertas un cuento dentro de otro cuento y la cómo mantienes la tensión. Además me ha hecho recordar los estremecedores “A la Deriva” y “El almohadón de plumas” de Horacio Quiroga.
    Sólo una pregunta, ¿el cuento que recuerda el personaje lo ha escrito alguien antes o lo inventaste para tu cuento?

    Comentario por Séfora | 17 mayo 2009 | Responder

  2. Me gusta cómo metes un cuento dentro de otro…y todo tan preciso.

    Comentario por Mararía | 23 mayo 2009 | Responder


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