Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Desencuentro

Será nuestro primero amanecer juntos, aunque ella no lo sabe. Hace nada la he visto atravesar el pasillo de este 757-800 destino Madrid. No se ha percatado de mi presencia. Al principio dudé, pero el margen de error es reducido. La posibilidad, de equivocarme, es tan remota como la que tiene este trasto de no aterrizar en el aeropuerto de Barajas.

¿Adónde irá? Ha atravesado todo el estrecho pasillo desde la entrada delantera asiento 1A pasado por este 22A hasta… No sé, calculo que el 27A o tal vez 29A. No soy capaz de hacer un gesto para mirar. Me pregunto quién es el tipo al que ha dedicado una sonrisa antes de proseguir su camino hacia la sección de cola.

El azafato se da un aire a Nacho Vegas y el día, parece, comienza a clarear. Apaguen teléfonos, respaldos en vertical, cinturones… Este aneurisma… Lo que antes era firme ahora se torna movimiento, marcha atrás, ahora velocidad de paseo hasta llegar a la pista de despegue. El oeste queda al lado contrario, por lo que nuestro primer amanecer será un tanto peculiar. El aparato se dirige decidido hacia la huida, rugen las turbinas, se despliegan los alerones y el vídeo de marras: dos salidas en la parte delantera, dos sobre las alas y dos en la trasera. En esa parte trasera donde ella, mi amor a destiempo, se encuentra. El rugido da paso a la velocidad, el despegue y el cosquilleo en el vientre. Directo a las nubes, ascendemos y al rato ya podemos liberarnos de los cinturones de seguridad.

Recuerdo hace dos años y poco cuando contemplábamos la tarde desde lo alto. Las montañas son un reflejo de lo que sentimos, las nubes un océano por descubrir juntos. Sí, juntos porque decidimos que lo estaríamos algún día. Quedan tres años para ese día, decidimos que no era nuestro momento. Pienso en el instante en que te dije: “me gustaría besarte, pero no lo haré”. Y cuando marchábamos y de pie, con las montañas de testigo, te besé sin permisos, ni aduanas y tú me besaste y de vuelta bajando la ladera no nos dábamos a otra tarea que no fuera la de besarnos y la noche y no conseguimos encontrar el camino de vuelta y las tuneras dan buena cuenta de nuestra sensible piel y me odias con cariño por mi mala orientación y nuestro último beso antes de que la noche comience su reinado y volvemos a ser ese nosotros mismos que el resto espera.

Ya es de día y así pasa nuestro primer amanecer sin que te percates de mi presencia a siete u ocho asientos por delante de ti. La azafata y Nacho Vegas empujan el carrito, entonces vuelvo a preguntarme: ¿Para qué has venido? ¿Quién es el tipo que te acompaña? Madrid me parece una putada de ciudad para estar solo. El aneurisma me sobreviene, el cuerpo me pesa. ¿Por qué él? ¿Dónde irán? ¿Dormirán juntos? ¿Pensará en mí cuando él la bese e intente ejercer de amante?

No tengo idea de cuánto llevaremos de vuelo, debemos encontrarnos en algún punto sobrevolando el Atlántico, tal vez a media hora de Andalucía. Cierro la maldita persiana de mi ventanilla, la luz me molesta. Su calidez se ha tornado sordidez. A ella le espera el amor mientras a mí las estaciones de metro, el tren, la conferencia, alguna cerveza con los mismos tipos de siempre y sus míseras anécdotas. No deseo para mí esa soledad de habitaciones de hotel en ciudad ajena, ni la soledad del minibar, ni la aflicción a las dos de la mañana tras los martinis y gin tonic…

La señora que ocupa el 22B saca un espejo, se mira, se retoca. Le pido sin pensarlo, no sin cierto reparo, si es tan amable de prestarme su espejo. Accede y convierto el vidrio-reflectante en retrovisor. Disimulo, una, dos, tres…. Filas hacia atrás y la diviso. El tipo es mucho mayor que ella. Creo que él apoya su cabeza en su hombro aunque no estoy seguro, esto de los espejos no se me da bien y no suelo conducir. El carnet lo saqué por una apuesta. Ahí está, creo que lee algo, está preciosa con ese pelo lacio que la dota de un aire egipcio. Devuelvo el espejo acompañado de un “gracias” y vuelvo a levantar la persiana. La luz me incordia, no tanto como si me encontrara en el asiento F, ni como antes. Los pasajeros atraviesan el pasillo de un lado a otro como si intentasen encontrar algo más que un baño. Ahora el pánico comienza a apoderarse de mí desde dentro. ¿Qué haré cuando, de manera inevitable, nos veamos en la sala de recogida de equipaje? ¿Me presentará a su amante? ¿Compartirán maleta? Intentaré que no me vea. Tras el aterrizaje iré al baño, esperaré un tiempo prudencial y luego recogeré mi maleta, sacaré mi teléfono móvil, lo encenderé, marcaré el PIN y buscaré el nombre de Juan Antonio con el fin de que me rescate de esta maldita duda. Le preguntaré, a mi buen amigo, por qué su hermana está a miles de kilómetros con un tipo del que no he oído hablar.

Rayco Arbelo

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18 mayo 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

2 comentarios »

  1. Me gusta mucho como está escrito. Se lee con soltura. Te metes en la historia muy rápido.

    Quizás haya alguna salida de banco que haya que corregir…pero buen trabajo, compañero.

    un abrazo grande R.

    Comentario por Polansky | 22 mayo 2009 | Responder

  2. Sí, muy bueno, Rayco.

    Comentario por Antonio Vega | 25 mayo 2009 | Responder


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