Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

T.T.T

Mi aspecto se ha vuelto extraño. La gente no puede reconocerme y, lo que es más aberrante, yo mismo he perdido las señas de mi propia identidad.

Me gustaría contarles la historia de mis transformaciones, las T.T.T o, lo que es lo mismo, las 3 T.

La Primera fue muy lenta, al punto de, prácticamente, no darme cuenta.

Siempre fui una persona rara y una de mis características era la intensa y fluida vida interior en relación con mi cuerpo. De pronto, un día advertí que ese reverbero mental se me había ido totalmente de las manos. Acababa de desencadenarse en mí un proceso extraño, sumamente curioso, artesanal casi.

Comencé con la recolección y colección de todo tipo de cosas y objetos referidos al ambiente de la medicina. De a poco, eso derivó en una carrera irrefrenable por otros territorios, y empezaron a desfilar manadas enteras de profesionales alternativos y afines a lo corpóreo.

La prueba más evidente estaba formada por una cantidad de indicaciones, orales y escritas, medicamentosas o de ejercicios mentales, que éstos me recetaban para paliar los efectos de mi tormenta corporal. Me dispuse a guardar toda esa documentación. Pero, al tiempo, caí en la cuenta de que tenía que pasar a la acción, así que decidí agregar toda esa parafernalia al conjunto de mi anatomía. Lo hacía a través de alfileres, chinches, clips y toda clase de herramientas que unieran dichos elementos a mi cuerpo, o bien eligiendo partes escondidas de mi anatomía o, por el contrario, tapando las zonas en las que esos elementos quedaban visibles. Con esos pequeños recaudos, nadie advertía nada. El problema era el calor.

Cada día colocaba uno, o a lo sumo dos. El punto es que, en determinado momento del proceso, los uno o dos pasaron a ser treinta o cuarenta, cien o ciento cincuenta. Me convertí en un collage ambulante, atiborrado de cosas completamente externas a mí. ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Ahora que digo externas caigo en la cuenta de que de externas no tenían nada, si eran parte de mi cuerpo!

Cajas de medicamentos, algunas llenas, algunas vacías, otras con su receta correspondiente, direcciones de centros médicos y hospitales, también señas de algunas instituciones de terapias alternativas. Además, el nombre y la dirección de una médica o psicóloga, no recuerdo bien, que trabajaba la terapia cromática,  fisioterapeutas y masajistas, curanderos, en fin, un poco de todo. Todo encima. Y cajas, eso nunca faltaba, cajas y cajas de medicamentos, alopáticos, homeopáticos, todo muy ordenado, intentando no superponer nada con nada, y prendido eficazmente con pequeños imperdibles y otros atrezzos alrededor de todo mi cuerpo.

Mi vida diaria comenzó a complicarse. Vestirme era una odisea, desvestirme, ni hablar. ¡Los armarios no daban abasto para acoger tanta ropa y tanto complemento!

Entonces, ideé un método para optimizar ese trabajo, racionalizando al máximo lo que debía llevar encima. 

No obstante, eso era como tapar agujeros, necesitaba un cambio radical, otra transformación, una especie de cirugía simbólica donde yo fuera mi propio cirujano.

Comencé separando todo el material. Noches sin dormir, la casa revuelta, llena de papeles y cajitas, cosas por todos lados. Pero hacía falta algo para ordenar y catalogar ese caos. En principio, cajas, de las grandes, esas de mudanza, aunque no tan profundas, sino, preferentemente, bajas. Luego rotuladores, para ir marcando y señalizando todo el material. Cintas de cuero, duras, resistentes, con hebillas y bolsillos adosados, como una especie de cinturones, pero más anchos. Recopilé varios, esos viejos que la gente ya no usaba, de la calle, de las zapaterías, cosas que iban a  tirar. A mí me servirían.

Y por último, material de costura, de marroquinería, burdo, con remaches, tachas, chinches y esas cosas.

El proceso me llevo unos cinco meses aproximadamente. Un agobio exasperante. Al cabo de ese tiempo ya tenía armados los lotes,  formados por diferentes cajas que contenían todo mi arsenal. El próximo paso era armar los cinturones, diseñarles una especie de bolsillos y espacios para proteger algunas de las cosas, hacerles agujeros extras y argollas para colgar.

Los terminé una noche, los cinturones, unos quince, aproximadamente. Había llegado el momento de equiparlos y de meter en ellos todo lo separado en los lotes.

¡Qué alegría sentí al usarlos por primera vez! Cada día estrenaba uno distinto, según lo que necesitara, según mi agenda. Ya no iba empapelado de la cabeza a los pies, ya no parecía una cartelera.

Sin embargo, la cosa cambió rápidamente. Se me impuso una idea: ¿Y si la “cirugía simbo-estética” a la que me había auto-sometido, acababa de convertirme en otra cosa? ¿Y si ahora, en vez de señalarme como un excéntrico, me llamaban terrorista?

Empecé a creer en esa posibilidad. Me asustaba pensar que pudieran decir que mis cinturones escondían bombas. ¿Qué había pasado? ¿Qué había salido mal?

Empezó un nuevo suplicio: no sabía ya qué era, mi imagen me había tragado.

Necesitaba por tanto otro cambio, urgente. La Tercera T debía dar comienzo.

Esta vez opté por ser más simple, así que me armé de valor, me fui a una casa de telas y compré kilos y kilos, coloreadas y lisas, floreadas, estampadas, claras y oscuras, pesadas y livianas, de todo, para todas las estaciones del año. Llegué a casa y empecé. Decidí cubrirme, taparme, esconderme y ocultar todo aquello que, de ser visible, pudiera convertirme en un terrorista. 

Fernando Adrian Mitolo

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18 mayo 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

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