Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Noche incendiada

Es difícil relatar los extraños sucesos que vivimos aquellos días de enero. A buscar explicaciones ni me atrevo. Nadie supo decir exactamente cuándo. Lo cierto es que desapareció, sin darnos cuenta. Y entonces, como coranzoncitos agotados de bichos moribundos, las linternas empezaron a palpitar dentro de todas las guanteras y portabultos de todos los coches de la ciudad. A las que muy pronto se unieron, como ojos ciegos, desde gabetas y cajones, cuanto quinqué y lamparilla guardaba en sus casas la gente para salvar cualquier noche de apagón.     

Pudimos ser conscientes aquel domingo, cuando, tras la misa, por más que se empeñaran los monaguillos, volvían a encenderse una y otra vez los cirios sagrados. El viejo cura preguntaba gritando quién andaba tras aquella broma. Pero no relacionamos ambos sucesos, quizá porque nadie la vio nunca en la iglesia.

Luego les tocó a las profanas. En el cumpleaños de la dulce Inés, rodeada de todos sus compañeros de clase, las velitas de colores de la tarta compusieron una macabra melodía en La mayor sobre la nata y el derretido chocolate. Las mamás asustadas contemplaron la escena, aliviadas sólo porque sus pequeños sentían envidia y no miedo, imaginando que la niña podría pedir cuantos deseos quisiera aquella tarde. Pero tampoco nos dimos cuenta entonces. Tal vez porque no había noticia de que tuviese hijos y, por tanto, nunca fue vista en fiestas como aquélla.  

Se hizo evidente que ocurría algo extraño cuando los móviles no se apagaron más. El off no respondía, pero tampoco dejaban de brillar cuando a los aparatos se les quitaba la batería. Lo que en principio fue curioso, empezó a ser molesto. En el cine o el teatro, desde el bolsillo del pantalón de ellos, o desde el fondo de los bolsos de señoras y señoritas, los pequeños teléfonos parecían asomarse de modo permanente. Pero nadie la echó de menos allí. Pues aunque ella siempre tuvo espíritu artístico, y hasta estrafalario, se reía de los que intentaban encerrar las cosas lindas en un local, algo tan ridículo acaso como guardar la primavera en un jardín o en un marco. Y ciertamente bailaba y cantaba,  mucho, pero siempre sin techo, al viento. 

Lo de los faros de los vehículos y las luces de obras, por no hablar de unos semáforos enloquecidos, vino a confirmar nuestras sospechas de que aquellos primeros sucesos deslavazados eran graves. Pero el terror se apoderó de todos  cuando las farolas de todas las calles y avenidas y los focos de plazas y estadios siguieron alumbrando las 24 horas en su máxima potencia. Incluso el “Gremio de ladrones y aficionados al bien ajeno” (GLABA) lanzó un comunicado pidiendo solidaridad y ayudas familiares por no poder trabajar en condiciones dignas en ningún turno. Quizá entonces alguien se preguntara por ella, o nombrara por casualidad su nombre, que ni sabíamos realmente si era el suyo verdadero.

En los días sucesivos el alcalde declaró el estado de sitio. Prohibió a toda la población salir a la calle, bajo ningún concepto, so pena de multas y otras sanciones no menos importantes. E informó con detalle al Cabildo y al Gobierno Central, a la Unión Macaronésica del Norte y a la ONU, de un sol extraño y eterno que a medianoche azotaba la ciudad, solicitando de paso los auxilios oficiales pertinentes. 

El pánico desatado empezó cuando las luces de las casas y portales ya quedaron encendidas día y noche. Si bebés, mascotas y ancianos estaban inquietos y sumamente alterables, el resto andaba desvelado e irascible por esa rara luz perpetua. El cansancio se apoderaba de cuerpos y el nerviosismo de almas. La situación era insoportable. Unos intentaron desenroscar las bombillas, otros romperlas a escobazos, hasta hubo quienes arrancaron los cables de la instalación eléctrica  levantando baldosas y desencajando molduras, pero todo resultó inútil.

No sabría decir a ciencia cierta quién, cómo o por qué se percató de ello. Sólo sé que el rumor llegó buscándome casi a mí personalmente a la redacción, en donde yo me había refugiado. Y aun loca e infundada, aquella pequeña pista me inquietó desde el primer momento, removiéndome las entrañas, sacándome a empujones de allí, casi mi casa, donde desde hace tres décadas intento explicar sesuda y racionalmente cuanto acontecimiento pasa en esta jaula de asfalto en que nos ahogamos. No tengo otra existencia, lo confieso, fuera de ese cubículo.

Y salí a la noche encendida. Dicen que el deseo es más fuerte que cualquier miedo; y yo lo estaba comprobando. Quería saber. Así que, tal vez por primera vez en mi vida, me dejaba arrastrar hacia no sabía qué. Conduje sólo unos minutos por el que podría ser el escenario del fin del mundo. Allí estaba. Era cierto. Un punto, uno sólo en la desordenada madeja de construcciones que hilvanaba el plano urbano, permanecía no iluminado.

Sobre aquel banco de madera arañado por el salitre, pintarrajeado y lleno de escupitajos resecos, pero que aún guardaba la huella de su pequeño cuerpo, una vieja farola, descascarada, dormía. Entonces me pareció verla. Allí, en el parque del barrio, en la casa de juegos de los niños que fuimos, donde poco después robábamos los primeros besos consentidos… estuvo ella, como un árbol bello y silencioso, desde siempre. Leyendo periódicos atrasados, hablando a todos y a nadie, riñendo a sus gatos o peinándoles sus bigotes, alejándose por la acera en una danza improvisada… 

Me desperté tirado en la hierba húmeda, sintiendo un extraño aire, muy caliente para decir en enero, como una caricia casi. De golpe, todas las luces, precipitándose de no sé de qué cielo, se fundieron al fin. Y al tiempo que los gritos de los insomnes estallaron en la oscuridad más que nunca deseada, aquella farola abrió los ojos, tímida, quedando encendida para siempre.

Y es que Velia brillaba en todos nosotros, aunque no lo supiéramos. Dicen que no hay mayor ceguera que la de quien no quiere ver. 

 Nayra Pérez Hernández

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25 mayo 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

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