Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

EL ACEITE DE CARLITOS

Mi marido el Ruben siempre dijo que este nene era raro, Carlitos, quiero decir, pero yo no le daba importancia, de bruta no más, porque se comprende que el chico tenía un problema, normal lo que se dice normal, no me salió.

Un mediodía, cuando tenía siete meses, mientras estábamos comiendo, el Ruben me dice:

—Andá a cambiar a ese pibe que tiene una baranda que no se banca, ¿qué se comió?, ¿la pata de Gardel?, mamma mía, cómo caga.

Y la verdá que sí, se ve que se había hecho de vientre, porque del olor tuve que echar desodorante por toda la pieza. Ahí nomás largué el plato de mondongo y fui a buscar el cambiador. Ya cuando lo agarré en brazos hasta a mí me dio asco. ¡Qué olor que le salía! Le saqué la ropita, lo dejé desnudito y lo puse bocarriba. Yo, endemientras, me puse un algodón en la nariz, porque es que no se aguantaba. Cuando lo apoyé, noté algo raro en la… cómo se dice, la testura de la caquita, como que no era la que hacía siempre, no sé, era más… aceitosa, eso, parecía aceite. Hice tripa corazón y la toqué, muy poquito, con la punta de los dedos, y sí, como que me resfalaban al tocarla. Me recuerdo que ese día no le dije nada al Ruben, hice como que no pasaba nada.

Al otro día, otra vez, a la misma hora, justo cuando estábamos comiendo se hizo encima, ya parecía a propósito. Y también, ¡qué olor!, ¡insoportable! Menos mal que comía sanito, porque yo siempre le hice caso a la dotora, pero se ve que era eso, lo que tenía en la caca.

Ese día ya me preocupé, porque cuando le saqué el pañal tenía pegado un lamparón de aceite.

—¿Y esto qué es ahora? –me recuerdo que dije en voz alta, y el Ruben paró la oreja.

—¿Qué pasa Chola?

—Nada, nada, el nene, que se cagó –le dije, y lo limpié rápido para que aquel no se diera cuenta.

Lo raro era que esa caca tan pestilente no la hacía siempre. Había veces que la hacía normal, sin ese olor. 

Pero al día siguiente yo justo estaba en el baño y, el Ruben, que acababa de entrar, lo encontró al Carlitos llorando. Se acercó a la cuna para agarrarlo, pero cuando se asomó, casi se cae de espaldas. Otra vez se había cagado con ese olor.

—¡Cholaaa!, ¡Cholaaa! –gritaba como si yo fuera sorda.

—¿Queeeeé? Estoy en el baño, ¿qué querés?

¿Qué iba a querer?, que lo cambiara, eso quería. Pero yo no podía salir, se comprende que estaba ocupada, así que lo tuvo que limpiar él, y claro, ahí se dio cuenta. Porque el Ruben será bruto, pero siempre fue de inteligente, no se le pasaba una. Esa misma tarde me lo hizo llevar de la dotora.

—¿Y vos por qué no me dijistes nada de esto? ¿Qué te creés, que soy mongólico yo?, ¿que no me iba a dar cuenta? –me decía a cada rato, como cien veces. Tanto hizo, tanto hizo, que a la final me hizo llorar, de los nervios. Ahora lo entiendo, es que él tenía adoración por el Carlitos, cómo no se iba a poner así.

Al llegar al consultorio de la dotora ya estaba más tranquilo, así que entramos los dos, con el Carlitos, claro. Y bueno, nos quedamos fríos, porque en cuanto lo revisó, enseguida se dio cuenta.

—Señora, ¿pero usted no vio esto? –me preguntó toda colorada.

—No, ¿lo qué?, ¿lo del aceite? Sí, eso sí –le contesté mirando al Ruben.

—No señora, lo del aceite no. Bueno, sí, pero lo que yo le pregunto es si usted no vio de dónde le sale el aceite al nene. Mire, acérquese. ¿Ve esto?

—¡Ay, mirá Ruben! ¡Vení a ver!, perdone dotora, eh…

—Uuuuhhh, ¿y eso qué es? –dijo el Ruben, con la cara blanca como un papel, de la impresión.

—Si le digo la verdad, no lo sé –nos dijo ella, toda seria–. Tendremos que hacerle estudios. Por ahora pónganle una gasita acá, en el agujerito… ¡No se lo toque señora! Se la dejan así, como yo se la puse ahora, se la cambian cada ocho horas, y me lo traen dentro de tres días para ver cómo sigue.

Qué disgusto con ese chico, salirle eso, justo ahí. Qué mal la pasamos; el Ruben estaba como un loco, casi se enferma. Menos mal que yo fui fuerte, porque si no, esa casa se venía abajo.

Por suerte le hicimos los estudios y salió que no era nada grave. En realidad era un agujerito que lo tenía de nacimiento, al lado del culito, yo ni me había dado cuenta, y por ahí, se ve que le salía el aceite. Y claro, esas veces que hacía con tanto olor, no era la caca, ¡era esto!

La dotora lo vio unas cuatro o cinco veces más y, un día que yo había ido sola con el Caritos, me dijo que hasta si quería, el aceite lo podía usar, que era del bueno.

—¿Cómo que lo puedo usar? –le pregunté yo sorprendida- ¿Usté dice para hacer la comida? ¿Y el olor? ¡Pero si eso no se puede ni aguantar, eso debe ser un veneno!

—No, señora –me dijo, y se ve que algo le causó gracia, porque se reía. Quédese tranquila que lo del olor con estas gotitas se le va a ir yendo. Usted lo único que tiene que hacer es traerlo cada seis meses para revisarle el agujerito, nada más.

Y la verdá que tuvo razón, a los tres días el olor se le había ido. Otra cosa que notamos fue que echaba más cantidá, y más espeso, así que una mañana que había perdido como medio litro, mientras el Ruben estaba en el taller, lo junté todo en un frasquito y dije:

—Yo lo pruebo, a ver qué sale. Si la dotora dice que se puede, se ve que se puede.

Y lo usé para freír una tortilla.

Cuando mi Ruben la probó no le cabía en la boca de tan grandes que cortaba los pedazos.

—¡Pero Chola! ¿Con qué hiciste esto? ¡Te salió para chuparse los dedos! –y endemientras se metía otro pedazote.

—No sé, Ruben, yo la hice como siempre.

Y así fue pasando el tiempo: un día una tortillita, otro día unos minuelitos, que huevos fritos, que papas fritas, todo todo lo freía con el aceite que perdía el nene, porque yo no lo iba a tirar.

El Ruben nunca lo supo, y el Carlitos la verdá que se portó, nunca le dijo nada al padre.

Así estuvimos hasta que cumplió los catorce. Yo no sé qué le agarró a ese chico, pero se le dio por salir todo el tiempo a la calle, volvía tarde, estaba rebelde, se ve que era la dolecencia esa que dicen. Yo sospechaba que tenía alguna noviecita o algo. Y sí, estaba tortoleando con la hija de la de la farmacia, la Betty. Pero lo peor no era eso, sino que empezó a perder menos aceite, cada vez menos cada vez menos, hasta que un día, se le cerró el agujerito.

—Chola, ¿vos le pusiste algo a la tortilla? Está más desabrida –me dijo una noche el Ruben.

—No, nada –le conteste, toda colorada, y el desgraciado del Carlitos me miraba y se reía- es que el aceite no viene más como antes. 

Fernando Adrian Mitolo

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8 junio 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. ¡Qué extraño, tío! No obstante, muy bien contado, con gracia y desparpajo, y unos diálogos muy conseguidos. Un día de estos me tienes que decir qué fumas, y te lo cambio por lo mío, jajaja… Nos coge un psicoanalista y nos despluma. Enhorabuena.

    Comentario por Kepa Hernando | 16 junio 2009 | Responder

  2. jajajajajajajaja…gracias, y eso que me decis de los diálgos me alegra, porque me ponen a parir cada vez que se me ocurre poner alguno. Eso sí, ahora caigo, se ve que como éste está narrado en argentino, por eso me salio relativamente mejor. Porque a pesar de vivir aca, se me complica en español. Es lo que tiene el lenguaje, no hay vuelta.
    Lo del psicoanalista me hace gracia, porque yo lo soy…jajaja, asi que imaginate si me agarra uno a mi!
    Nos vemos.

    Comentario por Fernando | 17 junio 2009 | Responder


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