Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

LA ENCICLOPEDIA DE ANATOMÍA

 

—¿Por qué está tan oscuro aquí? Que alguien me ayude, por favor –fue lo último que articuló Marisol. Y es que aquella mañana no debió haber hecho semejante barbaridad. Siempre había sido una mujer extraña, esquiva si acaso; quizás por eso nadie la echó de menos en la comunidad.

Ocho meses antes del insólito suceso, durante una visita de su hija Astrid, Marisol protagonizó un fuerte altercado con ella. Éstos eran habituales; sin embargo, aquel día, utilizando un tono demasiado exagerado, la adolescente le exigía que asumiera de una vez sus responsabilidades y que depusiera su papel de víctima. 

Marisol no hablaba, sólo escuchaba. Siempre hacía lo mismo, utilizaba el silencio a modo de estrategia; buscaba cebarla, hacerla enrojecer, vomitar lo que tenía dentro, para luego, replicarle y echarle en cara lo mala hija que era. Pero ese día se quedó muda y no replicó. Más aun cuando Astrid dijo esa frase:

—Ya va siendo hora de que te veas de una vez y empieces a conocerte un poco más a ti misma.

A partir de aquella tarde, Marisol se sintió extraviada, traspapelada. No me veo, es que no me veo,  martillaba el lenguaje en su cabeza. Temió perder la lucidez y, al pensarlo, intuyó que ya la había perdido.

Aciagos días y noches de desvelo la transportaron por espacios peligrosos. Sentía el pecho encorsetado, como si estuviera ceñido a sus pulmones, y odiaba a Astrid.

Se volvió sobre sí misma y se refugió en los libros de autoayuda. Pero al poco tiempo empezó a detestarlos. Vagó por las calles durante días enteros, trazando circunferencias, dibujando órbitas. Pensó en pedir ayuda, pero intuía que no era asunto de otro, hasta que no pudo más y, cierto día, tuvo un arrebato.

Enceguecida, fue hacia la biblioteca y empezó a sacar los libros uno a uno de sus anaqueles, encendió fuego y se dispuso a quemarlos. De pronto, en medio de tanto furor, algo le llamó la atención y la detuvo; apagó inmediatamente el fuego y separó el hallazgo: una enciclopedia de anatomía plagada de ilustraciones a todo color.

Sin soltar el libro y como si fuera una sonámbula se dirigió al espejo, se tapó la cara con ambas manos y se derrumbó sobre sus rodillas.

El libro seguía ahí, esperando a que lo mirara, y ella lo miró. Lo tomó entre sus manos y empezó a deslizar sus hojas una por una. Órganos sueltos, uno tras otro, partes de cuerpos sin cobertura, sólo fragmentos, eso es lo que vio. Esto soy yo –pensó–, pero no me veo, es que no me veo.

Un ruido de su estómago le recordó que existía, así que, como un autómata, se dirigió a la nevera que no contenía más que gélido vacío. Suspiró fastidiada ante la necesidad de tener que salir, pero tomó lo imprescindible y abandonó la casa dando un portazo.

Caminó aturdida a través del ruido de la ciudad hasta que, repentinamente, se percató de que se encontraba frente al mostrador de un puesto de carne. El comerciante repetía una y otra vez:

—Veintitrés, ¿Quién tiene el veintitrés?

Marisol sólo oía sólo un eco lejano. Su mirada había sido robada por aquel animal descuartizado, cuyas partes inconexas yacían dentro de la vitrina.

De pronto, ese conjunto de vísceras y miembros descoyuntados la transportó hasta la enciclopedia de anatomía. 

Volvió a su casa, cerró la puerta con llave, trabó las ventanas y corrió los cortinados a fin de que nadie pudiera verla desde afuera.

Se desnudó pausadamente, observando cada pliegue, cada sequedad, y la cicatriz de la cesárea de Astrid, que había olvidado que era parte de su abdomen. Al ver sus pechos los creyó muertos, al igual que tantas otras partes de su cuerpo. Se tocó los cabellos, los acarició y sintió su aridez.

Se sentó sobre una manta y, a su lado, colocó la enciclopedia. Estaba lista para hacerlo, así podría darle una ilusión a Astrid y decirle que había conseguido conocerse. Súbitamente sintió que no la odiaba.

Miró hacia el techo elevando los ojos y manteniendo la posición de su cara recta. Le dolían, pero los mantuvo.

—Uno, dos, tres… –contaba–, cinco, seis, siete… No me veo, es que no me veo.

Dirigió su vista hacia la página abierta de la enciclopedia y eso le dio ánimo. Luego miró hacia arriba, pero esta vez realizó el movimiento con más fuerza, incluso aprovechó el envión que le proporcionaba la musculatura del cuello. Los ojos se le pusieron en blanco, titilando, temblando ante la exigencia de colocarse en dicha posición. Poco a poco todo empezó a teñirse de gris, aunque por momentos, pequeños destellos de luz provenientes de la lámpara que tenía sobre su cabeza, inundaban de blanco sus pupilas. Pero esto duraba pocos segundos: inmediatamente imprimía un nuevo impulso que los volvía hacia adentro, cada vez un poco más.

El experimento fue extremadamente doloroso, sobre todo los posteriores intentos, mucho más  profundos. Era tanto el ímpetu con el que los volteaba que al cabo de cuatro o cinco ensayos dejó de percibir la luz del salón.

Una vez dentro, todo se convirtió en sombras y una penumbra viscosa envolvió las dos bolas blancas que, curiosas, se bamboleaban sin cesar.

—Ahora sí que me veo –dijo, y continuó su viaje interior. Sin embargo, algo salió mal, ella no quería quedarse allí.

Han pasado ya seis meses y todavía nadie la echa de menos, ni siquiera Astrid. No se sabe si está viva, quizás sí. Entretanto, Marisol continúa ahí dentro, atrapada.

Fernando Adrian Mitolo

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9 junio 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

6 comentarios »

  1. Cojonudo, Fernando, sin paliativos. Mantiene un -a mi juicio -perfecto equilibrio entre lo lírico y lo sórdido, entre lo fantástico y lo mundano. Enhorabuena, pibe.

    Comentario por Kepa Hernando | 9 junio 2009 | Responder

  2. Cojonudo, Fernando, sin paliativos. Mantiene un -a mi juicio -perfecto equilibrio entre lo lírico y lo sórdido, entre lo fantástico y lo mundano. Enhorabuena, pibe.

    Comentario por Kepa Hernando | 9 junio 2009 | Responder

  3. Bueno, gracias compañero, y viniendo de ti, después de las cosas que he leido, la verdad que me estimula. Muchas gracias.

    Comentario por Fernando Mitolo | 9 junio 2009 | Responder

  4. Maravilloso, Fernando, como has consigues introducir al lector en una mente disquiciada.

    Comentario por Antonio Vega | 10 junio 2009 | Responder

  5. Gracias Antonio…yo tambien a veces me pregunto de donde me salen estas cosas. Ray Bradbury dice que el verdadero nombre de la “musa” no es otro que “nuestro propio incosciente”, asi que, a por nuestra mente desquiciada, no?
    Nos vemos.

    Comentario por FERNANDO MITOLO | 10 junio 2009 | Responder

  6. Me uno a mis compañeros, muy bueno, además te atrapa.

    Comentario por Patricia Rojas | 15 junio 2009 | Responder


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