Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

EL TUERTO

                                                                                        

                                                       1

Árbol que nace torcido, estadísticamente hablando, se sabe lo que viene después. En el caso de Eddy el tuerto, el viejo refrán se cumplió a rajatabla. Su madre era una prostituta  greñuda y desdentada y su padre estaba loco de remate. Por lástima, los abuelos paternos lo recogieron  el mismo día en que vino al mundo y, sin proponérselo, lo malcriaron, porque al cumplir los veinte se fue derechito al infierno, con un muerto a sus espaldas.

Rosario llegó a casa de Lucía, la meretriz, cuando ésta tenía apenas unas horas de parida, y se llevó a la desdichada criatura envuelta en unas sabanitas tan percudidas como la choza donde había nacido. Al salir al portal reparó, por casualidad, en un árbol del desvencijado jardín, que parecía una S cubierta de ramas. Curiosamente entre las hojas se asomaban unos capullos de un raro color añil apagado. “Hasta las plantas crecen enfermas en esta casa”, pensó la buena señora y apuró el paso para meterse cuanto antes dentro del Chevrolet 1953, que aguardaba en el camino polvoriento.

Eddy fue creciendo, aparentemente, como un niño normal. Pero todos en la familia veían algo siniestro en aquel rostro redondo y moreno que los observaba con un solo ojo. Sus abuelos sentían pena por él y lo complacían en todo. Si pajarito volando quería, pajarito volando le traían. No conoció regaños, castigos o golpes. Era el rey de la casa y hacía siempre lo que le venía en ganas. A los nueve años de edad durante una revisión médica de rutina, el doctor se dio cuenta de que el chico sufría escoliosis. “¿Te duele la espalda, hijo?”,  le preguntó el galeno mirándolo por encima de las gafas. Él lo miró con cara de pocos amigos y le lanzó un escupitajo. La abuela se puso pálida, pidió disculpas y ambos abandonaron la consulta.

Rosario y Manuel vivían en la mejor casa del pueblo. Ella era una mujer corpulenta, de mirada desgastada y generosa. Además de sus cinco hijos biológicos, se había hecho cargo de tres huérfanos. Tenía una chica que la ayudaba en las labores domésticas; sin embargo, no paraba, se pasaba todo el día trajinando, cuidando de aquel pequeño ejército, además de los conejos y gallinas que criaba en el patio. Cuando llegaba la noche caía rendida. Desde hacía mucho tiempo dormía en una camita individual, por lo que Manuel buscaba cualquier pretexto para salir de casa y echar una  inofensiva canita al aire. “Charito, mi vida, voy al club un rato a jugar a las cartas”, decía después de emperifollarse y ponerse mucha colonia. Pero su mujer sabía que iba a saciar su apetito sexual con alguna fulana. Antes de dormirse, mientras rezaba, le pedía a Dios que perdonara los pecados a su marido, así eran de débiles los hombres.

Los hijos propios y los adoptados crecieron y comenzaron a marcharse. Sólo se quedó Orlando, el más joven, quien padecía un tipo de desorden mental que ningún médico había podido diagnosticar con exactitud. Unos hablaban de esquizofrenia, otros de trastorno bipolar, pero nunca llegaron a un consenso. Él vivía un encierro voluntario y sólo salía de la casa una vez al mes para ir a cortarse el pelo. Apenas tres calles separaban la vivienda de sus padres de la barbería. Iba bien vestido y caminaba deprisa, con la vista fija en el suelo. Así, en una de sus visitas al barbero, al único a quien Orlando consideraba su amigo, conoció a Lucía. Ella estaba sentada justo enfrente, en el bar de Arquelio, tomándose una cerveza. Lo vio llegar y le clavó su mirada de gata apaleada.

-¿Quién es ese hombre tan guapo?, preguntó al cantinero.

-Con ése no te metas, Lucía, está mal de la cabeza. Es el hijo de Manuel, el concejal.

-Me gusta, tiene los labios gordos y se le marca un buen bulto entre las patas —la prostituta sonrió pasándose la lengua por el bigote para limpiarse la espuma de la cerveza y dejó la jarra a medias encima de la mesa—. Cóbrame, Arquelio, que voy a darme una vueltecita por la barbería.

A  Lucía no le importó la advertencia. Encendió un cigarro y esperó pacientemente en la acera a que Orlando terminara. Él se asustó cuando ella le salió al paso, quiso esquivarla y casi echa a correr. Pero la gatita esmirriada y experta en atrapar presas escurridizas y a plena luz del día  le saltó encima como felino hambriento. Le arañó los brazos, el pecho, le lamió la cara, las orejas y con el lomo erizado, fue clavándole los afilados colmillos primero en el cuello, después en el abdomen y por último, sus ojos húmedos y enrojecidos, se detuvieron a contemplar el descomunal miembro del pobre muchacho enfermo. En aquel cuarto destartalado del burdel del pueblo, por primera vez en su vida, Orlando eyaculó dentro de una mujer. Lucía no pidió dinero a cambio, sólo esperaba montar desenfrenadamente aquella bestia divina que, una vez al mes, le proporcionaba un placer desconocido hasta entonces. Así un mediodía de mayo, coincidieron la lujuria y la llegada de la ovulación, y la prostituta quedó preñada.

 

                                                     2

El día que Eddy llegó al mundo las coincidencias fatídicas se habían confabulado. Ocurrió un inesperado eclipse de sol, nació un chivo con dos cabezas, un huracán fuera de temporada amenazaba con devorar el país, tembló la tierra y una plaga de bichos desconocidos engulló los sembrados de arroz. Para colmo de males, cuando Luisa, la comadrona, palpó el vientre de Lucía, se puso las manos en la cabeza y alzó una plegaria el cielo. La criatura venía de nalgas. La parturienta gritaba con el rostro descompuesto y lanzaba insultos a los cuatro vientos. “¡Cállate, hereje y puja, puja con todas tus fuerzas!”, vociferaba Luisa mientras metía la mano en la vagina ensangrentada e intentaba poner de cabeza al chiquillo. Después de incontables horas de angustia, Eddy salió por el maltrecho agujero, sin llanto y con un ojo vacío.

-Llama a la vieja y dile que venga a recoger al renacuajo— le pidió la prostituta a la comadrona—. En unos días tengo que salir a la calle a buscarme la vida. Por culpa de esta jodida preñez no me queda ni un puto centavo.

-Pero mujer, tienes que descansar y recuperarte. Habla con el padre de  Orlando, el viejo es buena gente y seguro te da dinero.

-El vejestorio pendejo ese lo que me va a dar es una patada en el culo, Luisa— le largó Lucía con el rostro pálido y bañado en sudor—. Busca a la vieja, te digo, ahora que el hijo está en el manicomio, esta cosa le alegrará la vida.

Pero el mocoso tuerto fue siempre un dolor de muelas para la familia, incluso para los abuelos. La lástima y el exceso de mimos, lejos de convertirlo en una criatura indefensa, fue la mezcla perfecta para moldear a un ser ladino, una especie de monstruo deficiente visual con un amor enfermizo por la transgresión. Dos días antes de  que Eddy cumpliera los veinte años, a Charito se le agotaron los pulmones y dejó de respirar. El abuelo se sumió en una tristeza tan profunda, que renunció a la comida y a la luz del sol. Encerrado en su habitación, se fue consumiendo hasta que una ráfaga de viento entró sigilosa en el cuarto y le apagó  definitivamente la velita que ardía sobre el escritorio. El nieto mimado no derramó una sola lágrima ni guardó luto, sin embargo pintó las paredes de la casa de colores oscuros y clausuró casi todas las ventanas. Trajo a una brujera para que despojara cada habitación, ahuyentara a la familia y a los malos espíritus, y vendió todos los objetos de valor. Sus amigotes invadieron la residencia como una voraz plaga de termitas. La música alta, las botellas de ron y cerveza y las risotadas formaban tal aspaviento a toda hora, que hasta los ratones y las cucarachas decidieron mudarse. Los vecinos se quejaban constantemente, pero eso a Eddy le importaba un comino.

Una noche de brutal algarabía, llegó uno que le decían el indio Joe. Borracho como una cuba, quiso entrar por la fuerza en el convite, pero al menos cinco mozos fuertes y con los rostros serios le cerraron el paso.

—Lárgate, indio, Eddy no te ha invitado.

—Cállate Nacho y dile al mariquita ese que salga y me lo diga en mi cara. Me debe dinero y vengo a cobrárselo.

—Te pagué con intereses  lo que te debía, indio— Eddy salió de la penumbra con una navaja en la mano—. Ya oíste a mis amigos, así que saca tus patas sucias de mi casa.

—Sucia es la puta que te parió y te dejó tirado. Por cierto, ayer…

La frase del indio quedó colgada en el umbral de la puerta y su sonrisa de dientes cariados se transformó en una mueca agonizante. Eddy le había hundido la navaja en el estómago y el cuerpo moreno y enjuto de Joe se desplomó ante la mirada incrédula de los presentes. Entre todos envolvieron el cadáver con una manta y lo tiraron como un saco de papas en el maletero del Chevrolet 1953. El tuerto se sentía como un héroe de película americana. “Estamos todos metidos en esto hasta el cuello. ¿Queda claro?”, y sus palabras le hicieron un guiño macabro a la noche. Eufórico y completamente borracho se subió al coche y se fue con la pandilla a toda velocidad.

Al día siguiente, en el bar de Arquelio, los clientes habituales escuchaban sobrecogidos una noticia publicada en  la página de sucesos del periódico del pueblo: “En la noche de ayer murió en un trágico accidente automovilístico el joven Eddy Mendoza González. Su cuerpo sin vida fue encontrado entre los restos del coche propiedad del excelentísimo señor concejal Manuel Mendoza Pérez, recientemente fallecido. Conducía solo por un camino en dirección al poblado de Pozo de los Ciegos, cuando perdió el control del vehículo y chocó contra un árbol.” Encima del artículo la foto mostraba lo que algún día había sido un flamante Chevrolet 1953, que ahora, convertido en un amasijo de  hierro y cristales, acababa sus días de gloria empotrado en un tronco seco en forma de S frente a una choza abandonada.

 Belkys Rodríguez Blanco

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12 junio 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

3 comentarios »

  1. Brutal, en todos los sentidos, y con un sugerente final: dos cuerpos en ese Chevrolet, y sin embargo, tras el accidente, un solo cadáver. Aunque, si el cuento propone lo que pienso -que el cadáver encontrado es el del indio -, la autopsia no debió ser muy rigurosa.
    En todo caso, me ha enganchado completamente. Muy bueno, de verdad. Enhorabuena.

    Comentario por Kepa Hernando | 13 junio 2009 | Responder

  2. Coincido con Kepa. En cuanto le eché un ojo a lo extenso que es, se me retorció el “jocico”, pero cuando empecé, lo leí con gusto. Enhorabuena. Me gusta mucho ese estilo sencillo pero sumamente efectivo.

    Comentario por Antonio Vega | 13 junio 2009 | Responder

  3. Gracias compañeros por vuestras opiniones. Esto me empuja a continuar en lo que llamo yo una bendita adicción. Este taller me ha cambiado el estilo radicalmente, pero estoy contenta con el cambio. Me alegra infinitamente que les haya gustado. Nos vemos!

    Comentario por Belkys | 14 junio 2009 | Responder


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