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Desde entonces, cada día me dirigía al trabajo, dando un largo paseo. Estos paseos me resultaban agradables, y qué decir de lo que opinaba mi médico, -“ten mucho cuidado, si no cuidas tu alimentación y sigues con ese ritmo de vida cualquier día te explotara esa máquina que tienes por corazón”-, sino que también me ayudaba a preparar mi mente para las muchas decisiones que tenía que tomar a lo largo del día. Antes era diferente, tomaba un café tras levantarme y apuraba hasta el último momento para salir de casa hacia el trabajo, tiempo suficiente para aparcar mi cuatro latas delante de la empresa; ésa era una de las ventajas de que la empresa se encontrara situada en una zona industrial. Pero todo eso cambió aquella mañana en que el Sr. Gerente nos reunió a todos los empleados, y nos comunicó los muchos planes para la empresa y un sinfín de palabras a las que no quería prestar atención en aquel instante. Lo que sí escuché, fue que nuestras ideas y aportaciones para mejorar algunas de las áreas iban a ser escuchadas y premiadas; esto fue lo que más me gustó, ya que mi suerte para los premios se limitaba a los que venían incluidos en los paquetes de Snack. Debo admitir que a algunas de las primeras ideas que pasaron por mi mente no se les podría llamar geniales;  menos mal que no se las comenté a nadie y quedaron en simples pensamientos. Pero debido a una de mis sugerencias, el Sr. Gerente me dio un puesto donde cada día debo tomar muchas decisiones. Al principio este nuevo puesto me entusiasmó, por fin tenía algo de lo que regodearme con mis amigos: yo, un pobre diablo tomando decisiones de envergadura. Pero a partir de ese día me resultó difícil conciliar el sueño, me había cambiado el humor y me costaba mucho tomar hasta las más pequeñas decisiones. Es por eso que lo consulté con el doctor, quien viendo mi penoso estado, me recomendó enérgicamente que lo consultara con la almohada, yo alegué que no usaba este tipo de artilugios para el descanso, pero él, sin mediar palabra, me extendió, como si de una receta se tratara, la dirección de una pequeña tienda especializada en almohadas orientales. Metí el papelucho en uno de los bolsillos de la americana, pensando que el doctor estaba perdiendo el juicio. Regrese al trabajo, pero no había forma, no podía centrar mi atención. Saqué el paquete de cigarrillos de la americana y junto a él estaba la dirección de la famosa tienda. Pensé que tal vez el doctor estaba en lo correcto, nunca me había defraudado, es cierto que sus remedios estaban un poco fuera de lo convencional, pero siempre habían dado resultado. Así que dejé todo y me dirigí a la tienda.

Su aspecto no era el de una típica tienda donde se venden colchones y almohadas; más bien se parecía o tenía el aspecto de una de esas tiendas de las películas de fantasía, lúgubre, siniestra, de la que uno espera que aparezca el viejo maestro chino, con su peculiar acento falto de r. Pero tras el mostrador salió un tipo no menos peculiar, no más alto que el palo de una escoba,  de  mirada penetrante, de aspecto grotesco: su apariencia hubiera sido similar a la de un duende, si no fuese por la falta de orejas puntiagudas. Su voz, en cambio, era atrayente. Tras comentarle mi problema, se retiró a la trastienda y volvió al poco tiempo con una almohada entre sus pequeñas manos. Me dio una detallada explicación de las propiedades de esta almohada, de los exquisitos materiales utilizados en su elaboración. Su precio me pareció exorbitante, pero qué iba hacer, era por prescripción médica, si no funcionaba tal vez se la podía reclamar al doctor.

Una vez en casa, saqué unas cervezas, me tumbé en el sillón dispuesto a ver la televisión, quité su envoltorio a la almohada, y me recosté sobre ella. En poco tiempo quedé dormido. Al despertar, me encontraba eufórico, pensé que esto se debía a que había tomado demasiadas cervezas, pero éstas permanecían intactas. Me sentía lúcido, dispuesto a todo. Aproveché este estado para llegar temprano al trabajo. En poco tiempo despaché mucho del trabajo atrasado, pero, a las pocas horas, de nuevo me encontraba decaído, se me habían agotado las ideas geniales. De pronto recordé por qué momentos antes me encontraba dispuesto a todo, con mis plenas facultades mentales, se debía sin duda a ese pequeño sueño reparador. Así que cerré la puerta del despacho y traté en balde de conciliar el sueño. Me pregunté: ¿Sería acaso a la almohada a lo que le debía mi anterior estado de inspiración? No quedaba otra manera de comprobarlo, aproveché la hora del almuerzo para regresar a casa y coger la almohada. De regreso al despacho, pude comprobar el efecto que tenía la almohada sobre mi estado de ánimo, sobre mi lucidez mental. Desde entones, la he llevado conmigo a todas partes, ha estado presente en cada decisión importante de mi vida, en los negocios, en la compra de la casa, cuando le pedí matrimonio a G, incluso cuando decidimos tener nuestros hijos.

Han pasado muchos años y creo que ya es hora de que esta almohada, pase a ser el legado de uno de mis hijos. Pero… ¿A quién de ellos dejársela? Lo  mejor será consultarlo con la almohada.

César Socorro

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20 junio 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

1 comentario »

  1. Fluido y entretenido. Felicidades.

    Comentario por Antonio Vega | 24 junio 2009 | Responder


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