Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

INTERROGATORIOS

Entre locuaces circunloquios y perífrasis grandilocuentes, el sospechoso se deslizaba por las ramas del álamo temblón como pez en el agua. Yo trataba inútilmente de seguir sus razonamientos, sus argumentaciones, sus cábalas, entre las que me debatía sin remedio, atento a no perder pie y caer al vacío. ¿La verdad, Inspector? ¿Qué es la verdad? Muchos y grandes hombres se han enfrentado en vano a esa entelequia y ¿ahora me lo pregunta usted a mí que soy un mero carterista? Como un gato, saltaba de las ramas más imponentes a las de menor tamaño sin perder el hilo de su discurso. En efecto, su voz aflautada nadaba con precisión de mariposista entre meandros lingüísticos y filosóficos desconocidos a tantos metros de piso firme. ¿El muerto? La muerte dista sobremanera de ser un concepto determinado, Inspector… Conforme íbamos ascendiendo de un nivel vegetal a otro, a mi traje cruzado manchado de resina se adherían hojas de un verde glauco. Llegado un momento me zafé de la corbata que me cortaba la respiración mientras la falta de oxígeno a aquellas alturas hacía divagar al sospechoso en laberintos cada vez más intrincados. ¿El móvil? ¿Conoce usted todos los motivos que se agazapan tras sus decisiones, sean grandes o pequeñas? ¿Y, aún así, pretende conocer los míos?…  Ya no pude más. Sus continuas piruetas verbales comenzaban a nublar mi entendimiento, ya bastante perjudicado por la insoportable sensación de vértigo. Dejé de seguirle en su ascensión cuando vi desaparecer los mocasines marrones rumbo a la copa del árbol que rozaba las nubes más bajas. Me apoyé contra el tronco rugoso, saqué el revólver y apunté entre las hojas mecidas por la brisa encima de mí. Los fogonazos hicieron levantar el vuelo a la multitud de pájaros que descansaba en la cumbre del álamo, incluido al pajarraco objeto de aquel interrogatorio torturante, que, como si fuera un canario de ochenta kilos, pareció alzarse para luego caer como una piedra hasta el sólido suelo, donde su cabeza se abrió como un melón maduro. Creo que le he expuesto sin dobleces todos los acontecimientos dignos de reseñar acerca del interrogatorio donde se produjeron los hechos en cuestión. Quizás de mi relato sin subterfugios algunas lenguas maledicentes infieran una actuación heterodoxa por mi parte. Sin embargo, no me considero culpable en absoluto, soy una víctima más, una simple marioneta en el teatro absurdo de este procedimiento kafkiano. Además, como es bien sabido por todos, Sr. Juez, yo he sido siempre un simple poli acrofóbico sin demasiada paciencia con los que se andan por las ramas.

Antonio Vega

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22 junio 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

1 comentario »

  1. Muy bueno, enhorabuena.

    Comentario por Nayra | 25 junio 2009 | Responder


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