Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

La muerte rubia

La muerte en forma de chica rubia con un escotado y ceñido traje rojo se sentó junto al hombre con sombrero que fumaba en la barra. Él pidió de beber para ambos y esbozó una cínica sonrisa cuando comenzó a hablar.

-Me comentó Sam Spade que le hiciste ayer una señal en la 42, pero esta vez has tenido mala suerte, muñeca.

-¿Sí? ¿Usted cree?

-Sí, preciosa -la lengua del hombre chasqueó bajo el bigote canoso-, ha dejado la ciudad, ni siquiera tú podrás encontrar su guarida.

-¿Y por qué huyó? Esto no tiene nada que ver con él. Oh, no. Sólo me sorprendió que usted malgastara sus últimos días de vida trabajando, Sr. Hammett.

Tras lo cual la rubia le besó con sus labios pintados del color de la sangre.

En un lugar de Asgard

Los últimos rayos de sol lamen las veletas en las torres del Valhalla. Dos walkirias se hablan a gritos intentando hacerse oír por encima de ruido de espadas y estertores de agonía:

-Nuestros valientes guerreros no cesan de luchar ni siquiera más allá de la muerte -comenta la más joven.

-Psss -responde la otra con gesto de hastío.

-Y dime, Astrid, ¿adónde van cuando mueren sus espíritus?

-Dicen que a un palacio más allá de los picos nevados de Asgard, llevados por unas hermosas mujeres que cabalgan en caballos alados. Que se encarguen ésas, porque lo que es yo…

La torre de Babel

A Babel acudían diariamente gentes de otros muchos lugares, desde desiertos a selvas, desde las antípodas a los polos, para aportar su ofrenda a la construcción de la torre. Blancos como la nieve o negros como el alabastro, en taparrabos o ataviados con gruesas pieles de foca, feroces salvajes o sofisticados y amanerados, a los pies de la edificación depositaban las palabras más bellas de la lengua de cada uno. Fértiles verbos, exóticos sustantivos, elegantes adjetivos eran dispuestos por diligentes arquitectos-lingüistas babilonios de hirsutas barbas. Así, formaban largas cadenas de complementos nominales, perífrasis verbales y hasta frases y oraciones e incluso libros enteros, fuertemente unidos con la argamasa de conjunciones y preposiciones, que eran los materiales de los que estaba hecha la torre. Trabajaban día y noche con la felicidad de quien se sabe hacedor de la gran obra del Hombre. Un día, cuando estaban a punto de poder acariciar la panza de las más bajas nubes, el cielo se tornó de una oscuridad amenazadora. Todos abandonaron su tarea alzando la cabeza con el ceño fruncido. De esta manera, pudieron ver cómo de entre las nubes de un hostil azul metálico brotó un enorme rugido animal que hizo tambalearse la torre y luego un segundo bramido, más furioso, la destrozó en añicos, dispersando un viento huracanado las piezas de sus sueños. Al contemplar la obra destruida, uno de los miles de albañiles, flaco y de rostro quemado por el sol, mientras trataba de recuperar sus útiles entre los escombros no paraba de mascullar. Volveremos a intentarlo, vaya que sí, decía. Más allá de él corría hacia las chozas de adobe un niño pequeño descalzo con un nuevo tesoro de palabras escondido en su pequeño pecho: meine liebe.

Antonio Vega

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23 junio 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

1 comentario »

  1. Muy logrados Antonio. Sobre todo me gusta el último, muy visual y con un final tierno y esperanzador. El primero, aterrador, buen tema, que seguro da para mucho más.Enhorabuena

    Comentario por Belkys | 17 agosto 2009 | Responder


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